La verdad es que no me puedo resistir a incluir aquí el artículo que ha publicado Arturo Pérez Reverte esta semana. Aquellos que me conocéis, sabéis mi opinión al respecto del tan usado, tan políticamente correcto y académicamente incorrecto compañeros y compañeras, amigos y amigas, etc. La cosa, como veréis a continuación no se queda ahí, porque al igual que cualquier otra tendencia, hay personas liberales, hay personas progresistas, y ahora se lleva pertenecer al grupo feminazi. No se me enfade ninguna ¿eh? que es con cariño. Igualdad en el lenguaje, pero que te siga preparando la comida tu madre no deja de ser una paradoja. Una como tantas otras de las que está llena esta España. Tras leer el artículo, cualquiera se planteará no usar el femenino. El colmo es que la idiotez política ha llegado a tal extremo que una ley puede estar por encima de una norma gramatical. Bueno, no la ley en sí, sino la interpretación que un juez haga de ella. Por cierto, la omisión del femenino de juez es voluntaria, pues el neutro incluye a ambos sexos, y como el blog es mío, no creo que los feminazis y feminazas denuncien a google, aunque a estas alturas, cualquiera sabe. De todos modos y para aquellos que creen que por no usar el femenino uno es un machista y sandeces similares, a continuación del artículo aparece otro del mismo autor en el que se profundiza en la visión de la mujer. Arturo, estoy pensando, que ya que nos van a quemar igual, a ti por escribirlo y a mí por citarte, al menos que nos dén primero garrote a ambos, que así, se sufre menos.
CHANTAJE EN VIGO
ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 6 de diciembre de 2009
Vigo. O sea, Galicia. España. Estado moderno –dicho sea lo de Estado con las cautelas oportunas–. Democracia constitucional con supuestos derechos y libertades de cada cual. En mi casa mando yo, resumiendo. Y mi amigo Manolo, que es un ingenuo y se lo cree, necesita cubrir un puesto de auditor. Es una oferta seria y bien remunerada. Así que publica un anuncio en la prensa local: «Se necesita auditor para empresa solvente». Y empieza el circo.
La cosa se encarna en inspectora de Trabajo y Asuntos Sociales, con todas sus letras. Hola, buenas, dice la pava. ¿Cómo es que solicitan ustedes un auditor, y no un auditor o una auditora? Mi amigo, que es hombre culto, conoce las normas de la Real Academia en particular y de la lengua española en general, y no trinca de la corrección política ni de la gilipollez pública, como otros, argumenta que auditor es masculino genérico, y que su uso con carácter neutro engloba el masculino y el femenino desde Cervantes a Vargas Llosa, más o menos. No añade, porque es chico educado y tampoco quiere broncas, que no es asunto suyo, ni de su empresa, que una pandilla de feminazis oportunistas, crecidas por el silencio de los borregos, la ignorancia nacional y la complicidad de una clase política prevaricadora y analfabeta, necesite justificar su negocio de subvenciones e influencias elevando la estupidez a la categoría de norma, y violentando a su conveniencia la lógica natural de un idioma que, aparte de ellas, hablan cuatrocientos millones de personas en todo el mundo. Olvidando, de paso, que la norma no se impone por decreto, sino que son el uso y la sabiduría de la propia lengua hablada y escrita los que crean esa norma; y que las academias, diccionarios, gramáticas y ortografías se limitan a registrar el hecho lingüístico, a fijarlo y a limpiarlo para su común conocimiento y mayor eficacia. Porque no es que, como afirman algunos tontos, las academias sean lentas y vayan detrás de la lengua de la calle. Es que su misión es precisamente ésa: ir detrás, recogiendo la ropa tirada por el suelo, haciendo inventario de ésta y ordenando los armarios.
Pero volvamos a Vigo. A los pocos días de la visita de la inspectora mentada, Manolo recibe un oficio, o diligencia, donde «se requiere a la empresa la subsanación de las ofertas vigentes y la realización de las futuras o bien en términos neutros, o bien referida simultáneamente a trabajadores de ambos sexos». Dicho en corto –aparte la ausencia de coma tras futuras y la falta de concordancia de referida–: o en el futuro pide auditor o auditora, con tres palabras en vez de una, en anuncios que se cobran precisamente por palabras, o deberá atenerse a las consecuencias. Y a mi amigo, claro, se lo llevan los diablos. «O es un chantaje feminista más –se lamenta–, o mi anuncio despista de verdad, y algunas mujeres ignorantes o estúpidas creen que no pueden optar a ese puesto de trabajo. Lo que sería aún más grave. Si lo que tanta idiotez de género ha conseguido es que, al final, una mujer crea que ofrecer un trabajo de auditor es sólo para hombres y no para ella, todo esto es una puñetera mierda.» Etcétera.
El caso es que, resuelto a defender su derecho de anunciarse en correcto castellano, Manolo se pone en contacto con los servicios jurídicos del Ministerio de Igualdad, donde una abogada razonable, competente y muy amable –lo hago constar para los efectos oportunos–, le dice que, con la ley de Igualdad en la mano, la inspectora de Vigo «puede haber creído detectar» discriminación en el anuncio, y que la empresa se expone a una sanción futura si no rectifica. «¿Entonces, la legalidad o ilegalidad de mi anuncio depende de la opinión particular de cualquier funcionario que lo lea, por encima de la Real Academia Española?», pregunta Manolo. «Más o menos», responde la abogada. «¿Y qué pasaría si yo recurriese legalmente, respaldado por informes periciales de lingüistas o académicos?», insiste mi amigo. «Pasaría –es la respuesta– que tal vez ganase usted. Pero eso dependería del juez.»
Es inútil añadir que, ante la perspectiva de un procedimiento judicial de incierto resultado, que iba a costarle más que las dos palabras suplementarias del anuncio, Manolo ha cedido al chantaje, y lo de auditor a secas se lo ha comido con patatas. «Auditor, auditora y auditoro con miembros y miembras», creo que pone ahora. Con mayúsculas. Tampoco está el patio para defensas numantinas. Esto es España, líder de Europa y pasmo de Occidente: el continuo disparate donde la razón vive indefensa y cualquier imbecilidad tiene su asiento. Como dice el pobre Manolo, «lo mismo voy a juicio, colega, me toca una juez feminista y encima me jode vivo». Intento consolarlo diciéndole que peor habría sido, en vez de auditor, necesitar otra cosa. Un albañil, por ejemplo. O albañila.
lunes, 7 de diciembre de 2009
Feliz año nuevo
Arturo Pérez-Reverte.
Era guapísima, pensó. La mujer más guapa del mundo. Un vestido negro, escotado por detrás, el pelo recogido en la nuca. Unos ojos grandes e inteligentes que lo miraron de esa manera singular con que miran algunas mujeres, como si se pasearan por dentro de ti, escudriñándote cada rincón, y esa certeza te erizara la piel. No sabía cómo se llamaba, ni quién era. Ni siquiera si estaba con otro. Pero comprendió que era ella. Así que venció el nudo que se le había hecho en la garganta y dijo aquí te la juegas, chaval, te juegas el resto de tu vida, y a lo mejor haces el ridículo más espantoso; pero sería peor no intentarlo. Así que se fue derecho hacia ella, recorriendo esos cinco últimos metros que ningún hombre inteligente franquea si no son los ojos de la mujer los que invitan a recorrerlos. Hola, me llamo tal, dijo. Y no me perdonaría nunca dejarte salir de mi vida sin intentarlo. Ella lo miró despacio, evaluando su sonrisa algo tímida, la manera sencilla que tenía de estar de pie ante ella, encogiendo un poco los hombros como diciéndole ya sé que lo hemos visto muchas veces en el cine y por ahí, pero no puedo evitarlo. Te pareces a esas cosas que uno sueña cuando es niño.
Lo consiguió. La felicidad le estallaba dentro y el mundo y la vida eran una aventura maravillosa. Bailaron, rieron. Compartieron sus mundos e hicieron que éstos empezaran a fundirse el uno con el otro. Música, cine, viajes, libros. Tiene cosas que yo necesito, pensó. Cosas que a mí me faltan. A veces se quedaban callados, mirándose un rato largo, y ella sonreía un poco, casi enigmática. Quizá se sienta como yo me siento, pensó él. Tocó su piel, rozándola con precaución al principio. Acercaron los rostros para conversar entre la música, acarició su cabello, respiró su aroma, asimiló cada registro de su voz. Algo hice para merecerla, pensó de pronto. Los años de colegio, la facultad, el trabajo, la lucha por la vida. Sentía que era un premio especial; que una mujer así no caía del cielo a cambio de nada. Eso lo hizo sentirse más seguro, más cuajado y adulto. Y en sólo unas horas, maduró. Se hizo lúcido y se dispuso a merecerla.
Llegaron las campanadas. Ding, dong. Todos bailaban y reían, brindaban, chocaban las copas salpicándose de champaña. Feliz 2001. Feliz año nuevo. Él nunca había sido muy sociable; tenía sus ideas sobre las fiestas de año nuevo en general y sobre la Humanidad en particular, y no eran ingenuas en absoluto. Sin embargo, aquella vez amó a sus semejantes. Los habría abrazado a todos. Con la última campanada ella se quedó mirándolo en silencio, la copa en la mano, la boca entreabierta, y él se inclinó sobre sus labios. Sabían a champaña y a carne tibia, y a futuro. Alrededor los amigos aplaudían y bromeaban sobre el flechazo. Ellos seguían mirándose a los ojos y se besaron de nuevo, ajenos a todo. Y más tarde, rozando el alba, la acompañó a su casa. Se besaron de nuevo en el portal, mucho rato, y él regresó a casa caminando en la luz gris del amanecer, las manos en los bolsillos, sintiendo deseos de dar pasos de baile, como en las películas. Estaba enamorado.
