Voy a contaros un par de historias que recordé el otro día, mientras hablaba con una amiga. Ella me contaba un
hecho que le había acaecido unos días atrás con una profesora en su universidad. La verdad es que como digo, aquello
me trajo a la memoria algunas anécdotas que no tienen desperdicio. Como es natural en estos casos, de algunas puedo
pormenorizar, de otras no y de otras pese a poder, me las guardaré para hacerlo en otra ocasión. Como lo bueno se
hace esperar, la de mi amiga, ahora entenderéis por qué no doy nombres, la dejaré para el final y empezaré con una
mía.
En mi caso, todos los que leéis esto sabéis cómo me llamo, primero porque lo que escribo lo firmo y segundo porque
nunca se me ha dado bien esconder la cabeza. Supongo que para hacer eso habrá que ser de los que huyen cuando pintan
mal las cartas y, cuando era niño, entre mi carácter rebelde que no aguantaba un aquí mando yo y el colegio al que
iba que era de monjas, pintaban mal a menudo.
Aquello ocurrió en la asignatura de religión. Recuerdo que teníamos examen, que era oral, y que la pregunta era
muy sencilla. Teníamos que subir al cadalso a contarle a la profesora, por denominarla de algúhn modo decente, el
nombre de los doce apóstoles. Aquello nos lo habían dicho por la mañana y el examen era por la tarde. Tuvimos toda
una hora de aquel día para aprendernos los nombrecitos, y yo no hice nada al respecto.
De esta guisa, llegó el mediodía y el momento de irse a casa a comer. Allí, cual niño inocente, juro que de veras
lo era, puse en antecedentes a mis padres de lo que me esperaba aquella tarde. Mi madre, con toda la buena
intención, me pidió que fuera a mi habitación, que me los repasara y que volviera para decírselos. Dicho y hecho.
Unos minutos después salía yo, con una sonrisa delatora, las manos en los bolsillos y los dichosos nombres en mis
labios. Al terminar la perorata, mi madre me pidió que me sacara las manos de los bolsillos y se los volviera a
repetir. Naturalmente, me fue imposible.
Lo que ocurrió después fue que tras ser sometido a un registro, se hallaron en mis pantalones dos pequeñas hojas,
con seis nombres cada una, escritos en braille. No sé si me castigaron o no, pero lo que sí recuerdo es que la monja
no me conocía tan bien como mi madre, que aquel examen lo aprobé con sobresaliente y que a día de hoy no recuerdo
cómo se llamaban todos aquellos hombres.
Espero que no estéis muy impresionados, pues esto no es nada. Las mejores son las que el grupo de amigos contamos
alrededor de unas botellas, más ciegos de lo que ya de por sí estamos, que suelen remontarse a años más cercanos.
Una de las últimas que escuché, me sorprendió por la jeta de su protagonista. Nos la contaba un amigo, al que
llamaremos Pedro que fue compañero de aquel cara dura en la universidad al que bautizaremos como Manolo.
Estaban los dos ciegos a punto de hacer un examen de derecho mercantil cuando la máquina con la que tenían que
realizarlo se les estropeó. Son estas cosas que sólo pasan en el momento menos indicado, pues a ambos los dejaban
sólos junto con sus mochilas en un aula a responder las preguntas. Como digo, el profesor no pensaba que lo que
aquellas almas cándidas trasportaban a sus espaldas eran los apuntes de la asignatura que con tanta pasión les había
inculcado a lo largo del año.
De este modo y viendo que no podían hacer la prueba, el catedrático se quedó pensando y acto seguido les dijo: -Entenderán ustedes que si no consiguen arreglar el aparato tendré que hacerles el examen oral.- La cera de cirio era negra al lado del color de las caras de los dos infelices cuando escucharon tal afirmación.
Con las manos temblándoles como si sufrieran un síndrome de abstinencia lograron que la máquina funcionara y por uno
de aquellos milagros que en ocasiones acuden al estudiante, pudieron realizar el examen como siempre, solos en el
aula, con sus mochilas.
