Tras unas semanas de ausencia, he decidido publicar esto por si a alguien le resulta interesante. La información, en
este caso el reportaje no es mío. Salió en El País el pasado 5 de octubre de 2008. Pese a que ya hace más de dos
meses, no ha perdido ni jugo ni frescura. Os dejo con él. Por si queréis leerlo directamente de la fuente, aquí tenéis el enlace.
Reportaje Carlos Fabra
Aquí mando yo
Castellón es su feudo. Nadie escapa a su control. No acepta intromisiones externas, ni siquiera de su partido. Es el
Gran Conseguidor: otorga pequeños y grandes favores. Exige fidelidad absoluta a su persona. Representa la figura
clásica del cacique en pleno siglo XXI
LUIS GÓMEZ Y MARÍA FABRA 05/10/2008
Carlos Fabra toma el micrófono con gesto serio. La audiencia irrumpe en un murmullo de entusiasmo. Ha llegado el
momento. Va a comenzar uno de esos actos en los que se muestra más auténtico. Viste traje y corbata sobre el
improvisado escenario. Deja transcurrir unos segundos. Se hace el silencio a su alrededor. Se concentra. Da unos
pasos muy breves. Inclina la cabeza ceremonioso. Las gafas oscuras, que forman parte indisoluble de su rostro desde
la adolescencia para ocultar la pérdida de un ojo después de que su hermano le clavara de forma fortuita unas
tijeras, ocultan su mirada. En ese instante emocional, ciertas cosas quedan aparcadas. Carlos Fabra es otro. No es
el hombre todopoderoso en la ciudad, ni el político acosado por una causa judicial que dura cinco años en el juzgado
de Nules, por donde han pasado ya ocho mujeres jueces, a pesar de lo cual sigue pendiente de justificar, entre otras
cosas, qué ha pasado con cerca de seis millones de euros que Fabra ingresó entre los años 1999 y 2004.
Carlos Fabra Carreras
A FONDO.
Nacimiento: 1946 Lugar: Castellón
Su influencia todo lo puede: el pequeño favor para el modesto y la recalificación millonaria para el empresario
Cuando se convierte en Charly, se transforma. Es extravertido. Divertido. Ocurrente. Juerguista. Jugador
Nunca ha pretendido salir de su provincia, posiblemente consciente de que sus métodos no eran exportablesSuena la melodía.
Carlos Fabra arranca la primera estrofa:
-Milli violíni suonate dal vento... tutti colore del arco valeno... vanno a fermare... una pioggia d'argento...
Carlos Fabra entona Ciao, ciao, bambina en un perfecto italiano. Adora la canción italiana de los años setenta y a
sus intérpretes, Domenico Modugno, Gianni Morandi, Nicola di Bari... Cuando está entre los suyos, canta. Entre los
suyos no es Carlos Fabra. Es Charly. Fuera de su recinto privado es Don Carlos. O el Presidente.
El aplauso está asegurado. No es bueno contrariar a Don Carlos en Castellón.
Si nos guiáramos por el habla popular, cabría deducir que Castellón es la única provincia española que cuenta con un
presidente. Porque todo el mundo sabe en la capital o en cualquiera de sus 135 pueblos quién es aquel a quien todo
el mundo llama "Presidente". Sólo hay uno. Carlos Fabra.
Fabra no es alcalde. No es el presidente de la Generalitat. No es ni siquiera consejero. Nunca ha sido cabeza de
lista en ningún proceso electoral. Ni ha sido ministro aunque mucha gente sostenga que pudo haberlo sido de haber
querido. Fabra es el presidente de la Diputación, un cargo de rango secundario en cualquier provincia española,
salvo en Castellón. Subsidiariamente es, además, presidente del Partido Popular en la provincia, el partido que
domina tres cuartas partes de los puestos institucionales. Sin embargo, nadie lo duda: quien manda en Castellón es
Carlos Fabra.
Su vocación política viene de familia. Es el quinto en la línea de sucesión de una dinastía de presidentes de
Diputación y alcaldes. Lo fueron, desde Victorino Fabra Gil (que ocupó dicho cargo entre 1874 y 1892) hasta su
padre, Carlos. Padre, abuelo, bisabuelo y tío-tatarabuelo, la familia Fabra está emparentada con el poder. La
estirpe no se ha interrumpido: su hija Andrea (38 años) consiguió su acta de diputada del Partido Popular en las
pasadas elecciones generales como número dos en las listas por Castellón, tras el ex ministro Juan Costa.
Pero la tradición familiar es una cosa y el ejercicio del poder es otra, y nadie ha llegado a parecer tan poderoso
como él dentro de la provincia. Incluso sus más allegados aceptan que sus formas de actuar son las propias de un
cacique. Su clientelismo se ha fraguado a lo largo de un sistema de concesión de pequeños favores y de un
conocimiento muy preciso del ordenamiento territorial de Castellón, plagado de pequeños municipios donde sólo ocho
ciudades superan los 20.000 habitantes (88 pueblos tienen menos de mil). "Su padre, a quien también llamaban Don
Carlos, hizo parte del trabajo durante los últimos años del franquismo. Por entonces, era usual que todo pequeño
alcalde se desplazara a la capital a pedir un favor de Don Carlos. Era el paso necesario para solucionar pequeños
problemas", dice un ex alcalde.
Esa política de cercanía la entendió muy bien su sucesor. Ese "habla con Don Carlos" se ha convertido en una fórmula
a partir de la cual ha ido consolidando su poder. Los pequeños favores han llegado a extremos muy personales, desde
un puesto de trabajo (entre sus 35 asesores en la Diputación hay ex alcaldes, primos, hijos, hermanos de cargos de
la provincia, sin considerar empleos en sociedades públicas, patronatos y concesiones) hasta una subvención, pasando
por un trato exquisito en el Hospital Provincial, dependiente de la Diputación. "Mi madre se encontraba muy enferma
y llamé a Don Carlos. Me dijo que no me preocupara y a los dos días estaba ingresada en una habitación para ella
sola", cuenta una ciudadana. "Ése es el tipo de favor menor que angustia mucho a la familia y produce una enorme
gratitud", explica un político de la oposición.
Carlos Fabra se convierte así en el Gran Conseguidor que todo lo puede: el pequeño favor para el modesto ciudadano y
la recalificación multimillonaria para el empresario, el puesto de trabajo por un lado y un aeropuerto para
Castellón por el otro. Todo el mundo da por sentado en la provincia que cualquier asociación ciudadana va a contar
siempre con una pequeña subvención de la Diputación. Por modesta que sea: para impulsar la Denominación de Origen
"Alcachofa de Benicarló", para proyectos de la Asociación Rumana de Castellón, Valencia y Alicante, para el
Conservatorio Profesional de Música del Alto Palancia, clubes de fútbol, tenistas, golfistas y pilotos de rallies,
la concentración del club oficial de Harley Davidson o la Federación de Asociaciones de Jubilados y Pensionistas.
Todos pueden esperar algo de la generosidad del presidente. Carlos Fabra no sólo es el Gran Conseguidor; es también
el Gran Benefactor.
Fabra ha tenido la habilidad de adaptar este sistema clientelar a la política actual para conseguir actuar como un
cacique dentro de un sistema democrático de partidos. Ése ha sido su éxito hasta el momento y quizá el origen de su
declive. Dotado de don de gentes, de una extraordinaria memoria y de una capacidad de trabajo sobresaliente, ha
tejido una red impenetrable en Castellón que no escapa a su dominio y que envuelve al propio Partido Popular. Todos
cuantos intentos hicieron tanto Eduardo Zaplana como, actualmente, Francisco Camps para infiltrar gente afín en
cargos de la provincia han fracasado, de manera que Fabra se ha convertido en elemento decisivo para inclinar
cualquier balanza en la lucha por el poder en la Generalitat valenciana. El caso más reciente se ha vivido durante
la precampaña de Mariano Rajoy para ganar adeptos en su candidatura a la presidencia del partido. Fabra estuvo
callado durante unos meses, no se postuló ni a favor de Rajoy ni de las tesis de Esperanza Aguirre. Sólo cuando vio
el panorama más claro tomó posición por el primero, y lo hizo afirmando que no tenía dudas al respecto. "Lo mejor
que se puede hacer por el partido es avalar la candidatura de Mariano Rajoy", dijo, días después de afirmar con
rotundidad: "Yo soy de Fabra". A cambio de esa posición de fiel de la balanza, Fabra ha tenido otra habilidad: nunca
ha pretendido salir de los límites de su provincia, posiblemente consciente de que sus métodos no podían ser
exportables. Con razón sus nietas le llaman Carlitos de Castellón y sus adeptos proclaman que nadie ha traído tanta
prosperidad como él.
Fabra elabora personalmente las listas electorales de cada municipio. Su memoria le permite no olvidar ningún
nombre, ningún rostro, por tanto, ningún favor anterior que deba ser compensado. Organizado territorialmente
Castellón en pequeños partidos judiciales, Fabra es consciente de la importancia que pueden tener unos cuantos votos
en poblaciones del interior. Es quien da las consignas en tiempo electoral. Sin ir más lejos, en las últimas
elecciones se ha detectado un incremento injustificado del censo electoral en algunas localidades: casas
deshabitadas en las que figuraba gente empadronada, hoteles rurales ocupados por varias familias, vecinos que nunca
habían visitado su supuesto domicilio: hay al menos media docena de causas abiertas por un posible delito electoral.
El resultado de todo ello es que ha convertido Castellón en un fortín inexpugnable bajo su dominio.
Llegó a la presidencia de la Diputación de Castellón en 1995. Ése fue su objetivo desde que comenzó a militar en
Alianza Popular, donde se enfrentó al aparato del partido hasta conseguir hacerse con la dirección del mismo. Una
vez asentado como cabeza visible del PP en Castellón, pasó dos legislaturas en la oposición, tiempo en el que se
dedicó, principalmente, a sus trabajos como secretario de la Cámara de Comercio y como agente de seguros. Durante
ese periodo fijó para su carrera un único objetivo: la presidencia de la Diputación. Curiosamente, no aspiró a
ningún otro cargo institucional. Se ha limitado a obtener un puesto de concejal, paso previo para que la aritmética
electoral de la provincia le permitiera ser elegido presidente exclusivamente con los votos de los diputados
provinciales. Actuó entre bastidores con gran eficacia y eso explica que nunca tuviera la más mínima intención de
someterse al escrutinio popular, a pesar de su don de gentes.
Porque simpatía nadie le niega, ni siquiera sus más encarnizados rivales. Cuando Carlos Fabra se convierte en
Charly, sus modales se transforman. Charly es un hombre extravertido. Divertido. Ocurrente. Juerguista. Jugador. Un
brillante contador de chistes. Dice la leyenda popular que nadie ha visto reírse tanto a Ana Botella como cuando
compartía mesa con Fabra durante las estancias vacacionales de la familia Aznar en Castellón. Le gusta la buena
comida acompañada de Don Perignon, el whisky con Coca-Cola para alternar y, por supuesto, cantar en italiano.
Esta parte menos conocida de su personalidad se fraguó durante la adolescencia, periodo en el que no fue un buen
estudiante. "Cuando tuvo ese accidente en el ojo siendo un chaval, otros hubieran reaccionado de una manera
diferente. Él se echó p'alante", recuerda una de sus amigas. Lejos de convertirse en un joven retraído, Carlos Fabra
era el amo de cualquier fiesta. Estudió Derecho en Valencia y Granada. Era también un hombre con suerte.
Mucho se ha especulado con los tres premios de la lotería que le han tocado en estos años. El último, las pasadas
navidades: ganó dos millones de euros por el gordo del sorteo del Niño. La justicia determinará si fueron "reales" o
"fabricados", pero es famosa su afición al juego. No es tan conocido que ya le tocó una quiniela durante su
juventud. "No me acuerdo de la cifra. Pero era una cantidad importante para el año 1968. Y se compró un Mini a los
dos días. Tal y como es Carlos, se gastaría el dinero en poco tiempo", comenta una amiga de la juventud.
Carlos es de los que viven al límite. Se levanta muy temprano y se acuesta muy tarde. Alterna el acto oficial con la
cena entre amigos. No descarta cualquier fiesta. Es desprendido con el dinero. "Cuando lo tiene y cuando no lo
tiene", confirman sus amistades. "Estoy convencido de que nunca ha mirado el extracto de su cuenta bancaria", dice
un amigo personal.
Sin embargo, son sus cuentas bancarias las que pueden acabar con su carrera política, según cómo concluya un proceso
judicial que puede ser calificado de chocante a la vista de algunos aspectos: iniciado como una denuncia en el
juzgado número 1 de Nules en el año 2003, se han sucedido en su instrucción un total de ocho jueces y cuatro
fiscales. El proceso ha puesto de manifiesto, según los datos que obran en las diligencias, numerosas
irregularidades en sus cuentas personales. Durante 1999 se registran en sus cuentas ingresos en efectivo por un
importe cercano a los 600.000 euros cuya procedencia Fabra no pudo justificar ante la Agencia Tributaria, por lo que
el organismo presentó contra él una denuncia por delito fiscal. Los ingresos en efectivo se realizaron en 19 cuentas
bancarias en las que Fabra era titular y en otras 75 en las que figuraba como autorizado. Con la declaración de la
renta que presentó a Hacienda en 1999, el erario público le devolvió cerca de 3.000 euros. Una declaración que
resultó negativa tras haber declarado cerca de 73.000 euros como ingresos del ejercicio.
Carlos Fabra y su esposa gastaron en 2004 el doble en amortizar préstamos de lo que declararon a Hacienda haber
ingresado. Fabra pagó un total de 131.000 euros como amortización de dos créditos hipotecarios que tenía vigentes.
Sin embargo, según la documentación fiscal que obra en poder del juzgado de instrucción número 1 de Nules, sus
ingresos declarados ascendieron a 100.621 euros, teniendo en cuenta su sueldo como cargo público y los valores que
entonces poseía y de los que extraía rendimientos. Además, la documentación que la policía judicial y los peritos
han recopilado en los bancos durante los últimos días desvela la existencia, entre 1999 y 2004, de seis millones de
euros sin justificar.
El caso tiene su origen en un asunto donde se mezclan las relaciones personales y el sistema de favores. Diríase que
el Gran Conseguidor fue traicionado. Vicente Vilar y su esposa, Monserrat Vives, formaban parte del círculo privado
de Fabra. Las respectivas mujeres llegaron a ser socias en la mercantil Artemis 2000. Vilar tenía una empresa de
productos fitosanitarios, Naranjax, y le pidió a Fabra que acelerara la concesión de autorizaciones para su
distribución a través de sus amistades en los ministerios de Agricultura y Sanidad durante el Gobierno de Aznar. Los
documentos que forman parte de la instrucción demuestran cómo no sólo Carlos Fabra, sino más diputados y senadores
populares, se interesaron por la situación en la que se encontraban las autorizaciones de Vilar. Presuntamente,
Vilar pagó algunas cantidades a Fabra por dichos favores. El "negocio" se rompió a causa de las desavenencias
conyugales de la pareja Vilar. Su mujer le denunció por violación y Fabra la apoyó. La venganza de Vilar se
convirtió en una denuncia: llevó documentos al juzgado y contó detalles de las gestiones realizadas. El caso sigue
abierto desde entonces y ha colocado a Fabra ante la opinión pública española.
A partir de ese momento, su carrera política está tocada. Bien es cierto que su poder no ha mermado y que,
electoralmente, el Partido Popular no ha sufrido mella en Castellón. A pesar del acoso judicial, Rajoy llegó a salir
en su defensa este verano. "Es un ciudadano y político ejemplar", manifestó. Pero el comportamiento público de Fabra
ha tomado otra orientación. Se muestra crispado, responde con chulería, llega al insulto (como el "qué hijo de puta"
que profirió en un pleno reciente en supuesta referencia al portavoz de la oposición), y se comporta como si fuera
inmune al proceso judicial y no tuviera que dar cuentas de sus actos a nadie, ni siquiera a su propio partido.
Su vida personal también ha cambiado. Se separó de su mujer, María Amparo Fernández, procedente de una familia
adinerada de Alcoi, y mantiene una relación sentimental con Esther Pallardó (su anterior jefa de prensa y actual
concejal y diputada provincial), una mujer casi treinta años más joven que ejerce una notable influencia sobre el
presidente, según sus allegados. El nuevo Fabra ya no es tan bien visto en su círculo de amistades, que observa con
preocupación cómo su ritmo de vida, tan al límite, no augura un buen desenlace.
Tiene pánico al avión y ni siquiera el hecho de que uno de sus hijos sea piloto ha contribuido a curarle esta fobia,
así que se desplaza exclusivamente en automóvil. No le importa: es incansable, puede con todo, tanto si se traslada
a una capital para presenciar una corrida de toros (su gran afición) como si deleita a sus amistades en la caseta
que paga, junto a destacados empresarios de Castellón, en la Feria de Sevilla. Claro está, Don Carlos nunca deja
abandonados a los suyos: los servicios de limpieza de buena parte de las instituciones de la provincia han sido
concedidos a la empresa de un ex torero de Castellón.
No deja atrás ningún detalle. Le gusta regalar flores a las mujeres por su cumpleaños y agasajar a sus invitados en
una fiesta. En una ocasión se las ingenió para contratar a un cantante italiano. El hombre tenía un doble compromiso
en su contrato, una actuación cara al público y otra de carácter privado.
Y en ese otro escenario reducido, entre risas y alcohol, el hombre de las gafas oscuras, Don Carlos, el Presidente,
el Gran Conseguidor, se convirtió de nuevo en Charly y no eludió interpretar un dúo. Tomó entonces el micro y cantó:
-... ciao, ciao, bambina... un bacio ancora... e poi per sempre ti perderó... -
martes, 16 de diciembre de 2008
jueves, 20 de noviembre de 2008
Él nunca te lo haría.
A veces, normalmente cuando me sucede algún hecho que me hace hervir la sangre, me hago la siguiente pregunta:
¿Debemos lamentar todas las muertes de un ser humano del mismo modo?
No me refiero a aquellas que se lleven a algún familiar o amigo, pues no nos permitirían ser objetivos en la respuesta, sino más bien cuando la palma un desconocido. Tras lo que me ha sucedido hoy mismo, me reafirmo en mi idea de que la tristeza o alegría basadas en que ese individuo muera, dependen en gran medida de lo que haga en su vida. A estas alturas, imagino que ya sabréis que no soy de los que opina que era buena persona una vez muerto. Sería de ser hipócritas. Si era un hijo de puta integral cuando estaba vivo, al morir pasa a ser alguien que ya no existe pero que en el tiempo que para desgracia de la humanidad compartió con sus congéneres, hizo lo posible por joder a quien se le pusiera a tiro.
Esta mañana bajé al supermercado a comprar pan. Mientras esperaba junto a la caja a que alguno de los dependientes me atendiera, una señora empieza a acariciar a mi perra guía. Como Nyka se mueve, yo detecto que algo ocurre y al ponerle la mano en la cabeza descubro que la buena mujer tocaba al animal. En ese momento, con voz triste se dirige a mí diciéndome:
-Tén cuidado no te la envenenen, que tú la llevas al mismo parque donde yo saco al mío, y mi pobre perro está muy mal… Veremos si sale de esta… Alguien pone veneno por allí…-
Tras interesarme por la salud del can, nos despedimos no sin antes lamentarme por su situación. Poco después, me atienden, me dan el pan y vuelvo hacia casa.
Mientras salía de la tienda empiezo a notar el pulso en las sienes. Este pasado verano yo soltaba a mi perra guía por ese mismo parque. Le lanzaba una pelota lo más lejos posible para que fuera a buscarla y me la trajera. Sólo de pensar que por culpa de ese desgraciado Nyka ha jugado a la ruleta rusa sin yo saberlo me sumo en estados mentales homicidas. El problema, a parte de la actitud del indeseable, tema que a continuación abordaré, es que uno, juega con su perro, lo suelta para que tenga unos momentos de libertad, y se convierte en protagonista involuntario de lo que le pueda ocurrir gracias al regalito que alguien le ha dejado junto a un jardín o un banco.