Pasaron los meses y se amaron con locura. Ella estaba en el último año de carrera; él, a punto de conseguir el trabajo soñado durante muchos años. Viajaron juntos y hubo un verano maravilloso, el mar, los paseos por la playa, las noches cálidas. Cuando estaban juntos apenas necesitaban otra cosa. Ella se le aferraba, jadeante, sus ojos muy abiertos cerquísima de los suyos, abrazándolo como si pretendiera hundírselo para siempre en las entrañas. Te amaré toda mi vida, dijo él. Me parece que deseo un hijo, dijo ella. Que se parezca a ti. Que se nos parezca. El mundo era una trampa hostil, pero podía ser habitable, después de todo. Era posible, descubrieron sorprendidos, construir un lugar donde abrigarse del frío que hacía allá afuera: un refugio de piel cálida, de besos y de palabras. A veces se imaginaban de viejos, con nietos, libros, un pequeño velero con el que navegar juntos por un mar de atardeceres rojos y de memoria serena.
Aquel año consiguió el trabajo por el que había luchado toda su vida. Un puesto de responsabilidad en una multinacional importante. El primer día que fue al despacho, al llegar a su mesa situada junto a la ventana con una vista maravillosa de la ciudad, pensó que había llegado a algún sitio importante, y que el triunfo también era de ella. Tenía que compartir ese momento, así que descolgó el teléfono y marcó el número de la casa donde ahora vivían juntos. Estoy aquí, lo he conseguido. Estoy en la cima del mundo, dijo. Y te quiero. Mientras hablaba sus ojos se posaron, distraídos, en el calendario que estaba sobre la mesa: martes 11 de septiembre. Luego se volvió a mirar por la ventana. El día era hermoso, los cristales de la otra torre gemela reflejaban el sol de la mañana, y un avión enorme se acercaba volando muy bajo.
Era guapísima, pensó. La mujer más guapa del mundo. Un vestido negro, escotado por detrás, el pelo recogido en la nuca. Unos ojos grandes e inteligentes que lo miraron de esa manera singular con que miran algunas mujeres, como si se pasearan por dentro de ti, escudriñándote cada rincón, y esa certeza te erizara la piel. No sabía cómo se llamaba, ni quién era. Ni siquiera si estaba con otro. Pero comprendió que era ella. Así que venció el nudo que se le había hecho en la garganta y dijo aquí te la juegas, chaval, te juegas el resto de tu vida, y a lo mejor haces el ridículo más espantoso; pero sería peor no intentarlo. Así que se fue derecho hacia ella, recorriendo esos cinco últimos metros que ningún hombre inteligente franquea si no son los ojos de la mujer los que invitan a recorrerlos. Hola, me llamo tal, dijo. Y no me perdonaría nunca dejarte salir de mi vida sin intentarlo. Ella lo miró despacio, evaluando su sonrisa algo tímida, la manera sencilla que tenía de estar de pie ante ella, encogiendo un poco los hombros como diciéndole ya sé que lo hemos visto muchas veces en el cine y por ahí, pero no puedo evitarlo. Te pareces a esas cosas que uno sueña cuando es niño.
Lo consiguió. La felicidad le estallaba dentro y el mundo y la vida eran una aventura maravillosa. Bailaron, rieron. Compartieron sus mundos e hicieron que éstos empezaran a fundirse el uno con el otro. Música, cine, viajes, libros. Tiene cosas que yo necesito, pensó. Cosas que a mí me faltan. A veces se quedaban callados, mirándose un rato largo, y ella sonreía un poco, casi enigmática. Quizá se sienta como yo me siento, pensó él. Tocó su piel, rozándola con precaución al principio. Acercaron los rostros para conversar entre la música, acarició su cabello, respiró su aroma, asimiló cada registro de su voz. Algo hice para merecerla, pensó de pronto. Los años de colegio, la facultad, el trabajo, la lucha por la vida. Sentía que era un premio especial; que una mujer así no caía del cielo a cambio de nada. Eso lo hizo sentirse más seguro, más cuajado y adulto. Y en sólo unas horas, maduró. Se hizo lúcido y se dispuso a merecerla.
Llegaron las campanadas. Ding, dong. Todos bailaban y reían, brindaban, chocaban las copas salpicándose de champaña. Feliz 2001. Feliz año nuevo. Él nunca había sido muy sociable; tenía sus ideas sobre las fiestas de año nuevo en general y sobre la Humanidad en particular, y no eran ingenuas en absoluto. Sin embargo, aquella vez amó a sus semejantes. Los habría abrazado a todos. Con la última campanada ella se quedó mirándolo en silencio, la copa en la mano, la boca entreabierta, y él se inclinó sobre sus labios. Sabían a champaña y a carne tibia, y a futuro. Alrededor los amigos aplaudían y bromeaban sobre el flechazo. Ellos seguían mirándose a los ojos y se besaron de nuevo, ajenos a todo. Y más tarde, rozando el alba, la acompañó a su casa. Se besaron de nuevo en el portal, mucho rato, y él regresó a casa caminando en la luz gris del amanecer, las manos en los bolsillos, sintiendo deseos de dar pasos de baile, como en las películas. Estaba enamorado.
Pasaron los meses y se amaron con locura. Ella estaba en el último año de carrera; él, a punto de conseguir el trabajo soñado durante muchos años. Viajaron juntos y hubo un verano maravilloso, el mar, los paseos por la playa, las noches cálidas. Cuando estaban juntos apenas necesitaban otra cosa. Ella se le aferraba, jadeante, sus ojos muy abiertos cerquísima de los suyos, abrazándolo como si pretendiera hundírselo para siempre en las entrañas. Te amaré toda mi vida, dijo él. Me parece que deseo un hijo, dijo ella. Que se parezca a ti. Que se nos parezca. El mundo era una trampa hostil, pero podía ser habitable, después de todo. Era posible, descubrieron sorprendidos, construir un lugar donde abrigarse del frío que hacía allá afuera: un refugio de piel cálida, de besos y de palabras. A veces se imaginaban de viejos, con nietos, libros, un pequeño velero con el que navegar juntos por un mar de atardeceres rojos y de memoria serena.
Aquel año consiguió el trabajo por el que había luchado toda su vida. Un puesto de responsabilidad en una multinacional importante. El primer día que fue al despacho, al llegar a su mesa situada junto a la ventana con una vista maravillosa de la ciudad, pensó que había llegado a algún sitio importante, y que el triunfo también era de ella. Tenía que compartir ese momento, así que descolgó el teléfono y marcó el número de la casa donde ahora vivían juntos. Estoy aquí, lo he conseguido. Estoy en la cima del mundo, dijo. Y te quiero. Mientras hablaba sus ojos se posaron, distraídos, en el calendario que estaba sobre la mesa: martes 11 de septiembre. Luego se volvió a mirar por la ventana. El día era hermoso, los cristales de la otra torre gemela reflejaban el sol de la mañana, y un avión enorme se acercaba volando muy bajo.
lunes, 6 de julio de 2009
Garrote vil para la envenenadora
Hoy me he dado una vuelta por El País Semanal, y he encontrado un reportaje que me ha puesto los pelos de punta.
No por lo que cuenta, que también, sino porque el tema del que versa lo traté en un programa de radio que hace unos
años dirigía, y pensaba publicar un día de estos el guión de la emisión de aquel domingo, para haceros partícipes
del hecho. Pese a ello, intentaré subirlo a la red, pues contiene una entrevista muy interesante además de la
información propiamente dicha. Es el caso de Pilar Prades, la envenenadora de Valencia. El periodista sintetiza
perfectamente una historia tan cruel y tan dramática, que poco más cabe añadir. Aunque pensándolo bien, sólo falta
agradecerle esta aportación, en la que nos hace partícipes de los sucesos que concluyeron el amanecer del 19 de mayo
de 1959.
PEDRO COSTA 05/07/2009
Hace ahora 50 años, Pilar Prades fue la última mujer ejecutada por el método más siniestro de la España de Franco.
Condenada por envenenar a las señoras para las que trabajaba, el verdugo tuvo que ser llevado a rastras para cumplir
el macabro ritual.
En la década de los años cuarenta del pasado siglo, recién terminada la Guerra Civil, 500.000 muchachas fueron
enviadas por sus familias del campo a la ciudad. Son datos publicados en 1959 por el Consejo Superior de Mujeres de
Acción Católica, datos que van a misa.
Poco agraciada, de gesto adusto, Pilar Prades duraba poco en las casas en las que entraba a servir
De entrada, el verdugo se negó a ejecutar a la mujer. La fuerza pública hubo de llevarlo a rastras al patíbulo para
que hiciera su trabajo Medio millón de mujeres, entre los 15 y los 30 años, que no tenían ningún tipo de estudios ni de preparación; en
aquellos años, la gran mayoría de mujeres carecía de profesión y no había espacio para ellas en el mercado de
trabajo. Medio millón de chicas arrojadas por sus menesterosas familias a la capital con la idea de que ahorraran un
dinero para hacerse el ajuar y, en unos años, casarse con algún chico que conocieran en la ciudad.
Una de aquellas muchachas se llamaba Pilar Prades, y cuando a los 12 años abandonó su pueblo de Begis (Castellón)
para trasladarse a Valencia poco podía imaginar que su nombre iba a figurar en los anales de la historia de España
por la desgraciada condición de ser la última mujer ejecutada en el garrote vil.
