miércoles, 18 de febrero de 2009

Sabiduría de los de párvulos

Hace ya tiempo que quería dar un homenaje a los pequeños que en ocasiones, con su lógica aplastante, dan una lección de humor a aquellos a los que el
tiempo nos ha curtido la piel. Claro está que a unos más que a otros, pero pienso que cuando se alcanza una determinada edad, uno es niño y poco tiempo
después deja de serlo. Ser o no ser, como diría aquel.

Como digo, le daba vueltas a la idea de escribir un artículo de trastadas, cuando llegó a mi correo electrónico un mensaje de una amiga mía, la misma a la que la profesora le pidió que le entregara el examen en tinta, en el que se pormenorizaba acerca de algunas respuestas de niños. Me he tomado la libertad de incluirlo a continuación pues es muy interesante y prueba claramente ese humor y esa forma de ver el mundo que tienen quienes todavía tienen tiempo para no saber en qué consiste el pesimismo. Aún así, mi artículo de bromas innombrables sigue esperando su publicación, y me limitaré a adelantar que incluye trastadas que he recopilado por la red, algunas de conocidos míos, y para no caer en la ignominia de todos malos menos yo, también tengo en la recámara algunos disgustos provocados a mi familia.

De momento, os dejo con lo que recientemente ha llegado a mis manos.

CONSEJO: NO DISCUTAS CON LOS NIÑOS DE AHORA....

1.- Una niña le estaba hablando de las ballenas a su maestra. Laprofesora dijo que era físicamente imposible que una ballena setragara a un ser humano porque aunque era un mamífero muy grande sugarganta era muy pequeña. La niña afirmó que Jonás había sido tragado por una ballena.Irritada, la profesora le repitió que una ballena no podía tragarse aningún humano; físicamente era imposible. La niña dijo:

- Cuando llegue al cielo le voy a preguntar a Jonás.

La maestra le preguntó:

- ¿Y qué pasa si Jonás se fue al infierno?

La niña le contestó:

- Entonces le pregunta usted.

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2.- Una maestra de preescolar estaba observando a los niños de suclase mientras dibujaban. Ocasionalmente se paseaba por el salón paraver los trabajos de cada niño. Llegó donde había una niña quetrabajaba diligentemente, y le preguntó qué estaba dibujando. La niña replicó:

- Estoy dibujando a Dios.

La maestra se detuvo y dijo:

- Pero nadie sabe cómo es Dios.

Sin pestañear, y sin levantar la vista de su dibujo, la niñacontestó:

- Lo sabrán dentro de un minuto.

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3.- Una profesora de catecismo estaba discutiendo los DiezMandamientos con sus pupilos de 5 y 6 años. Después de explicar elmandamiento de 'Honrar a tu padre y a tu madre', les preguntó:

- ¿Hay algún mandamiento que nos enseñe cómo tratar a nuestroshermanos y hermanas?

Un muchachito (el mayor de su familia) contestó:

- No matarás.

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4.- Una honesta niña de siete años admitió calmadamente a sus papásque Luis Miguel la había besado después de la clase.

- ¿Cómo sucedió eso? -Preguntó asombrada su mamá.

- No fue fácil -admitió la pequeña señorita-, pero tres niñas meayudaron a agarrarlo.

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5.- Un día una niña estaba sentada observando a su mamá lavar losplatos en la cocina. De repente, notó que su mamá tenía varioscabellos blancos que sobresalían entre su cabellera oscura. Miró a sumamá y le preguntó inquisitivamente:

- ¿Por qué tienes algunos cabellos blancos, mamá?

Su madre le contestó:

- Bueno, cada vez que te portas mal y me haces llorar o me ponestriste, uno de mis cabellos se vuelve blanco.

La niña asimiló esta revelación por un rato y luego dijo:

- Mami, ¿por qué TODOS los cabellos de mi abuelitaestán blancos?

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6.- Un niño de tres años fue con su papá a ver una camada de gatitosrecién nacidos. De regreso a casa, le informó apresuradamente a sumamá que había dos gatitos y dos gatitas.

- ¿Cómo supiste eso? -Le preguntó su mamá.

- Papá los levantó y miró por debajo -replicó el niño-. Creo que allítienen la etiqueta.

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7.- Todos los niños habían salido en la fotografía y la maestra estabatratando de persuadirlos a cada uno de comprar una copia de lafotografía del grupo.

- Imaginaros qué bonito será cuando ya seáis todos mayores y digáis:'Allí está Catalina, es abogada', o también 'Ese es Miguel, ahora esdoctor'.

Sonó una vocecita desde atrás del salón:

- Y allí está la maestra. Ya se murió.

domingo, 8 de febrero de 2009

La cara oculta de Aguirre

Su control de casi todos los resortes del poder económico y local en Madrid es personal. No delega. Nombra y reparte
cargos a cualquier nivel. Bajo el régimen de Esperanza Aguirre nadie se fia de nadie. LUIS GÓMEZ 08/02/2009
El primer logro de Esperanza Aguirre en Madrid fue promover la plantación de un millón de árboles en la capital
durante su etapa como concejal de Medio Ambiente en el Ayuntamiento. Así lo hacen constar las biografías oficiales.
Durante su primera campaña como candidata a la presidencia de la Comunidad, una persona de su entorno la recomendó
que no abusara en público de ese resultado.