Parémonos un segundo a analizar las consecuencias derivadas de dejar una bolsa de veneno en un parque. Vamos a ver si nos entendemos. Es para explicárselo en estos términos a quien sólo por eso no merece pisar el suelo por el que andamos todos:
Jodido cabrón, a ver si te enteras. ¿No sabes que un niño de dos años es incapaz de diferenciar esa bolsa de una de palomitas o de quicos? ¿Dices que no lo dejaste en una bolsita? ¿Que lo esparciste por ahí? ¿A caso no sabes tampoco desgraciado que un infante se mete en la boca lo que encuentra? Pero claro, cómo lo vas a saber si con la ruindad de tus actos seguro que eres incapaz de tener hijos. Sólo espero y deseo que si los tienes, no les transmitas tus ganas de hacer daño a los demás. ¿Tampoco sabes que eso se lo puede comer un perro? Ya sabía yo que te iba a pillar, cabrón. Así que lo hacías por eso. Te molestaba ese perrito que se acercaba a ti mientras reposabas tu culo en uno de los bancos. Pobre animal infeliz que buscaba las caricias de su verdugo. Tal vez también sepas que él a ti no te lo haría y por eso quieres matarle, porque te crees superior. Por tu bien espero no saber nunca tu nombre, ni dónde vives y sobre todo que no halla juez al otro lado, aunque pensándolo mejor, deseo que por el bien de todos nosotros sí te juzguen, y que sea pronto.
Ahora que sabéis lo mismo que yo, os invito a que os preguntéis aquello que planteaba. Yo por lo menos no voy a lamentar para nada la muerte, espero que más temprana que tardía, de aquel que sólo se alimenta del sufrimiento de otros a costa de sus vidas. Con esto no me refiero a provocarla, por lo menos de momento. También sé que si le ocurriera a mi perra y lo que es más difícil, supiera quién es el causante, me encargaría de llevarlo de la mano a la frontera que separa este mundo del infierno.
De modo que ahí lo tiene señor agente. Mi artículo es completamente vinculante. Sepa de ante mano que de darse las circunstancias citadas, actuaré tal y como ya he explicado. Sólo espero que ahora que conoce mis intenciones, me dé usted tiempo a poder librar a este mundo de esa escoria antes de ponerme los grilletes.
¿Qué queréis que os diga? No era igual la muerte de un nazi que de un judío en Auswich. Tampoco fue igual la de un gladiador romano bajo las garras y los colmillos de un león en el circo, que la de un cristiano desarmado en el mismo lugar y del mismo modo. A su vez, tampoco es igual la del perro que la del envenenador. No son iguales porque sé que sólo lloraré una de ellas. Lloraré la del perro, y me regocijaré en la victoria de la pérdida de quien jamás debió existir.
¿Debemos lamentar todas las muertes de un ser humano del mismo modo?
No me refiero a aquellas que se lleven a algún familiar o amigo, pues no nos permitirían ser objetivos en la respuesta, sino más bien cuando la palma un desconocido. Tras lo que me ha sucedido hoy mismo, me reafirmo en mi idea de que la tristeza o alegría basadas en que ese individuo muera, dependen en gran medida de lo que haga en su vida. A estas alturas, imagino que ya sabréis que no soy de los que opina que era buena persona una vez muerto. Sería de ser hipócritas. Si era un hijo de puta integral cuando estaba vivo, al morir pasa a ser alguien que ya no existe pero que en el tiempo que para desgracia de la humanidad compartió con sus congéneres, hizo lo posible por joder a quien se le pusiera a tiro.
Esta mañana bajé al supermercado a comprar pan. Mientras esperaba junto a la caja a que alguno de los dependientes me atendiera, una señora empieza a acariciar a mi perra guía. Como Nyka se mueve, yo detecto que algo ocurre y al ponerle la mano en la cabeza descubro que la buena mujer tocaba al animal. En ese momento, con voz triste se dirige a mí diciéndome:
-Tén cuidado no te la envenenen, que tú la llevas al mismo parque donde yo saco al mío, y mi pobre perro está muy mal… Veremos si sale de esta… Alguien pone veneno por allí…-
Tras interesarme por la salud del can, nos despedimos no sin antes lamentarme por su situación. Poco después, me atienden, me dan el pan y vuelvo hacia casa.
Mientras salía de la tienda empiezo a notar el pulso en las sienes. Este pasado verano yo soltaba a mi perra guía por ese mismo parque. Le lanzaba una pelota lo más lejos posible para que fuera a buscarla y me la trajera. Sólo de pensar que por culpa de ese desgraciado Nyka ha jugado a la ruleta rusa sin yo saberlo me sumo en estados mentales homicidas. El problema, a parte de la actitud del indeseable, tema que a continuación abordaré, es que uno, juega con su perro, lo suelta para que tenga unos momentos de libertad, y se convierte en protagonista involuntario de lo que le pueda ocurrir gracias al regalito que alguien le ha dejado junto a un jardín o un banco.
Parémonos un segundo a analizar las consecuencias derivadas de dejar una bolsa de veneno en un parque. Vamos a ver si nos entendemos. Es para explicárselo en estos términos a quien sólo por eso no merece pisar el suelo por el que andamos todos:
Jodido cabrón, a ver si te enteras. ¿No sabes que un niño de dos años es incapaz de diferenciar esa bolsa de una de palomitas o de quicos? ¿Dices que no lo dejaste en una bolsita? ¿Que lo esparciste por ahí? ¿A caso no sabes tampoco desgraciado que un infante se mete en la boca lo que encuentra? Pero claro, cómo lo vas a saber si con la ruindad de tus actos seguro que eres incapaz de tener hijos. Sólo espero y deseo que si los tienes, no les transmitas tus ganas de hacer daño a los demás. ¿Tampoco sabes que eso se lo puede comer un perro? Ya sabía yo que te iba a pillar, cabrón. Así que lo hacías por eso. Te molestaba ese perrito que se acercaba a ti mientras reposabas tu culo en uno de los bancos. Pobre animal infeliz que buscaba las caricias de su verdugo. Tal vez también sepas que él a ti no te lo haría y por eso quieres matarle, porque te crees superior. Por tu bien espero no saber nunca tu nombre, ni dónde vives y sobre todo que no halla juez al otro lado, aunque pensándolo mejor, deseo que por el bien de todos nosotros sí te juzguen, y que sea pronto.
Ahora que sabéis lo mismo que yo, os invito a que os preguntéis aquello que planteaba. Yo por lo menos no voy a lamentar para nada la muerte, espero que más temprana que tardía, de aquel que sólo se alimenta del sufrimiento de otros a costa de sus vidas. Con esto no me refiero a provocarla, por lo menos de momento. También sé que si le ocurriera a mi perra y lo que es más difícil, supiera quién es el causante, me encargaría de llevarlo de la mano a la frontera que separa este mundo del infierno.
De modo que ahí lo tiene señor agente. Mi artículo es completamente vinculante. Sepa de ante mano que de darse las circunstancias citadas, actuaré tal y como ya he explicado. Sólo espero que ahora que conoce mis intenciones, me dé usted tiempo a poder librar a este mundo de esa escoria antes de ponerme los grilletes.
¿Qué queréis que os diga? No era igual la muerte de un nazi que de un judío en Auswich. Tampoco fue igual la de un gladiador romano bajo las garras y los colmillos de un león en el circo, que la de un cristiano desarmado en el mismo lugar y del mismo modo. A su vez, tampoco es igual la del perro que la del envenenador. No son iguales porque sé que sólo lloraré una de ellas. Lloraré la del perro, y me regocijaré en la victoria de la pérdida de quien jamás debió existir.
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reflexiones
lunes, 17 de noviembre de 2008
Muertes graciosas y premios Darwin
Si me lo hubieran contado no lo habría creído. Pensar todavía que lo que voy a escribir y aportar tiene su procedencia en una noche de sábado con unos cuantos amigos resulta poco menos que macabro, aunque qué queréis que os diga… a mí me parece gracioso. Es más; Todavía me río de lo que se dijo allí.
Para entrar en situación, contaré que el ánimo general era decadente. Nos encontrábamos la mitad del equipo de fútbol sala, con portero incluido, en el piso de uno de nosotros. Horas antes habíamos perdido 0 a 8, que se dice rápido pero se sufre despacito y con buena letra, en un partido que por su resultado y por no venir a cuento no voy a relatar.
Un servidor sacó un tema de conversación, y para que no se dijera que me gusta el humor negro, decidí contar algo sobre la muerte. No es que lo contara. Recordé un caso, que todos ya conocíamos y que le puede ocurrir a cualquiera. Reconozco que hice chanzas sobre la situación en concreto aunque en ningún momento puse en entredicho el honor del muerto. Para entendernos, las carcajadas que se sucedieron a mis comentarios y a los del portero con respecto a la situación no fueron hacia la persona, sino al modo que tuvo para irse al otro lado. Porque de verdad lo creo así. Hay formas y formas, y cuando desde arriba le dan a uno el pasaporte de un modo poco convencional, es en parte gracioso, más que nada porque en el final, el propio individuo es el que menos puede hacer. Uno queda invitado a vivir una situación para la que permítaseme la expresión, no estaba preparado.
Pese a ello, tal día como hoy, se me ocurrió indagar sobre aquellas muertes que tienen gracia. Al decir que uno no puede hacer nada con respecto a como capitula su vida, me he dado cuenta de que no es siempre así. Por insólito que parezca, siempre hay gilipollas, por suerte de momento no he conocido a ninguno, que deciden hacer honor a su calificativo y hacen una gilipollez que les cuesta la vida. La hacen como algo gracioso, porque creen que sus acciones son completamente normales y que en ningún momento van a acarrearles problema alguno.
Un ejemplo de ello sucedió hace unos años en nuestro país. Una chica quería al igual que muchos de nosotros hacemos cada día, enchufar su mini cadena a la corriente. Para realizar el proceso, sujetó entre los dientes la punta del cable que va conectado al aparato y cometió lo que sería la estupidez de su vida. Conectó el otro extremo del cable a la red eléctrica. Por si algún lector no ha caído todavía, la saliva es un conductor excelente.
¿Increíble verdad? No he empezado con lo interesante todavía. Vamos a ello. Hace unos años, aparecieron unos nuevos premios. En nuestra sociedad, a uno le premian ya por lo que sea. Por ganar una carrera de caracoles, por llevar el pelo excesivamente largo, por tatuarse una marca de refrescos en la frente, etc. Ahora, también puede recibirse uno a título póstumo si se muere por un despiste, por ser tan idiota que tal vez el amigo de arriba llegue a pensar: “Majo, si es que me lo pedías a gritos”. Se denominan premios Darwin en honor a Charles Darwin, creador de la Teoría de la evolución. Se basan en la idea de que el ser humano evoluciona genéticamente con el fin de mejorar. Así, esa evolución hacia la mejora se realiza si cabe de forma accidental, matándose o esterilizándose por un descuido o por un pequeño error. No siempre hay que estar muerto para recibirlos. Si por el pequeño accidente uno no muere pero queda incapaz para tener hijos también es un candidato perfecto para obtener tal distinción, ya que la teoría de la evolución se habrá cumplido al no poder traer al mundo a nadie que vaya a cometer estupideces de ese calibre.
Sobre la esterilización, coincidencias del destino, también aporté un caso muy significativo que me contó de primera mano la persona que en el hospital atendió a su protagonista, que pese a lo que le ocurrió, no diré lo políticamente correcto.
¿Era buena persona? No lo sé.
¿Era inteligente? No, más bien yo diría que era un pobre imbécil.
¿Pensaba lo que hacía? Sí lo pensaba, pero no calculó bien las consecuencias.
Ocurrió un día en las fiestas de Las Fallas, en Valencia. Para quien no lo sepa, diré que en esos días se tiran muchos petardos, cohetes o como cada cual los llame. Son objetos que con ayuda de una mecha y pólvora, explotan. Es algo tradicional, y para hacer honor a la palabra, nuestro querido amigo decidió comprar una caja de 50 de los más potentes.
Había quedado con su chica unos minutos después, y subió en su moto para ir a buscarla. Hasta este momento el individuo no había puesto en funcionamiento su materia gris, o sea, no había hecho ninguna idiotez, aunque poco faltaba para el comienzo. Cuando llegó al primer semáforo, vio a unos chicos que jugaban a encender petardos y tirarlos y pensó que por qué no podía él hacer lo mismo.
Dicho y hecho. Abrió la caja y se puso a encender y tirar, encender y tirar hasta que el semáforo cambió a verde, momento en el que la guardó y siguió conduciendo. Cuando volvió a detenerse ante otro, repitió la operación con tan mala fortuna que uno de los cohetes cayó encendido dentro de la caja. Nuestro amigo intentó desembarazarse de la bomba casera que sin querer había fabricado pero llegó tarde. La caja estalló.
En primer lugar, siempre se advierte que la reserva pirotécnica debe estar en un lugar alejado de donde se realiza el fuego.
En segundo lugar, Era imposible que se desprendiera de la caja porque para prender los petardos necesitaba ambas manos y para sostener el manillar de la motocicleta necesitaba las rodillas. Así que… ¿Dónde creen que tenía la caja explosiva? Pues entre las piernas, de modo que se practicó una esterilización por la vía rápida. Su chica ya no tendría que decirle nunca más que le dolía la cabeza.
No es producto de mi imaginación. Sobre el tema hay varios libros de los cuales el primero se titula Premios Darwin: Evolución en acción. Además, también hay una película con el mismo nombre dirigida por Finn Taylor. Para aquellos que queráis profundizar más en el tema, a continuación tenéis un artículo publicado por ZAPPING.
Los Premios Darwin
por Marcelo Dos Santos (
El ser humano no es —algunos dicen incluso que por suerte—, inmortal. Por lo tanto, morimos. Por diversos motivos.
La mayor parte de las causas de muerte del ser humano obedecen a la estupidez de la especie como tal: hambre, guerras, enfermedades evitables, mala distribución
de los recursos, violencia innecesaria, accidentes, etc. Otras provienen de la Madre Naturaleza: cáncer, infecciones, venenos...
Por último, las causas que nos interesan en este caso: la estupidez humana individual, no imputable a la especie ni a nadie más que al fallecido. Nos referimos
a esos casos en que alguien hace algo tan, pero tan estúpido, que es prácticamente inevitable que se mate. Y lo hace. Y lo entierran. Y listo.
Ya sé que no es tema para burlarse, pero, realmente, al enterarse de algunos de esos casos, uno no puede menos que preguntarse: "¿Y qué esperaba el muerto?
¿No morirse?". Resulta que la estupidez que había cometido era mortal, él sabía que era mortal y, como corresponde, se murió.
Voy a relatar aquí dos casos de personas que yo conocía personalmente, que murieron en circunstancias como las que acabo de describir.
CASO 1: Un señor que era encargado (en la Argentina también se los llama porteros) de un edificio de departamentos.
Durante aquellas enormes inundaciones de 1985/86, el edificio en que vivía y trabajaba este caballero se inundó, como casi todas las casas de ese barrio.
Como es lógico, la parte que más sufrió era el sótano, dominio exclusivo del encargado.
Apenas pasada la tormenta, el señor abrió la puerta del sótano, encendió las luces y miró desconsolado los miles de objetos que flotaban a la deriva en
casi un metro y medio de agua marrón y apestosa. Todo estaba arruinado. El agua tapaba varios de los escalones que conducían desde el descansillo hasta
el piso del sótano. Al fondo, contra la pared, a más de veinticinco metros de su posición, había un ventilador metálico de pie, de tamaño industrial, que
él había dejado enchufado y funcionando. Ahora, con la mitad de su pie dentro del agua, el aparato seguía funcionando, haciendo girar sus aspas perezosamente
en el aire caliginoso.
¿Qué hubiera hecho usted? Desconectar los fusibles o subir la llave térmica, según el caso, para cortar la energía de aquel sótano, y desenchufar el enorme
ventilador. Es lo que hubiese hecho cualquier persona normal.
Este señor no lo hizo así. Lo hizo de tal modo que le costó la vida.
Lo que decidió fue descalzarse, quitarse botines y calcetines, arremangarse las perneras de los pantalones, y meterse en el agua hasta medio muslo, descalzo
y con un aparato eléctrico funcionando sumergido.
Lo increíble es que el ventilador lo dejó acercar. Lo dejó acercarse lo suficiente como para tomar con las manos el cilíndrico pie metálico y recibir la
enorme descarga eléctrica que acabó con él instantáneamente.
CASO 2: Este otro señor trabajaba en el mismo sitio que yo, y poseía un campo en la localidad bonaerense de Las Flores. Allí iba los fines de semana para
hacer trabajos agrícolas, arreglar la vivienda o simplemente descansar.
Un buen día, decidió que una de las tranqueras (puertas de los corrales) necesitaba una mano de barniz. Como el barniz marino, capaz de soportar meses y
años de intemperie, es sumamente caro, en el campo argentino se recurre a un sustituto que sirve casi a los mismos efectos (proteger la madera del sol
y la lluvia) y casi con tanta eficiencia como el barniz. Ese sustituto es aceite lubricante de automotores, ya muy usado, quemado y ennegrecido.
Nuestro hombre pasó una atareada tarde aceitando el portón de la tranquera con esa sustancia grasosa, maloliente y sucia. Le dio varias manos, como prescribe
el método, esperando entre una y otra a que la anterior se secara. Cuando concluyó al fin, como es de esperarse, estaba inmundo desde las puntas de los
dedos casi hasta los hombros, y se había ensuciado también pecho, vientre y rostro. Ni lerdo ni perezoso, decidió limpiarse. ¿Cuál es el mejor solvente
para eliminar hidrocarburos? Otro hidrocarburo.
Tomó un bidón de 20 litros de nafta que utilizaba para cargar el grupo electrógeno y se echó en las manos, brazos, pecho y rostro, consiguiendo deshacerse
de la mayor parte de la grasa maloliente. Luego, la ducha.
Se dirigió al baño, se desnudó... y encendió el calefón a queroseno.
Murió cinco días después en el Instituto del Quemado de Buenos Aires, completamente desfigurado, tras la espantosa agonía que sólo los quemados mayores
tienen la desgracia de sufrir.
Estos dos terribles casos, por sí solos, demuestran que un solo instante de estupidez es suficiente para terminar con una vida joven, productiva y con posibilidades.
O, como quería Asimov: "Contra la estupidez humana, los propios dioses luchan en vano".
En vano. Todos sabemos que la fatalidad no existe, que los accidentes siempre se producen por errores humanos, pues incluso cuando se atribuyen a fallas
mecánicas, se puede demostrar que son errores de mantenimiento, técnicos o de presupuesto. Hasta las muertes por huracanes, terremotos, erupciones volcánicas
o demás catástrofes naturales son errores del ser humano, especialmente hoy, en que los métodos de control y observación meteorológica y de detección sismográfica
tornan predecible casi la totalidad de dichos eventos.
Wendy Northcutt es bióloga molecular de la Universidad de Standford, y mantiene desde hace años un sitio llamado
The Darwin Awards que otorga los Premios Darwin. Los premios
Darwin, según sus propias palabras, "premian a los individuos que protegen nuestro patrimonio genético a través del sacrificio máximo: eliminándose a sí mismos
de modos extraordinariamente idiotas, mejorando por lo tanto las posibilidades de la raza humana para sobrevivir a largo plazo. Para decirlo más claro:
son cuentos morales acerca de gente que se ha matado a sí misma de las maneras más estúpidas, y, al hacerlo, han mejorado significativamente el patrimonio
genético, eliminando sus propios genes del proceso evolutivo".
Autora de varios libros y webmaster de su propio sitio, Northcutt lo encabeza con una cita de Einstein que reza: "Hay solo dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana. Aunque del universo no estoy tan seguro".
La teoría de la evolución de Darwin postula que solo los mejores genes son transmitidos a la siguiente generación. Por cierto que los de la estupidez no debieran estar entre ellos. Es por ello que nuestra heroína ha establecido estos reconocimientos (casi siempre póstumos) a aquellos que, siendo estúpidos como lo eran, han evitado, al matarse
a sí mismos, que sus genes defectuosos lleguen a nuestros hijos o nietos. ¿Humor negro? De ningún modo. Hay un peñasco frente a un precipicio en cierto
sitio, preferido por los suicidas que suelen saltar de él. Allí puede verse un grafitti que dice: "Aquí se ve la evolución en acción". Es cierto. Los Premios Darwin están allí, según la doctora Northcutt, para que veamos las fuerzas de la evolución en acción, en vivo y en directo, seleccionando a individuos de nuestra especie para mejorar y mejorarnos. Aunque muchos crean que reírse de un tipo que muere jugando a la ruleta rusa con una mina terrestre está mal o es inmoral, todos convendremos en que una persona que procede de tal modo no tiene en realidad ninguna posibilidad de llegar a vieja, y que lo interesante es la forma en que decidió probar si podía irse al cielo prematuramente.
Como sea, nos agrade o no, los Premios Darwin existen y se entregan desde 1993, casi siempre, como hemos dicho, en forma póstuma. ¿Por qué casi siempre?
Pues porque no todos los ganadores se han muerto: algunos simplemente se han castrado. Hasta que no se perfeccione la clonación humana, el que se ha castrado
a sí mismo se hace acreedor de un Premio Darwin, siempre y cuando no tenga semen congelado en alguna parte.