Pilar llegó a Valencia siendo analfabeta y dejando atrás una niñez sin muñecas y una desgraciada infancia en la que
acarrear cubos de agua y sacos de estiércol eran sus entretenimientos más habituales.
Poco agraciada, introvertida y de gesto adusto, duraba poco en las casas en las que entraba a servir. Su mirada era
lo que peor efecto causaba en sus patronos, una mirada seca, dura, que traspasaba. Llegó a cambiar de señora hasta
en tres ocasiones el mismo año.
Y así se fue haciendo mujer, sintiendo el rechazo que su persona provocaba, sin recibir jamás un mimo o una palabra
cariñosa. Pero, como mandaba la tradición, también comenzó a preparar su ajuar, a bordar sábanas de hilo, toallas,
manteles y servilletas aunque no llegaría a tener ocasión de experimentar cómo era el sexo masculino. Pasaba las
tardes de los jueves y los domingos sentada en las sillas de El Farol, una sala de baile que frecuentaba con más
pena que gloria, sin que nadie la sacara nunca a bailar.
En 1954, cumplidos ya los 26 años, entró a servir en la casa de un matrimonio, Enrique y Adela, que tenían una
tocinería en la calle de Sagunto. La actividad y el movimiento de la tienda le gustaban a Pilar, y admiraba el porte
y las maneras de su señora, una hermosa y corpulenta mujer que lucía unos delantales almidonados con encajes que
tenían prendada a la sirvienta. Para ella, el momento más feliz era cuando le pedían que ayudara a despachar porque
la tienda estaba llena.
Doña Adela cayó enferma en una fecha señalada, San José, y a partir de aquel día Pilar tuvo que ocuparse de ayudar a
Enrique en el mostrador sin abandonar por ello las tareas de la casa. Es decir, hacía todo el trabajo de la señora
sin ser la señora. Y también se ocupaba de cuidarla, le preparaba caldos y tisanas que le hacía beber mientras la
llenaba de mimos y la divertía contándole un resumen de lo que había pasado en la tienda.
Vómitos, pérdida de peso, debilidad muscular… El estado de doña Adela era cada día más preocupante, y el médico de
cabecera no lograba adivinar la causa de las dolencias. Y un día falleció y el desconsolado esposo se puso un traje
negro y la llevó a enterrar al cementerio.
Pero la tocinería no cerró aquel día. Pilar convenció a Enrique, su patrón, de que el negocio es el negocio y había
que cuidar a la clientela y de que ella misma se encargaría de despachar. Cuando el viudo regresó del entierro, al
entrar en la tienda, una imagen le impactó vivamente: la de Pilar detrás del mostrador luciendo una amplia sonrisa
en su rostro y vistiendo uno de aquellos delantales almidonados de la difunta. La criada había tomado el puesto de
la señora. Enrique, sin darle ninguna explicación, puso a Pilar de patitas en la calle.
No tardó mucho en encontrar otra casa. Se la consiguió una amiga que había hecho en El Farol, Aurelia, que trabajaba
como cocinera en el domicilio de un médico militar. Pilar entró en la misma casa para servir como doncella.
Y un día, en El Farol, surgió un problema entre las dos amigas a causa de un chico que le gustó a Pilar pero que
sacó a bailar a Aurelia y luego se fue con ella. Aparentemente no ocurrió nada porque Pilar nada le dijo a su amiga
y la siguió tratando igual que siempre e incluso la hizo compañía y le dedicó cuidados cuando una semana después
Aurelia cayó enferma. Como en el caso de doña Adela, Pilar también se desvivió por la cocinera y la preparaba
constantemente caldos y tisanas.
En un principio pareció que la enfermedad era del estómago a causa de los vómitos y diarreas, pero luego aparecieron
nuevos síntomas, como hinchazón de las extremidades, y el médico militar consultó a otros colegas y entre todos
diagnosticaron “polineuritis progresiva de origen desconocido” y decidieron internar a Aurelia en un hospital.
Un par de semanas más tarde fue la dueña de la casa, la esposa del médico militar, la que se puso enferma. Al
principio parecía una gripe vulgar, pero se fueron manifestando síntomas muy parecidos a los que había presentado la
cocinera, que seguía en el hospital con las extremidades prácticamente paralizadas.
El médico se alarmó, consultó de nuevo con otros especialistas y tomaron la decisión de realizar la prueba del
propatiol, un inyectable que permite descubrir la presencia de un tóxico sin necesidad de realizar un análisis. El
resultado fue definitivo, la causa de las dolencias de la mujer tenía nombre: arsénico.
Decidió entonces el médico indagar en la personalidad de la criada y se dirigió a la última casa en la que había
servido, la del chacinero. Éste le informó de lo sucedido con su esposa y de cómo había despedido a Pilar tras el
entierro porque no le gustó ver cómo la criada se consideraba sucesora de la difunta señora.
El médico militar presentó denuncia en la comisaría de Ruzafa, en Valencia, y exhumaron el cadáver de la chacinera,
que apareció en pleno proceso de momificación, algo que solamente ocurre cuando en los restos hay presencia de una
sustancia química. Los análisis confirmaron que había arsénico, y los policías, al registrar la habitación de Pilar,
encontraron entre la ropa blanca de su ajuar, que guardaba en un baúl, una botellita de Diluvión, un veneno
matahormigas compuesto de arsénico y melaza, sustancia que le confería un sabor dulzón.
Treinta y seis horas de interrogatorios, alimentada solamente con aspirinas, no bastaron para que Pilar se
reconociera autora de los envenenamientos. Tan sólo aceptó que en una ocasión le había servido una infusión de boldo
a la esposa del médico con un poco de aquel líquido dulce, sin saber lo que era, porque se le había acabado el
azúcar. Pero de Aurelia y la chacinera, nada.
El abogado que se encargó de su defensa le advirtió a Pilar desde el primer momento que la amenaza de pena de muerte
planeaba sobre el caso y le aconsejó que se declarara culpable para obtener una condena que oscilara entre los 12 y
los 16 años. Pero ella se negó y defendió su inocencia hasta el final. Un planteamiento radicalmente distinto al que
mantuvo Lea Papin tras asesinar, con la ayuda de su hermana Christine, a su señora y a la hija de ésta en 1933;
crimen en el que se basó Jean Genet para escribir su obra teatral Las criadas.
“No estoy loca, sé bien lo que hago. Hace demasiado tiempo que soy criada; hemos demostrado nuestra fuerza”, afirmó
Lea ante el tribunal.
Pilar Prades fue condenada a muerte por el asesinato de doña Adela y a dos penas de 20 años por los otros dos
homicidios frustrados. El Tribunal Supremo confirmó la sentencia, se agotaron todos los recursos y las peticiones de
clemencia resultaron inútiles. Sólo cabía esperar el indulto por parte del Jefe del Estado y había esperanzas de
conseguirlo porque hacía diez años que no se ejecutaba a una mujer en España y en este periodo varias envenenadoras
habían visto conmutada la pena capital. Pero para Pilar Prades no hubo piedad ni siquiera por parte de los jóvenes
ministros tecnócratas del Opus Dei (Ullastres, Navarro Rubio…) y el Consejo de Ministros se dio por enterado de la
sentencia, lo que significaba que se procediera inmediatamente a su ejecución. La fecha señalada fue el 19 de mayo
de 1959, y la víspera se iniciaron en la prisión de Valencia los preparativos del siniestro ritual.
Antonio López Guerra, el verdugo, se presentó a las diez de la noche, tal y como le habían citado. Tenía ocho horas
por delante porque “el trabajo” (como a él le gustaba decir) estaba previsto para las seis de la madrugada, antes de
que amaneciera. Ocho horas para hacerse con el lugar y preparar el garrote, adaptando a la silla en la que se iba a
sentar Pilar el palo, el torniquete, la argolla y los demás elementos que componían el nefasto instrumento. (El tal
López Guerra, que dos meses después ejecutaría a Jarabo en Madrid, sería también el ejecutor de Salvador Puig Antich
en marzo de 1974, el último ejecutado en el garrote vil).
Pero al verdugo nadie le había prevenido de que iba a ejecutar a una mujer, y allí empezaron los problemas de
aquella dantesca noche. De entrada el verdugo se negó a ejecutar a Pilar.
“Una de las primeras condiciones que se debían poner al entrar en este destino es la de no tener que ejecutar nunca
a una mujer. Ejecutar a una mujer es peor que ejecutar a treinta hombres. Tener que hacerlo con una mujer es lo más
duro, y más con una muchacha joven de carnes tan blancas como aquélla”, le confesó años después el verdugo al
escritor Daniel Sueiro.
Con una botella de coñac lograron convencer y darle valor al verdugo, pero en el cuerpo de guardia de la prisión no
cesaron las dificultades. Todos los presentes estaban pendientes del teléfono por si llegaba el indulto en el último
instante, lo que todos deseaban para poder ahorrarse el macabro espectáculo que les esperaba. Y Pilar, por su parte,
gritando como una posesa: “¡Soy muy joven! ¡No quiero que me maten!”. Así narró el verdugo López Guerra los
recuerdos de aquella noche a Daniel Sueiro:
“Todas las personas que estábamos allí, el presidente, los del tribunal, empleados de la prisión de mujeres y todos,
hasta el cura, todos decaídos y desanimados porque una mujer es muy diferente a un hombre. Una hora lo menos
esperando allí, desde las seis de la mañana hasta cerca de las siete, ya era completamente de día, se hizo de día y
todos con las caras desencajadas y a uno de los oficiales le dio un mareo y tuvieron que llevárselo. Iban a dar las
siete, ya de día, hacía sol y entonces ya sin poder aguantar voy y le digo que a ver qué hacemos, qué coño pasa,
cuándo se hace esto porque si no yo me voy. La muchacha debió de oírme, que seguía allí esperando, y entonces va y
se dirige a mí y entonces fue cuando ella me preguntó si yo tenía mujer, si tenía una hija, sí, y por qué tenía
tanta prisa, por qué tenía yo tantas ganas de matarla”.