Nacimiento: 03-01-1952 Lugar: Madrid

La maquinaria del Partido Popular en Madrid preparó con profesionalidad la campaña de una candidata como Esperanza
Aguirre a las elecciones autonómicas de 2003 para dar satisfacción a una apuesta personal del presidente Aznar, que
quiso jugar al ajedrez con el destino. Un recién llegado Zapatero había colocado a Trinidad Jiménez como cartel
electoral del PSOE al Ayuntamiento. Zapatero quería la capital y Aznar movió ficha: defendería la plaza con un peso
pesado como Gallardón y dejaría la Comunidad para Aguirre.

No había mucho tiempo para cambiar la imagen de una candidata cuya gestión al frente del Ministerio de Educación y
Cultura era mejor recordada por sus meteduras de pata y su desparpajo ante las cámaras del programa Caiga quien
caiga que le dedicaba semanalmente un espacio estelar. Esa popularidad televisiva era un punto a favor. Por lo
demás, Aguirre no tenía ningún peso político en el partido en Madrid. No conocía la realidad de Madrid. Tampoco
tenía equipo, salvo un cuarteto de asesores externos con los que se reunía periódicamente en la sede que por
entonces tenía la Fundación FAES en la calle de Velázquez. En ese cuarteto figuraban dos periodistas: Miguel Ángel
Rodríguez, primer portavoz del Gobierno Aznar, y Manuel Soriano, quien fuera su jefe de prensa en el ministerio. De
la importancia de estos asesores se supo tiempo después.

La maquinaria del partido diseñó una estrategia sencilla. La recomendaron vestirse al estilo Zara para aliviar su
imagen de marquesa consorte y la pasearon por los pueblos de Madrid, a la sombra de Ruiz-Gallardón. Su capacidad
para conectar con el ciudadano medio era evidente pero, al mismo tiempo, su desenfado era temerario: no parecía
afectarle demasiado dejar al desnudo su ignorancia ante alcaldes y técnicos. En una primera reunión con los
consejeros de la Comunidad de Madrid para empaparse de la realidad de la región, Esperanza Aguirre dejó
impresionados a los presentes. Lejos de adoptar una actitud humilde, terminó tachándoles de socialdemócratas. Y
luego estaban algunos otros detalles menos conocidos de su personalidad: durante el desplazamiento a un acto
electoral era capaz de pasarse el viaje discutiendo con el chófer sobre la ruta a seguir antes que aprovechar el
tiempo para repasar el discurso. Aguirre era un personaje caótico y temerario. No ocultaba la irritación que le
producía tener que cerrar los actos después de su compañero de partido, de quien envidiaba que su campaña disfrutara
de mayor presupuesto. Su entorno comenzó a vivir emociones fuertes. Ante la posibilidad de una derrota electoral
vistas las encuestas y que su imagen no acababa de despuntar, soltó una frase lapidaria que sorprendió a quienes la
escucharon: "Si pierdo, será culpa de Aznar".

Esperanza Aguirre era por entonces un personaje secundario en el partido. Cinco años después, nadie puede afirmar lo
mismo.

Un lustro después, Aguirre ha tomado al asalto buena parte de las instituciones del poder local madrileño. Y domina
el partido en Madrid. Cinco años después, Aguirre es reconocida como seria candidata a la presidencia nacional del
PP si Rajoy termina por sufrir un nuevo fracaso. Quiere ser presidenta del Gobierno. No oculta sus intenciones. Una
poderosa maquinaria propagandística está de su parte y en ello tienen mucha responsabilidad aquellos asesores
externos de la calle de Velázquez. Aguirre ocupa mucho espacio. Hace oposición a su propio partido y al Gobierno
central. Es tan incómoda para Rajoy como pueda serlo para Zapatero. En una biografía autorizada escrita en 2006 por
la periodista Virginia Drake, titulada sin inocencia Esperanza Aguirre. La presidenta, recibe calificativos como
"leal", "brutalmente sincera", "austera", "decidida", "mandona" e "hiperactiva". El libro resalta un lema que guía
su conducta: "Delega todo, menos la supervisión". El libro podría haberse enriquecido con otros calificativos que se
desprenden de los comentarios de personajes que colaboran o han colaborado con ella en los últimos tiempos.
Populista. Temeraria. Obcecada. Trabajadora. Ambiciosa. Caótica. Implacable. Astuta. Intolerante. Déspota. Sobre su
capacidad para delegar decisiones existe un criterio unánime: ninguno de sus consejeros tiene autonomía de decisión.
Aguirre controla con mano de hierro los aspectos fundamentales de la gestión. Y a veces, incluso, los accesorios.

