martes, 16 de diciembre de 2008

Aquí mando yo

Tras unas semanas de ausencia, he decidido publicar esto por si a alguien le resulta interesante. La información, en
este caso el reportaje no es mío. Salió en El País el pasado 5 de octubre de 2008. Pese a que ya hace más de dos
meses, no ha perdido ni jugo ni frescura. Os dejo con él. Por si queréis leerlo directamente de la fuente, aquí tenéis el enlace.

Reportaje Carlos Fabra



Aquí mando yo



Castellón es su feudo. Nadie escapa a su control. No acepta intromisiones externas, ni siquiera de su partido. Es el
Gran Conseguidor: otorga pequeños y grandes favores. Exige fidelidad absoluta a su persona. Representa la figura
clásica del cacique en pleno siglo XXI



LUIS GÓMEZ Y MARÍA FABRA 05/10/2008



Carlos Fabra toma el micrófono con gesto serio. La audiencia irrumpe en un murmullo de entusiasmo. Ha llegado el
momento. Va a comenzar uno de esos actos en los que se muestra más auténtico. Viste traje y corbata sobre el
improvisado escenario. Deja transcurrir unos segundos. Se hace el silencio a su alrededor. Se concentra. Da unos
pasos muy breves. Inclina la cabeza ceremonioso. Las gafas oscuras, que forman parte indisoluble de su rostro desde
la adolescencia para ocultar la pérdida de un ojo después de que su hermano le clavara de forma fortuita unas
tijeras, ocultan su mirada. En ese instante emocional, ciertas cosas quedan aparcadas. Carlos Fabra es otro. No es
el hombre todopoderoso en la ciudad, ni el político acosado por una causa judicial que dura cinco años en el juzgado
de Nules, por donde han pasado ya ocho mujeres jueces, a pesar de lo cual sigue pendiente de justificar, entre otras
cosas, qué ha pasado con cerca de seis millones de euros que Fabra ingresó entre los años 1999 y 2004.

Carlos Fabra Carreras

A FONDO.
Nacimiento: 1946 Lugar: Castellón

Su influencia todo lo puede: el pequeño favor para el modesto y la recalificación millonaria para el empresario

Cuando se convierte en Charly, se transforma. Es extravertido. Divertido. Ocurrente. Juerguista. Jugador

Nunca ha pretendido salir de su provincia, posiblemente consciente de que sus métodos no eran exportablesSuena la melodía.

Carlos Fabra arranca la primera estrofa:

-Milli violíni suonate dal vento... tutti colore del arco valeno... vanno a fermare... una pioggia d'argento...

Carlos Fabra entona Ciao, ciao, bambina en un perfecto italiano. Adora la canción italiana de los años setenta y a
sus intérpretes, Domenico Modugno, Gianni Morandi, Nicola di Bari... Cuando está entre los suyos, canta. Entre los
suyos no es Carlos Fabra. Es Charly. Fuera de su recinto privado es Don Carlos. O el Presidente.

El aplauso está asegurado. No es bueno contrariar a Don Carlos en Castellón.

Si nos guiáramos por el habla popular, cabría deducir que Castellón es la única provincia española que cuenta con un
presidente. Porque todo el mundo sabe en la capital o en cualquiera de sus 135 pueblos quién es aquel a quien todo
el mundo llama "Presidente". Sólo hay uno. Carlos Fabra.

Fabra no es alcalde. No es el presidente de la Generalitat. No es ni siquiera consejero. Nunca ha sido cabeza de
lista en ningún proceso electoral. Ni ha sido ministro aunque mucha gente sostenga que pudo haberlo sido de haber
querido. Fabra es el presidente de la Diputación, un cargo de rango secundario en cualquier provincia española,
salvo en Castellón. Subsidiariamente es, además, presidente del Partido Popular en la provincia, el partido que
domina tres cuartas partes de los puestos institucionales. Sin embargo, nadie lo duda: quien manda en Castellón es
Carlos Fabra.

Su vocación política viene de familia. Es el quinto en la línea de sucesión de una dinastía de presidentes de
Diputación y alcaldes. Lo fueron, desde Victorino Fabra Gil (que ocupó dicho cargo entre 1874 y 1892) hasta su
padre, Carlos. Padre, abuelo, bisabuelo y tío-tatarabuelo, la familia Fabra está emparentada con el poder. La
estirpe no se ha interrumpido: su hija Andrea (38 años) consiguió su acta de diputada del Partido Popular en las
pasadas elecciones generales como número dos en las listas por Castellón, tras el ex ministro Juan Costa.