Pero López Guerra no tenía ganas de matarla y al oír las palabras de Pilar dijo que sí tenía una hija y volvió a
negarse a ejecutarla. Ya habían tocado las siete en el reloj de la prisión y el sol brillaba en el patio cuando la
fuerza pública tuvo que llevar a rastras hasta el patíbulo tanto a la condenada como a su verdugo.
Una vuelta y media de manivela fue suficiente para romperle el cuello a aquella desgraciada muchacha que acababa de
cumplir 31 años y que fue arrojada al otro mundo como lo había sido de niña de su pueblo a la ciudad. Se fue sin
saber leer, sin conocer el amor y sin haber gozado un segundo de felicidad. Nadie fue a recoger sus restos.
El desaparecido fiscal José Vicente Chamorro, muy joven en aquellos días, tuvo que presenciar por obligación la
ejecución y contó que lo vivido había sido suficiente para hacerle luchar toda su vida contra la pena de muerte. Y
uno de los letrados, también testigo presencial, se la contó a su paisano y amigo Luis García Berlanga, y éste se la
contó a Rafael Azcona, y así nació una de las más grandes películas del cine español, El verdugo.
También puedes visitar El País Semanal y leer el
artículo
No por lo que cuenta, que también, sino porque el tema del que versa lo traté en un programa de radio que hace unos
años dirigía, y pensaba publicar un día de estos el guión de la emisión de aquel domingo, para haceros partícipes
del hecho. Pese a ello, intentaré subirlo a la red, pues contiene una entrevista muy interesante además de la
información propiamente dicha. Es el caso de Pilar Prades, la envenenadora de Valencia. El periodista sintetiza
perfectamente una historia tan cruel y tan dramática, que poco más cabe añadir. Aunque pensándolo bien, sólo falta
agradecerle esta aportación, en la que nos hace partícipes de los sucesos que concluyeron el amanecer del 19 de mayo
de 1959.
PEDRO COSTA 05/07/2009
Hace ahora 50 años, Pilar Prades fue la última mujer ejecutada por el método más siniestro de la España de Franco.
Condenada por envenenar a las señoras para las que trabajaba, el verdugo tuvo que ser llevado a rastras para cumplir
el macabro ritual.
En la década de los años cuarenta del pasado siglo, recién terminada la Guerra Civil, 500.000 muchachas fueron
enviadas por sus familias del campo a la ciudad. Son datos publicados en 1959 por el Consejo Superior de Mujeres de
Acción Católica, datos que van a misa.
Poco agraciada, de gesto adusto, Pilar Prades duraba poco en las casas en las que entraba a servir
De entrada, el verdugo se negó a ejecutar a la mujer. La fuerza pública hubo de llevarlo a rastras al patíbulo para
que hiciera su trabajo Medio millón de mujeres, entre los 15 y los 30 años, que no tenían ningún tipo de estudios ni de preparación; en
aquellos años, la gran mayoría de mujeres carecía de profesión y no había espacio para ellas en el mercado de
trabajo. Medio millón de chicas arrojadas por sus menesterosas familias a la capital con la idea de que ahorraran un
dinero para hacerse el ajuar y, en unos años, casarse con algún chico que conocieran en la ciudad.
Una de aquellas muchachas se llamaba Pilar Prades, y cuando a los 12 años abandonó su pueblo de Begis (Castellón)
para trasladarse a Valencia poco podía imaginar que su nombre iba a figurar en los anales de la historia de España
por la desgraciada condición de ser la última mujer ejecutada en el garrote vil.
Pilar llegó a Valencia siendo analfabeta y dejando atrás una niñez sin muñecas y una desgraciada infancia en la que
acarrear cubos de agua y sacos de estiércol eran sus entretenimientos más habituales.
Poco agraciada, introvertida y de gesto adusto, duraba poco en las casas en las que entraba a servir. Su mirada era
lo que peor efecto causaba en sus patronos, una mirada seca, dura, que traspasaba. Llegó a cambiar de señora hasta
en tres ocasiones el mismo año.
Y así se fue haciendo mujer, sintiendo el rechazo que su persona provocaba, sin recibir jamás un mimo o una palabra
cariñosa. Pero, como mandaba la tradición, también comenzó a preparar su ajuar, a bordar sábanas de hilo, toallas,
manteles y servilletas aunque no llegaría a tener ocasión de experimentar cómo era el sexo masculino. Pasaba las
tardes de los jueves y los domingos sentada en las sillas de El Farol, una sala de baile que frecuentaba con más
pena que gloria, sin que nadie la sacara nunca a bailar.
En 1954, cumplidos ya los 26 años, entró a servir en la casa de un matrimonio, Enrique y Adela, que tenían una
tocinería en la calle de Sagunto. La actividad y el movimiento de la tienda le gustaban a Pilar, y admiraba el porte
y las maneras de su señora, una hermosa y corpulenta mujer que lucía unos delantales almidonados con encajes que
tenían prendada a la sirvienta. Para ella, el momento más feliz era cuando le pedían que ayudara a despachar porque
la tienda estaba llena.
Doña Adela cayó enferma en una fecha señalada, San José, y a partir de aquel día Pilar tuvo que ocuparse de ayudar a
Enrique en el mostrador sin abandonar por ello las tareas de la casa. Es decir, hacía todo el trabajo de la señora
sin ser la señora. Y también se ocupaba de cuidarla, le preparaba caldos y tisanas que le hacía beber mientras la
llenaba de mimos y la divertía contándole un resumen de lo que había pasado en la tienda.
Vómitos, pérdida de peso, debilidad muscular… El estado de doña Adela era cada día más preocupante, y el médico de
cabecera no lograba adivinar la causa de las dolencias. Y un día falleció y el desconsolado esposo se puso un traje
negro y la llevó a enterrar al cementerio.
Pero la tocinería no cerró aquel día. Pilar convenció a Enrique, su patrón, de que el negocio es el negocio y había
que cuidar a la clientela y de que ella misma se encargaría de despachar. Cuando el viudo regresó del entierro, al
entrar en la tienda, una imagen le impactó vivamente: la de Pilar detrás del mostrador luciendo una amplia sonrisa
en su rostro y vistiendo uno de aquellos delantales almidonados de la difunta. La criada había tomado el puesto de
la señora. Enrique, sin darle ninguna explicación, puso a Pilar de patitas en la calle.
No tardó mucho en encontrar otra casa. Se la consiguió una amiga que había hecho en El Farol, Aurelia, que trabajaba
como cocinera en el domicilio de un médico militar. Pilar entró en la misma casa para servir como doncella.
Y un día, en El Farol, surgió un problema entre las dos amigas a causa de un chico que le gustó a Pilar pero que
sacó a bailar a Aurelia y luego se fue con ella. Aparentemente no ocurrió nada porque Pilar nada le dijo a su amiga
y la siguió tratando igual que siempre e incluso la hizo compañía y le dedicó cuidados cuando una semana después
Aurelia cayó enferma. Como en el caso de doña Adela, Pilar también se desvivió por la cocinera y la preparaba
constantemente caldos y tisanas.
En un principio pareció que la enfermedad era del estómago a causa de los vómitos y diarreas, pero luego aparecieron
nuevos síntomas, como hinchazón de las extremidades, y el médico militar consultó a otros colegas y entre todos
diagnosticaron “polineuritis progresiva de origen desconocido” y decidieron internar a Aurelia en un hospital.
Un par de semanas más tarde fue la dueña de la casa, la esposa del médico militar, la que se puso enferma. Al
principio parecía una gripe vulgar, pero se fueron manifestando síntomas muy parecidos a los que había presentado la
cocinera, que seguía en el hospital con las extremidades prácticamente paralizadas.
El médico se alarmó, consultó de nuevo con otros especialistas y tomaron la decisión de realizar la prueba del
propatiol, un inyectable que permite descubrir la presencia de un tóxico sin necesidad de realizar un análisis. El
resultado fue definitivo, la causa de las dolencias de la mujer tenía nombre: arsénico.
Decidió entonces el médico indagar en la personalidad de la criada y se dirigió a la última casa en la que había
servido, la del chacinero. Éste le informó de lo sucedido con su esposa y de cómo había despedido a Pilar tras el
entierro porque no le gustó ver cómo la criada se consideraba sucesora de la difunta señora.
El médico militar presentó denuncia en la comisaría de Ruzafa, en Valencia, y exhumaron el cadáver de la chacinera,
que apareció en pleno proceso de momificación, algo que solamente ocurre cuando en los restos hay presencia de una
sustancia química. Los análisis confirmaron que había arsénico, y los policías, al registrar la habitación de Pilar,
encontraron entre la ropa blanca de su ajuar, que guardaba en un baúl, una botellita de Diluvión, un veneno
matahormigas compuesto de arsénico y melaza, sustancia que le confería un sabor dulzón.
Treinta y seis horas de interrogatorios, alimentada solamente con aspirinas, no bastaron para que Pilar se
reconociera autora de los envenenamientos. Tan sólo aceptó que en una ocasión le había servido una infusión de boldo
a la esposa del médico con un poco de aquel líquido dulce, sin saber lo que era, porque se le había acabado el
azúcar. Pero de Aurelia y la chacinera, nada.