"Es capaz de discutir con los arquitectos o los ingenieros aspectos técnicos de una obra aun siendo consciente de su
ignorancia en la materia. Puede obligar a ubicar la instalación de una estación de metro donde se le ocurre, dando
la impresión de que la opinión que ha escuchado a un vecino pueda tener el mismo peso que el dictamen de un experto.
Puede hacer la pregunta más peregrina sobre el mobiliario de un edificio en construcción. O puede obligar a pintar
de nuevo la fachada de un hospital porque no le gusta el color", recuerda un ex consejero.

Otro colaborador no reprime su opinión: "Maltrata a los que percibe como débiles, lo cual es una condición muy
propia de personas de la clase alta. Es de las que tutean a quienes sabe que no la pueden tutear". Este aspecto
menos conocido de la personalidad de Aguirre se manifiesta desde antaño. La conoce quienes han sido víctimas de su
forma de ejercer la autoridad. Elena Salgado, actual ministra de Administraciones Públicas, ha tenido serios
enfrentamientos con Aguirre, los más notorios durante su periodo como ministra de Sanidad como consecuencia de la
resistencia de Aguirre a aplicar las normas de la ley antitabaco en la Comunidad de Madrid. Pero Elena Salgado fue
durante unos meses directora de la Fundación Teatro Lírico, responsable por tanto del Teatro Real de Madrid,
dependiente del Ministerio de Educación y Cultura en aquel entonces, cuyo titular era Esperanza Aguirre. Elena
Salgado nunca ha olvidado la llamada telefónica en la que Aguirre le comunicó su cese. El tono y el contenido de esa
breve conversación dice mucho sobre ciertos rasgos de Aguirre. Quiso ser amable y al mismo tiempo implacable. Y
astuta, porque dejó la huella de un culpable.

-Elena, siento decirte esto porque nuestros hijos van al mismo colegio, pero el secretario de Estado me ha dicho que
no puedes seguir en el cargo ni un minuto más.

Aguirre podía parecer una candidata débil y sin apoyos políticos en la primavera del año 2003. Es más, su carrera
política parecía acabada tras su fracaso electoral en Madrid frente a un candidato sin gancho como el socialista
Rafael Simancas. La derrota de Aguirre significaba el primer gran éxito de Zapatero. Sin embargo, un suceso grave,
extraño y nunca suficientemente investigado, modificó su destino: los diputados socialistas Tamayo y Sáez cambiaron
inexplicablemente el sentido de su voto en la Asamblea de Madrid y alteraron la decisión popular. Las elecciones
debieron repetirse y Aguirre conquistó la presidencia en octubre. Aquel asunto dejó un rastro maloliente procedente
de las alcantarillas de la política madrileña. ¿Qué estaba pasando en Madrid? ¿Qué extraños intereses se cocinaban?
Cinco años después, cuando el asunto parecía olvidado, vuelve el mal olor a la capital: los políticos se espían unos
a otros, circulan informes comprometedores, florecen ex policías haciendo tareas de vigilancia y agencias de
detectives pagadas por quién sabe quién. Y en el centro de ese círculo vicioso vuelve a estar Esperanza Aguirre.

Claro está que todo parecía haber cambiado en un lustro. Radicalmente. Aguirre se había convertido en un peso pesado
del Partido Popular. Su tenacidad había superado la prueba. Algunos de aquellos asesores externos a quienes gente
del partido no tomaron en consideración en el año 2003 revelaron su decisiva influencia tiempo después. Manuel
Soriano, por ejemplo, fue nombrado director de Telemadrid. Su trabajo no pasó desapercibido tras desmontar unos
servicios informativos que gozaban de cierta credibilidad.

Telemadrid superaba el listón. Censura y parcialidad son vicios generales en las cadenas autonómicas. Pero algunos
sucesos demostraban que Telemadrid estaba al servicio no sólo de la presidenta, sino de una estrategia de calado
político de más altos vuelos. Un ejemplo bien patente fue una tarjeta manuscrita de Manuel Soriano dirigida al jefe
de gabinete de Esperanza Aguirre, Regino García-Badell Arias. Con relación a un documental sobre la investigación de
los atentados en Madrid del 11 de marzo de 2004 (Tres días de marzo), Soriano escribía: "Pásaselo a la presidenta",
rezaba el manuscrito, "creo que ha quedado bastante bien cinematográficamente... e ideológicamente". Para ser un
presunto reportaje de investigación, el término "ideológicamente" era bastante significativo. Tiempo después,
Telemadrid fue protagonista de otro episodio: la manipulación de un reportaje para demostrar que el aeropuerto de
Barajas era un coladero de inmigrantes. Unos reporteros guiados por un policía manipularon una puerta de acceso para
hacer creer que se podía evitar el control policial. Los manipuladores no se percataron de que estaban siendo
grabados por unas cámaras de seguridad.