Lo cual nos lleva a las normas de los premios. ¿Quién es elegible para ganar un Premio Darwin y mediante qué clase de actos?
Las normas que determinan que un Premio Darwin sea válido son cinco:
1) Reproducción: El candidato debe terminar su experiencia muerto, estéril o incapaz de reproducirse de cualquier modo. Si alguien sobrevive a un acto
increíblemente estúpido y permanece en capacidad de reproducirse, la Teoría de la Evolución nos dice que sus genes deben tener algún valor o capacidad
oculta que les autoriza a sobrevivir. Así que si alguien juega a la ruleta rusa con una pistola (y no con un revólver) y sobrevive con su pene y sus testículos
intactos, sus genes, capaces de sobrevivir a semejante inmbecilidad, tienen una voluntad de vida tan indomable que excluyen de factoal candidato, que no
merece, entonces, un Premio Darwin.
2) Excelencia:El candidato debe haber manifestado una inconcebible incapacidad de juicio. No se trata de estupideces comunes, como quedarse dormido
con un cigarrillo encendido. Hablamos de estupideces de alto vuelo, idioteces de marca mayor, como la de un ganador del premio que intentó reparar la instalación
eléctrica del hidromasaje del jardín en una noche de tormentas eléctricas... El lector imaginará el resultado de la prueba.
3) Autoselección natural:El candidato debe ser causante de su propia muerte. Con esta exigencia, el Premio Darwin intenta desalentar a aquellos que,
con un acto sublimemente imbécil, asesinan a otros inocentes, aunque sean sus propios parientes y lleven, por lo tanto, sus mismos genes. El que atropella
a alguien por manejar borracho no merece de ningún modo un Premio Darwin, ni tampoco su víctima, porque ella solo ha tenido mala suerte. Para dar un ejemplo:
en los Encierros de San Fermín muere gente. Si usted se muere porque un toro lo atropella accidentalmente y no estaba participando del juego, usted es
víctima de un accidente: tuvo mala suerte. Ahora, si usted muere en Bilbao, despachurrado por un toro furioso, mientras estaba usted montado desnudo en
un carrito de supermercado conducido por un amigo borracho que azuzaba a los toros —como ha sucedido en la realidad—, entonces usted sí se gana un Premio
Darwin. Aunque no lo crea, tal episodio es cierto.
4) Capacidad de juicio: El candidato debe ser capaz de un juicio maduro y preciso.Esto excluye, como es natural, a los niños, a los enfermos mentales
y a aquellos cuya inteligencia ha demostrado sufrir un proceso patológico o padecer algún retraso mental. Para ser claros: el feliz poseedor de un Premio
Darwin debe ser una persona normal, que ha llevado a cabo una acción que cualquier adolescente de inteligencia promedio hubiera sido capaz de evitar por
sentido común. Con respecto a los niños, sus faltas de sentido común siempre son imputables a sus padres, responsables de enseñarles, prepararlos para
evitar el peligro y ayudarlos a proceder como seres humanos normales.
5) Veracidad: El evento en cuestión debe poder ser comprobado. Esta verdad de Perogrullo es esencial: los hechos merecedores de un Premio Darwin tiene
que estar probados. Esto puede hacerse mediante periodistas de medios serios, policía, poder judicial o declaraciones de testigos presenciales.
Cualquiera que cumpla con las cinco condiciones (y sólo entonces) se hará acreedor al Premio Darwin.
Los casos presentados en el libro y el sitio web de Wendy se dividen en ocho categorías, a saber:
A) Premios Darwin (probados).
B) Premios Darwin (aún no probados).
C) Nominados al Premio Darwin (probados).
D) Nominados al Premio Darwin (aún no probados).
E) Menciones honoríficas (probadas).
F) Menciones honoríficas (aún no probadas).
G) Comunicaciones personales (no probadas).
H) Leyendas urbanas (que son mentira).
En las dos primeras clases los causantes están muertos o castrados, aunque la segunda esté aún pendiente de comprobación. Los protagonistas de los rubros
E) y F) han sobrevivido con sus órganos reproductores intactos y por ello sólo han merecido Menciones Honoríficas. Como se ve a partir de las cosas que
han hecho, es probable que sólo sea cuestión de tiempo el hecho de que lleguen a hacer méritos suficientes para que se les otorgue un Premio Darwin hecho
y derecho.
La categoría "Comunicaciones personales" consta de hechos que han sido comunicados a la doctora Northcutt por vía postal, email o llamados telefónicos de
personas que dicen haber sido testigos presenciales, pero, como es obvio, estos incidentes están pendientes de comprobación.
La última, como su nombre lo indica, consiste únicamente en leyendas urbanas que han sido demostradas falsas, por lo que se las incluye simplemente a título
informativo y por causa de su interés, humor o creatividad.
Pasemos entonces, brevemente, a revisar algunos de los casos más increíbles de los Premios Darwin, pertenecientes a la primera de estas clasificaciones.
CASO 1: Y... ¿DÓNDE ESTÁ EL PARACAÍDAS?
Ivan, un paracaidista deportivo experimentado, tenía más de 800 saltos en su haber. En 1987 decidió filmar en video una lección de salto impartida por in
instructor a uno de sus alumnos. Como es costumbre, Ivan adosó su cámara al casco a fin de tener las manos libres, y colocó el grabador de video y las
baterías de repuesto en una pesada mochila que se colocó a la espalda.
Durante todo el día filmó la enseñanza en tierra. Por la tarde, instructor, alumno e Iván abordaron el avión para llevar a cabo la parte práctica.
El camarógrafo saltó de la escotilla posterior, mientras que maestro y estudiante lo hicieron de la anterior. Se observa claramente en la cinta que ambos
tiran de las cuerdas, sus paracaídas se abren y pronto se pierden espacio arriba, a medida que el aire los frena pero el camarógrafo persiste en caída
libre...
...Y en caída libre...
¡Y en caída libre!
Habiendo estado todo el día con la mochila a la espalda, Iván sencillamente olvidó colocarse, además, ¡su paracaídas!La filmación permite ver su mano dirigiéndose
al pecho para encontrar que no hay cordel, y la danza desesperada de la cámara, para finalmente dirigirse al suelo, que asciende, como era de esperar,
rápidamente a su encuentro. Las mochilas llenas de baterías y magnetoscopios no parecen ser elementos adecuados para frenar una caída desde unos seis mil
metros de altura.
Parte de la filmación pudo ser recuperada tras el impacto. La historia fue confirmada por periodistas de United Press, Associated Press y el Washington
Post, y obtuvo un Premio Darwin 1994.
CASO 2: LAS ARMADURAS NO FLOTAN
El emperador del Sacro Imperio Federico I se embarcó en la Tercera Cruzada para recuperar Tierra Santa de manos infieles.
Premio Darwin de sangre azul: Federico II con el hábito de los templarios. Ni las fuertes alas de su halcón pudieron impedir que ganara el premio
Luego de cruzar cientos de millas de desierto, sus tropas llegaron por fin a un río muertas de sed. El emperador, primer sediento del ejército, se arrojó
de cabeza a las aguas sin medir la profundidad y sin quitarse la armadura. El río era tan profundo que el muy menudo Rey de los Romanos no hacía pie, y,
por supuesto, la pesada armadura lo arrastró de inmediato al fondo, donde murió ahogado. Muerte muy poco elegante y menos heroica para quien había soñado
con reconquistar Jerusalén.
CASO 3: HELIO, GLOBOS, REPOSERA
Este inconcebible caso mereció una Mención Honorífica en 1982, y está confirmado por el escritor Charles Downey, los cables periodísticos de la United Press
y los informes de la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos.
Larry Walters, camionero de Los Angeles, tomó un buen día la decisión de cumplir sus sueños de infancia: ser aviador. Larry había intentado ser piloto militar,
pero sus problemas de vista ocasionaron que la Fuerza Aérea norteamericana lo rechazara por incapacidad física.
En 1982, compró 45 globos sonda meteorológicos de 10 metros cúbicos de capacidad y 1,22 metros de diámetro cada uno en una tienda de la Marina. Compró además
varios tubos de gas helio, y se preparó para su gran hazaña.
Tomó su confortable reposera de jardín construida de aluminio y la ancló mediante una cuerda a la defensa de su camioneta todo terreno. Ató los globos al
armazón de la silla de jardín y los llenó con 450 m3 de helio. Luego, contento con la aventura que estaba a punto de emprender, bautizó a su reposera voladora
con el soñador nombre de "Inspiración I" y se proveyó de los avíos que consideró necesarios, a saber: una radio de 27 megaciclos, múltiples latas de cerveza,
algunos emparedados y un rifle de aire comprimido. Su plan era sobrevolar el valle a unos cómodos 9 metros de altura. Cuando se cansara de viajar, rompería
algunos globos con su arma para descender lentamente hasta la seguridad del suelo.
Tomadas todas sus inteligentes previsiones, Larry Walters se subió a la reposera, se ató a ella con unas correas y soltó la cuerda que lo unía al todo terreno.
Larry Walters según Ziebarth
Las cosas no salieron como Walters había previsto. Recordemos que no había sido admitido en la Fuerza Aérea, por lo que abtrusos asuntos como la fuerza
ascensional, la flotabilidad de los globos y el empuje aerostático estaban totalmente fuera de su capacidad de comprensión.
En lugar de flotar grácilmente a 9 metros de altura, el conjunto de globos imprimió a la silla —y a Walters— una flotabilidad monstruosa. La reposera saltó
hacia arriba como si hubiera sido disparada con un cañón, mientras el desesperado Larry Walters se aferraba a sus correas. Sólo se estabilizó y detuvo
su ascenso a los 4.800 metros de altura.
En este preciso momento, Larry se percató de que todo el asunto había sido una mala, espantosamente mala idea. La previsión de reventar los globos a balinazos
no era ya posible: se encontraba suspendido a casi 5.000 metros de altura en una posición de equilibrio sumamente inestable, y no podía arriesgarse a disparar
a su formación de globos por miedo a alterar ese equilibrio y precipitarse a tierra. Recordemos que el aspirante a aeronauta se hallaba atado con cinturones
a una reposera de playa.
Para colmo de males, Larry no se hallaba estacionario sobre un lugar cualquiera, sino en medio del corredor de aproximación primaria a las tres pistas principales
del Aeropuerto Internacional de Los Angeles.
A esa altitud, los vientos fríos del Océano Pacífico lo congelaban a él, a sus sandwiches y a sus cervezas Miller Lite. En ese momento, los aviones de línea
comenzaron a pasar junto a él, precisamente en la misma cota. Dos comandantes, uno de TransWorld Airlines y otro de Delta, transmitieron al despachador
de la Torre de Control sus preocupaciones acerca de estarse volviendo locos. Podemos imaginar el diálogo:
—Torre LAX, Torre LAX, este es TWA 225. No va usted a creerme, pero le aseguro que es cierto.
—TWA 225, proceda con su informe.
—Aproximo a cabecera de Pista 1 en ruta primaria, rumbo 220, velocidad 400 nudos, altitud 16.000. Junto a mi ala de babor veo a un hombre armado, amarrado
a una reposera marca "Sears" , suspendido de varias decenas de globos meteorológicos. Rumbo: estacionario, velocidad cero, altitud, 16.000 pies. Está en
medio de la ruta primaria, y Delta 761 se dirige directo hacia él. ¿Torre? ¿Torre? ¿Me copia...?
—Er... ¿Un hombre amarrado a una silla de jardín? ¿Comprada en "Sears"?
—LAX, LAX, este es Delta 761. El hombre que dice TWA 225 se agita en su reposera. Solicito instrucciones.
—TWA 225, Delta 761, esperen instrucciones. Instruc...ciones. ¿Una reposera?
El incrédulo despachador de la torre de control comenzó a escanear todas las frecuencias posibles para comunicarse con el extraño personaje volador, y lo
mismo hicieron todos los comandantes de las aeronaves que aproximaban para aterrizar en LAX.
Finalmente, descubrieron a Walters en el canal 9 de la frecuencia de 27 MHz, la banda ciudadana de 11 metros de longitud de onda. Es el canal exclusivo
para la Red Nacional de Emergencias.
Como es natural, se le ordenó enfáticamente que descendiera, a lo que Walters respondió explicando que no tenía medios para hacerlo.
Hay una escena clásica del humor victoriano en el fabuloso libro de Jerome K. Jerome "Tres hombres en un bote": dos pescadores observan azorados como una
gran gabarra se dirige en derechura hacia ellos. Cuando los golpee, el pequeño bote de pesca se hundirá en las aguas del Támesis. Es que el piloto de la
embarcación mayor ha perdido los remos.
—¡Apártese! ¡Apártese! —le gritan los pescadores.
—¡No puedo! —responde el hombre.
—No lo intenta... —lo acusan, resentidos.
Cuando la Torre de LAX impera a Walters para que descienda, el hombre explica su situación. No puede. Los pilotos y el despachador piensan, como los pescadores
de Jerome, que ni siquiera lo intenta.
Como una visión fantasmagórica de una mente alcoholizada, todos los aviones que pretenden aterrizar en LAX reportan la sobrecogedora aparición de la "Inspiración
I" en medio de sus rutas.
Han pasado catorce horas del inusual "despegue", y Larry Walters está ahora en un estado próximo a la hipotermia. Le cuesta pensar con claridad, pero aún
conserva la lucidez suficiente como para no atreverse a disparar contra los globos que lo sustentan.
De pronto, dos reactores Douglas F4-D Phantom II de la Guardia Nacional aparecen como por arte de magia frente a Larry Walters y lo conminan a descender
por las buenas... o por las malas.
Lo que ha sucedido es que el despachador de la torre ha denunciado el increíble caso a la Junta de Accidentes Aéreos de la Fuerza Aérea y a la Administración
Federal de Aviación. Los funcionarios aéreos, conscientes del peligro que representa la presencia de un hombre en una reposera en medio de las rutas comerciales
del aeropuerto de Los Angeles, uno de los más transitados del mundo, han puesto el asunto en manos del 114° Grupo de Combate Aéreo de la Guardia Nacional.
Los pilotos de Phantom han despegado hace pocos minutos de su base en Fresno e increpan a Walters por la banda de 11 metros, exigiéndole que despeje el
área.
El hombre se niega, aterrorizado por la muy concreta posibilidad de precipitarse a tierra aferrado a su reposera.
Con la poca paciencia que los caracteriza, los pilotos militares le informan que han recibido órdenes de derribarlo en caso de renuencia, por lo que es
mejor que coopere. Si no consigue bajar, ellos lo ayudarán con los cuatro cañones automáticos de 20 mm que lleva cada Phantom II en las alas.
Ante la irrefutable lógica de los aviadores, que ahora orbitan a su alrededor como halcones ante un gorrión particularmente gordo y sustancioso, Larry decide
obedecer. Convengamos en que no le quedaban demasiadas opciones.
Honrando la amable invitación de los dos Phantom, Larry consiguió reunir el valor suficiente como para apuntar con cuidado a sus globos y comenzar a reventarlos.
El descenso no fue, tampoco, tan suave como el aeronauta había planeado. Se precipitó a tierra atado a su reposera, y sus globos se engancharon en una línea
de alta tensión, cortando los cables. El apagón subsiguiente dejó a Long Beach entera sin luz durante 20 minutos.
Cuando Walters consiguió desengancharse de la silla playera y bajar a tierra por una de las torres eléctricas, encontró a un ansioso destacamento del Departamento
de Policía de Los Angeles esperándolo con los brazos (y las esposas) abiertos. Mientras se lo llevaban amarrado, un periodista destacado para cubrir el
extraño rescate se acercó a Larry, le puso un micrófono bajo la nariz y preguntó claro y directo: "¿Por qué lo hizo?". Walters, ya recuperado del susto,
respondió tranquilamente: "¿Qué quieren? ¿Qué me pase toda la vida sentado en mi casa?". Evidentemente, había preferido pasarse catorce horas a casi cinco
mil metros de altura, en medio de una ruta comercial, muerto de frío, con ocho cañones apuntándole.
La Administración de Aviación no estaba contenta con Walters. Como cualquiera puede imaginar, presentó cargos contra él y solicitó su procesamiento, condena
y prisión.
Walters salió del asunto con una multa de 1.500 dólares norteamericanos y una reputación de imbecilidad que lo persiguió el resto de su vida. No obstante
ello, batió con su descerebrada hazaña el récord mundial de altitud para formaciones de globos de helio.
Luego de la aventura, debió abandonar su trabajo en la empresa de camiones (¿pondría usted un camión en manos de un hombre como este?) y se dedicó durante
cierto tiempo a dar conferencias acerca de la vocación y las iniciativas. En realidad, nunca compensó con el dinero que ganó con estas conferencias la
pérdida de su empleo ni la multa de la FAA.
Once años después de su único vuelo, solo, pobre y desesperado, Larry Walters comprendió por fin que su vida era un desastre y él un pobre fracasado. Nunca
se había casado; nadie se había enamorado de él; no tenía hijos; no conocía la felicidad; ni siquiera había conseguido cumplir su sueño de ser piloto.
El 6 de octubre de 1993 se internó en un bosque con su escopeta. Apoyó la culata en el suelo y la boca del cañón en su pecho y se mató de un tiro. Tenía
sólo 44 años.
Con la muerte de Walters (esperable, dada su mentalidad), la Mención Honorífica de 1982 se convirtió en un Premio Darwin de 1993. La autoeliminación de
"Reposera Larry" (como se lo conoció desde el incidente) libró a nuestro pool genético de estos peligrosos fragmentos de ADN.
CASOS 4 Y 5: MÁS DE PARACAÍDAS. ESTA VEZ: TERRORISTAS Y SECUESTRADORES
Estas dos historias ganaron en conjunto el Premio Darwin 2000, y, como decía Ionnesco, si no fueran tan trágicas serían graciosas.
El 24 de noviembre de 1971, un hombre que se identificó como Dan Cooper abordó un avión de Northwest Orient Airlines en Portland. En medio del vuelo, el
hombre expuso sus exigencias: quería doscientos mil dólares norteamericanos y cuatro paracaídas, so pena de hacer explotar la aeronave. Se le explicó que,
por muy buenas razones, los aviones comerciales no llevan paracaídas. Cooper insistió. Se le ofreció aterrizar en Seattle, Washington, para conseguir la
plata y los paracaídas, siempre y cuando él dejase desembarcar a los demás pasajeros. El terrorista accedió.
Una vez más en el aire, el hombre pidió explicaciones acerca de cómo abrir la puerta de popa, y luego exigió a la azafata que saliera de la cabina de pasajeros.
Cuando el avión aterrizó en Reno, la escotilla estaba abierta y tanto Cooper como el dinero habían desaparecido.
La iniciativa del terrorista fue del todo equivocada. Sus genes imbéciles ya habían decidido autoeliminarse del patrimonio de la especie en el instante
mismo en que Cooper tuvo la idea de secuestrar el avión y saltar después en paracaídas.
Nunca más se supo del aspirante a bin Laden, pero no crea el lector que pudo haber salido con bien del asunto.
Fuera del avión rugía una tormenta tremebunda: la temperatura exterior era de 51°C bajo cero, Cooper había saltado provisto solo de su ropa de calle y el
avión sobrevolaba en ese momento un bosque helado en medio de la noche.
La investigación oficial del FBI dictaminó que D.B. Cooper tuvo que haberse congelado mientras flotaba en medio de la tormenta colgado de su paracaídas
y vestido con su traje liviano. Si no fue así, cayó en el bosque o en el río Columbia, de modo que murió de hambre y frío o se ahogó. Algún día se encontrará
su cadáver.
¿Todas las provisiones que previsoramente llevaba? Una bolsita de maní, gentileza de Northwest Orient Airlines.
¡Marche un Premio Darwin instantáneo para uno!
Davao, Filipinas. Un tipo llamado Augusto sube a un avión de Philippine Air con destino a Manila. A medio vuelo, se coloca una máscara de ski y un par de
lentes de natación, saca un arma y una granada y anuncia que ha secuestrado el avión.
Acto seguido, exige que el aparato dé media vuelta y regrese a Davao. Los pilotos tratan de razonar con él, le muestran los indicadores de combustible y
le juran que no disponen del suficiente como para volver. Su única alternativa es seguir adelante y aterrizar en Manila. El terrorista acepta. El tal Augusto
roba a los pasajeros un total de 25.000 dólares y, sin evidenciar miedo, ordena al piloto que baje a 6.500 pies (unos 2.000 metros) y que se estabilice
allí.
Con el cañón del arma de un demente apoyada en su cráneo, el comandante obedece.