El abogado que se encargó de su defensa le advirtió a Pilar desde el primer momento que la amenaza de pena de muerte
planeaba sobre el caso y le aconsejó que se declarara culpable para obtener una condena que oscilara entre los 12 y
los 16 años. Pero ella se negó y defendió su inocencia hasta el final. Un planteamiento radicalmente distinto al que
mantuvo Lea Papin tras asesinar, con la ayuda de su hermana Christine, a su señora y a la hija de ésta en 1933;
crimen en el que se basó Jean Genet para escribir su obra teatral Las criadas.
“No estoy loca, sé bien lo que hago. Hace demasiado tiempo que soy criada; hemos demostrado nuestra fuerza”, afirmó
Lea ante el tribunal.
Pilar Prades fue condenada a muerte por el asesinato de doña Adela y a dos penas de 20 años por los otros dos
homicidios frustrados. El Tribunal Supremo confirmó la sentencia, se agotaron todos los recursos y las peticiones de
clemencia resultaron inútiles. Sólo cabía esperar el indulto por parte del Jefe del Estado y había esperanzas de
conseguirlo porque hacía diez años que no se ejecutaba a una mujer en España y en este periodo varias envenenadoras
habían visto conmutada la pena capital. Pero para Pilar Prades no hubo piedad ni siquiera por parte de los jóvenes
ministros tecnócratas del Opus Dei (Ullastres, Navarro Rubio…) y el Consejo de Ministros se dio por enterado de la
sentencia, lo que significaba que se procediera inmediatamente a su ejecución. La fecha señalada fue el 19 de mayo
de 1959, y la víspera se iniciaron en la prisión de Valencia los preparativos del siniestro ritual.
Antonio López Guerra, el verdugo, se presentó a las diez de la noche, tal y como le habían citado. Tenía ocho horas
por delante porque “el trabajo” (como a él le gustaba decir) estaba previsto para las seis de la madrugada, antes de
que amaneciera. Ocho horas para hacerse con el lugar y preparar el garrote, adaptando a la silla en la que se iba a
sentar Pilar el palo, el torniquete, la argolla y los demás elementos que componían el nefasto instrumento. (El tal
López Guerra, que dos meses después ejecutaría a Jarabo en Madrid, sería también el ejecutor de Salvador Puig Antich
en marzo de 1974, el último ejecutado en el garrote vil).
Pero al verdugo nadie le había prevenido de que iba a ejecutar a una mujer, y allí empezaron los problemas de
aquella dantesca noche. De entrada el verdugo se negó a ejecutar a Pilar.
“Una de las primeras condiciones que se debían poner al entrar en este destino es la de no tener que ejecutar nunca
a una mujer. Ejecutar a una mujer es peor que ejecutar a treinta hombres. Tener que hacerlo con una mujer es lo más
duro, y más con una muchacha joven de carnes tan blancas como aquélla”, le confesó años después el verdugo al
escritor Daniel Sueiro.
Con una botella de coñac lograron convencer y darle valor al verdugo, pero en el cuerpo de guardia de la prisión no
cesaron las dificultades. Todos los presentes estaban pendientes del teléfono por si llegaba el indulto en el último
instante, lo que todos deseaban para poder ahorrarse el macabro espectáculo que les esperaba. Y Pilar, por su parte,
gritando como una posesa: “¡Soy muy joven! ¡No quiero que me maten!”. Así narró el verdugo López Guerra los
recuerdos de aquella noche a Daniel Sueiro:
“Todas las personas que estábamos allí, el presidente, los del tribunal, empleados de la prisión de mujeres y todos,
hasta el cura, todos decaídos y desanimados porque una mujer es muy diferente a un hombre. Una hora lo menos
esperando allí, desde las seis de la mañana hasta cerca de las siete, ya era completamente de día, se hizo de día y
todos con las caras desencajadas y a uno de los oficiales le dio un mareo y tuvieron que llevárselo. Iban a dar las
siete, ya de día, hacía sol y entonces ya sin poder aguantar voy y le digo que a ver qué hacemos, qué coño pasa,
cuándo se hace esto porque si no yo me voy. La muchacha debió de oírme, que seguía allí esperando, y entonces va y
se dirige a mí y entonces fue cuando ella me preguntó si yo tenía mujer, si tenía una hija, sí, y por qué tenía
tanta prisa, por qué tenía yo tantas ganas de matarla”.
Pero López Guerra no tenía ganas de matarla y al oír las palabras de Pilar dijo que sí tenía una hija y volvió a
negarse a ejecutarla. Ya habían tocado las siete en el reloj de la prisión y el sol brillaba en el patio cuando la
fuerza pública tuvo que llevar a rastras hasta el patíbulo tanto a la condenada como a su verdugo.
Una vuelta y media de manivela fue suficiente para romperle el cuello a aquella desgraciada muchacha que acababa de
cumplir 31 años y que fue arrojada al otro mundo como lo había sido de niña de su pueblo a la ciudad. Se fue sin
saber leer, sin conocer el amor y sin haber gozado un segundo de felicidad. Nadie fue a recoger sus restos.
El desaparecido fiscal José Vicente Chamorro, muy joven en aquellos días, tuvo que presenciar por obligación la
ejecución y contó que lo vivido había sido suficiente para hacerle luchar toda su vida contra la pena de muerte. Y
uno de los letrados, también testigo presencial, se la contó a su paisano y amigo Luis García Berlanga, y éste se la
contó a Rafael Azcona, y así nació una de las más grandes películas del cine español, El verdugo.
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viernes, 1 de mayo de 2009
Mi madre fue esencial en el atentado contra Hitler”
JACINTO ANTÓN 19/04/2009.
Nació después de que su padre, Claus von Stauffenberg, fuera fusilado por atentar contra Hitler en 1944. Su madre pasó el embarazo en un campo de concentración. Su testimonio es un homenaje a su memoria
La hija del hombre que trató de matar al monstruo vive en estas montañas. Se respira una pureza abrumadora en el grandioso paisaje agreste cubierto por un tupido manto de nieve. La cita con Konstanze von Schulthess (née Von Stauffenberg) es en su casa solitaria en el corazón de los Alpes suizos, cerca de Silvaplana. Su padre fue el coronel Claus Schenk, conde Von Stauffenberg (1907-1944), la figura clave de la conspiración militar contra Hitler del 20 de julio de 1944 y el ejecutor material del atentado en la Wolfschance, el cuartel general del líder nazi en Prusia oriental (el personaje real que interpreta Tom Cruise en la película Valkiria). Tras las horas de tren desde Zúrich, el taxi deja ante un sendero en medio de la nada y uno echa a andar algo desconcertado, escuchando el ruido afelpado de sus propios pasos sobre la nieve y pensando confusamente en Stalingrado y El desafío de las águilas. El chalet alpino aparece entre los árboles. El timbre de la puerta desgarra un silencio absoluto y sobresalta a un moteado cascanueces posado en una rama. Abre el marido, Dietrich Schulthess-Rechberg, un hombre amable y atractivo que se retira discretamente no sin antes hacer un comentario simpático sobre las ardillas. La hija póstuma de Stauffenberg –nació después de que fusilaran a su padre; su madre, la condesa Nina (1913-2006), pasó parte del embarazo presa en el campo de concentración de Ravensbruck– recibe en un espacioso salón forrado de madera con unos grandes ventanales que arrojan vistas espectaculares sobre la montaña. Prepara ella misma el té. Es alta, enérgica y de facciones agradables, quizá un poco masculinas. Se muestra cortés, pero algo tensa, a la defensiva. La casa está decorada con gusto exquisito. En un arcón pueden verse fotografías enmarcadas de la familia. En varias de ellas aparece un hombre muy guapo con uniforme de oficial de la Wehrmacht: Stauffenberg. Konstanze von Schulthess es autora de un conmovedor libro sobre su madre (Nina Schenk Gräfin von Stauffenberg. Ein portrait, Pendo Verlag, 2008) en el que resalta la personalidad de la esposa del militar.
La hija del héroe
“Mi padre era militar. pero nunca fue un nazi. no era antisemita”Seguramente es una inconveniencia hacer este comentario aquí, pero el lugar recuerda el Berghof, el refugio alpino de Hitler en Bertschesgaden, y perdone por la comparación. Sí, realmente no es muy oportuna. Y este sitio es muy diferente. Mucho más alto.
Me recuerda usted a su padre. Hay algo en su rostro… ¿Usted cree? En general dicen que a mi madre.
Sus ojos son marrones. Los de él… Eran muy azules.
El año pasado entrevisté a Von Boeselager el último superviviente de la conspiración de la que su padre fue la figura fundamental. Murió poco después. ¿Le conocía? Sí, Philipp era un amigo. Un hombre con un gran sentido del humor. Éramos familia, algo así como primos.
Me impresionó cómo imitaba a su padre, mutilado, montando la bomba. Con sólo tres dedos, debió serle tan difícil… Si hubiera puesto el resto del explosivo… Hitler fue afortunado, la suerte del diablo.
Podemos empezar hablando de su madre. Es de lo que hablo, porque a mi padre no lo conocí, como sabe.
Creo que la educación de ella no fue muy convencional. Oh, sí lo fue.
Vestía pantalones en una época en que no era habitual. ¿De dónde ha sacado eso? Mi madre no usó pantalones en su vida, hasta que, ya mayor, iba en silla de ruedas.