Tras la televisión, Esperanza Aguirre inició una implacable conquista de todas y cada una de las instituciones de
poder local y económico de la capital. En el capítulo económico, no le importó provocar algunos conflictos para
hacerse con los mandos del Ifema o la Cámara de Comercio. También ha mantenido disputas con el Ayuntamiento de
Madrid en Metro o el Consorcio Turístico. Y últimamente se ha lanzado al asalto de Cajamadrid, su maniobra más
reciente, todavía sin consumar. En el terreno político, primero actuó en la Comunidad, donde fue barriendo a todos
cuantos mostraron cierto grado de fidelidad al alcalde Gallardón. Luego, cerró el círculo con el PP en Madrid.

Aguirre no tardó mucho en mostrar otros rasgos de su personalidad tanto en labores de oposición como en la gestión
de algunos casos especialmente sensibles. Uno particularmente grave fue el conocido como caso de las sedaciones en
el hospital de Leganés. A primeros de marzo de 2005 llega una denuncia anónima al despacho del consejero Manuel
Lamela acerca de 400 supuestas sedaciones irregulares en pacientes terminales del hospital Severo Ochoa de Leganés,
con resultado de fallecimiento. Esa denuncia ponía en entredicho la honorabilidad de 11 médicos, dirigidos por
Manuel Montes, responsable de las urgencias de dicho hospital, la mayoría de ellos doctores de conocida ideología
política izquierdista. Una denuncia parecida había sido investigada en el año 2003, con el PP en el Gobierno de
Madrid, y sobreseída tras una profunda inspección que concluyó con un elogio a la profesionalidad de Montes y su
equipo. Lamela, sin embargo, decide llevar el caso adelante y hacerlo público, momento a partir del cual se monta el
escándalo con Telemadrid al frente de las operaciones junto a otros medios informativos que acusan a los médicos
poco menos que de asesinos. Tras el caso emerge un debate ideológico acerca de la eutanasia. A pesar de las dudas
que despierta la rigurosidad de la denuncia, Esperanza Aguirre defiende la posición de Lamela y termina dirigiendo
la polémica. Los médicos son apartados de sus funciones, algunos deben emigrar a otra comunidad autónoma porque se
les advierte de que no encontrarán un puesto de trabajo en la sanidad madrileña. Se nombran comisiones con expertos
afines y se judicializa el caso esperando una sentencia favorable. Aguirre llegó a manifestar que si los jueces
daban la razón a los médicos, éstos serían readmitidos. Tras tres años de penalidades, de informes favorables, de
dura batalla legal, los médicos imputados fueron exonerados de toda mala praxis. Aguirre no movió un músculo. No los
readmitió. Poco pareció importar las consecuencias que tuvo aquel caso para los pacientes terminales de muchos
hospitales. Demasiada gente murió en medio de un sufrimiento innecesario. Según Aguirre, aquella fue una batalla
política más. Y, como suele sucederla con frecuencia, nunca aceptó la derrota.

La conquista del poder en Madrid se produjo palmo a palmo. Aguirre no se ha limitado a una política clásica de
nombramientos de hombres clave en puestos clave. Ni siquiera acepta de buen grado que haya familias a su alrededor.
A pesar de lo que reza su biografía oficial, no delega. Nombra. Y nombra a cualquier nivel: no permite que cada
consejero se haga su propio equipo al completo. Elige desde una secretaria, hasta un director general o un
secretario técnico, pasando por un viceconsejero. "Que se lo pregunten a Luis Peral (consejero de Educación), que
conoció a su viceconsejero en su toma de posesión", cuenta un ex consejero. Así que el círculo que rodea a la
presidenta es al mismo tiempo muy estrecho y muy amplio. Y ahí está la clave de su poder.

Porque la toma de decisiones importantes se adopta en el círculo más estrecho. Realmente, sus colaboradores más
cercanos, sus fieles, son muy pocos. Tres, según las fuentes consultadas: Regino García-Badell, su jefe de gabinete
y sobrino del difunto presidente del Gobierno franquista Carlos Arias Navarro, al que un director general que le
conoce con profundidad define como "un hombre desencantado de la política que proviene del anarquismo". García-
Badell es quien prepara los discursos de Aguirre y quien elabora los resúmenes de algunos asuntos importantes. Luego
está Javier Fernández Lasquetty (colaborador de Aguirre en el Ayuntamiento de Madrid, el Ministerio de Educación y
en el Senado, secretario general de FAES y actual consejero de Inmigración y Cooperación). Y naturalmente, Ignacio
González, el vicepresidente, considerado como la mano derecha de Aguirre en la gestión de sus estrategias. Son los
aguirristas en estado puro. El resto son recién llegados, procedentes de diferentes sectores, peones en la
estrategia conquistadora de la presidenta, una suerte de ex gallardonistas (Cortés y Beteta), de hombres de Rato
(Güemes), de supervivientes del entorno de Álvarez del Manzano y de amigos o compromisos de Aznar. Aguirre ha
utilizado el poder para tejer una tupida red de clientelismo llevada en algunos casos al extremo.