Para alegría de la tripulación, Augusto saca una bolsa que parece una mochila. Le preguntan de qué se trata, y responde gozoso que se ha construido su propio
paracaídas. Obliga a una de las azafatas a abrir la compuerta y despresurizar la cabina de pasajeros. Se coloca su "paracaídas" a la espalda y trata de
saltar. Sin embargo, el viento de crucero es tan fuerte que el frustrado paracaidista es impulsado de nuevo dentro del avión. Como no puede salir, el desesperado
secuestrador tira de la anilla de seguridad de su granada pero, justo antes de que pueda arrojar el arma dentro de la cabina, una de las azafatas, deseosa
de ayudarlo, le da una soberana patada en salva sea la parte y lo envía, aullando, hacia la oscuridad que lo espera más allá.
Augusto cae con el paracaídas cerrado y una granada a punto de explotar en la mano... ¿Se abriría el "paracaídas casero"?
Recuerde que Augusto ganó un Darwin, por lo que la pregunta deviene improcedente.
Imagen de una caricatura del genial Charles M. (Chuck) Jones: el coyote cae, con el paracaídas plegado y granada en mano, directamente hacia la roca del
suelo. Al impactar, hace un pozo de 90 centímetros de profundidad. Luego del aterrizaje, por supuesto, el paracaídas hace "plop" y se despliega, y cae
flotando sobre él para ocultar misericordiosamente a los ojos de los niños lo que sucederá a continuación...
Un segundo más tarde, la granada hace lo suyo, y esta vez no es un "plop" sino un "KA-BOOOOOOM".
Ambos Premios Darwin fueron verificados por periodistas de la Associated Press, la agencia Reuters y el The Australia Age.
CASO 6: LA TRITURADORA
Todos sabemos que las máquinas industriales son peligrosas y que, al trabajar con cualquiera de ellas, es necesario seguir al pie de la letra las normas
y reglas de seguridad previstas para el caso.
Usted y yo lo haríamos. Es por eso que casi con seguridad nunca ganaremos un Premio Darwin.
Pero Michael, dueño de los Aserraderos Carrier de Bangor, Maine (la ciudad donde vive el escritor Stephen King) es el orgulloso poseedor de un premio Darwin,
por lo que no se le pasó por la mente algo tan simple y para tontos como respetar las normas de operación.
Michael tenía una máquina trituradora de troncos en su empresa, cuyo objeto era desmenuzar troncos de abedul o arce de hasta 60 centímetros de diámetro
para reducirlos a astillas de 2 cm.
La máquina, conocida cariñosamente por el personal como "La Chancha" a causa de la arrobadora elegancia de su diseño, había estado sufriendo problemas técnicos.
En pocas palabras, La Chancha se trababa con la propia madera que ingería en grandes cantidades.
El 1° de marzo de 2000, La Chancha se trabó una vez más. Y Michael decidió destrabarla.
En su primera colección de cuentos, "El umbral de la noche", Stephen King incluye uno titulado, precisamente, La trituradora. Relata la historia de una
máquina planchadora y plegadora industrial, de esas que pliegan miles de sábanas con vapor de alta temperatura, que está poseída por un demonio y tiene
la desagradable costumbre de tragarse a las operarias de la lavandería. Como corresponde, una vez atrapadas, consciente de su deber, las plancha, las alisa...
y las pliega.
A la Chancha de Michael no le fue preciso esperar a que un diablo se apoderara de ella. Le alcanzó con la estupidez de su propietario.
Al fallar la máquina, Michael hizo algo que, si no estuviese probado por los recortes periodísticos del Kennebeck Journal y de la agencia noticiosa Blethen
Maine Newpapers, nadie en su sano juicio podría creer: se subió a la cinta transportadora que llevaba los troncos hasta la tolva de la trituradora. "Bueno",
podrá decir el conmiserativo lector, "No hay problema. Con la máquina apagada...".
Permítaseme interrumpir: los ganadores de Premios Darwin JAMÁS apagan las máquinas. ¿Para qué? Eso es para cobardes, pusilánimes y maricones.
No, señor. Michael caminó haciendo equilibrio por la cinta transportadora con la máquina funcionando. Fue hasta la tolva con un rastrillo e intentó desatascar
la corteza trabada en el conducto. Cuando los rodillos dentados se destrabaron de pronto y le agarraron el rastrillo, nuestro Premio Darwin 2000 perdió
el equilibrio y se cayó de cabeza dentro del embudo.
"Generalmente, nuestra experiencia demuestra que los accidentes fatales que involucran a trituradoras de madera", dice William Freeman, director de la Administración
de Salud y Seguridad Industrial en el Trabajo de Bangor, "dependen de dos causas principales: un cuidado inadecuado del equipo, o una falla en los sistemas
de apagado y bloqueo de emergencia".
Michael pasó a través de La Chancha como las lavanderas de King pasaban a través de La Trituradora. Y así como a estas la planchadora/plegadora las planchaba
y las plegaba, La Chancha hizo con Michael lo que se suponía debía hacer: redujo su corpulento organismo a... astillas de 2 cm de largo.
Las susodichas astillas fueron puestas en una pequeña bolsa y trasladadas a la oficina del forense en Portland a fin de ser identificadas por medio del
análisis de ADN.
El Jefe de la Policía local Butch Asselin, encargado de recolectar lo que quedaba de Michael, declaró al día siguiente: "Espero no tener que volver a ver
algo como esto nunca, nunca jamás en mi vida. Le aseguro que anoche tuve problemas para dormir".
No lo dudamos. Es lo que sucede cuando alguien mira a un titular del Premio Darwin apenas lograda su hazaña.
Para los que queráis más información:
Página oficial de los premios Darwin, en inglés
Artículo de Zapin
Artículo de los premios Darwin en Wikipedia
Espero vuestros comentarios!
Para entrar en situación, contaré que el ánimo general era decadente. Nos encontrábamos la mitad del equipo de fútbol sala, con portero incluido, en el piso de uno de nosotros. Horas antes habíamos perdido 0 a 8, que se dice rápido pero se sufre despacito y con buena letra, en un partido que por su resultado y por no venir a cuento no voy a relatar.
Un servidor sacó un tema de conversación, y para que no se dijera que me gusta el humor negro, decidí contar algo sobre la muerte. No es que lo contara. Recordé un caso, que todos ya conocíamos y que le puede ocurrir a cualquiera. Reconozco que hice chanzas sobre la situación en concreto aunque en ningún momento puse en entredicho el honor del muerto. Para entendernos, las carcajadas que se sucedieron a mis comentarios y a los del portero con respecto a la situación no fueron hacia la persona, sino al modo que tuvo para irse al otro lado. Porque de verdad lo creo así. Hay formas y formas, y cuando desde arriba le dan a uno el pasaporte de un modo poco convencional, es en parte gracioso, más que nada porque en el final, el propio individuo es el que menos puede hacer. Uno queda invitado a vivir una situación para la que permítaseme la expresión, no estaba preparado.
Pese a ello, tal día como hoy, se me ocurrió indagar sobre aquellas muertes que tienen gracia. Al decir que uno no puede hacer nada con respecto a como capitula su vida, me he dado cuenta de que no es siempre así. Por insólito que parezca, siempre hay gilipollas, por suerte de momento no he conocido a ninguno, que deciden hacer honor a su calificativo y hacen una gilipollez que les cuesta la vida. La hacen como algo gracioso, porque creen que sus acciones son completamente normales y que en ningún momento van a acarrearles problema alguno.
Un ejemplo de ello sucedió hace unos años en nuestro país. Una chica quería al igual que muchos de nosotros hacemos cada día, enchufar su mini cadena a la corriente. Para realizar el proceso, sujetó entre los dientes la punta del cable que va conectado al aparato y cometió lo que sería la estupidez de su vida. Conectó el otro extremo del cable a la red eléctrica. Por si algún lector no ha caído todavía, la saliva es un conductor excelente.
¿Increíble verdad? No he empezado con lo interesante todavía. Vamos a ello. Hace unos años, aparecieron unos nuevos premios. En nuestra sociedad, a uno le premian ya por lo que sea. Por ganar una carrera de caracoles, por llevar el pelo excesivamente largo, por tatuarse una marca de refrescos en la frente, etc. Ahora, también puede recibirse uno a título póstumo si se muere por un despiste, por ser tan idiota que tal vez el amigo de arriba llegue a pensar: “Majo, si es que me lo pedías a gritos”. Se denominan premios Darwin en honor a Charles Darwin, creador de la Teoría de la evolución. Se basan en la idea de que el ser humano evoluciona genéticamente con el fin de mejorar. Así, esa evolución hacia la mejora se realiza si cabe de forma accidental, matándose o esterilizándose por un descuido o por un pequeño error. No siempre hay que estar muerto para recibirlos. Si por el pequeño accidente uno no muere pero queda incapaz para tener hijos también es un candidato perfecto para obtener tal distinción, ya que la teoría de la evolución se habrá cumplido al no poder traer al mundo a nadie que vaya a cometer estupideces de ese calibre.
Sobre la esterilización, coincidencias del destino, también aporté un caso muy significativo que me contó de primera mano la persona que en el hospital atendió a su protagonista, que pese a lo que le ocurrió, no diré lo políticamente correcto.
¿Era buena persona? No lo sé.
¿Era inteligente? No, más bien yo diría que era un pobre imbécil.
¿Pensaba lo que hacía? Sí lo pensaba, pero no calculó bien las consecuencias.
Ocurrió un día en las fiestas de Las Fallas, en Valencia. Para quien no lo sepa, diré que en esos días se tiran muchos petardos, cohetes o como cada cual los llame. Son objetos que con ayuda de una mecha y pólvora, explotan. Es algo tradicional, y para hacer honor a la palabra, nuestro querido amigo decidió comprar una caja de 50 de los más potentes.
Había quedado con su chica unos minutos después, y subió en su moto para ir a buscarla. Hasta este momento el individuo no había puesto en funcionamiento su materia gris, o sea, no había hecho ninguna idiotez, aunque poco faltaba para el comienzo. Cuando llegó al primer semáforo, vio a unos chicos que jugaban a encender petardos y tirarlos y pensó que por qué no podía él hacer lo mismo.
Dicho y hecho. Abrió la caja y se puso a encender y tirar, encender y tirar hasta que el semáforo cambió a verde, momento en el que la guardó y siguió conduciendo. Cuando volvió a detenerse ante otro, repitió la operación con tan mala fortuna que uno de los cohetes cayó encendido dentro de la caja. Nuestro amigo intentó desembarazarse de la bomba casera que sin querer había fabricado pero llegó tarde. La caja estalló.
En primer lugar, siempre se advierte que la reserva pirotécnica debe estar en un lugar alejado de donde se realiza el fuego.
En segundo lugar, Era imposible que se desprendiera de la caja porque para prender los petardos necesitaba ambas manos y para sostener el manillar de la motocicleta necesitaba las rodillas. Así que… ¿Dónde creen que tenía la caja explosiva? Pues entre las piernas, de modo que se practicó una esterilización por la vía rápida. Su chica ya no tendría que decirle nunca más que le dolía la cabeza.
No es producto de mi imaginación. Sobre el tema hay varios libros de los cuales el primero se titula Premios Darwin: Evolución en acción. Además, también hay una película con el mismo nombre dirigida por Finn Taylor. Para aquellos que queráis profundizar más en el tema, a continuación tenéis un artículo publicado por ZAPPING.
Los Premios Darwin
por Marcelo Dos Santos (
El ser humano no es —algunos dicen incluso que por suerte—, inmortal. Por lo tanto, morimos. Por diversos motivos.
La mayor parte de las causas de muerte del ser humano obedecen a la estupidez de la especie como tal: hambre, guerras, enfermedades evitables, mala distribución
de los recursos, violencia innecesaria, accidentes, etc. Otras provienen de la Madre Naturaleza: cáncer, infecciones, venenos...
Por último, las causas que nos interesan en este caso: la estupidez humana individual, no imputable a la especie ni a nadie más que al fallecido. Nos referimos
a esos casos en que alguien hace algo tan, pero tan estúpido, que es prácticamente inevitable que se mate. Y lo hace. Y lo entierran. Y listo.
Ya sé que no es tema para burlarse, pero, realmente, al enterarse de algunos de esos casos, uno no puede menos que preguntarse: "¿Y qué esperaba el muerto?
¿No morirse?". Resulta que la estupidez que había cometido era mortal, él sabía que era mortal y, como corresponde, se murió.
Voy a relatar aquí dos casos de personas que yo conocía personalmente, que murieron en circunstancias como las que acabo de describir.
CASO 1: Un señor que era encargado (en la Argentina también se los llama porteros) de un edificio de departamentos.
Durante aquellas enormes inundaciones de 1985/86, el edificio en que vivía y trabajaba este caballero se inundó, como casi todas las casas de ese barrio.
Como es lógico, la parte que más sufrió era el sótano, dominio exclusivo del encargado.
Apenas pasada la tormenta, el señor abrió la puerta del sótano, encendió las luces y miró desconsolado los miles de objetos que flotaban a la deriva en
casi un metro y medio de agua marrón y apestosa. Todo estaba arruinado. El agua tapaba varios de los escalones que conducían desde el descansillo hasta
el piso del sótano. Al fondo, contra la pared, a más de veinticinco metros de su posición, había un ventilador metálico de pie, de tamaño industrial, que
él había dejado enchufado y funcionando. Ahora, con la mitad de su pie dentro del agua, el aparato seguía funcionando, haciendo girar sus aspas perezosamente
en el aire caliginoso.
¿Qué hubiera hecho usted? Desconectar los fusibles o subir la llave térmica, según el caso, para cortar la energía de aquel sótano, y desenchufar el enorme
ventilador. Es lo que hubiese hecho cualquier persona normal.
Este señor no lo hizo así. Lo hizo de tal modo que le costó la vida.
Lo que decidió fue descalzarse, quitarse botines y calcetines, arremangarse las perneras de los pantalones, y meterse en el agua hasta medio muslo, descalzo
y con un aparato eléctrico funcionando sumergido.
Lo increíble es que el ventilador lo dejó acercar. Lo dejó acercarse lo suficiente como para tomar con las manos el cilíndrico pie metálico y recibir la
enorme descarga eléctrica que acabó con él instantáneamente.
CASO 2: Este otro señor trabajaba en el mismo sitio que yo, y poseía un campo en la localidad bonaerense de Las Flores. Allí iba los fines de semana para
hacer trabajos agrícolas, arreglar la vivienda o simplemente descansar.
Un buen día, decidió que una de las tranqueras (puertas de los corrales) necesitaba una mano de barniz. Como el barniz marino, capaz de soportar meses y
años de intemperie, es sumamente caro, en el campo argentino se recurre a un sustituto que sirve casi a los mismos efectos (proteger la madera del sol
y la lluvia) y casi con tanta eficiencia como el barniz. Ese sustituto es aceite lubricante de automotores, ya muy usado, quemado y ennegrecido.
Nuestro hombre pasó una atareada tarde aceitando el portón de la tranquera con esa sustancia grasosa, maloliente y sucia. Le dio varias manos, como prescribe
el método, esperando entre una y otra a que la anterior se secara. Cuando concluyó al fin, como es de esperarse, estaba inmundo desde las puntas de los
dedos casi hasta los hombros, y se había ensuciado también pecho, vientre y rostro. Ni lerdo ni perezoso, decidió limpiarse. ¿Cuál es el mejor solvente
para eliminar hidrocarburos? Otro hidrocarburo.
Tomó un bidón de 20 litros de nafta que utilizaba para cargar el grupo electrógeno y se echó en las manos, brazos, pecho y rostro, consiguiendo deshacerse
de la mayor parte de la grasa maloliente. Luego, la ducha.
Se dirigió al baño, se desnudó... y encendió el calefón a queroseno.
Murió cinco días después en el Instituto del Quemado de Buenos Aires, completamente desfigurado, tras la espantosa agonía que sólo los quemados mayores
tienen la desgracia de sufrir.
Estos dos terribles casos, por sí solos, demuestran que un solo instante de estupidez es suficiente para terminar con una vida joven, productiva y con posibilidades.
O, como quería Asimov: "Contra la estupidez humana, los propios dioses luchan en vano".
En vano. Todos sabemos que la fatalidad no existe, que los accidentes siempre se producen por errores humanos, pues incluso cuando se atribuyen a fallas
mecánicas, se puede demostrar que son errores de mantenimiento, técnicos o de presupuesto. Hasta las muertes por huracanes, terremotos, erupciones volcánicas
o demás catástrofes naturales son errores del ser humano, especialmente hoy, en que los métodos de control y observación meteorológica y de detección sismográfica
tornan predecible casi la totalidad de dichos eventos.
Wendy Northcutt es bióloga molecular de la Universidad de Standford, y mantiene desde hace años un sitio llamado
The Darwin Awards que otorga los Premios Darwin. Los premios
Darwin, según sus propias palabras, "premian a los individuos que protegen nuestro patrimonio genético a través del sacrificio máximo: eliminándose a sí mismos
de modos extraordinariamente idiotas, mejorando por lo tanto las posibilidades de la raza humana para sobrevivir a largo plazo. Para decirlo más claro:
son cuentos morales acerca de gente que se ha matado a sí misma de las maneras más estúpidas, y, al hacerlo, han mejorado significativamente el patrimonio
genético, eliminando sus propios genes del proceso evolutivo".
Autora de varios libros y webmaster de su propio sitio, Northcutt lo encabeza con una cita de Einstein que reza: "Hay solo dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana. Aunque del universo no estoy tan seguro".
La teoría de la evolución de Darwin postula que solo los mejores genes son transmitidos a la siguiente generación. Por cierto que los de la estupidez no debieran estar entre ellos. Es por ello que nuestra heroína ha establecido estos reconocimientos (casi siempre póstumos) a aquellos que, siendo estúpidos como lo eran, han evitado, al matarse
a sí mismos, que sus genes defectuosos lleguen a nuestros hijos o nietos. ¿Humor negro? De ningún modo. Hay un peñasco frente a un precipicio en cierto
sitio, preferido por los suicidas que suelen saltar de él. Allí puede verse un grafitti que dice: "Aquí se ve la evolución en acción". Es cierto. Los Premios Darwin están allí, según la doctora Northcutt, para que veamos las fuerzas de la evolución en acción, en vivo y en directo, seleccionando a individuos de nuestra especie para mejorar y mejorarnos. Aunque muchos crean que reírse de un tipo que muere jugando a la ruleta rusa con una mina terrestre está mal o es inmoral, todos convendremos en que una persona que procede de tal modo no tiene en realidad ninguna posibilidad de llegar a vieja, y que lo interesante es la forma en que decidió probar si podía irse al cielo prematuramente.
Como sea, nos agrade o no, los Premios Darwin existen y se entregan desde 1993, casi siempre, como hemos dicho, en forma póstuma. ¿Por qué casi siempre?
Pues porque no todos los ganadores se han muerto: algunos simplemente se han castrado. Hasta que no se perfeccione la clonación humana, el que se ha castrado
a sí mismo se hace acreedor de un Premio Darwin, siempre y cuando no tenga semen congelado en alguna parte.
Lo cual nos lleva a las normas de los premios. ¿Quién es elegible para ganar un Premio Darwin y mediante qué clase de actos?
Las normas que determinan que un Premio Darwin sea válido son cinco:
1) Reproducción: El candidato debe terminar su experiencia muerto, estéril o incapaz de reproducirse de cualquier modo. Si alguien sobrevive a un acto
increíblemente estúpido y permanece en capacidad de reproducirse, la Teoría de la Evolución nos dice que sus genes deben tener algún valor o capacidad
oculta que les autoriza a sobrevivir. Así que si alguien juega a la ruleta rusa con una pistola (y no con un revólver) y sobrevive con su pene y sus testículos
intactos, sus genes, capaces de sobrevivir a semejante inmbecilidad, tienen una voluntad de vida tan indomable que excluyen de factoal candidato, que no
merece, entonces, un Premio Darwin.
2) Excelencia:El candidato debe haber manifestado una inconcebible incapacidad de juicio. No se trata de estupideces comunes, como quedarse dormido
con un cigarrillo encendido. Hablamos de estupideces de alto vuelo, idioteces de marca mayor, como la de un ganador del premio que intentó reparar la instalación
eléctrica del hidromasaje del jardín en una noche de tormentas eléctricas... El lector imaginará el resultado de la prueba.