Bueno, parece que leía novelas de aventuras. Eso sí, le encantaban Los tres mosqueteros, las novelas del Oeste de Karl May…
Karl May, las aventuras de Old Shatterhand y el apache Winnetou, era una de las lecturas favoritas de Hitler. Y de todos los niños alemanes. No irá a decir que le parece significativo. A Hitler le gustaban los perros y a mí también, ¿y qué?
La relación de sus padres, lo explica usted en su precioso libro, fue muy romántica. Sí.
Ella era muy joven, 16 años. Y él también, 22.
Decidieron esperar a formalizarla, por ella. Y por él sobre todo. Era una regulación militar. En esa época, a finales de los años veinte, a los oficiales no se les permitía casarse antes de cumplir los 27 o llegar a capitanes. Se casaron en 1933.
El perfume de ella era Fleur de Nuit. Eso fue después. Se lo trajo mi padre de Francia. Tras la muerte de él no volvió a usarlo.
En su libro, del que dice que es una declaración de amor por su madre, es central la idea de que ella tuvo un papel importante en la conspiración. Sí, uno de mis objetivos, mi deseo, es que se reconozca a mi madre y a las esposas de los otros conspiradores del 20 de julio ese papel. Muchas de esas mujeres estuvieron profundamente involucradas en la conjura. Mi madre y otras fueron fundamentales, no estaban en un segundo plano ni permanecían ajenas a aquello. Piense que buena parte de los militares de la conspiración eran jóvenes y estaban muy unidos a sus mujeres. En esencia, no creo que esos hombres hubieran podido hacer lo que hicieron sin unas mujeres fuertes y plenamente conscientes detrás, apoyándolos en todo momento. Lo que intentaron fue algo enorme, extraordinario, era imposible que no contaran con sus mujeres. Ellas no fueron en absoluto las amas de casa pasivas que algunos han querido ver.
Ese papel activo es poco conocido, incluso hay historiadores que lo discuten. Se llevó con mucha discreción, para evitar represalias en las familias, por supuesto.
Esas represalias podían ser terribles. Para mi madre lo fueron. La separaron de sus hijos pequeños, enviados a un orfanato. La detuvo e interrogó la Gestapo en la Prinz-Albert-Strasse. La enviaron a la prisión de la Alexandreplatz, y luego, a Ravensbruck, embarazada de mí.
Conozco el campo, un lugar espantoso. Un lugar impresionante, ¿verdad?
Estuve en el 50º aniversario de la liberación; conocí a presas polacas que habían sido usadas en experimentos médicos. Había mujeres de toda Europa. ¿Sabe que estuvo Juliette Gréco?
¿Tuvo su madre un tratamiento especial por ser la esposa de Stauffenberg? La mantuvieron en aislamiento absoluto seis meses. Fue terrible para ella. Sin saber nada de sus cuatro hijos –el mayor, de 10 años ni del resto de su familia. Pero era una mujer de carácter y aguantó. Una vez incluso hizo, con sus maneras, que la obedeciera un oficial de las SS, hasta que éste cayó en la cuenta de que quien le hablaba era una presa.
La madre de ella, la abuela de usted, también fue llevada a Ravensbruck. Sí, y podía ver a mi madre por una rendija. Pero Nina no lo supo.
La familia de su madre, los Von Lerchenfeld, originarios de Lituania, había sufrido ya varias debacles a lo largo de la historia. Hay esa preciosa historia del collar. La contaba mi madre. Un collar de perlas de una antepasada que fue dama de la corte de la emperatriz rusa. La emperatriz se lo regaló por ayudarla a coser piadosamente la cabeza a un hijo decapitado a causa de su participación en una conjura. Era una tradición cortar el collar y repartirlo en la familia en los malos tiempos.
¿Era su madre una mujer triste? No. Tenía mucho humor. De mayor se volvió algo melancólica, al perder movilidad y autonomía, y su casa. Tenía un fuerte sentido de la familia y de la tradición.
Estaba muy orgullosa de haber vencido a Himmler, el Reichsführer de las SS. Oh, sí. Himmler, como sabe, tras el atentado proclamó aquello de que haría desaparecer de la tierra a toda la familia Stauffenberg, hasta el último brote. Era el concepto de venganza de sangre que acuñó, el Sippenhaft: exterminar a todos los parientes como castigo a la traición. Medio siglo después, mi madre se hizo fotografiar, desafiante, con sus 44 descendientes.
Una revancha histórica. Sí, eso la hizo sentirse muy feliz.
También recuperó muchas de las cosas que le habían quitado los nazis. Fue casa por casa. Pero no por el valor en sí de los objetos, sino porque para ella representaban la memoria de la familia.
¿Hablaba mucho Nina con su padre de la necesidad de quitar a Hitler de en medio? Sí.
¿La decisión fue de los dos? Fue de él, y cuando ella comprendió lo importante que era para él y lo dispuesto que estaba, lo apoyó sin reservas. Entonces estuvo de acuerdo.
¿Y si ella se hubiera opuesto? No sé. Es especular. Prefiero no hablar de las cosas que ignoro. Pero estaban tan unidos, eran tan devotos uno del otro. Estaba fuera de toda posibilidad que ella se opusiera si él creía que era su deber. El caso es que ella consintió, nunca trató de disuadirlo. Incluso lo animó.
Stauffenberg tuvo dudas. Fue un proceso llegar a la decisión final de matar a Hitler. Era una cuestión también de timing. Al principio, cuando la conquista de Polonia, no era el momento adecuado. Alemania no estaba preparada para un golpe, no hubiera podido triunfar.
Von Stauffenberg se implicó a fondo en la guerra. De hecho, hasta resultar malherido en África, fue un oficial destacadísimo, ejemplar. Era militar. Era su deber. Pero nunca fue un nazi. Sé que hay gente que dice que mi padre fue un nazi antes de que la guerra fuera mal y se involucrara en la conspiración. No es verdad. Al principio veía con buenos ojos un cambio; a veces se olvida lo que suponía para los alemanes el Tratado de Versalles. Votó por Hitler como canciller, pero ya en el 38, cuando la noche de los cristales rotos, los ataques contra los establecimientos judíos y las sinagogas, detestaba a los nazis. Le horrorizaba el antisemitismo. Tenía amigos y familiares judíos.
¿No cree que aparte de las razones morales y, luego, militares había razones de clase en la oposición de la casta de oficiales aristócratas, como los de su familia, a Hitler? El régimen nazi era repulsivo y brutal, y Hitler, un pequeño burgués, en el peor sentido.
Hay esa frase que le respondió su padre a su madre cuando le preguntó, poco antes del atentado, por las probabilidades de éxito… “Fifty-fifty”, cincuenta por ciento, le dijo.
Un margen escaso. Y era consciente de que, de fallar, las consecuencias serían terribles para la familia. Ajá. ¡Cuánto valor hacía falta! Pero creía que, en cualquier caso, aunque fallido, el golpe mostraría que había habido resistencia contra Hitler. Había un sentido simbólico, un deber ético de mostrar coraje moral.
¿Sabía que él mismo iba a ejecutar el atentado el 20 de julio? No, no conocía los detalles. Pasó un día terrible, sin noticias de él, suponiendo que estaba implicado, pero nada más. Se encontraba en la casa de vacaciones de la familia, en el castillo de Lautlingen, en los Alpes suabos, y se enteró por rumores del atentado, aunque no tenían radio. Pensó: “¡Así que lo han hecho después de todo!”. Hasta el 21, cuando un familiar bajó al pueblo a escuchar las noticias, no supo la horrible verdad.
¿Qué les dijo su madre a sus hijos, sus hermanos mayores? Reunió a los niños y les explicó que su padre, al que idolatraban y veían como un héroe –él, por su parte, los adoraba, había muerto la noche anterior. “Papi ha cometido un error y por eso lo han fusilado”. Les hizo memorizar esa frase y otra, pensando que acaso les podría salvar la vida: “La providencia ha protegido a nuestro querido führer”. Al mismo tiempo les anunció que estaba esperando un bebé: yo.
¿Hablaba su madre de todo eso con usted? Sí, hay gente que no puede hacerlo, pero ella sí. Yo le preguntaba mucho. Sobre mi padre. De niña, de adolescente, estaba muy interesada en saber cómo era mi padre.
¿Ha sido difícil para usted? Qué quiere que le diga. Ha sido así. Es mi realidad. No me sentía diferente, si es lo que pregunta. Piense que había muchos niños en mi situación en la Alemania de la posguerra. No era la única que había perdido a mi padre y estaba obligada a crecer sin él.
Pero los otros niños no tenían un padre que se llamaba Von Stauffenberg… Yo era sólo una niña, y luego una joven, común. No se hablaba del tema todo el tiempo. Nadie me decía “tu padre fue el que le puso la bomba a Hitler”, y yo no lo iba contando a todo el mundo. Pero la gente lo sabía, claro.
¿Es difícil ser la hija de un héroe? Otra vez he de decirle que no me he sentido diferente ni especial. Era mi vida de cada día.
¿No siente, no sé, una obligación moral por ser quien es? A veces, algunos profesores te decían: “Tienes que ser mejor que los demás”. Normalmente, como adolescente, tendías a lo opuesto. Me considero muy afortunada. Fui a una buena escuela, tuve maestros muy sabios. La madre que nos educó era fuerte, noble, valiente y tenaz. Nos enseñaron, a mí y a mis hermanos, a ser responsables por nosotros mismos.