Porque Aguirre despacha con sus tres fieles pero atiende a todo aquel que la llame. Conocida es su adicción al
teléfono móvil, del que no se separa y que utiliza a cada momento, bien para enviar mensajes, bien para comentar
algún detalle a cualquier hora del día por inhóspita que pueda parecer. Aguirre no descansa. Duerme cuatro horas,
según su biografía autorizada. Descansa apenas un cuarto de hora después de la comida, según sus colaboradores, en
un tresillo ubicado en su despacho privado, mucho más pequeño que el oficial. Allí se siente como en casa. Atiende
algunas reuniones sin importar su aspecto: "Estaba descalza", recuerda un colaborador, "envuelta en una pequeña
manta y con las medias bajadas hasta los tobillos". Aguirre escucha a mucha gente y de muy distinta procedencia y
ésa es una de las claves de su poder. Lo mismo se informa a través de una secretaria, que de un director general.

La consecuencia es que ella aparenta estar en todo. Ningún consejero tiene autonomía en las grandes decisiones del
gasto. Todo debe pasar por lo que se conoce como la "preparatoria", una especie de reunión previa a la Junta de
Gobierno, a imagen y semejanza de una comisión de subsecretarios. Todas las inversiones pasan por Ignacio González.
Y mucha gente reporta información a Esperanza Aguirre, de tal forma que cuando llega la reunión de la junta de
Gobierno, cualquier consejero puede encontrarse con sorpresas. Esperanza puede hacer cualquier pregunta inesperada.
O contestar al consejero con frases como "pues tu director general no piensa lo mismo" o "tu viceconsejero opina lo
contrario". Aguirre es especialmente astuta a la hora de gestionar los enfrentamientos entre sus colaboradores.

Ese comportamiento ha propiciado que, en el Gobierno de Madrid, nadie se fíe de nadie. Nadie tenga equipo. No haya
familias. ¿Qué seguridad puede tener un consejero en lo que hace si cualquier persona de su departamento informa a
la presidenta? La desconfianza, el enfrentamiento, el control absoluto que emana de Aguirre y González explica que
germine el juego sucio en la defensa de intereses o ambiciones particulares. Un juego sucio que nunca parece haber
abandonado la política madrileña.

La crisis de los espías ha puesto de manifiesto que las vigilancias o la elaboración de dossiers comprometedores no
responden a un solo caso, ni apuntan en una sola dirección, ni siquiera datan de unas fechas en concreto: el rastro
de los dossiers y las declaraciones de los presuntos afectados revela una acción continuada en el tiempo, que
recorre de principio al final el lustro de Aguirre en la presidencia de la Comunidad, desde cuando el vicealcalde
Manuel Cobo aspiró inútilmente a dirigir el partido en Madrid hasta la destitución de dos consejeros fichados por el
equipo de Rajoy (Manuel Lamela y Alfredo Prada). Un día después de la destitución de Prada, el 26 de junio de 2008,
cuatro funcionarios de la Consejería de Interior registraron un despacho del campus de la Justicia, se llevaron
documentos y un ordenador. Dicho despacho dependía de Alfredo Prada.

La revelación de que los consejeros utilizaban tarjetas telefónicas prepago cada 15 días es sintomática. Lo que
constituye una práctica habitual de la delincuencia organizada para evitar pinchazos telefónicos de la policía es
ahora imitada por políticos madrileños. Que la iniciativa parta del vicepresidente Ignacio González es también
elocuente. Precisamente, el excesivo poder de González es el centro de muchas críticas internas en la Comunidad. "No
sabemos cómo acabará esto", reconoce un consejero, "pero nadie se imagina a Esperanza Aguirre sin Ignacio González.
Si tiene que caer alguna cabeza, no podrá ser la suya. Esperanza no lo permitirá. Y si no, morirá matando".

Espionaje, miedo a los pinchazos, lucha de poder. Así es el entorno de la política madrileña. Un entorno que el ex
director de Abc José Antonio Zarzalejos denominó como "complicado" en una entrevista donde desvelaba las presiones
que había sufrido desde la Comunidad de Madrid durante su etapa como responsable del matutino madrileño. Sobre
Esperanza Aguirre, Zarzalejos hizo el siguiente comentario: "Tiene una ambición poco controlada y un entorno que me
voy a limitar a calificar como complicado. No conozco a ningún personaje político con poder político y económico que
tenga un comportamiento más alejado de algunas prácticas democráticas". Sobre el liderazgo de la presidenta, un
antiguo colaborador ha expresado una opinión tajante: "La ideología liberal de Esperanza Aguirre es pura fachada. Su
comportamiento está más cerca de Hugo Chávez que de Ángela Merkel".