Muchas veces me he planteado que si existe Dios, debe ser un tío simpático, con un sentido del humor sin parangón.
Esta historia me da la razón pues al terminar, los dos alumnos le dieron el examen al profesor y cuando Manolo el
cara dura creyó que ya no lo tenía delante dijo: -Mira Pedro, el hijo puta este, que nos lo quería hacer oral. Estás que apruebo entonces eh?- Pedro, que notaba aún la presencia del profesor rezó todo lo que le vino a la cabeza, y mientras el todopoderoso
se desternillaba por el miedo que el pobre chico estaba pasando y por la mancha que iba a aparecer en sus pantalones
de un momento a otro, hizo que el catedrático no escuchara lo que Manolo acababa de decir.
Al hilo de lo que mencionaba al principio, estas dos historias vienen motivadas por lo que me contó mi amiga. Es
curioso que en pleno siglo XXI y con la publicidad que desde la ONCE realizamos para que la integración sea una
realidad, una catedrática haga ciertas preguntas o no entienda aspectos básicos sobre la ceguera.
María, es como la llamaremos, había ido unos días antes de su examen a hablar con la profesora, pues era una
señora de avanzada edad y pese a no tener por qué hacerlo, se quedaba más tranquila si le recordaba que tenía que
darle las preguntas del examen en un pen-drive para que pudiera leerlas.
Suerte la suya que así lo hizo. Al llegar al despacho junto a unas compañeras, le recordó a la señora el método
que usaba para examinarse. Ante esto, la mujer se quedó mirándola fijamente y le dijo: -No, no es posible… Un pen-drive… ¿y eso qué es? Yo no tengo de eso. Yo el examen lo tengo en fotocopias.- María trató de que entendiera que de ese modo le era imposible leer las preguntas y convinieron en que una
compañera se las leería y ella las contestaría entonces.
Aquí se plantea la segunda cuestión, pues la profesora no sabía cómo iba a poder leer las respuestas que María le
entregara.-Mire, no se preocupe, yo le doy las respuestas en otro pen-drive, vamos a la sala de ordenadores, las imprimimos, y
se las lleva usted.- La señora puso cara de no entender nada y a continuación hizo un comentario probablemente inspirado en aquellos de
Carmen Sevilla en el Telecupón.-¿Y no me lo puedes escribir con bolígrafo, como todo el mundo?-.
Me ahorraré cualquier imprecación al respecto. Hace años tal vez me hubiera molestado. Cuando ella me lo contó me
reí a gusto y pensé… Mucha publicidad, mucha integración, mucho buen rollo, pero hay que ver. Qué voy a decir. Mucha
gilipollez también, que esto es España. Sí señora, escribir con bolígrafo… y con un par de huevos si se tercia.
Carlos Grau Belda.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

4 comentarios:
Muy bueno esto de los profes. desde luego, es que algunos están más
ciegos que sus alumnos porque anda y que no pararse ni siquiera a
pensar qué hacías con las manos en los bolsillos... pero bueno,
mientras que esto sirva para que nos podamos aprovechar pues adelante
jajaja aunque alguna vez nos entren ganas de matar a alguno por
comentarios como el que expones de tu amiga y la que le dijo que si no
podía escribir con bolígrafo como todo el mundo... En fin, dejémoslo
ahí porque la cosa tiene tela.
pues na, sigue escribiendo cosillas interesantes de vez en cuando.
bss!
la magia no es conveniente publicarla. Si has hecho "magia" no lo cuentes, deja que otro sigan haciendola
No se te castigo por tu picardia, más bien hubo quien reia por dentro sabiendo lo bien que ibas a quedar y que además estabas aprendiendo a "defenderte". Un abrazo
Hola: algunos profes son la leche. a A mí en el instituto me examinaban horal, me vendaban los ojos y las manos a la vista. Lo que no sé es para que leche me vendarían los ojos xd.
Publicar un comentario