3) Autoselección natural:El candidato debe ser causante de su propia muerte. Con esta exigencia, el Premio Darwin intenta desalentar a aquellos que,
con un acto sublimemente imbécil, asesinan a otros inocentes, aunque sean sus propios parientes y lleven, por lo tanto, sus mismos genes. El que atropella
a alguien por manejar borracho no merece de ningún modo un Premio Darwin, ni tampoco su víctima, porque ella solo ha tenido mala suerte. Para dar un ejemplo:
en los Encierros de San Fermín muere gente. Si usted se muere porque un toro lo atropella accidentalmente y no estaba participando del juego, usted es
víctima de un accidente: tuvo mala suerte. Ahora, si usted muere en Bilbao, despachurrado por un toro furioso, mientras estaba usted montado desnudo en
un carrito de supermercado conducido por un amigo borracho que azuzaba a los toros —como ha sucedido en la realidad—, entonces usted sí se gana un Premio
Darwin. Aunque no lo crea, tal episodio es cierto.
4) Capacidad de juicio: El candidato debe ser capaz de un juicio maduro y preciso.Esto excluye, como es natural, a los niños, a los enfermos mentales
y a aquellos cuya inteligencia ha demostrado sufrir un proceso patológico o padecer algún retraso mental. Para ser claros: el feliz poseedor de un Premio
Darwin debe ser una persona normal, que ha llevado a cabo una acción que cualquier adolescente de inteligencia promedio hubiera sido capaz de evitar por
sentido común. Con respecto a los niños, sus faltas de sentido común siempre son imputables a sus padres, responsables de enseñarles, prepararlos para
evitar el peligro y ayudarlos a proceder como seres humanos normales.
5) Veracidad: El evento en cuestión debe poder ser comprobado. Esta verdad de Perogrullo es esencial: los hechos merecedores de un Premio Darwin tiene
que estar probados. Esto puede hacerse mediante periodistas de medios serios, policía, poder judicial o declaraciones de testigos presenciales.
Cualquiera que cumpla con las cinco condiciones (y sólo entonces) se hará acreedor al Premio Darwin.
Los casos presentados en el libro y el sitio web de Wendy se dividen en ocho categorías, a saber:
A) Premios Darwin (probados).
B) Premios Darwin (aún no probados).
C) Nominados al Premio Darwin (probados).
D) Nominados al Premio Darwin (aún no probados).
E) Menciones honoríficas (probadas).
F) Menciones honoríficas (aún no probadas).
G) Comunicaciones personales (no probadas).
H) Leyendas urbanas (que son mentira).
En las dos primeras clases los causantes están muertos o castrados, aunque la segunda esté aún pendiente de comprobación. Los protagonistas de los rubros
E) y F) han sobrevivido con sus órganos reproductores intactos y por ello sólo han merecido Menciones Honoríficas. Como se ve a partir de las cosas que
han hecho, es probable que sólo sea cuestión de tiempo el hecho de que lleguen a hacer méritos suficientes para que se les otorgue un Premio Darwin hecho
y derecho.
La categoría "Comunicaciones personales" consta de hechos que han sido comunicados a la doctora Northcutt por vía postal, email o llamados telefónicos de
personas que dicen haber sido testigos presenciales, pero, como es obvio, estos incidentes están pendientes de comprobación.
La última, como su nombre lo indica, consiste únicamente en leyendas urbanas que han sido demostradas falsas, por lo que se las incluye simplemente a título
informativo y por causa de su interés, humor o creatividad.
Pasemos entonces, brevemente, a revisar algunos de los casos más increíbles de los Premios Darwin, pertenecientes a la primera de estas clasificaciones.
CASO 1: Y... ¿DÓNDE ESTÁ EL PARACAÍDAS?
Ivan, un paracaidista deportivo experimentado, tenía más de 800 saltos en su haber. En 1987 decidió filmar en video una lección de salto impartida por in
instructor a uno de sus alumnos. Como es costumbre, Ivan adosó su cámara al casco a fin de tener las manos libres, y colocó el grabador de video y las
baterías de repuesto en una pesada mochila que se colocó a la espalda.
Durante todo el día filmó la enseñanza en tierra. Por la tarde, instructor, alumno e Iván abordaron el avión para llevar a cabo la parte práctica.
El camarógrafo saltó de la escotilla posterior, mientras que maestro y estudiante lo hicieron de la anterior. Se observa claramente en la cinta que ambos
tiran de las cuerdas, sus paracaídas se abren y pronto se pierden espacio arriba, a medida que el aire los frena pero el camarógrafo persiste en caída
libre...
...Y en caída libre...
¡Y en caída libre!
Habiendo estado todo el día con la mochila a la espalda, Iván sencillamente olvidó colocarse, además, ¡su paracaídas!La filmación permite ver su mano dirigiéndose
al pecho para encontrar que no hay cordel, y la danza desesperada de la cámara, para finalmente dirigirse al suelo, que asciende, como era de esperar,
rápidamente a su encuentro. Las mochilas llenas de baterías y magnetoscopios no parecen ser elementos adecuados para frenar una caída desde unos seis mil
metros de altura.
Parte de la filmación pudo ser recuperada tras el impacto. La historia fue confirmada por periodistas de United Press, Associated Press y el Washington
Post, y obtuvo un Premio Darwin 1994.
CASO 2: LAS ARMADURAS NO FLOTAN
El emperador del Sacro Imperio Federico I se embarcó en la Tercera Cruzada para recuperar Tierra Santa de manos infieles.
Premio Darwin de sangre azul: Federico II con el hábito de los templarios. Ni las fuertes alas de su halcón pudieron impedir que ganara el premio
Luego de cruzar cientos de millas de desierto, sus tropas llegaron por fin a un río muertas de sed. El emperador, primer sediento del ejército, se arrojó
de cabeza a las aguas sin medir la profundidad y sin quitarse la armadura. El río era tan profundo que el muy menudo Rey de los Romanos no hacía pie, y,
por supuesto, la pesada armadura lo arrastró de inmediato al fondo, donde murió ahogado. Muerte muy poco elegante y menos heroica para quien había soñado
con reconquistar Jerusalén.
CASO 3: HELIO, GLOBOS, REPOSERA
Este inconcebible caso mereció una Mención Honorífica en 1982, y está confirmado por el escritor Charles Downey, los cables periodísticos de la United Press
y los informes de la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos.
Larry Walters, camionero de Los Angeles, tomó un buen día la decisión de cumplir sus sueños de infancia: ser aviador. Larry había intentado ser piloto militar,
pero sus problemas de vista ocasionaron que la Fuerza Aérea norteamericana lo rechazara por incapacidad física.
En 1982, compró 45 globos sonda meteorológicos de 10 metros cúbicos de capacidad y 1,22 metros de diámetro cada uno en una tienda de la Marina. Compró además
varios tubos de gas helio, y se preparó para su gran hazaña.
Tomó su confortable reposera de jardín construida de aluminio y la ancló mediante una cuerda a la defensa de su camioneta todo terreno. Ató los globos al
armazón de la silla de jardín y los llenó con 450 m3 de helio. Luego, contento con la aventura que estaba a punto de emprender, bautizó a su reposera voladora
con el soñador nombre de "Inspiración I" y se proveyó de los avíos que consideró necesarios, a saber: una radio de 27 megaciclos, múltiples latas de cerveza,
algunos emparedados y un rifle de aire comprimido. Su plan era sobrevolar el valle a unos cómodos 9 metros de altura. Cuando se cansara de viajar, rompería
algunos globos con su arma para descender lentamente hasta la seguridad del suelo.
Tomadas todas sus inteligentes previsiones, Larry Walters se subió a la reposera, se ató a ella con unas correas y soltó la cuerda que lo unía al todo terreno.
Larry Walters según Ziebarth
Las cosas no salieron como Walters había previsto. Recordemos que no había sido admitido en la Fuerza Aérea, por lo que abtrusos asuntos como la fuerza
ascensional, la flotabilidad de los globos y el empuje aerostático estaban totalmente fuera de su capacidad de comprensión.
En lugar de flotar grácilmente a 9 metros de altura, el conjunto de globos imprimió a la silla —y a Walters— una flotabilidad monstruosa. La reposera saltó
hacia arriba como si hubiera sido disparada con un cañón, mientras el desesperado Larry Walters se aferraba a sus correas. Sólo se estabilizó y detuvo
su ascenso a los 4.800 metros de altura.
En este preciso momento, Larry se percató de que todo el asunto había sido una mala, espantosamente mala idea. La previsión de reventar los globos a balinazos
no era ya posible: se encontraba suspendido a casi 5.000 metros de altura en una posición de equilibrio sumamente inestable, y no podía arriesgarse a disparar
a su formación de globos por miedo a alterar ese equilibrio y precipitarse a tierra. Recordemos que el aspirante a aeronauta se hallaba atado con cinturones
a una reposera de playa.
Para colmo de males, Larry no se hallaba estacionario sobre un lugar cualquiera, sino en medio del corredor de aproximación primaria a las tres pistas principales
del Aeropuerto Internacional de Los Angeles.
A esa altitud, los vientos fríos del Océano Pacífico lo congelaban a él, a sus sandwiches y a sus cervezas Miller Lite. En ese momento, los aviones de línea
comenzaron a pasar junto a él, precisamente en la misma cota. Dos comandantes, uno de TransWorld Airlines y otro de Delta, transmitieron al despachador
de la Torre de Control sus preocupaciones acerca de estarse volviendo locos. Podemos imaginar el diálogo:
—Torre LAX, Torre LAX, este es TWA 225. No va usted a creerme, pero le aseguro que es cierto.
—TWA 225, proceda con su informe.
—Aproximo a cabecera de Pista 1 en ruta primaria, rumbo 220, velocidad 400 nudos, altitud 16.000. Junto a mi ala de babor veo a un hombre armado, amarrado
a una reposera marca "Sears" , suspendido de varias decenas de globos meteorológicos. Rumbo: estacionario, velocidad cero, altitud, 16.000 pies. Está en
medio de la ruta primaria, y Delta 761 se dirige directo hacia él. ¿Torre? ¿Torre? ¿Me copia...?
—Er... ¿Un hombre amarrado a una silla de jardín? ¿Comprada en "Sears"?
—LAX, LAX, este es Delta 761. El hombre que dice TWA 225 se agita en su reposera. Solicito instrucciones.
—TWA 225, Delta 761, esperen instrucciones. Instruc...ciones. ¿Una reposera?
El incrédulo despachador de la torre de control comenzó a escanear todas las frecuencias posibles para comunicarse con el extraño personaje volador, y lo
mismo hicieron todos los comandantes de las aeronaves que aproximaban para aterrizar en LAX.
Finalmente, descubrieron a Walters en el canal 9 de la frecuencia de 27 MHz, la banda ciudadana de 11 metros de longitud de onda. Es el canal exclusivo
para la Red Nacional de Emergencias.
Como es natural, se le ordenó enfáticamente que descendiera, a lo que Walters respondió explicando que no tenía medios para hacerlo.
Hay una escena clásica del humor victoriano en el fabuloso libro de Jerome K. Jerome "Tres hombres en un bote": dos pescadores observan azorados como una
gran gabarra se dirige en derechura hacia ellos. Cuando los golpee, el pequeño bote de pesca se hundirá en las aguas del Támesis. Es que el piloto de la
embarcación mayor ha perdido los remos.
—¡Apártese! ¡Apártese! —le gritan los pescadores.
—¡No puedo! —responde el hombre.
—No lo intenta... —lo acusan, resentidos.
Cuando la Torre de LAX impera a Walters para que descienda, el hombre explica su situación. No puede. Los pilotos y el despachador piensan, como los pescadores
de Jerome, que ni siquiera lo intenta.
Como una visión fantasmagórica de una mente alcoholizada, todos los aviones que pretenden aterrizar en LAX reportan la sobrecogedora aparición de la "Inspiración
I" en medio de sus rutas.
Han pasado catorce horas del inusual "despegue", y Larry Walters está ahora en un estado próximo a la hipotermia. Le cuesta pensar con claridad, pero aún
conserva la lucidez suficiente como para no atreverse a disparar contra los globos que lo sustentan.
De pronto, dos reactores Douglas F4-D Phantom II de la Guardia Nacional aparecen como por arte de magia frente a Larry Walters y lo conminan a descender
por las buenas... o por las malas.
Lo que ha sucedido es que el despachador de la torre ha denunciado el increíble caso a la Junta de Accidentes Aéreos de la Fuerza Aérea y a la Administración
Federal de Aviación. Los funcionarios aéreos, conscientes del peligro que representa la presencia de un hombre en una reposera en medio de las rutas comerciales
del aeropuerto de Los Angeles, uno de los más transitados del mundo, han puesto el asunto en manos del 114° Grupo de Combate Aéreo de la Guardia Nacional.
Los pilotos de Phantom han despegado hace pocos minutos de su base en Fresno e increpan a Walters por la banda de 11 metros, exigiéndole que despeje el
área.
El hombre se niega, aterrorizado por la muy concreta posibilidad de precipitarse a tierra aferrado a su reposera.
Con la poca paciencia que los caracteriza, los pilotos militares le informan que han recibido órdenes de derribarlo en caso de renuencia, por lo que es
mejor que coopere. Si no consigue bajar, ellos lo ayudarán con los cuatro cañones automáticos de 20 mm que lleva cada Phantom II en las alas.
Ante la irrefutable lógica de los aviadores, que ahora orbitan a su alrededor como halcones ante un gorrión particularmente gordo y sustancioso, Larry decide
obedecer. Convengamos en que no le quedaban demasiadas opciones.
Honrando la amable invitación de los dos Phantom, Larry consiguió reunir el valor suficiente como para apuntar con cuidado a sus globos y comenzar a reventarlos.
El descenso no fue, tampoco, tan suave como el aeronauta había planeado. Se precipitó a tierra atado a su reposera, y sus globos se engancharon en una línea
de alta tensión, cortando los cables. El apagón subsiguiente dejó a Long Beach entera sin luz durante 20 minutos.
Cuando Walters consiguió desengancharse de la silla playera y bajar a tierra por una de las torres eléctricas, encontró a un ansioso destacamento del Departamento
de Policía de Los Angeles esperándolo con los brazos (y las esposas) abiertos. Mientras se lo llevaban amarrado, un periodista destacado para cubrir el
extraño rescate se acercó a Larry, le puso un micrófono bajo la nariz y preguntó claro y directo: "¿Por qué lo hizo?". Walters, ya recuperado del susto,
respondió tranquilamente: "¿Qué quieren? ¿Qué me pase toda la vida sentado en mi casa?". Evidentemente, había preferido pasarse catorce horas a casi cinco
mil metros de altura, en medio de una ruta comercial, muerto de frío, con ocho cañones apuntándole.
La Administración de Aviación no estaba contenta con Walters. Como cualquiera puede imaginar, presentó cargos contra él y solicitó su procesamiento, condena
y prisión.
Walters salió del asunto con una multa de 1.500 dólares norteamericanos y una reputación de imbecilidad que lo persiguió el resto de su vida. No obstante
ello, batió con su descerebrada hazaña el récord mundial de altitud para formaciones de globos de helio.
Luego de la aventura, debió abandonar su trabajo en la empresa de camiones (¿pondría usted un camión en manos de un hombre como este?) y se dedicó durante
cierto tiempo a dar conferencias acerca de la vocación y las iniciativas. En realidad, nunca compensó con el dinero que ganó con estas conferencias la
pérdida de su empleo ni la multa de la FAA.
Once años después de su único vuelo, solo, pobre y desesperado, Larry Walters comprendió por fin que su vida era un desastre y él un pobre fracasado. Nunca
se había casado; nadie se había enamorado de él; no tenía hijos; no conocía la felicidad; ni siquiera había conseguido cumplir su sueño de ser piloto.
El 6 de octubre de 1993 se internó en un bosque con su escopeta. Apoyó la culata en el suelo y la boca del cañón en su pecho y se mató de un tiro. Tenía
sólo 44 años.
Con la muerte de Walters (esperable, dada su mentalidad), la Mención Honorífica de 1982 se convirtió en un Premio Darwin de 1993. La autoeliminación de
"Reposera Larry" (como se lo conoció desde el incidente) libró a nuestro pool genético de estos peligrosos fragmentos de ADN.
CASOS 4 Y 5: MÁS DE PARACAÍDAS. ESTA VEZ: TERRORISTAS Y SECUESTRADORES
Estas dos historias ganaron en conjunto el Premio Darwin 2000, y, como decía Ionnesco, si no fueran tan trágicas serían graciosas.
El 24 de noviembre de 1971, un hombre que se identificó como Dan Cooper abordó un avión de Northwest Orient Airlines en Portland. En medio del vuelo, el
hombre expuso sus exigencias: quería doscientos mil dólares norteamericanos y cuatro paracaídas, so pena de hacer explotar la aeronave. Se le explicó que,
por muy buenas razones, los aviones comerciales no llevan paracaídas. Cooper insistió. Se le ofreció aterrizar en Seattle, Washington, para conseguir la
plata y los paracaídas, siempre y cuando él dejase desembarcar a los demás pasajeros. El terrorista accedió.
Una vez más en el aire, el hombre pidió explicaciones acerca de cómo abrir la puerta de popa, y luego exigió a la azafata que saliera de la cabina de pasajeros.
Cuando el avión aterrizó en Reno, la escotilla estaba abierta y tanto Cooper como el dinero habían desaparecido.
La iniciativa del terrorista fue del todo equivocada. Sus genes imbéciles ya habían decidido autoeliminarse del patrimonio de la especie en el instante
mismo en que Cooper tuvo la idea de secuestrar el avión y saltar después en paracaídas.
Nunca más se supo del aspirante a bin Laden, pero no crea el lector que pudo haber salido con bien del asunto.
Fuera del avión rugía una tormenta tremebunda: la temperatura exterior era de 51°C bajo cero, Cooper había saltado provisto solo de su ropa de calle y el
avión sobrevolaba en ese momento un bosque helado en medio de la noche.
La investigación oficial del FBI dictaminó que D.B. Cooper tuvo que haberse congelado mientras flotaba en medio de la tormenta colgado de su paracaídas
y vestido con su traje liviano. Si no fue así, cayó en el bosque o en el río Columbia, de modo que murió de hambre y frío o se ahogó. Algún día se encontrará
su cadáver.
¿Todas las provisiones que previsoramente llevaba? Una bolsita de maní, gentileza de Northwest Orient Airlines.
¡Marche un Premio Darwin instantáneo para uno!
Davao, Filipinas. Un tipo llamado Augusto sube a un avión de Philippine Air con destino a Manila. A medio vuelo, se coloca una máscara de ski y un par de
lentes de natación, saca un arma y una granada y anuncia que ha secuestrado el avión.
Acto seguido, exige que el aparato dé media vuelta y regrese a Davao. Los pilotos tratan de razonar con él, le muestran los indicadores de combustible y
le juran que no disponen del suficiente como para volver. Su única alternativa es seguir adelante y aterrizar en Manila. El terrorista acepta. El tal Augusto
roba a los pasajeros un total de 25.000 dólares y, sin evidenciar miedo, ordena al piloto que baje a 6.500 pies (unos 2.000 metros) y que se estabilice
allí.
Con el cañón del arma de un demente apoyada en su cráneo, el comandante obedece.
Para alegría de la tripulación, Augusto saca una bolsa que parece una mochila. Le preguntan de qué se trata, y responde gozoso que se ha construido su propio
paracaídas. Obliga a una de las azafatas a abrir la compuerta y despresurizar la cabina de pasajeros. Se coloca su "paracaídas" a la espalda y trata de
saltar. Sin embargo, el viento de crucero es tan fuerte que el frustrado paracaidista es impulsado de nuevo dentro del avión. Como no puede salir, el desesperado
secuestrador tira de la anilla de seguridad de su granada pero, justo antes de que pueda arrojar el arma dentro de la cabina, una de las azafatas, deseosa
de ayudarlo, le da una soberana patada en salva sea la parte y lo envía, aullando, hacia la oscuridad que lo espera más allá.
Augusto cae con el paracaídas cerrado y una granada a punto de explotar en la mano... ¿Se abriría el "paracaídas casero"?
Recuerde que Augusto ganó un Darwin, por lo que la pregunta deviene improcedente.
Imagen de una caricatura del genial Charles M. (Chuck) Jones: el coyote cae, con el paracaídas plegado y granada en mano, directamente hacia la roca del
suelo. Al impactar, hace un pozo de 90 centímetros de profundidad. Luego del aterrizaje, por supuesto, el paracaídas hace "plop" y se despliega, y cae
flotando sobre él para ocultar misericordiosamente a los ojos de los niños lo que sucederá a continuación...
Un segundo más tarde, la granada hace lo suyo, y esta vez no es un "plop" sino un "KA-BOOOOOOM".
Ambos Premios Darwin fueron verificados por periodistas de la Associated Press, la agencia Reuters y el The Australia Age.
CASO 6: LA TRITURADORA
Todos sabemos que las máquinas industriales son peligrosas y que, al trabajar con cualquiera de ellas, es necesario seguir al pie de la letra las normas
y reglas de seguridad previstas para el caso.