Otros episodios dibujan cómo en Madrid abunda el juego subterráneo y cómo el famoso caso Tamayo y Sáez quizás no fue
un hecho aislado. Cuando los casos de corrupción urbanística arreciaban en distintos puntos de la geografía
española, sale a colación un presunto caso en Madrid que tiene como protagonista al director general de Urbanismo,
Enrique Porto, posteriormente investigado por la Fiscalía Anticorrupción. Tiempo después, Porto debe dejar su
puesto. Sin embargo, Aguirre encuentra un nuevo frente sobre el que desviar la atención: el caso Ciempozuelos, que
afecta a dos ediles socialistas, Torrejón y Tejeiro. El caso lo destapa un periódico (Abc) y deja algunos puntos
oscuros acerca de la filtración de unos documentos desde un organismo oficial, el Sepblac (Servicio de Prevención
contra el Blanqueo de Capitales), dependiente del Banco de España. Curiosamente, el juez que inicia las
investigaciones, Agustín Carretero, juez decano de Valdemoro, abandona su puesto el 5 de julio de 2007 para servir
al Gobierno de Esperanza Aguirre como alto cargo de la dirección general de Política Interior en funciones de
gerente de la Academia de Policía. Dicho organismo depende de la Consejería de Interior, cuyo responsable es
Francisco Granados. Por su parte, Vicente García Novoa, inspector jefe de policía en el Sepblac, sospechoso de haber
ocultado documentación relacionada con el caso, es contratado como asesor por la Consejería de Vivienda de la
Comunidad de Madrid. Ambas contrataciones, directamente relacionadas con un caso que benefició los intereses
políticos de Esperanza Aguirre, nunca han sido explicados. Para remate, el ex policía García Novoa mantenía una
conocida amistad con Álvaro Puerta, tesorero del PP, hombre de Rajoy, conocedor de algunos dossiers en el año 2006,
y uno de los presuntos afectados por el espionaje, un extraño caso de testigo y víctima al mismo tiempo.

La investigación judicial tratará de determinar quién espiaba a quién y por qué. La contratación de ex policías y ex
guardias civiles para trabajar en una consejería que no tiene competencias en materia policial es indiscutible.
Estaban a las órdenes de Francisco Granados, consejero de Presidencia, Justicia e Interior. Que realizaban
actividades de vigilancia por encargo es algo más que una sospecha. Las pruebas documentales demuestran que el
vicepresidente Ignacio González fue seguido y espiado durante viajes de carácter privado al extranjero. La fusión de
altos cargos espiados y altos cargos presuntos jefes de los espías es una bomba de relojería dentro del régimen de
Aguirre, una persona que precisamente se vanagloriaba de disponer de información privilegiada. El ambiente en Madrid
está altamente contaminado: a la desconfianza se le añade la sospecha. La suma de todo abre una grave crisis en su
gobierno.

El País: LUIS GÓMEZ 08/02/2009

Aquí tienes el
Artículo

lunes, 2 de febrero de 2009

CARA DURA Y POCA VERGÜENZA

Voy a contaros un par de historias que recordé el otro día, mientras hablaba con una amiga. Ella me contaba un
hecho que le había acaecido unos días atrás con una profesora en su universidad. La verdad es que como digo, aquello
me trajo a la memoria algunas anécdotas que no tienen desperdicio. Como es natural en estos casos, de algunas puedo
pormenorizar, de otras no y de otras pese a poder, me las guardaré para hacerlo en otra ocasión. Como lo bueno se
hace esperar, la de mi amiga, ahora entenderéis por qué no doy nombres, la dejaré para el final y empezaré con una
mía.

En mi caso, todos los que leéis esto sabéis cómo me llamo, primero porque lo que escribo lo firmo y segundo porque
nunca se me ha dado bien esconder la cabeza. Supongo que para hacer eso habrá que ser de los que huyen cuando pintan
mal las cartas y, cuando era niño, entre mi carácter rebelde que no aguantaba un aquí mando yo y el colegio al que
iba que era de monjas, pintaban mal a menudo.

Aquello ocurrió en la asignatura de religión. Recuerdo que teníamos examen, que era oral, y que la pregunta era
muy sencilla. Teníamos que subir al cadalso a contarle a la profesora, por denominarla de algúhn modo decente, el
nombre de los doce apóstoles. Aquello nos lo habían dicho por la mañana y el examen era por la tarde. Tuvimos toda
una hora de aquel día para aprendernos los nombrecitos, y yo no hice nada al respecto.

De esta guisa, llegó el mediodía y el momento de irse a casa a comer. Allí, cual niño inocente, juro que de veras
lo era, puse en antecedentes a mis padres de lo que me esperaba aquella tarde. Mi madre, con toda la buena
intención, me pidió que fuera a mi habitación, que me los repasara y que volviera para decírselos. Dicho y hecho.
Unos minutos después salía yo, con una sonrisa delatora, las manos en los bolsillos y los dichosos nombres en mis
labios. Al terminar la perorata, mi madre me pidió que me sacara las manos de los bolsillos y se los volviera a
repetir. Naturalmente, me fue imposible.

Lo que ocurrió después fue que tras ser sometido a un registro, se hallaron en mis pantalones dos pequeñas hojas,
con seis nombres cada una, escritos en braille. No sé si me castigaron o no, pero lo que sí recuerdo es que la monja
no me conocía tan bien como mi madre, que aquel examen lo aprobé con sobresaliente y que a día de hoy no recuerdo
cómo se llamaban todos aquellos hombres.