Pero la tradición familiar es una cosa y el ejercicio del poder es otra, y nadie ha llegado a parecer tan poderoso
como él dentro de la provincia. Incluso sus más allegados aceptan que sus formas de actuar son las propias de un
cacique. Su clientelismo se ha fraguado a lo largo de un sistema de concesión de pequeños favores y de un
conocimiento muy preciso del ordenamiento territorial de Castellón, plagado de pequeños municipios donde sólo ocho
ciudades superan los 20.000 habitantes (88 pueblos tienen menos de mil). "Su padre, a quien también llamaban Don
Carlos, hizo parte del trabajo durante los últimos años del franquismo. Por entonces, era usual que todo pequeño
alcalde se desplazara a la capital a pedir un favor de Don Carlos. Era el paso necesario para solucionar pequeños
problemas", dice un ex alcalde.

Esa política de cercanía la entendió muy bien su sucesor. Ese "habla con Don Carlos" se ha convertido en una fórmula
a partir de la cual ha ido consolidando su poder. Los pequeños favores han llegado a extremos muy personales, desde
un puesto de trabajo (entre sus 35 asesores en la Diputación hay ex alcaldes, primos, hijos, hermanos de cargos de
la provincia, sin considerar empleos en sociedades públicas, patronatos y concesiones) hasta una subvención, pasando
por un trato exquisito en el Hospital Provincial, dependiente de la Diputación. "Mi madre se encontraba muy enferma
y llamé a Don Carlos. Me dijo que no me preocupara y a los dos días estaba ingresada en una habitación para ella
sola", cuenta una ciudadana. "Ése es el tipo de favor menor que angustia mucho a la familia y produce una enorme
gratitud", explica un político de la oposición.

Carlos Fabra se convierte así en el Gran Conseguidor que todo lo puede: el pequeño favor para el modesto ciudadano y
la recalificación multimillonaria para el empresario, el puesto de trabajo por un lado y un aeropuerto para
Castellón por el otro. Todo el mundo da por sentado en la provincia que cualquier asociación ciudadana va a contar
siempre con una pequeña subvención de la Diputación. Por modesta que sea: para impulsar la Denominación de Origen
"Alcachofa de Benicarló", para proyectos de la Asociación Rumana de Castellón, Valencia y Alicante, para el
Conservatorio Profesional de Música del Alto Palancia, clubes de fútbol, tenistas, golfistas y pilotos de rallies,
la concentración del club oficial de Harley Davidson o la Federación de Asociaciones de Jubilados y Pensionistas.
Todos pueden esperar algo de la generosidad del presidente. Carlos Fabra no sólo es el Gran Conseguidor; es también
el Gran Benefactor.

Fabra ha tenido la habilidad de adaptar este sistema clientelar a la política actual para conseguir actuar como un
cacique dentro de un sistema democrático de partidos. Ése ha sido su éxito hasta el momento y quizá el origen de su
declive. Dotado de don de gentes, de una extraordinaria memoria y de una capacidad de trabajo sobresaliente, ha
tejido una red impenetrable en Castellón que no escapa a su dominio y que envuelve al propio Partido Popular. Todos
cuantos intentos hicieron tanto Eduardo Zaplana como, actualmente, Francisco Camps para infiltrar gente afín en
cargos de la provincia han fracasado, de manera que Fabra se ha convertido en elemento decisivo para inclinar
cualquier balanza en la lucha por el poder en la Generalitat valenciana. El caso más reciente se ha vivido durante
la precampaña de Mariano Rajoy para ganar adeptos en su candidatura a la presidencia del partido. Fabra estuvo
callado durante unos meses, no se postuló ni a favor de Rajoy ni de las tesis de Esperanza Aguirre. Sólo cuando vio
el panorama más claro tomó posición por el primero, y lo hizo afirmando que no tenía dudas al respecto. "Lo mejor
que se puede hacer por el partido es avalar la candidatura de Mariano Rajoy", dijo, días después de afirmar con
rotundidad: "Yo soy de Fabra". A cambio de esa posición de fiel de la balanza, Fabra ha tenido otra habilidad: nunca
ha pretendido salir de los límites de su provincia, posiblemente consciente de que sus métodos no podían ser
exportables. Con razón sus nietas le llaman Carlitos de Castellón y sus adeptos proclaman que nadie ha traído tanta
prosperidad como él.

