Asomo la cara por el quicio de la puerta y el viento me abofetea sin compasión. Es suave pero húmedo y frío. Sus dedos taladran las partes de mi rostro que se exponen a sus inclemencias. Al igual que lo hiciera e debajo de las sábanas minutos antes, mi cuerpo va emergiendo a la intemperie.
Bacilo en mis primeros pasos, como un borracho en hora postrera, cuando el alba viene a anunciarle el vacío del baso en su mano y el peso del licor en el cerebro. La acera está despejada. Hace poco que abrieron las calles y pocos viandantes nos atrevemos a circular por los parajes que desde las alcobas se escuchan tras las persianas. Un cruce separa a una madre que empuja un carrito de bebé de mi persona. Avanzo mientras ella mira a un lado y enriquece el vocabulario del infante dirigiéndose a alguien que no puedo ver. Palabras que suenan como descargas de fusilería ante las que cae entre otras la madre del infeliz conductor a quien salva el blindaje del silencio que crean puertas y ventanas cerradas.
El campo urbano es un sinfín de rutinas con diferencias. Llega a mis oídos el fluir de la sangre que lo alimenta y que todavía lo mantiene en una tensión baja. Más tarde aparecerán los encargados, de pito en mano y aspaviento ligero, que impedirán que esta suba demasiado. Ahora, se aproxima la avenida y sólo un rumor cansino punteado por destellos fugaces marca el presente. Miro la acera que me llevará a la arteria casi vacía y se estrecha ante mí. A un lado me ciñe la pared que mantendrá encarcelados por unas horas del día a quienes valoran su libertad en un montón de papeles, más o menos grande, del que darán cuenta para inventar una realidad paralela cuando se les dé permiso. Siempre hay clases, hasta entre los presos. Pasan fugaces junto a mí, bajo la acera, dos contenedores. Me saludan con su olor característico mientras los efluvios de orines de mendigo dicen buenos días con retraso.
Llego a una vía principal a la vez que el sueño procura tensar las ataduras que nos mantenían unidos. La bocina de una hormiga me saca del dulce estupor en que me encuentro. A vista de pájaro es lo que parece, o por lo menos me recuerda a algo que veía cuando era pequeño. Su chaleco reflectante y su casco, desde las alturas parecen una hormiguita laboriosa.
Se alternan puertas cerradas con bares atendidos por vampiros disfrazados de inocentes urbanitas y junto a ellos, los mortales apuran brebajes que les ayuden a mantener el brío para los trabajos forzosos que les esperan. Engullen los papeles de la prisión en forma de sándwiches, tostadas o bocadillos. Su olor me lleva hacia arriba mientras entiendo que no valió para nada la cárcel y mucho menos sus hojas malditas.
El sueño me ciñe la cintura y la miel de sus labios se funde con los míos mientras escucho veladamente una nota aguda, ininterrumpida, punteada a veces por la voz de una madre que grita a alguien que no puedo ver, por la bocina de una hormiga que carga y descarga y por una voz que se dirige a todos y a nadie en particular mientras dice.
-Ya no hay nada que hacer.-
miércoles, 11 de enero de 2012
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