Espero que no estéis muy impresionados, pues esto no es nada. Las mejores son las que el grupo de amigos contamos
alrededor de unas botellas, más ciegos de lo que ya de por sí estamos, que suelen remontarse a años más cercanos.
Una de las últimas que escuché, me sorprendió por la jeta de su protagonista. Nos la contaba un amigo, al que
llamaremos Pedro que fue compañero de aquel cara dura en la universidad al que bautizaremos como Manolo.

Estaban los dos ciegos a punto de hacer un examen de derecho mercantil cuando la máquina con la que tenían que
realizarlo se les estropeó. Son estas cosas que sólo pasan en el momento menos indicado, pues a ambos los dejaban
sólos junto con sus mochilas en un aula a responder las preguntas. Como digo, el profesor no pensaba que lo que
aquellas almas cándidas trasportaban a sus espaldas eran los apuntes de la asignatura que con tanta pasión les había
inculcado a lo largo del año.

De este modo y viendo que no podían hacer la prueba, el catedrático se quedó pensando y acto seguido les dijo: -Entenderán ustedes que si no consiguen arreglar el aparato tendré que hacerles el examen oral.- La cera de cirio era negra al lado del color de las caras de los dos infelices cuando escucharon tal afirmación.
Con las manos temblándoles como si sufrieran un síndrome de abstinencia lograron que la máquina funcionara y por uno
de aquellos milagros que en ocasiones acuden al estudiante, pudieron realizar el examen como siempre, solos en el
aula, con sus mochilas.

Muchas veces me he planteado que si existe Dios, debe ser un tío simpático, con un sentido del humor sin parangón.
Esta historia me da la razón pues al terminar, los dos alumnos le dieron el examen al profesor y cuando Manolo el
cara dura creyó que ya no lo tenía delante dijo: -Mira Pedro, el hijo puta este, que nos lo quería hacer oral. Estás que apruebo entonces eh?- Pedro, que notaba aún la presencia del profesor rezó todo lo que le vino a la cabeza, y mientras el todopoderoso
se desternillaba por el miedo que el pobre chico estaba pasando y por la mancha que iba a aparecer en sus pantalones
de un momento a otro, hizo que el catedrático no escuchara lo que Manolo acababa de decir.

Al hilo de lo que mencionaba al principio, estas dos historias vienen motivadas por lo que me contó mi amiga. Es
curioso que en pleno siglo XXI y con la publicidad que desde la ONCE realizamos para que la integración sea una
realidad, una catedrática haga ciertas preguntas o no entienda aspectos básicos sobre la ceguera.

María, es como la llamaremos, había ido unos días antes de su examen a hablar con la profesora, pues era una
señora de avanzada edad y pese a no tener por qué hacerlo, se quedaba más tranquila si le recordaba que tenía que
darle las preguntas del examen en un pen-drive para que pudiera leerlas.

Suerte la suya que así lo hizo. Al llegar al despacho junto a unas compañeras, le recordó a la señora el método
que usaba para examinarse. Ante esto, la mujer se quedó mirándola fijamente y le dijo: -No, no es posible… Un pen-drive… ¿y eso qué es? Yo no tengo de eso. Yo el examen lo tengo en fotocopias.- María trató de que entendiera que de ese modo le era imposible leer las preguntas y convinieron en que una
compañera se las leería y ella las contestaría entonces.

Aquí se plantea la segunda cuestión, pues la profesora no sabía cómo iba a poder leer las respuestas que María le
entregara.-Mire, no se preocupe, yo le doy las respuestas en otro pen-drive, vamos a la sala de ordenadores, las imprimimos, y
se las lleva usted.- La señora puso cara de no entender nada y a continuación hizo un comentario probablemente inspirado en aquellos de
Carmen Sevilla en el Telecupón.-¿Y no me lo puedes escribir con bolígrafo, como todo el mundo?-.

Me ahorraré cualquier imprecación al respecto. Hace años tal vez me hubiera molestado. Cuando ella me lo contó me
reí a gusto y pensé… Mucha publicidad, mucha integración, mucho buen rollo, pero hay que ver. Qué voy a decir. Mucha
gilipollez también, que esto es España. Sí señora, escribir con bolígrafo… y con un par de huevos si se tercia.

Carlos Grau Belda.

AMOR BAJO CERO

Los llamaremos Paco y Otti. Fueron amigos míos hace mucho tiempo, y no sé qué será hoy de sus vidas. Los recordé
anoche, cenando con otros amigos a los que, al hilo de diversas cosas, conté su peripecia. Y mientras lo hacía, caí
en la cuenta de que se trata de una de las más pintorescas historias de amor de las que tengo noticia, y que nunca
la he contado por escrito. Lo mismo les apetece leerla hoy a ustedes. Ya me dirán.