Usted y yo lo haríamos. Es por eso que casi con seguridad nunca ganaremos un Premio Darwin.
Pero Michael, dueño de los Aserraderos Carrier de Bangor, Maine (la ciudad donde vive el escritor Stephen King) es el orgulloso poseedor de un premio Darwin,
por lo que no se le pasó por la mente algo tan simple y para tontos como respetar las normas de operación.
Michael tenía una máquina trituradora de troncos en su empresa, cuyo objeto era desmenuzar troncos de abedul o arce de hasta 60 centímetros de diámetro
para reducirlos a astillas de 2 cm.
La máquina, conocida cariñosamente por el personal como "La Chancha" a causa de la arrobadora elegancia de su diseño, había estado sufriendo problemas técnicos.
En pocas palabras, La Chancha se trababa con la propia madera que ingería en grandes cantidades.
El 1° de marzo de 2000, La Chancha se trabó una vez más. Y Michael decidió destrabarla.
En su primera colección de cuentos, "El umbral de la noche", Stephen King incluye uno titulado, precisamente, La trituradora. Relata la historia de una
máquina planchadora y plegadora industrial, de esas que pliegan miles de sábanas con vapor de alta temperatura, que está poseída por un demonio y tiene
la desagradable costumbre de tragarse a las operarias de la lavandería. Como corresponde, una vez atrapadas, consciente de su deber, las plancha, las alisa...
y las pliega.
A la Chancha de Michael no le fue preciso esperar a que un diablo se apoderara de ella. Le alcanzó con la estupidez de su propietario.
Al fallar la máquina, Michael hizo algo que, si no estuviese probado por los recortes periodísticos del Kennebeck Journal y de la agencia noticiosa Blethen
Maine Newpapers, nadie en su sano juicio podría creer: se subió a la cinta transportadora que llevaba los troncos hasta la tolva de la trituradora. "Bueno",
podrá decir el conmiserativo lector, "No hay problema. Con la máquina apagada...".
Permítaseme interrumpir: los ganadores de Premios Darwin JAMÁS apagan las máquinas. ¿Para qué? Eso es para cobardes, pusilánimes y maricones.
No, señor. Michael caminó haciendo equilibrio por la cinta transportadora con la máquina funcionando. Fue hasta la tolva con un rastrillo e intentó desatascar
la corteza trabada en el conducto. Cuando los rodillos dentados se destrabaron de pronto y le agarraron el rastrillo, nuestro Premio Darwin 2000 perdió
el equilibrio y se cayó de cabeza dentro del embudo.
"Generalmente, nuestra experiencia demuestra que los accidentes fatales que involucran a trituradoras de madera", dice William Freeman, director de la Administración
de Salud y Seguridad Industrial en el Trabajo de Bangor, "dependen de dos causas principales: un cuidado inadecuado del equipo, o una falla en los sistemas
de apagado y bloqueo de emergencia".
Michael pasó a través de La Chancha como las lavanderas de King pasaban a través de La Trituradora. Y así como a estas la planchadora/plegadora las planchaba
y las plegaba, La Chancha hizo con Michael lo que se suponía debía hacer: redujo su corpulento organismo a... astillas de 2 cm de largo.
Las susodichas astillas fueron puestas en una pequeña bolsa y trasladadas a la oficina del forense en Portland a fin de ser identificadas por medio del
análisis de ADN.
El Jefe de la Policía local Butch Asselin, encargado de recolectar lo que quedaba de Michael, declaró al día siguiente: "Espero no tener que volver a ver
algo como esto nunca, nunca jamás en mi vida. Le aseguro que anoche tuve problemas para dormir".
No lo dudamos. Es lo que sucede cuando alguien mira a un titular del Premio Darwin apenas lograda su hazaña.
Para los que queráis más información:
Página oficial de los premios Darwin, en inglés
Artículo de Zapin
Artículo de los premios Darwin en Wikipedia
Espero vuestros comentarios!
domingo, 16 de noviembre de 2008
Conferencia del juez de menores de Granada emilio Calatayud Pérez. No tiene desperdicio!
A continuación incluyo la opinión de Emilio Calatayud Pérez, juez de menores de Granada, quien en una conferencia explica su visión a cerca de los menores
en España, de la problemática con la ley que a ellos atañe y su visión del funcionamiento del sistema educativo actual.
La conferencia está dividida en dos partes:
Emilio Calatayud Pérez 1
Emilio Calatayud Pérez 2
¿Qué opinas de la conferencia y de los artículos publicados?
en España, de la problemática con la ley que a ellos atañe y su visión del funcionamiento del sistema educativo actual.
La conferencia está dividida en dos partes:
Emilio Calatayud Pérez 1
Emilio Calatayud Pérez 2
¿Qué opinas de la conferencia y de los artículos publicados?
La araña vigila en la red.
Carlos Grau Belda.
Con la aparición de internet, nació también un concepto de libertad y clandestinidad, que se amparaba en una red aparentemente abierta, sin ley, en la que cualquiera podía ser un perfecto desconocido. De este modo, tanto para lo bueno como para lo malo, el uso que se daba a las nuevas tecnologías era aparentemente seguro para quien lo disfrutaba, garantizándose así su anonimato.
En 2001, Manuel Castells, Catedrático emérito de Sociología de Berkeley y miembro de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras afirmaba:
“Como toda tecnología, Internet es una creación cultural: refleja los principios y valores de sus inventores, que también fueron sus primeros usuarios y experimentadores. Es más, al ser una tecnología de comunicación interactiva con fuerte capacidad de retroacción, los usos de Internet se plasman en su desarrollo como red y en el tipo de aplicaciones tecnológicas que van surgiendo. Los valores libertarios de quienes crearon y desarrollaron Internet, a saber, los investigadores académicos informáticos, los hackers, las redes comunitarias contraculturales y los emprendedores de la nueva economía, determinaron una arquitectura abierta y de difícil control. Al mismo tiempo, cuando la sociedad se dio cuenta de la extraordinaria capacidad que representa Internet, los valores encarnados en la red se difundieron en el conjunto de la vida social, particularmente entre las jóvenes generaciones. Internet y libertad se hicieron para mucha gente sinónimos en todo el mundo”.
¿Era cierto? ¿Internet y libertad eran sinónimos? ¿Lo siguen siendo?
La respuesta a las tres preguntas es que no. Evidentemente, nadie es obligado a no visitar ciertos sitios, por lo menos en los países democráticos. Aún así, si es entendida la libertad como la posibilidad de llevar a cabo una acción sin ser descubiertos, cometemos un error al pensar que en la red el usuario es libre y que nadie puede echar un vistazo a su ordenador, cruzar datos y no sólo averiguar su identidad o desde dónde se realiza la conexión, sino también sus gustos, sus aficiones e incluso, los mensajes que pueda intercambiar con otros usuarios.
Si estos ataques a la intimidad de las personas se dan en lugares donde los ciudadanos gozan de la protección constitucional, cabe hacer un inciso para reflexionar sobre aquellos en que no es así. La mención anterior al control de la red en los países no democráticos no era gratuita. Un ejemplo de ello es China, escenario de la realización de un informe de 2007 redactado por el responsable de una empresa de Internet de ese país, cuyo pseudónimo es Mr. Tao, apoyado por Reporteros sin Fronteras y por el Chinese Human Rights Defenders.
En el citado informe se explica que la cantidad de usuarios chinos de internet ronda el 12 % de la población, unos 162 millones de personas. De este 12 %, un 19 % posee un blog, y se encuentran catalogados alrededor de 1,3 millones de sitios. No resulta difícil imaginar lo que ha supuesto para el Partido Comunista Chino la aparición de internet, ya que sus herramientas de control de los medios tradicionales no servían para nada en un nuevo ámbito en que la población podía informarse realmente, accediendo a publicaciones del exterior.
Aún así, el informe explica que los propios sitios chinos tienen que autocensurarse para no desaparecer. Por otra parte, programas de vigilancia que utilizan tecnologías de filtrado, analizando palabras, conversaciones, etc., acompañados por la labor de vigilancia de la ciberpolicía, han convertido la red en un medio más, controlado como la radio y la televisión de ese país. Textualmente el informe indica: “La censura, draconiana, da caza a todo lo que tenga que ver con los derechos humanos, la democracia o la libertad de creencias. Mata, antes de que nazca, la libertad de expresión que promete la Web”.
Si se entiende a la red como un supramedio, podría creerse que sitios como Google o Yahoo, darían cabida al intento de acceder a cierta información por parte de quienes quisieran, con independencia del lugar en que se encuentren. En cambio, los hechos son muy distintos. Un ejemplo claro es google, que anunció recientemente que había restringido algunos de sus servicios en China, como son los chats, la posibilidad de publicar blogs y el correo electrónico. Sergey Brin, uno de sus cofundadores explicaba en una entrevista:
"No creía que llegaría a esta conclusión, pero eventualmente llegué a pensar que más información es mejor, aún si no es tan completa como nos gustaría ver. El problema práctico es que en los últimos dos años Google ya ha sufrido censura en China, no por nosotros sino por el Gobierno, por medio del Gran filtro. No es algo con lo que disfrute, pero creo que es una decisión razonable”.
En los países democráticos, pueden resultar chocantes estas actitudes de censura, aunque ante ese estupor cabría preguntarse: ¿Estamos solos en la red? No nos censuran pero: ¿Nos vigilan?
La vigilancia es evidente y lógica hasta cierto punto, pues la red no puede dar cabida a quienes practiquen actos tan deleznables como la pederastia o el terrorismo entre otros. Aún así, ¿dónde termina para el vigilante lo que se considera terrorismo? Según la legislación actual, se pueden realizar operaciones de búsqueda de información sin que medie autorización alguna. Por ello, cualquier ordenador con acceso a internet puede ser espiado en caso de que el vigilante tenga una mínima sospecha de que desde allí se estén cometiendo actos ilegales pero… ¿Quién vigila al vigilante? ¿Quién le pone el cascabel al gato?
Sabido es que es muy difícil, por no decir imposible, controlar al controlador, pues quien controla goza de un gran poder, bien sea en internet o en cualquier otro Ámbito. Además, la tendencia a controlar va en aumento y herramientas como Echelon o Carnivore se empequeñecen junto a la necesidad de saber, de controlar, de evitar que los internautas se comuniquen sin saber en ese mismo momento qué se están diciendo, pues podrían poner en peligro el sistema.
Para quienes la desconozcan, Echelonn es una potente herramienta con un sin fin de posibilidades a su merced. Las comunicaciones por radio, vía satélite, llamadas telefónicas, faxes o correos electrónicos, son filtrados por echelon en caso de que contengan ciertos patrones como direcciones, palabras o voces determinadas. Así, es posible entender que el sistema consiste en una serie de estaciones de intercepción y satélites cuya función es capturar las comunicaciones, alrededor de tres mil millones cada día, para que unas supercomputadoras las analicen y clasifiquen posteriormente.
El uso de Echelon es otra de las incógnitas, probablemente una de las más importantes, pues sabemos el qué, pero no está tan claro el para qué. En principio, su uso está restringido al control de las comunicaciones militares y diplomáticas de la unión Soviética, a obtener información sobre grupos o ataques terroristas o narcotráfico. En cambio, sus críticos afirman que también es usado para el espionaje político y económico.
Tanto es así que el 5 de septiembre de 2001, el Pleno del Parlamento Europeo aprobó una resolución en la que denunciaba la existencia de una red de espionaje tras la que se encontraba la comunidad Ukusa, formada por Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Desgraciadamente, el día 11 de ese mismo mes, con motivo de los atentados de Alcaeda, un velo de desinterés junto a la paranoia de buscar la máxima seguridad, sumieron la denuncia casi en el olvido. Aún así, la motivación de la resolución fue la explicada anteriormente, pues se creía que los países beneficiarios de la red habían obtenido informaciones comerciales que habían utilizado en su favor. De este modo, en 1994, el grupo Thompson-CSF perdió un contrato con Brasil valorado en 1300 millones de dólares a consecuencia de la información que desde Echelon se habría facilitado a Raytheon, casualmente norteamericana, que fue finalmente la beneficiaria del mismo. Además, ese mismo año, algo similar ocurrió con las empresas estadounidenses Boeing y McDonnell, que lograron un contrato con Arabia Saudita, gracias a la supuesta interceptación de Echelon de las negociaciones que mantenía este país con Airbus, perdiendo esta empresa el contrato, valorado en 6000 millones de dólares.
En su artículo titulado “Echelon: La red espía global”, Nacho García Mostazo afirma:
“Los Estados Unidos han desclasificado recientemente varios documentos en los que reconocen la existencia de "Echelon". Otros países integrantes de la red de espionaje global han reconocido públicamente su vinculación al tratado UKUSA. El Parlamento Europeo, en su histórica resolución del pasado 5 de septiembre de 2001, dijo que ya no puede caberle duda a nadie sobre la existencia de "Echelon", o como quiera que se llame esta red. La Eurocámara recomendó a los ciudadanos encriptar sus comunicaciones para evitar este espionaje. Asimismo, pidió a los Estados miembros de la UE que promovieran acciones para impedirlo. Desde el 26 de marzo de 2002, el Ministerio de Ciencia y Tecnología español recomienda oficialmente a los ciudadanos que encripten sus correos electrónicos.
La Constitución española reconoce la inviolabilidad de las comunicaciones como un derecho fundamental”.
Pese a parecer digno de película, Echelon no es una obra cinematográfica. Aún así, su aparición en películas de estreno reciente pueden mostrar claramente como funciona: En El ultimátum de Bourne, un periodista británico habla por su teléfono móvil y dice una palabra, que se refiere al nombre de un proyecto secreto de la CIA. Esa palabra dispara las alarmas y la llamada es registrada. Más aún, cruzando datos, la posición del periodista es localizada de inmediato, gracias a las coordenadas que el satélite que recibe la señal del teléfono aporta a la agencia de inteligencia estadounidense.
Esta herramienta no es la única ni mucho menos la más avanzada en lo que a controlar Internet se refiere. De hecho, la eficacia de un buen sistema de control se basa también en la interrelación de varios programas, de un programa y las personas que lo manejan, o también únicamente de las personas que se encargan de las investigaciones. En lo que se refiere a tecnologías, el FBI dispone de Carnivore, que trabajando codo con codo con Echelon, puede arrojar unos resultados que dejarían fuera de lugar la imaginación de George Orwell.
Carnivore consiste en un software que se instala en los proveedores de Internet, y puede rastrear a un usuario desde el momento en que se conecta. Se caracteriza por la posibilidad de distinguir entre datos interceptables de los no interceptables, dependiendo de lo indicado en la orden judicial, así como por ser capaz de distinguir entre los usuarios interceptados de los no interceptados. Además, no se descarta en ningún momento que Carnivore, FBI, y Echelon que pertenece a la NSA, compartan información o que el primero forme parte del segundo.
Según el FBI, Carnivore podía diferenciar aquellos datos importantes para la investigación de aquellos que no lo eran. Aún así, la reflexión planteada antes de abrir la caja de Pandora sigue en pie. ¿Realmente discierne el sistema unos datos de otros? Una vez instalado en un proveedor de Internet… ¿Podría investigar a cualquier usuario de ese proveedor? Intuyo que la respuesta a la segunda pregunta es afirmativa, con lo que nadie le garantiza al usuario la intimidad al navegar por la red.
En este sentido, el pasado 22 de febrero de 2008 El País publicaba un reportaje en el que su autor, MERCÈ MOLIST, afirmaba:
“Su existencia se conoció en el año 2000, por una disputa legal con un ISP que se negaba a instalarlo, y desencadenó las protestas de grupos de libertades civiles de todo el mundo. El sistema Carnivore provocó muchas controversias por sus fallos, como espiar a la persona equivocada, y porque se usó sin permiso judicial, según los grupos de libertades civiles. La ley USA Patriot acabó con la discusión, al decretar que el FBI podía monitorizar redes sin orden de un juez ni sospechas fundadas, mientras sólo captase la información del tráfico y no su contenido”.
De modo que se vuelve a cerrar el círculo. ¿Quién prueba que no se capta el contenido de la información? Ante esta pregunta la respuesta es clara. Por ser servicios de inteligencia, no se podría probar de ningún modo el acceso a una información u otra, pues con esa decisión se pone en manos del gato la vida del pájaro. Además y por si fuera poco, pese a la denuncia que se realiza el 5 de septiembre de 2000 en el Parlamento Europeo, la actitud de el viejo continente no dista mucho de la ya manifestada por EEUU o la comunidad Ukusa. Tanto es así que el citado artículo de El País tiene como titular: “El Ministerio de Defensa trabaja en un Carnivore europeo mejorado”
En la entradilla, para darnos cuenta de que esto no es un juego de buenos y malos leemos:
“OSEMINTI es un paso más en los sistemas inteligentes de espionaje telemático - Francia e Italia también participan en el desarrollo de esta iniciativa. España aporta casi dos millones de euros, el 30% del presupuesto. Defensa no afirma ni desmiente que esté trabajando en un Carnivore europeo: "Será el usuario quien determine el posible uso de la tecnología una vez que se obtengan resultados desarrollados y maduros"”.
Resulta inestimable el valor de la frase en que defensa manifiesta que será el usuario quien determine el uso de la tecnología… tal vez sea porque nos permitirán instalarnos a cada uno de nosotros un juguete tan interesante para que lo probemos. Ciñéndonos a los hechos, España, Italia y Francia trabajan en este programa que a diferencia de los ya explicados, se está preparando para no sólo localizar palabras concretas, sino entender el significado de frases en un correo electrónico o en una conversación telefónica e incluso aprender a partir de todo aquello que generen al interaccionar tanto con sus programadores como con aquellos a quien espíe.
El proyecto comenzó a principios de 2007, y su duración se estimaba en torno a dos años. Si España al igual que otros países destina importantes sumas de dinero, es innegable la relevancia que tienen las nuevas tecnologías y sobre todo lo que por ellas se pueda transmitir. De hecho, el ministerio afirma que el campo de investigación de OSEMINTI será la inteligencia militar, aunque no se descarta su uso en otros ámbitos como el civil.
Sea como fuere, OSEMINDI aporta una nueva vertiente al campo del espionaje, pues hasta la fecha hay muchas personas que trabajan en aquello que el programa será capaz de hacer por sí sólo, entender el significado de frases o de una conversación completa. Aún así, Arturo Quirantes, profesor de la universidad de Granada y estudioso del espionaje opina: "OSEMINDI Tiene
sus limitaciones: Los terroristas no son tontos y pueden usar claves, como decir que 'las camisas ya están planchadas' para referirse a mochilas bomba. Se pasa de monitorizar a algunos individuos a hacerlo indiscriminadamente. Con tantas comunicaciones, identificar la conversación clave no es fácil, aumenta la información no relevante y los gastos”.
Pese a ello, la investigación de las fuerzas de seguridad a personas que nada tienen que ver con tramas terroristas, tráfico de drogas o pornografía infantil entre otras, no es la única intromisión en la intimidad que puede sufrir cualquiera que navegue por la gran telaraña. En la red, al igual que en la vida, el conocimiento es poder y aquel que lo posee, tiene la opción de darle un uso u otro. En el caso que nos ocupa, hay varias Posibilidades además de la ya citada. La empresa para la que trabajamos puede monitorizar nuestra tarea con el ordenador, otro usuario de Internet puede entrar en nuestro sistema o incluso algún vecino puede ser dueño de nuestro pc si no vigilamos nuestra conexión inalámbrica.
Con la aparición de las nuevas tecnologías, el puesto de trabajo puede dejar de ser para algunos un lugar tedioso que ocupa ocho horas de sus vidas los cinco días de la semana. Internet puede ayudar a hacer más llevadero este tiempo. Conocedoras de ello, hay empresas que han comenzado a monitorizar las actividades que sus empleados desarrollan con el ordenador, pues estas pueden perjudicar a la empresa tanto a nivel legal como en lo que a producción se refiere. El trabajador no rendirá lo mismo si ocupa parte de su jornada laboral en un juego on line o utilizando programas de Chat, con lo que la empresa no ganará tanto dinero como si durante las ocho horas ese misma persona hubiera estado haciendo aquello para lo que se le paga. Por otra parte, la empresa podría tener problemas legales si desde sus ordenadores se comete algún delito. Se plantea la dualidad intimidad frente a productividad. En este sentido, el periódico Expansión se hizo eco de la sentencia del Tribunal Supremo del pasado 26 de septiembre de 2007.
Las empresas no pueden fisgar en los ordenadores de los trabajadores para ver qué es lo que hacen éstos en su jornada laboral. Máxime, si previamente no han advertido a los empleados sobre los límites que debe tener la utilización de esta herramienta de trabajo, y sobre los controles y los medios que van a aplicar para verificar que se cumplen sus directrices. Lo contrario es una vulneración del derecho a la intimidad del trabajador, de acuerdo con la Constitución, el Convenio Europeo para la protección de los derechos humanos y el Estatuto de los Trabajadores.