Fabra elabora personalmente las listas electorales de cada municipio. Su memoria le permite no olvidar ningún
nombre, ningún rostro, por tanto, ningún favor anterior que deba ser compensado. Organizado territorialmente
Castellón en pequeños partidos judiciales, Fabra es consciente de la importancia que pueden tener unos cuantos votos
en poblaciones del interior. Es quien da las consignas en tiempo electoral. Sin ir más lejos, en las últimas
elecciones se ha detectado un incremento injustificado del censo electoral en algunas localidades: casas
deshabitadas en las que figuraba gente empadronada, hoteles rurales ocupados por varias familias, vecinos que nunca
habían visitado su supuesto domicilio: hay al menos media docena de causas abiertas por un posible delito electoral.
El resultado de todo ello es que ha convertido Castellón en un fortín inexpugnable bajo su dominio.

Llegó a la presidencia de la Diputación de Castellón en 1995. Ése fue su objetivo desde que comenzó a militar en
Alianza Popular, donde se enfrentó al aparato del partido hasta conseguir hacerse con la dirección del mismo. Una
vez asentado como cabeza visible del PP en Castellón, pasó dos legislaturas en la oposición, tiempo en el que se
dedicó, principalmente, a sus trabajos como secretario de la Cámara de Comercio y como agente de seguros. Durante
ese periodo fijó para su carrera un único objetivo: la presidencia de la Diputación. Curiosamente, no aspiró a
ningún otro cargo institucional. Se ha limitado a obtener un puesto de concejal, paso previo para que la aritmética
electoral de la provincia le permitiera ser elegido presidente exclusivamente con los votos de los diputados
provinciales. Actuó entre bastidores con gran eficacia y eso explica que nunca tuviera la más mínima intención de
someterse al escrutinio popular, a pesar de su don de gentes.

Porque simpatía nadie le niega, ni siquiera sus más encarnizados rivales. Cuando Carlos Fabra se convierte en
Charly, sus modales se transforman. Charly es un hombre extravertido. Divertido. Ocurrente. Juerguista. Jugador. Un
brillante contador de chistes. Dice la leyenda popular que nadie ha visto reírse tanto a Ana Botella como cuando
compartía mesa con Fabra durante las estancias vacacionales de la familia Aznar en Castellón. Le gusta la buena
comida acompañada de Don Perignon, el whisky con Coca-Cola para alternar y, por supuesto, cantar en italiano.

Esta parte menos conocida de su personalidad se fraguó durante la adolescencia, periodo en el que no fue un buen
estudiante. "Cuando tuvo ese accidente en el ojo siendo un chaval, otros hubieran reaccionado de una manera
diferente. Él se echó p'alante", recuerda una de sus amigas. Lejos de convertirse en un joven retraído, Carlos Fabra
era el amo de cualquier fiesta. Estudió Derecho en Valencia y Granada. Era también un hombre con suerte.

Mucho se ha especulado con los tres premios de la lotería que le han tocado en estos años. El último, las pasadas
navidades: ganó dos millones de euros por el gordo del sorteo del Niño. La justicia determinará si fueron "reales" o
"fabricados", pero es famosa su afición al juego. No es tan conocido que ya le tocó una quiniela durante su
juventud. "No me acuerdo de la cifra. Pero era una cantidad importante para el año 1968. Y se compró un Mini a los
dos días. Tal y como es Carlos, se gastaría el dinero en poco tiempo", comenta una amiga de la juventud.

Carlos es de los que viven al límite. Se levanta muy temprano y se acuesta muy tarde. Alterna el acto oficial con la
cena entre amigos. No descarta cualquier fiesta. Es desprendido con el dinero. "Cuando lo tiene y cuando no lo
tiene", confirman sus amistades. "Estoy convencido de que nunca ha mirado el extracto de su cuenta bancaria", dice
un amigo personal.

Sin embargo, son sus cuentas bancarias las que pueden acabar con su carrera política, según cómo concluya un proceso
judicial que puede ser calificado de chocante a la vista de algunos aspectos: iniciado como una denuncia en el
juzgado número 1 de Nules en el año 2003, se han sucedido en su instrucción un total de ocho jueces y cuatro
fiscales. El proceso ha puesto de manifiesto, según los datos que obran en las diligencias, numerosas
irregularidades en sus cuentas personales. Durante 1999 se registran en sus cuentas ingresos en efectivo por un
importe cercano a los 600.000 euros cuya procedencia Fabra no pudo justificar ante la Agencia Tributaria, por lo que
el organismo presentó contra él una denuncia por delito fiscal. Los ingresos en efectivo se realizaron en 19 cuentas
bancarias en las que Fabra era titular y en otras 75 en las que figuraba como autorizado. Con la declaración de la
renta que presentó a Hacienda en 1999, el erario público le devolvió cerca de 3.000 euros. Una declaración que
resultó negativa tras haber declarado cerca de 73.000 euros como ingresos del ejercicio.