Primero, situémonos. Marbella, final de los años sesenta. Otti es una guía turística finlandesa, rubia y escultural,
que pastorea a un grupo de guiris. La noche antes de regresar a Helsinki, se va de marcha y en una discoteca conoce
a Paco. A él también lo pueden imaginar sin esfuerzo: moreno, guapo aunque bajito y un poquillo tripón. Chico de
buena familia y sin un duro, que toca la guitarra por los bares. Simpático, golfete y con una cara dura absoluta,
muy española. La noche sigue como resulta fácil imaginar: apartamento de Paco, un par de canutos, mucha guitarra y
una dura campaña entre sábanas arrugadas, toda la noche dale que te pego, hasta que, ya amaneciendo, ella le da un
beso, se despide sonriente y se larga al aeropuerto. Fin del primer acto.

Mientras Otti vuela de regreso a su tierra, Paco se queda en la cama, pensando, y concluye que se ha enamorado como
un becerro. Necesita volver a verla, pero hay un par de problemas. Por una parte, ella no tiene previsto volver a
Marbella. Por la otra, él no tiene un duro. Y para rematar la cosa, no sabe de la finlandesa sino su nombre y
apellido –supongamos que éste es Kaukonen–. Ni una dirección, ni un teléfono. Nada. Pero como digo, está enamorado
hasta las trancas. Y tiene veintiocho años. Así que se levanta de la cama, vende su Seat 124, le pega un sablazo a
un amigo –doy fe de que era su especialidad–, compra un billete de avión –sólo tiene dinero para pagar el viaje de
ida– y coge el primer vuelo a Helsinki, vía Londres. Aterriza allí un viernes a las cinco de la tarde, con su
guitarra y ciento quince dólares en el bolsillo. Ya es de noche y hace un frío que pela. En el mismo aeropuerto,
cambia dólares por moneda local, se mete en una cabina, coge una guía telefónica y busca el apellido Kaukonen. Hay
como veinte, así que lo toma con calma. Ring, ring. «Hola, buenas. Ai am Paco. ¿Otti is dere?» Cuando va por el
decimosexto Kaukonen, y a punto ya de acabársele las monedas, localiza a un fulano que conoce a la pava. Es su tío
paterno. Otti no tiene teléfono, le dice el otro, o no lo conozco. Tampoco vive en Helsinki, sino en Hyvinkaa, que
está a cincuenta kilómetros. Y le da la dirección. Sillanpaa número 34, una casita de madera. No tiene pérdida.

Con sus últimos dólares, Paco compra una botella de vodka, coge un taxi hasta Hyvinkaa, se baja con su guitarra en
el 34 de la calle Sillanpaa y llama a la puerta. Nadie. Ya son casi las diez de la noche y el frío parte las
piedras. Desesperado, se sube el cuello del chaquetón y se acurruca en el portal, calentándose con el vodka. A las
once y cuarto, un coche se detiene ante la casa. Es Otti, y la trae su novio Johan, en cuya casa ha pasado la tarde.
Ella se baja del coche, camina unos pasos y se para en seco al ver a Paco sentado en el portal, con media botella de
vodka vacía en una mano y la guitarra apoyada en la puerta. Estupefacta. Cuando al fin recobra el habla, exclama:
«¡Paco!...». «¿Qué haces aquí?» Y él, temblándole los labios azules de frío, la mira a los ojos y dice: «He venido a
casarme contigo». Con dos cojones.

Ahora háganse cargo de la psicología de la pava. Finlandesa, o sea. La tierra de la alegría y los hombres
apasionados, risueños y con una gracia contando chistes que te partes. Y en ésas aparece allí, con su guitarra y
quemando las naves, un fulano bajito, moreno y simpático que la tuvo en Marbella toda una noche dale que te pego,
despierta y gritando: «Oh-yes, oh-yes, oh-yes» mientras él, sudando la gota gorda, decía: «Que sí, mujer. Te oigo,
te oigo». Y claro. Pasando mucho del novio, que mira pasmado desde el coche, Otti se tira encima del visitante y se
lo come a besos y lametones. Y lo mete adentro. Y los dos tardan cuatro días y varias botellas de Suomuurain y
Mesimarja, además de la media de vodka que quedaba, en salir de la cama, con los vecinos asomados a la ventana para
averiguar de dónde proceden esos alaridos inhumanos. Y después de muchas peripecias –Paco tocando la guitarra por
los restaurantes de allí–, vienen a España, se casan y tienen dos cachorros rubios, Kristina y Alexis, con pinta de
vikingos.

Pondremos aquí el colorín colorado. Lo que sigue, quince años de convivencia de Otti y Paco, no termina del todo
bien. Los años pasan, cambian a la gente. Nos cambian a todos. Hoy Otti vive otra vez en Finlandia. En cuanto a
Paco, hace mucho tiempo que no sé nada de él. Pero hubo un momento en que fueron mis amigos y pude compartir un poco
de su historia. La más simpática historia de amor que conocí nunca.

ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 1 de febrero de 2009