Este es el sentido de la importante sentencia del Tribunal Supremo, del 26 de septiembre, sobre los límites del empresario para controlar el uso que el trabajador hace del ordenador en el centro de trabajo. De hecho, es la primera sentencia en España que unifica doctrina sobre esta materia, según resalta Íñigo Sagardoy, socio director de Sagardoy Abogados”.
En este caso, el trabajador fue despedido por acceder a páginas pornográficas. La solución para las empresas es advertir a sus trabajadores indicándoles que se monitorizan sus accesos a Internet, mencionando además que no accedan a su correo personal. Pese a ello, no siempre estos problemas se dan de forma voluntaria pues un descuido o un mal uso de un programa puede suponer una fuerte multa para la empresa. Así lo explica MÓNICA C. BELAZA en una noticia publicada en El País.
“Descargarse música o películas desde el ordenador del trabajo a través de un programa de intercambio de archivos puede tener efectos trágicos y no calculados, causados por quien quizá sólo pretendía meter en su MP3 una canción de David Bisbal. Un error de este tipo ha podido provocar que 11.300 historias clínicas, de ellas 4.000 de casos de aborto, acaben expuestos ante cualquier internauta.
El desconocimiento tecnológico de algún empleado de una clínica ginecológica pudo llevarle a poner a disposición del programa eMule (el más popular de intercambio de archivos entre particulares), y por lo tanto al alcance de millones de personas, todos estos datos, contenidos en una carpeta del disco duro de su ordenador”.
Del mismo modo ocurrió con un becario que por utilizar Emule en el trabajo, puso a disposición de cualquiera un fichero con datos personales de clientes del despacho. Según se publicó, en el fichero se hallaban nombres, apellidos, DNI, teléfonos, domicilios y observaciones. Como anécdota, cabe mencionar a Pedro Fernández, seudónimo de un policía local de la central de Ourense, que por las tardes, después de trabajar, busca información comprometida en programas de descarga para ponerla a disposición de la Agencia de Protección de Datos. Según él mismo afirma: "Mucha cerradura, mucha alarma y puerta blindada pero el otro día me encontré la contabilidad de una empresa de Madrid. Llamé y le expliqué la situación al informático. Resultó que el gerente se había llevado el disco con los datos a casa y con ellos en el ordenador, el hijo se conectó al eMule".
Así, el usuario debe ser cauto, no sólo por lo que puedan conocer de él, sino por lo que de forma involuntaria puede mostrar a millones de personas. De todos modos, si se vigilan las opciones de configuración de los programas p2p, no tendría por qué ocurrir ninguna desgracia. Pese a ello, como mencionaba, los accesos al ordenador también pueden llegar con un troyano, o a través de la red inalámbrica que tanta comodidad nos ofrece y a la vez tan vulnerable resulta.
Cualquiera se habrá encontrado con redes sin contraseña, cuyo dueño probablemente no sepa que con el acceso a su red y los conocimientos pertinentes, otro internauta, su querido vecino tal vez, puede entrar en su ordenador, conocer lo que en él se guarda e incluso instalar un programa, como si fuera él realmente el dueño del mismo. Pese a todo, las contraseñas tampoco son un blindaje seguro, pues por la red pululan herramientas encargadas de desencriptarlas, y como siempre se dice, el espía es como el preso, que tiene mucha paciencia y tiempo por delante para escapar de su prisión.
En definitiva, un buen antivirus en caso de utilizar Windows o pasarse a Linux junto con la precaución a la hora de leer el correo electrónico o hacer uso de los programas de descarga, pueden ser suficiente para que el usuario medio disfrute de cierta tranquilidad. Digo cierta porque tratándose de Internet, que transcurre como una vida paralela en la que al igual que en la propia uno puede sufrir una enfermedad u otro percance, la tranquilidad y la seguridad totales no existen.
Con la aparición de internet, nació también un concepto de libertad y clandestinidad, que se amparaba en una red aparentemente abierta, sin ley, en la que cualquiera podía ser un perfecto desconocido. De este modo, tanto para lo bueno como para lo malo, el uso que se daba a las nuevas tecnologías era aparentemente seguro para quien lo disfrutaba, garantizándose así su anonimato.
En 2001, Manuel Castells, Catedrático emérito de Sociología de Berkeley y miembro de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras afirmaba:
“Como toda tecnología, Internet es una creación cultural: refleja los principios y valores de sus inventores, que también fueron sus primeros usuarios y experimentadores. Es más, al ser una tecnología de comunicación interactiva con fuerte capacidad de retroacción, los usos de Internet se plasman en su desarrollo como red y en el tipo de aplicaciones tecnológicas que van surgiendo. Los valores libertarios de quienes crearon y desarrollaron Internet, a saber, los investigadores académicos informáticos, los hackers, las redes comunitarias contraculturales y los emprendedores de la nueva economía, determinaron una arquitectura abierta y de difícil control. Al mismo tiempo, cuando la sociedad se dio cuenta de la extraordinaria capacidad que representa Internet, los valores encarnados en la red se difundieron en el conjunto de la vida social, particularmente entre las jóvenes generaciones. Internet y libertad se hicieron para mucha gente sinónimos en todo el mundo”.
¿Era cierto? ¿Internet y libertad eran sinónimos? ¿Lo siguen siendo?
La respuesta a las tres preguntas es que no. Evidentemente, nadie es obligado a no visitar ciertos sitios, por lo menos en los países democráticos. Aún así, si es entendida la libertad como la posibilidad de llevar a cabo una acción sin ser descubiertos, cometemos un error al pensar que en la red el usuario es libre y que nadie puede echar un vistazo a su ordenador, cruzar datos y no sólo averiguar su identidad o desde dónde se realiza la conexión, sino también sus gustos, sus aficiones e incluso, los mensajes que pueda intercambiar con otros usuarios.
Si estos ataques a la intimidad de las personas se dan en lugares donde los ciudadanos gozan de la protección constitucional, cabe hacer un inciso para reflexionar sobre aquellos en que no es así. La mención anterior al control de la red en los países no democráticos no era gratuita. Un ejemplo de ello es China, escenario de la realización de un informe de 2007 redactado por el responsable de una empresa de Internet de ese país, cuyo pseudónimo es Mr. Tao, apoyado por Reporteros sin Fronteras y por el Chinese Human Rights Defenders.
En el citado informe se explica que la cantidad de usuarios chinos de internet ronda el 12 % de la población, unos 162 millones de personas. De este 12 %, un 19 % posee un blog, y se encuentran catalogados alrededor de 1,3 millones de sitios. No resulta difícil imaginar lo que ha supuesto para el Partido Comunista Chino la aparición de internet, ya que sus herramientas de control de los medios tradicionales no servían para nada en un nuevo ámbito en que la población podía informarse realmente, accediendo a publicaciones del exterior.
Aún así, el informe explica que los propios sitios chinos tienen que autocensurarse para no desaparecer. Por otra parte, programas de vigilancia que utilizan tecnologías de filtrado, analizando palabras, conversaciones, etc., acompañados por la labor de vigilancia de la ciberpolicía, han convertido la red en un medio más, controlado como la radio y la televisión de ese país. Textualmente el informe indica: “La censura, draconiana, da caza a todo lo que tenga que ver con los derechos humanos, la democracia o la libertad de creencias. Mata, antes de que nazca, la libertad de expresión que promete la Web”.
Si se entiende a la red como un supramedio, podría creerse que sitios como Google o Yahoo, darían cabida al intento de acceder a cierta información por parte de quienes quisieran, con independencia del lugar en que se encuentren. En cambio, los hechos son muy distintos. Un ejemplo claro es google, que anunció recientemente que había restringido algunos de sus servicios en China, como son los chats, la posibilidad de publicar blogs y el correo electrónico. Sergey Brin, uno de sus cofundadores explicaba en una entrevista:
"No creía que llegaría a esta conclusión, pero eventualmente llegué a pensar que más información es mejor, aún si no es tan completa como nos gustaría ver. El problema práctico es que en los últimos dos años Google ya ha sufrido censura en China, no por nosotros sino por el Gobierno, por medio del Gran filtro. No es algo con lo que disfrute, pero creo que es una decisión razonable”.
En los países democráticos, pueden resultar chocantes estas actitudes de censura, aunque ante ese estupor cabría preguntarse: ¿Estamos solos en la red? No nos censuran pero: ¿Nos vigilan?
La vigilancia es evidente y lógica hasta cierto punto, pues la red no puede dar cabida a quienes practiquen actos tan deleznables como la pederastia o el terrorismo entre otros. Aún así, ¿dónde termina para el vigilante lo que se considera terrorismo? Según la legislación actual, se pueden realizar operaciones de búsqueda de información sin que medie autorización alguna. Por ello, cualquier ordenador con acceso a internet puede ser espiado en caso de que el vigilante tenga una mínima sospecha de que desde allí se estén cometiendo actos ilegales pero… ¿Quién vigila al vigilante? ¿Quién le pone el cascabel al gato?
Sabido es que es muy difícil, por no decir imposible, controlar al controlador, pues quien controla goza de un gran poder, bien sea en internet o en cualquier otro Ámbito. Además, la tendencia a controlar va en aumento y herramientas como Echelon o Carnivore se empequeñecen junto a la necesidad de saber, de controlar, de evitar que los internautas se comuniquen sin saber en ese mismo momento qué se están diciendo, pues podrían poner en peligro el sistema.
Para quienes la desconozcan, Echelonn es una potente herramienta con un sin fin de posibilidades a su merced. Las comunicaciones por radio, vía satélite, llamadas telefónicas, faxes o correos electrónicos, son filtrados por echelon en caso de que contengan ciertos patrones como direcciones, palabras o voces determinadas. Así, es posible entender que el sistema consiste en una serie de estaciones de intercepción y satélites cuya función es capturar las comunicaciones, alrededor de tres mil millones cada día, para que unas supercomputadoras las analicen y clasifiquen posteriormente.
El uso de Echelon es otra de las incógnitas, probablemente una de las más importantes, pues sabemos el qué, pero no está tan claro el para qué. En principio, su uso está restringido al control de las comunicaciones militares y diplomáticas de la unión Soviética, a obtener información sobre grupos o ataques terroristas o narcotráfico. En cambio, sus críticos afirman que también es usado para el espionaje político y económico.
Tanto es así que el 5 de septiembre de 2001, el Pleno del Parlamento Europeo aprobó una resolución en la que denunciaba la existencia de una red de espionaje tras la que se encontraba la comunidad Ukusa, formada por Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Desgraciadamente, el día 11 de ese mismo mes, con motivo de los atentados de Alcaeda, un velo de desinterés junto a la paranoia de buscar la máxima seguridad, sumieron la denuncia casi en el olvido. Aún así, la motivación de la resolución fue la explicada anteriormente, pues se creía que los países beneficiarios de la red habían obtenido informaciones comerciales que habían utilizado en su favor. De este modo, en 1994, el grupo Thompson-CSF perdió un contrato con Brasil valorado en 1300 millones de dólares a consecuencia de la información que desde Echelon se habría facilitado a Raytheon, casualmente norteamericana, que fue finalmente la beneficiaria del mismo. Además, ese mismo año, algo similar ocurrió con las empresas estadounidenses Boeing y McDonnell, que lograron un contrato con Arabia Saudita, gracias a la supuesta interceptación de Echelon de las negociaciones que mantenía este país con Airbus, perdiendo esta empresa el contrato, valorado en 6000 millones de dólares.
En su artículo titulado “Echelon: La red espía global”, Nacho García Mostazo afirma:
“Los Estados Unidos han desclasificado recientemente varios documentos en los que reconocen la existencia de "Echelon". Otros países integrantes de la red de espionaje global han reconocido públicamente su vinculación al tratado UKUSA. El Parlamento Europeo, en su histórica resolución del pasado 5 de septiembre de 2001, dijo que ya no puede caberle duda a nadie sobre la existencia de "Echelon", o como quiera que se llame esta red. La Eurocámara recomendó a los ciudadanos encriptar sus comunicaciones para evitar este espionaje. Asimismo, pidió a los Estados miembros de la UE que promovieran acciones para impedirlo. Desde el 26 de marzo de 2002, el Ministerio de Ciencia y Tecnología español recomienda oficialmente a los ciudadanos que encripten sus correos electrónicos.
La Constitución española reconoce la inviolabilidad de las comunicaciones como un derecho fundamental”.
Pese a parecer digno de película, Echelon no es una obra cinematográfica. Aún así, su aparición en películas de estreno reciente pueden mostrar claramente como funciona: En El ultimátum de Bourne, un periodista británico habla por su teléfono móvil y dice una palabra, que se refiere al nombre de un proyecto secreto de la CIA. Esa palabra dispara las alarmas y la llamada es registrada. Más aún, cruzando datos, la posición del periodista es localizada de inmediato, gracias a las coordenadas que el satélite que recibe la señal del teléfono aporta a la agencia de inteligencia estadounidense.
Esta herramienta no es la única ni mucho menos la más avanzada en lo que a controlar Internet se refiere. De hecho, la eficacia de un buen sistema de control se basa también en la interrelación de varios programas, de un programa y las personas que lo manejan, o también únicamente de las personas que se encargan de las investigaciones. En lo que se refiere a tecnologías, el FBI dispone de Carnivore, que trabajando codo con codo con Echelon, puede arrojar unos resultados que dejarían fuera de lugar la imaginación de George Orwell.
Carnivore consiste en un software que se instala en los proveedores de Internet, y puede rastrear a un usuario desde el momento en que se conecta. Se caracteriza por la posibilidad de distinguir entre datos interceptables de los no interceptables, dependiendo de lo indicado en la orden judicial, así como por ser capaz de distinguir entre los usuarios interceptados de los no interceptados. Además, no se descarta en ningún momento que Carnivore, FBI, y Echelon que pertenece a la NSA, compartan información o que el primero forme parte del segundo.
Según el FBI, Carnivore podía diferenciar aquellos datos importantes para la investigación de aquellos que no lo eran. Aún así, la reflexión planteada antes de abrir la caja de Pandora sigue en pie. ¿Realmente discierne el sistema unos datos de otros? Una vez instalado en un proveedor de Internet… ¿Podría investigar a cualquier usuario de ese proveedor? Intuyo que la respuesta a la segunda pregunta es afirmativa, con lo que nadie le garantiza al usuario la intimidad al navegar por la red.
En este sentido, el pasado 22 de febrero de 2008 El País publicaba un reportaje en el que su autor, MERCÈ MOLIST, afirmaba:
“Su existencia se conoció en el año 2000, por una disputa legal con un ISP que se negaba a instalarlo, y desencadenó las protestas de grupos de libertades civiles de todo el mundo. El sistema Carnivore provocó muchas controversias por sus fallos, como espiar a la persona equivocada, y porque se usó sin permiso judicial, según los grupos de libertades civiles. La ley USA Patriot acabó con la discusión, al decretar que el FBI podía monitorizar redes sin orden de un juez ni sospechas fundadas, mientras sólo captase la información del tráfico y no su contenido”.
De modo que se vuelve a cerrar el círculo. ¿Quién prueba que no se capta el contenido de la información? Ante esta pregunta la respuesta es clara. Por ser servicios de inteligencia, no se podría probar de ningún modo el acceso a una información u otra, pues con esa decisión se pone en manos del gato la vida del pájaro. Además y por si fuera poco, pese a la denuncia que se realiza el 5 de septiembre de 2000 en el Parlamento Europeo, la actitud de el viejo continente no dista mucho de la ya manifestada por EEUU o la comunidad Ukusa. Tanto es así que el citado artículo de El País tiene como titular: “El Ministerio de Defensa trabaja en un Carnivore europeo mejorado”
En la entradilla, para darnos cuenta de que esto no es un juego de buenos y malos leemos:
“OSEMINTI es un paso más en los sistemas inteligentes de espionaje telemático - Francia e Italia también participan en el desarrollo de esta iniciativa. España aporta casi dos millones de euros, el 30% del presupuesto. Defensa no afirma ni desmiente que esté trabajando en un Carnivore europeo: "Será el usuario quien determine el posible uso de la tecnología una vez que se obtengan resultados desarrollados y maduros"”.
Resulta inestimable el valor de la frase en que defensa manifiesta que será el usuario quien determine el uso de la tecnología… tal vez sea porque nos permitirán instalarnos a cada uno de nosotros un juguete tan interesante para que lo probemos. Ciñéndonos a los hechos, España, Italia y Francia trabajan en este programa que a diferencia de los ya explicados, se está preparando para no sólo localizar palabras concretas, sino entender el significado de frases en un correo electrónico o en una conversación telefónica e incluso aprender a partir de todo aquello que generen al interaccionar tanto con sus programadores como con aquellos a quien espíe.
El proyecto comenzó a principios de 2007, y su duración se estimaba en torno a dos años. Si España al igual que otros países destina importantes sumas de dinero, es innegable la relevancia que tienen las nuevas tecnologías y sobre todo lo que por ellas se pueda transmitir. De hecho, el ministerio afirma que el campo de investigación de OSEMINTI será la inteligencia militar, aunque no se descarta su uso en otros ámbitos como el civil.
Sea como fuere, OSEMINDI aporta una nueva vertiente al campo del espionaje, pues hasta la fecha hay muchas personas que trabajan en aquello que el programa será capaz de hacer por sí sólo, entender el significado de frases o de una conversación completa. Aún así, Arturo Quirantes, profesor de la universidad de Granada y estudioso del espionaje opina: "OSEMINDI Tiene
sus limitaciones: Los terroristas no son tontos y pueden usar claves, como decir que 'las camisas ya están planchadas' para referirse a mochilas bomba. Se pasa de monitorizar a algunos individuos a hacerlo indiscriminadamente. Con tantas comunicaciones, identificar la conversación clave no es fácil, aumenta la información no relevante y los gastos”.
Pese a ello, la investigación de las fuerzas de seguridad a personas que nada tienen que ver con tramas terroristas, tráfico de drogas o pornografía infantil entre otras, no es la única intromisión en la intimidad que puede sufrir cualquiera que navegue por la gran telaraña. En la red, al igual que en la vida, el conocimiento es poder y aquel que lo posee, tiene la opción de darle un uso u otro. En el caso que nos ocupa, hay varias Posibilidades además de la ya citada. La empresa para la que trabajamos puede monitorizar nuestra tarea con el ordenador, otro usuario de Internet puede entrar en nuestro sistema o incluso algún vecino puede ser dueño de nuestro pc si no vigilamos nuestra conexión inalámbrica.
Con la aparición de las nuevas tecnologías, el puesto de trabajo puede dejar de ser para algunos un lugar tedioso que ocupa ocho horas de sus vidas los cinco días de la semana. Internet puede ayudar a hacer más llevadero este tiempo. Conocedoras de ello, hay empresas que han comenzado a monitorizar las actividades que sus empleados desarrollan con el ordenador, pues estas pueden perjudicar a la empresa tanto a nivel legal como en lo que a producción se refiere. El trabajador no rendirá lo mismo si ocupa parte de su jornada laboral en un juego on line o utilizando programas de Chat, con lo que la empresa no ganará tanto dinero como si durante las ocho horas ese misma persona hubiera estado haciendo aquello para lo que se le paga. Por otra parte, la empresa podría tener problemas legales si desde sus ordenadores se comete algún delito. Se plantea la dualidad intimidad frente a productividad. En este sentido, el periódico Expansión se hizo eco de la sentencia del Tribunal Supremo del pasado 26 de septiembre de 2007.
Las empresas no pueden fisgar en los ordenadores de los trabajadores para ver qué es lo que hacen éstos en su jornada laboral. Máxime, si previamente no han advertido a los empleados sobre los límites que debe tener la utilización de esta herramienta de trabajo, y sobre los controles y los medios que van a aplicar para verificar que se cumplen sus directrices. Lo contrario es una vulneración del derecho a la intimidad del trabajador, de acuerdo con la Constitución, el Convenio Europeo para la protección de los derechos humanos y el Estatuto de los Trabajadores.
Este es el sentido de la importante sentencia del Tribunal Supremo, del 26 de septiembre, sobre los límites del empresario para controlar el uso que el trabajador hace del ordenador en el centro de trabajo. De hecho, es la primera sentencia en España que unifica doctrina sobre esta materia, según resalta Íñigo Sagardoy, socio director de Sagardoy Abogados”.