Carlos Fabra y su esposa gastaron en 2004 el doble en amortizar préstamos de lo que declararon a Hacienda haber
ingresado. Fabra pagó un total de 131.000 euros como amortización de dos créditos hipotecarios que tenía vigentes.
Sin embargo, según la documentación fiscal que obra en poder del juzgado de instrucción número 1 de Nules, sus
ingresos declarados ascendieron a 100.621 euros, teniendo en cuenta su sueldo como cargo público y los valores que
entonces poseía y de los que extraía rendimientos. Además, la documentación que la policía judicial y los peritos
han recopilado en los bancos durante los últimos días desvela la existencia, entre 1999 y 2004, de seis millones de
euros sin justificar.

El caso tiene su origen en un asunto donde se mezclan las relaciones personales y el sistema de favores. Diríase que
el Gran Conseguidor fue traicionado. Vicente Vilar y su esposa, Monserrat Vives, formaban parte del círculo privado
de Fabra. Las respectivas mujeres llegaron a ser socias en la mercantil Artemis 2000. Vilar tenía una empresa de
productos fitosanitarios, Naranjax, y le pidió a Fabra que acelerara la concesión de autorizaciones para su
distribución a través de sus amistades en los ministerios de Agricultura y Sanidad durante el Gobierno de Aznar. Los
documentos que forman parte de la instrucción demuestran cómo no sólo Carlos Fabra, sino más diputados y senadores
populares, se interesaron por la situación en la que se encontraban las autorizaciones de Vilar. Presuntamente,
Vilar pagó algunas cantidades a Fabra por dichos favores. El "negocio" se rompió a causa de las desavenencias
conyugales de la pareja Vilar. Su mujer le denunció por violación y Fabra la apoyó. La venganza de Vilar se
convirtió en una denuncia: llevó documentos al juzgado y contó detalles de las gestiones realizadas. El caso sigue
abierto desde entonces y ha colocado a Fabra ante la opinión pública española.

A partir de ese momento, su carrera política está tocada. Bien es cierto que su poder no ha mermado y que,
electoralmente, el Partido Popular no ha sufrido mella en Castellón. A pesar del acoso judicial, Rajoy llegó a salir
en su defensa este verano. "Es un ciudadano y político ejemplar", manifestó. Pero el comportamiento público de Fabra
ha tomado otra orientación. Se muestra crispado, responde con chulería, llega al insulto (como el "qué hijo de puta"
que profirió en un pleno reciente en supuesta referencia al portavoz de la oposición), y se comporta como si fuera
inmune al proceso judicial y no tuviera que dar cuentas de sus actos a nadie, ni siquiera a su propio partido.

Su vida personal también ha cambiado. Se separó de su mujer, María Amparo Fernández, procedente de una familia
adinerada de Alcoi, y mantiene una relación sentimental con Esther Pallardó (su anterior jefa de prensa y actual
concejal y diputada provincial), una mujer casi treinta años más joven que ejerce una notable influencia sobre el
presidente, según sus allegados. El nuevo Fabra ya no es tan bien visto en su círculo de amistades, que observa con
preocupación cómo su ritmo de vida, tan al límite, no augura un buen desenlace.

Tiene pánico al avión y ni siquiera el hecho de que uno de sus hijos sea piloto ha contribuido a curarle esta fobia,
así que se desplaza exclusivamente en automóvil. No le importa: es incansable, puede con todo, tanto si se traslada
a una capital para presenciar una corrida de toros (su gran afición) como si deleita a sus amistades en la caseta
que paga, junto a destacados empresarios de Castellón, en la Feria de Sevilla. Claro está, Don Carlos nunca deja
abandonados a los suyos: los servicios de limpieza de buena parte de las instituciones de la provincia han sido
concedidos a la empresa de un ex torero de Castellón.

No deja atrás ningún detalle. Le gusta regalar flores a las mujeres por su cumpleaños y agasajar a sus invitados en
una fiesta. En una ocasión se las ingenió para contratar a un cantante italiano. El hombre tenía un doble compromiso
en su contrato, una actuación cara al público y otra de carácter privado.

Y en ese otro escenario reducido, entre risas y alcohol, el hombre de las gafas oscuras, Don Carlos, el Presidente,
el Gran Conseguidor, se convirtió de nuevo en Charly y no eludió interpretar un dúo. Tomó entonces el micro y cantó:

-... ciao, ciao, bambina... un bacio ancora... e poi per sempre ti perderó... -

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