Perdone que insista, pero ¿no era difícil ser una Stauffenberg en la Alemania de la posguerra? Viví esos años en un entorno muy favorable a mi familia. En la casa de mi abuela paterna. Toda la gente de la zona conocía y apreciaba a los Stauffenberg. Los padres de mis amigos habían sido amigos de mi padre. El pueblo entero nos apoyaba. Alrededor sólo había admiración. Más tarde, cuando salí de allí… Pero nunca, nunca, nadie me ha dicho a la cara que fuera la hija de un traidor. Y creo que eso nunca le ha sucedido tampoco a mis tres hermanos ni a mi hermana (Valerie, fallecida de leucemia en 1966, con 26 años). A nadie de mi familia. Conozco a otros hijos de resistentes que sí han sufrido esa experiencia.
¿Los neonazis no la han molestado? No, déjeme tocar madera (lo hace, sonoramente). De hecho, a esa gente no les gusta la historia, lo ignoran todo. No sé cómo serán los españoles, pero los neonazis alemanes son muy poco ilustrados, gente infeliz.
¿Tiene dudas sobre los actos de su padre? La bomba que puso no mató a Hitler, pero sí a otras cuatro personas. ¿Le preocupa eso? Era el riesgo que se corría. Y estaban en guerra. Pero no quiero hablar de mi padre ni del atentado. No es mi época.
Bueno, estamos hablando de su relación con la memoria de su padre. Era una situación… se tomaban riesgos, habría que haber estado allí para juzgarlo.
Es cierto que toda la gente en el búnker eran militares, soldados, en su mayoría cómplices de la guerra de Hitler. Sí. Por supuesto que mi padre sabía que al hacer estallar la bomba habría otras víctima, que varios morirían o quedarían malheridos. En la balanza no contaba. Era la guerra, estaban muriendo millones. ¿Sabe que murió más gente en el último año de la guerra que en todos los anteriores?
Y su padre estaba dispuesto a sacrificar vidas, incluso las de su familia, para parar eso. Así es.
No decimos más durante un rato. El silencio se condensa en el salón de manera similar a como la nieve se acumula fuera. Reina una paz espesa, mineral. Unas estalactitas en los ventanales brillan con un destello azulado.
Este sitio es hipnótico. Parece que nos encontremos fuera del tiempo. Sí, lo es, un lugar especial.
¿Vive aquí normalmente? La mitad del año. El resto, en Zúrich.
¿Esquía? Oh, sí.
¿Reside en Suiza para no hacerlo en Alemania? Oh, no, en absoluto; porque mi marido es suizo. Alemania está muy cerca.
¿Conserva cosas de su padre? Uniformes, medallas, reliquias. No muchas. Mi madre tenía algunas cosas, pero tampoco demasiadas. Vivieron juntos sólo diez años, ¿sabe? Y el anillo de boda se quedó en África.
Konstanze von Schulthess no lo aclara, no hace falta: su padre perdió la mano derecha, con el anillo, en 1943, cuando servía con el Afrika Korps, en Túnez, en un ataque de cazas aliados que lo dejó muy malherido. Perdió también dos dedos de la otra mano y el ojo izquierdo.
¿Cómo vivió su madre las mutilaciones de su padre? No la impresionaron. Le recuerdo de nuevo en qué época estaban: aquello se veía cada día. La gente vivía con la mutilación y la muerte de amigos y parientes.
Hablando de anillos, su padre tenía también uno que le había dado el poeta Stefan George, su mentor y maestro espiritual. Un hombre que fue muy importante para Von Stauffenberg y sus dos hermanos. No hablo de George. Nina lo aceptaba. Cuando iba a visitarlos, mi padre y él se encerraban en su despacho y mi madre nunca entraba. Era un mundo completamente aparte de ella. Como sabe, mi abuela paterna desconfiaba de la influencia de George sobre sus hijos. En todo caso, George murió en 1933.
¿Le gusta su poesía? La encuentro un tanto extraña.
En su familia, aparte de su padre, hay gente sensacional. Tengo debilidad, si me permite, por su tía Melitta Schiller, la esposa del hermano de su padre Alexander von Stauffenberg. Ella era una audaz y condecorada aviadora, piloto de pruebas de la Luftwaffe. Sí, ingeniera y testpilotin. Era encantadora y muy inteligente. Mi madre la quería mucho.
Su muerte fue muy trágica. La derribó un caza aliado cuando se dedicaba a volar a los campos para llevar ayuda a los miembros de la familia detenidos por la conspiración. Sí, llegó a aterrizar su aparato, muy malherida. Si la hubieran encontrado antes, habría sobrevivido.
Era medio judía. Su padre era judío.
Los nazis la dejaron en paz por la importancia de su trabajo aeronáutico. Su marido, Alexander, es el único de los tres hermanos Von Stauffenberg que sobrevivió. No estaba implicado en la conspiración. ¿Era el más débil? No, no, yo no diría eso. Era profesor de historia, un intelectual introvertido, aunque sirvió en la guerra también como oficial y resultó herido. Mi padre y mi tío Berthold lo mantuvieron alejado de la conjura. Pero igualmente los nazis lo enviaron a Dachau.
Berthold, que era oficial de la marina, estuvo en el Bendlerblock, la base del golpe en Berlín el 20 de julio. ¿Pudo despedirse de Claus antes de que fusilaran a éste? No están claros los acontecimientos de aquella noche.
¿Cree que se conserva bien la memoria de su padre? En general, sí. En Alemania es bien conocido ahora, más que en los años cincuenta y sesenta. Y con la película Valkiria empieza a ser mejor conocido en el extranjero. Mucha gente todavía piensa que ser alemán en esa época era ser nazi. Que nazi y alemán son sinónimos. La película quizá sirva para hacer comprender a esa gente que no es así. Que hubo también alemanes buenos.
¿Ha visto la película? Sí.
¿Qué le parece? Hay que recordar que es una película y no un documental. Su lógica es otra. Como película está bien. Y es respetuosa. No está nada, nada mal.
¿Y qué opina de Cruise encarnando a su padre? Eso ha de resultarle chocante. No imagino persona más diferente a Stauffenberg. Es encantador.
La película inventa algunas cosas. Eso de su padre poniendo el ojo de cristal en un vaso de otro conspirador… Bueno, mi padre, ¿sabe?, tenía unos cuantos ojos de cristal de repuesto, los perdía y rompía todo el tiempo porque no le gustaba llevarlos. Pero, sí, lo del vaso es una invención. La película cuenta la historia, pero a su manera.
¿Qué opina de las otras películas que se han hecho en que aparece su padre? La de Jo Baier de 2004 es en general correcta. Creo que Sebastian Koch lo interpreta bien. Aunque desgraciadamente mostraba a mi madre como una simple ama de casa descontenta con lo que hacía su marido, es decir, lo opuesto a lo que fue en realidad. Esa película fue una de las razones por las que escribí el libro. Para la película, Baier no quiso contactar con la familia, pero Koch lo hizo por su cuenta, vino a ver a mi madre. El filme de Pabst de 1955 es bueno, no tanto el de Falk Harnack del mismo año en el que Wolfgang Preiss llevaba el parche ¡en el ojo equivocado!
Ha caído la tarde. Aprovecho la atmósfera de intimidad para expresarle a Konstanze von Schulthess mi admiración por el coraje de su padre. Sonríe ante el arrebato vehemente y asiente. Acabamos el té. Luego me acompaña hasta la puerta. Una luz melancólica baña el paisaje nevado. Señalando a las montañas, me recuerda que por ellas pasó Aníbal con sus elefantes y luego menciona la campaña de César contra los belicosos germanos de la Rhaetia. Tras este armígero epílogo, digno de su padre, se despide con una inesperada advertencia, casi maternal: “Cuidado no patine, la nieve se ha helado”. El taxista no aparece por ningún lado y pronto se hará de noche. Quién sabe, igual incluso hay lobos cerca. Pero de casa de la hija de Von Stauffenberg no se sale con miedo.
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Nació después de que su padre, Claus von Stauffenberg, fuera fusilado por atentar contra Hitler en 1944. Su madre pasó el embarazo en un campo de concentración. Su testimonio es un homenaje a su memoria
La hija del hombre que trató de matar al monstruo vive en estas montañas. Se respira una pureza abrumadora en el grandioso paisaje agreste cubierto por un tupido manto de nieve. La cita con Konstanze von Schulthess (née Von Stauffenberg) es en su casa solitaria en el corazón de los Alpes suizos, cerca de Silvaplana. Su padre fue el coronel Claus Schenk, conde Von Stauffenberg (1907-1944), la figura clave de la conspiración militar contra Hitler del 20 de julio de 1944 y el ejecutor material del atentado en la Wolfschance, el cuartel general del líder nazi en Prusia oriental (el personaje real que interpreta Tom Cruise en la película Valkiria). Tras las horas de tren desde Zúrich, el taxi deja ante un sendero en medio de la nada y uno echa a andar algo desconcertado, escuchando el ruido afelpado de sus propios pasos sobre la nieve y pensando confusamente en Stalingrado y El desafío de las águilas. El chalet alpino aparece entre los árboles. El timbre de la puerta desgarra un silencio absoluto y sobresalta a un moteado cascanueces posado en una rama. Abre el marido, Dietrich Schulthess-Rechberg, un hombre amable y atractivo que se retira discretamente no sin antes hacer un comentario simpático sobre las ardillas. La hija póstuma de Stauffenberg –nació después de que fusilaran a su padre; su madre, la condesa Nina (1913-2006), pasó parte del embarazo presa en el campo de concentración de Ravensbruck– recibe en un espacioso salón forrado de madera con unos grandes ventanales que arrojan vistas espectaculares sobre la montaña. Prepara ella misma el té. Es alta, enérgica y de facciones agradables, quizá un poco masculinas. Se muestra cortés, pero algo tensa, a la defensiva. La casa está decorada con gusto exquisito. En un arcón pueden verse fotografías enmarcadas de la familia. En varias de ellas aparece un hombre muy guapo con uniforme de oficial de la Wehrmacht: Stauffenberg. Konstanze von Schulthess es autora de un conmovedor libro sobre su madre (Nina Schenk Gräfin von Stauffenberg. Ein portrait, Pendo Verlag, 2008) en el que resalta la personalidad de la esposa del militar.