En este caso, el trabajador fue despedido por acceder a páginas pornográficas. La solución para las empresas es advertir a sus trabajadores indicándoles que se monitorizan sus accesos a Internet, mencionando además que no accedan a su correo personal. Pese a ello, no siempre estos problemas se dan de forma voluntaria pues un descuido o un mal uso de un programa puede suponer una fuerte multa para la empresa. Así lo explica MÓNICA C. BELAZA en una noticia publicada en El País.
“Descargarse música o películas desde el ordenador del trabajo a través de un programa de intercambio de archivos puede tener efectos trágicos y no calculados, causados por quien quizá sólo pretendía meter en su MP3 una canción de David Bisbal. Un error de este tipo ha podido provocar que 11.300 historias clínicas, de ellas 4.000 de casos de aborto, acaben expuestos ante cualquier internauta.
El desconocimiento tecnológico de algún empleado de una clínica ginecológica pudo llevarle a poner a disposición del programa eMule (el más popular de intercambio de archivos entre particulares), y por lo tanto al alcance de millones de personas, todos estos datos, contenidos en una carpeta del disco duro de su ordenador”.
Del mismo modo ocurrió con un becario que por utilizar Emule en el trabajo, puso a disposición de cualquiera un fichero con datos personales de clientes del despacho. Según se publicó, en el fichero se hallaban nombres, apellidos, DNI, teléfonos, domicilios y observaciones. Como anécdota, cabe mencionar a Pedro Fernández, seudónimo de un policía local de la central de Ourense, que por las tardes, después de trabajar, busca información comprometida en programas de descarga para ponerla a disposición de la Agencia de Protección de Datos. Según él mismo afirma: "Mucha cerradura, mucha alarma y puerta blindada pero el otro día me encontré la contabilidad de una empresa de Madrid. Llamé y le expliqué la situación al informático. Resultó que el gerente se había llevado el disco con los datos a casa y con ellos en el ordenador, el hijo se conectó al eMule".
Así, el usuario debe ser cauto, no sólo por lo que puedan conocer de él, sino por lo que de forma involuntaria puede mostrar a millones de personas. De todos modos, si se vigilan las opciones de configuración de los programas p2p, no tendría por qué ocurrir ninguna desgracia. Pese a ello, como mencionaba, los accesos al ordenador también pueden llegar con un troyano, o a través de la red inalámbrica que tanta comodidad nos ofrece y a la vez tan vulnerable resulta.
Cualquiera se habrá encontrado con redes sin contraseña, cuyo dueño probablemente no sepa que con el acceso a su red y los conocimientos pertinentes, otro internauta, su querido vecino tal vez, puede entrar en su ordenador, conocer lo que en él se guarda e incluso instalar un programa, como si fuera él realmente el dueño del mismo. Pese a todo, las contraseñas tampoco son un blindaje seguro, pues por la red pululan herramientas encargadas de desencriptarlas, y como siempre se dice, el espía es como el preso, que tiene mucha paciencia y tiempo por delante para escapar de su prisión.
En definitiva, un buen antivirus en caso de utilizar Windows o pasarse a Linux junto con la precaución a la hora de leer el correo electrónico o hacer uso de los programas de descarga, pueden ser suficiente para que el usuario medio disfrute de cierta tranquilidad. Digo cierta porque tratándose de Internet, que transcurre como una vida paralela en la que al igual que en la propia uno puede sufrir una enfermedad u otro percance, la tranquilidad y la seguridad totales no existen.
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jueves, 10 de julio de 2008
Permitidme tutearos, imbéciles
Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este
Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex
ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo
es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte
o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables,
que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto
de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos
de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza,
y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.
Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí,
como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé
les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–,
pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente
la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique
de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y
en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía,
por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto
al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos
españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque
«es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.
Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante,
lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido
muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años
de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada,
la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras,
tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar
en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que
ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La
tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente
que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro
Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.
Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.
ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 23 de diciembre de 2007
Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex
ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo
es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte
o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables,
que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto
de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos
de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza,
y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.
Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí,
como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé
les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–,
pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente
la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique
de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y
en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía,
por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto
al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos
españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque
«es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.
Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante,
lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido
muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años
de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada,
la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras,
tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar
en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que
ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La
tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente
que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro
Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.
Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.
ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 23 de diciembre de 2007
La cápsula del doctor Herrerías
El doctor Juan Manuel Herrerías, una de las grandes eminencias españolas en medicina digestiva, acaba de publicar un libro de trabajo titulado Atlas capsule
endoscopy, en el que presenta, científicamente, el último grito del siempre complicado diagnóstico de enfermedades degenerativas de colon: la cápsula endoscópica.
Dicha cápsula tiene el tamaño de una gragea algo más grande de lo normal y es, en realidad, una pequeña microcámara que uno deglute para que viaje tranquilamente
por el tracto esofágico, el parque gástrico y todos los intestinos, hasta salir discretamente por allá donde la espalda pierde su casto nombre. Entre que
es deglutida y defecada, la cámara retransmite a una pantalla de televisión cada uno de los inelegantes rincones de nuestro bulevar digestivo. La novedad
consiste –ya existía esa cápsula para diagnósticos esofágicos y gástricos– en que observa y retransmite el estado de las paredes del colon y el recto,
evitando así el escasamente agradable examen colonoscópico que tantas buenas piezas ha dado al género de los relatos escatológicos. Uno se toma la píldora
después de haberse sometido, eso sí, al desagradable trance de los laxantes y se sienta plácidamente a esperar que el artefacto haga su recorrido y su
trabajo. Si evidencia la presencia de pequeñas formaciones indebidas, pues entonces ya se entra con toda la trompetería correspondiente, pero si demuestra
que el paciente está como una rosa se le evita la poco decorosa postura y la muy incómoda prueba añadida de experimentar cómo una pequeña serpiente entra
hasta las profundidades de uno mismo por el orificio más incómodo que poseemos.
Conocido el avance diagnóstico, no obstante, hay algunas dudas no científicas –más bien de procedimiento– que nos asaltan a los poco familiarizados con
este tipo de técnicas. ¿Cómo sabe uno que la píldora ha salido ya? Es decir, ¿cómo se sabe que ya no está con nosotros? En rigor, habría que estar pendiente
de la defecación líquida –después de la limpieza no hay heces en el interior– para dar con el tesoro. Una vez encontrada entre alborozos, ¿qué se hace
con esa píldora? Una cámara de televisión tan diminuta no debe de ser precisamente barata y no es cosa de tirar al inodoro un artefacto tan valioso. En
el caso de volverla a utilizar, ¿cómo se le dice al paciente que lo que se va a meter por la boca lo acaba de sacar otro por el ano? Por mucho que asegures
haberlo limpiado a conciencia siempre queda cierto resquemor. No me imagino a una enfermera diciéndole en la sala de espera a un paciente: «Espere usted,
porque el de la habitación 34 aún no ha soltado la camarita que se tiene que tragar; en cuanto la cague, se la traigo». En el caso de ser de usar y tirar,
¿cómo no va a tener déficit nuestra estupenda Seguridad Social?
El método, en cualquier caso, es absolutamente incruento y plácido. Es, literalmente, un pasar, y resulta el colofón de la carrera por evitar desagrados
a quien debe someterse a pruebas de este tipo. Imagínense una colonoscopia en vivo. No digo yo que no haya a quien le guste cierto tránsito anal, pero
ver que tu abdomen se pone como el de un batracio y que entra una manguera sin fin por centro tan íntimo de equilibrio no supone un plato de buen gusto.
El protocolo, afortunadamente, es realizar la prueba con sedación, con lo que tú ni te enteras de que por allí ha entrado la goma del butano de medio bloque
y únicamente queda como carne de desagrado el carrusel de pócimas laxantes que debes administrarte la noche antes para soltar por abajo hasta la primera
papilla. Normalmente, incluso, puede combinarse la colonoscopia con la gastroscopia, que es lo mismo pero por la boca –también muy agradable– y que de
hacerse a pelo nos haría experimentar una cierta sensación molesta. Tengo por cierto, eso sí, que en las pruebas conjuntas no utilizan para la boca la
misma goma que han introducido por el recto, que, por mucho que sea de uno mismo, no deja de ser poco atractivo.
Mi enhorabuena al doctor Herrerías, jefe de servicio del hospital Macarena de Sevilla. Nos evita incomodidades, sí, pero, como se ve, también nos priva
de cierta sugerente literatura.
Carlos Herrera XLSemanal 9 de marzo de 2008.
endoscopy, en el que presenta, científicamente, el último grito del siempre complicado diagnóstico de enfermedades degenerativas de colon: la cápsula endoscópica.
Dicha cápsula tiene el tamaño de una gragea algo más grande de lo normal y es, en realidad, una pequeña microcámara que uno deglute para que viaje tranquilamente
por el tracto esofágico, el parque gástrico y todos los intestinos, hasta salir discretamente por allá donde la espalda pierde su casto nombre. Entre que
es deglutida y defecada, la cámara retransmite a una pantalla de televisión cada uno de los inelegantes rincones de nuestro bulevar digestivo. La novedad
consiste –ya existía esa cápsula para diagnósticos esofágicos y gástricos– en que observa y retransmite el estado de las paredes del colon y el recto,
evitando así el escasamente agradable examen colonoscópico que tantas buenas piezas ha dado al género de los relatos escatológicos. Uno se toma la píldora
después de haberse sometido, eso sí, al desagradable trance de los laxantes y se sienta plácidamente a esperar que el artefacto haga su recorrido y su
trabajo. Si evidencia la presencia de pequeñas formaciones indebidas, pues entonces ya se entra con toda la trompetería correspondiente, pero si demuestra
que el paciente está como una rosa se le evita la poco decorosa postura y la muy incómoda prueba añadida de experimentar cómo una pequeña serpiente entra
hasta las profundidades de uno mismo por el orificio más incómodo que poseemos.
Conocido el avance diagnóstico, no obstante, hay algunas dudas no científicas –más bien de procedimiento– que nos asaltan a los poco familiarizados con
este tipo de técnicas. ¿Cómo sabe uno que la píldora ha salido ya? Es decir, ¿cómo se sabe que ya no está con nosotros? En rigor, habría que estar pendiente
de la defecación líquida –después de la limpieza no hay heces en el interior– para dar con el tesoro. Una vez encontrada entre alborozos, ¿qué se hace
con esa píldora? Una cámara de televisión tan diminuta no debe de ser precisamente barata y no es cosa de tirar al inodoro un artefacto tan valioso. En
el caso de volverla a utilizar, ¿cómo se le dice al paciente que lo que se va a meter por la boca lo acaba de sacar otro por el ano? Por mucho que asegures
haberlo limpiado a conciencia siempre queda cierto resquemor. No me imagino a una enfermera diciéndole en la sala de espera a un paciente: «Espere usted,
porque el de la habitación 34 aún no ha soltado la camarita que se tiene que tragar; en cuanto la cague, se la traigo». En el caso de ser de usar y tirar,
¿cómo no va a tener déficit nuestra estupenda Seguridad Social?
El método, en cualquier caso, es absolutamente incruento y plácido. Es, literalmente, un pasar, y resulta el colofón de la carrera por evitar desagrados
a quien debe someterse a pruebas de este tipo. Imagínense una colonoscopia en vivo. No digo yo que no haya a quien le guste cierto tránsito anal, pero
ver que tu abdomen se pone como el de un batracio y que entra una manguera sin fin por centro tan íntimo de equilibrio no supone un plato de buen gusto.
El protocolo, afortunadamente, es realizar la prueba con sedación, con lo que tú ni te enteras de que por allí ha entrado la goma del butano de medio bloque
y únicamente queda como carne de desagrado el carrusel de pócimas laxantes que debes administrarte la noche antes para soltar por abajo hasta la primera
papilla. Normalmente, incluso, puede combinarse la colonoscopia con la gastroscopia, que es lo mismo pero por la boca –también muy agradable– y que de
hacerse a pelo nos haría experimentar una cierta sensación molesta. Tengo por cierto, eso sí, que en las pruebas conjuntas no utilizan para la boca la
misma goma que han introducido por el recto, que, por mucho que sea de uno mismo, no deja de ser poco atractivo.
Mi enhorabuena al doctor Herrerías, jefe de servicio del hospital Macarena de Sevilla. Nos evita incomodidades, sí, pero, como se ve, también nos priva
de cierta sugerente literatura.
Carlos Herrera XLSemanal 9 de marzo de 2008.
El fin de la televisión
Los augures del periodismo profetizaron que el auge de Internet acabaría matando la prensa escrita. Todavía lo siguen afirmando hoy; pero lo cierto es que,
hasta la fecha, el fenómeno más reseñable que a la prensa le ha ocurrido desde el advenimiento de Internet ha sido la aparición de los periódicos gratuitos,
que desde luego no parecen tener muchas ganas de estirar la pata. En cuanto a los periódicos ‘de toda la vida’, que hoy se impone designar ‘periódicos
de pago’, es cierto que encuentran dificultades para renovar su clientela, es cierto que en muchos casos han tenido que afrontar una disminución de sus
tiradas, pero… tampoco parece que se hallen en plena agonía. Sí se adivina, desde luego, que el periódico de papel y tinta lo tiene cada vez más chungo
para competir con los demás medios de comunicación –incluido Internet– en el suministro inmediato de noticias; pero se trata de una dificultad que ya antes
habían tenido que afrontar, en competencia con la radio y la televisión. Podemos intuir que los periódicos de pago del futuro, para sobrevivir, tendrán
que ofrecer un tratamiento de la información ‘alternativo’, menos volcado en el puro suministro de información que en el análisis original y hondo de la
misma; podemos intuir también que el público natural de ese tratamiento menos epidérmico de la información será más reducido y exigente que el que todavía
hoy acude al quiosco: pero esta obligatoria metamorfosis que los periódicos de pago habrán de abordar en un futuro más o menos próximo no conlleva su desaparición.
Sobrevivirán aquellos periódicos que sepan adaptarse a las nuevas demandas de ese público más exigente; pero esa adaptación los hará a la postre más fuertes.
Del mismo modo que la televisión no acabó con la radio, Internet no acabará con la prensa escrita. Es cierto que la televisión firmó el acta de defunción
de algunos subgéneros radiofónicos que hallaron un mejor cauce expresivo a través de la imagen (pienso, por ejemplo, en los seriales); pero el vínculo
que la radio entabla con los oyentes no pudo ser destruido, por ser de una naturaleza muy íntima y persuasiva. El vínculo que un lector entabla con un
periódico es también muy diverso del vínculo que el internauta entabla con la información que fluye por la Red; y, en general, puede decirse que la satisfacción
que brinda la lectura en papel no puede en modo alguno ser emulada por la satisfacción que procura la lectura en una pantalla. No entraremos aquí a valorar
si son satisfacciones más o menos intensas; nos contentaremos con decir que son satisfacciones diversas, tal vez complementarias, pero desde luego una
no anula la otra. Las grandes obras de la literatura las podemos encontrar en Internet; y, sin embargo, la gente sigue acudiendo a una librería o a una
biblioteca para leerlas. Yo mismo, cuando deseo citar tal o cual verso de Virgilio, tal o cual paradoja de Chesterton, acudo a Internet para cerciorarme
de su formulación exacta; en cambio, no se me ocurriría otro modo de zambullirme en la deleitosa lectura de las Geórgicas o de El hombre que fue jueves
que con un libro en las manos. Y creo que la gente seguirá en el futuro disfrutando de la fragante lectura de un periódico si quienes se encargan de confeccionarlo
y escribirlo saben atender las demandas de su público, sin obsesionarse por el suministro informativo.
Pero existe otro medio de comunicación al que Internet ha herido de muerte, aunque paradójicamente no se hable de ello. Me estoy refiriendo, naturalmente,
a la televisión, o siquiera a la televisión no especializada temáticamente. La clientela de las televisiones es cada vez más provecta; las nuevas generaciones
se aburren cada vez más contemplando los formatos televisivos tradicionales. Yo mismo, que no soy nada joven (y, desde luego, nada moderno), puedo confesar
sin rubor que dedico más tiempo a YouTube que a la televisión, que me aburre sobremanera por su previsibilidad cansina. El espectador joven exige a la
información visual un mayor dinamismo que el que puede ofrecer la televisión, entre otras razones porque la televisión es, entre todos los medios de comunicación
existentes, el que demanda un destinatario más pasivo; y los destinatarios más jóvenes se están rebelando contra ese papel de estafermos que la televisión
les adjudica. No quisiera dármelas de arúspice, pero sospecho que el espectador inquieto que ha nacido al socaire de Internet acabará dándole la espalda
a la televisión convencional, antes que a la prensa escrita.
Juan Manuel de Prada XLSemanal 10 de febrero de 2008.
hasta la fecha, el fenómeno más reseñable que a la prensa le ha ocurrido desde el advenimiento de Internet ha sido la aparición de los periódicos gratuitos,
que desde luego no parecen tener muchas ganas de estirar la pata. En cuanto a los periódicos ‘de toda la vida’, que hoy se impone designar ‘periódicos
de pago’, es cierto que encuentran dificultades para renovar su clientela, es cierto que en muchos casos han tenido que afrontar una disminución de sus
tiradas, pero… tampoco parece que se hallen en plena agonía. Sí se adivina, desde luego, que el periódico de papel y tinta lo tiene cada vez más chungo
para competir con los demás medios de comunicación –incluido Internet– en el suministro inmediato de noticias; pero se trata de una dificultad que ya antes
habían tenido que afrontar, en competencia con la radio y la televisión. Podemos intuir que los periódicos de pago del futuro, para sobrevivir, tendrán
que ofrecer un tratamiento de la información ‘alternativo’, menos volcado en el puro suministro de información que en el análisis original y hondo de la
misma; podemos intuir también que el público natural de ese tratamiento menos epidérmico de la información será más reducido y exigente que el que todavía
hoy acude al quiosco: pero esta obligatoria metamorfosis que los periódicos de pago habrán de abordar en un futuro más o menos próximo no conlleva su desaparición.
Sobrevivirán aquellos periódicos que sepan adaptarse a las nuevas demandas de ese público más exigente; pero esa adaptación los hará a la postre más fuertes.
Del mismo modo que la televisión no acabó con la radio, Internet no acabará con la prensa escrita. Es cierto que la televisión firmó el acta de defunción
de algunos subgéneros radiofónicos que hallaron un mejor cauce expresivo a través de la imagen (pienso, por ejemplo, en los seriales); pero el vínculo
que la radio entabla con los oyentes no pudo ser destruido, por ser de una naturaleza muy íntima y persuasiva. El vínculo que un lector entabla con un
periódico es también muy diverso del vínculo que el internauta entabla con la información que fluye por la Red; y, en general, puede decirse que la satisfacción
que brinda la lectura en papel no puede en modo alguno ser emulada por la satisfacción que procura la lectura en una pantalla. No entraremos aquí a valorar
si son satisfacciones más o menos intensas; nos contentaremos con decir que son satisfacciones diversas, tal vez complementarias, pero desde luego una
no anula la otra. Las grandes obras de la literatura las podemos encontrar en Internet; y, sin embargo, la gente sigue acudiendo a una librería o a una
biblioteca para leerlas. Yo mismo, cuando deseo citar tal o cual verso de Virgilio, tal o cual paradoja de Chesterton, acudo a Internet para cerciorarme
de su formulación exacta; en cambio, no se me ocurriría otro modo de zambullirme en la deleitosa lectura de las Geórgicas o de El hombre que fue jueves
que con un libro en las manos. Y creo que la gente seguirá en el futuro disfrutando de la fragante lectura de un periódico si quienes se encargan de confeccionarlo
y escribirlo saben atender las demandas de su público, sin obsesionarse por el suministro informativo.
Pero existe otro medio de comunicación al que Internet ha herido de muerte, aunque paradójicamente no se hable de ello. Me estoy refiriendo, naturalmente,
a la televisión, o siquiera a la televisión no especializada temáticamente. La clientela de las televisiones es cada vez más provecta; las nuevas generaciones
se aburren cada vez más contemplando los formatos televisivos tradicionales. Yo mismo, que no soy nada joven (y, desde luego, nada moderno), puedo confesar
sin rubor que dedico más tiempo a YouTube que a la televisión, que me aburre sobremanera por su previsibilidad cansina. El espectador joven exige a la
información visual un mayor dinamismo que el que puede ofrecer la televisión, entre otras razones porque la televisión es, entre todos los medios de comunicación
existentes, el que demanda un destinatario más pasivo; y los destinatarios más jóvenes se están rebelando contra ese papel de estafermos que la televisión
les adjudica. No quisiera dármelas de arúspice, pero sospecho que el espectador inquieto que ha nacido al socaire de Internet acabará dándole la espalda
a la televisión convencional, antes que a la prensa escrita.
Juan Manuel de Prada XLSemanal 10 de febrero de 2008.
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