La hija del héroe
“Mi padre era militar. pero nunca fue un nazi. no era antisemita”Seguramente es una inconveniencia hacer este comentario aquí, pero el lugar recuerda el Berghof, el refugio alpino de Hitler en Bertschesgaden, y perdone por la comparación. Sí, realmente no es muy oportuna. Y este sitio es muy diferente. Mucho más alto.
Me recuerda usted a su padre. Hay algo en su rostro… ¿Usted cree? En general dicen que a mi madre.
Sus ojos son marrones. Los de él… Eran muy azules.
El año pasado entrevisté a Von Boeselager el último superviviente de la conspiración de la que su padre fue la figura fundamental. Murió poco después. ¿Le conocía? Sí, Philipp era un amigo. Un hombre con un gran sentido del humor. Éramos familia, algo así como primos.
Me impresionó cómo imitaba a su padre, mutilado, montando la bomba. Con sólo tres dedos, debió serle tan difícil… Si hubiera puesto el resto del explosivo… Hitler fue afortunado, la suerte del diablo.
Podemos empezar hablando de su madre. Es de lo que hablo, porque a mi padre no lo conocí, como sabe.
Creo que la educación de ella no fue muy convencional. Oh, sí lo fue.
Vestía pantalones en una época en que no era habitual. ¿De dónde ha sacado eso? Mi madre no usó pantalones en su vida, hasta que, ya mayor, iba en silla de ruedas.
Bueno, parece que leía novelas de aventuras. Eso sí, le encantaban Los tres mosqueteros, las novelas del Oeste de Karl May…
Karl May, las aventuras de Old Shatterhand y el apache Winnetou, era una de las lecturas favoritas de Hitler. Y de todos los niños alemanes. No irá a decir que le parece significativo. A Hitler le gustaban los perros y a mí también, ¿y qué?
La relación de sus padres, lo explica usted en su precioso libro, fue muy romántica. Sí.
Ella era muy joven, 16 años. Y él también, 22.
Decidieron esperar a formalizarla, por ella. Y por él sobre todo. Era una regulación militar. En esa época, a finales de los años veinte, a los oficiales no se les permitía casarse antes de cumplir los 27 o llegar a capitanes. Se casaron en 1933.
El perfume de ella era Fleur de Nuit. Eso fue después. Se lo trajo mi padre de Francia. Tras la muerte de él no volvió a usarlo.
En su libro, del que dice que es una declaración de amor por su madre, es central la idea de que ella tuvo un papel importante en la conspiración. Sí, uno de mis objetivos, mi deseo, es que se reconozca a mi madre y a las esposas de los otros conspiradores del 20 de julio ese papel. Muchas de esas mujeres estuvieron profundamente involucradas en la conjura. Mi madre y otras fueron fundamentales, no estaban en un segundo plano ni permanecían ajenas a aquello. Piense que buena parte de los militares de la conspiración eran jóvenes y estaban muy unidos a sus mujeres. En esencia, no creo que esos hombres hubieran podido hacer lo que hicieron sin unas mujeres fuertes y plenamente conscientes detrás, apoyándolos en todo momento. Lo que intentaron fue algo enorme, extraordinario, era imposible que no contaran con sus mujeres. Ellas no fueron en absoluto las amas de casa pasivas que algunos han querido ver.
Ese papel activo es poco conocido, incluso hay historiadores que lo discuten. Se llevó con mucha discreción, para evitar represalias en las familias, por supuesto.
Esas represalias podían ser terribles. Para mi madre lo fueron. La separaron de sus hijos pequeños, enviados a un orfanato. La detuvo e interrogó la Gestapo en la Prinz-Albert-Strasse. La enviaron a la prisión de la Alexandreplatz, y luego, a Ravensbruck, embarazada de mí.
Conozco el campo, un lugar espantoso. Un lugar impresionante, ¿verdad?
Estuve en el 50º aniversario de la liberación; conocí a presas polacas que habían sido usadas en experimentos médicos. Había mujeres de toda Europa. ¿Sabe que estuvo Juliette Gréco?
¿Tuvo su madre un tratamiento especial por ser la esposa de Stauffenberg? La mantuvieron en aislamiento absoluto seis meses. Fue terrible para ella. Sin saber nada de sus cuatro hijos –el mayor, de 10 años ni del resto de su familia. Pero era una mujer de carácter y aguantó. Una vez incluso hizo, con sus maneras, que la obedeciera un oficial de las SS, hasta que éste cayó en la cuenta de que quien le hablaba era una presa.
La madre de ella, la abuela de usted, también fue llevada a Ravensbruck. Sí, y podía ver a mi madre por una rendija. Pero Nina no lo supo.
La familia de su madre, los Von Lerchenfeld, originarios de Lituania, había sufrido ya varias debacles a lo largo de la historia. Hay esa preciosa historia del collar. La contaba mi madre. Un collar de perlas de una antepasada que fue dama de la corte de la emperatriz rusa. La emperatriz se lo regaló por ayudarla a coser piadosamente la cabeza a un hijo decapitado a causa de su participación en una conjura. Era una tradición cortar el collar y repartirlo en la familia en los malos tiempos.
¿Era su madre una mujer triste? No. Tenía mucho humor. De mayor se volvió algo melancólica, al perder movilidad y autonomía, y su casa. Tenía un fuerte sentido de la familia y de la tradición.
Estaba muy orgullosa de haber vencido a Himmler, el Reichsführer de las SS. Oh, sí. Himmler, como sabe, tras el atentado proclamó aquello de que haría desaparecer de la tierra a toda la familia Stauffenberg, hasta el último brote. Era el concepto de venganza de sangre que acuñó, el Sippenhaft: exterminar a todos los parientes como castigo a la traición. Medio siglo después, mi madre se hizo fotografiar, desafiante, con sus 44 descendientes.
Una revancha histórica. Sí, eso la hizo sentirse muy feliz.
También recuperó muchas de las cosas que le habían quitado los nazis. Fue casa por casa. Pero no por el valor en sí de los objetos, sino porque para ella representaban la memoria de la familia.
¿Hablaba mucho Nina con su padre de la necesidad de quitar a Hitler de en medio? Sí.
¿La decisión fue de los dos? Fue de él, y cuando ella comprendió lo importante que era para él y lo dispuesto que estaba, lo apoyó sin reservas. Entonces estuvo de acuerdo.
¿Y si ella se hubiera opuesto? No sé. Es especular. Prefiero no hablar de las cosas que ignoro. Pero estaban tan unidos, eran tan devotos uno del otro. Estaba fuera de toda posibilidad que ella se opusiera si él creía que era su deber. El caso es que ella consintió, nunca trató de disuadirlo. Incluso lo animó.
Stauffenberg tuvo dudas. Fue un proceso llegar a la decisión final de matar a Hitler. Era una cuestión también de timing. Al principio, cuando la conquista de Polonia, no era el momento adecuado. Alemania no estaba preparada para un golpe, no hubiera podido triunfar.
Von Stauffenberg se implicó a fondo en la guerra. De hecho, hasta resultar malherido en África, fue un oficial destacadísimo, ejemplar. Era militar. Era su deber. Pero nunca fue un nazi. Sé que hay gente que dice que mi padre fue un nazi antes de que la guerra fuera mal y se involucrara en la conspiración. No es verdad. Al principio veía con buenos ojos un cambio; a veces se olvida lo que suponía para los alemanes el Tratado de Versalles. Votó por Hitler como canciller, pero ya en el 38, cuando la noche de los cristales rotos, los ataques contra los establecimientos judíos y las sinagogas, detestaba a los nazis. Le horrorizaba el antisemitismo. Tenía amigos y familiares judíos.
¿No cree que aparte de las razones morales y, luego, militares había razones de clase en la oposición de la casta de oficiales aristócratas, como los de su familia, a Hitler? El régimen nazi era repulsivo y brutal, y Hitler, un pequeño burgués, en el peor sentido.
Hay esa frase que le respondió su padre a su madre cuando le preguntó, poco antes del atentado, por las probabilidades de éxito… “Fifty-fifty”, cincuenta por ciento, le dijo.
Un margen escaso. Y era consciente de que, de fallar, las consecuencias serían terribles para la familia. Ajá. ¡Cuánto valor hacía falta! Pero creía que, en cualquier caso, aunque fallido, el golpe mostraría que había habido resistencia contra Hitler. Había un sentido simbólico, un deber ético de mostrar coraje moral.
¿Sabía que él mismo iba a ejecutar el atentado el 20 de julio? No, no conocía los detalles. Pasó un día terrible, sin noticias de él, suponiendo que estaba implicado, pero nada más. Se encontraba en la casa de vacaciones de la familia, en el castillo de Lautlingen, en los Alpes suabos, y se enteró por rumores del atentado, aunque no tenían radio. Pensó: “¡Así que lo han hecho después de todo!”. Hasta el 21, cuando un familiar bajó al pueblo a escuchar las noticias, no supo la horrible verdad.
¿Qué les dijo su madre a sus hijos, sus hermanos mayores? Reunió a los niños y les explicó que su padre, al que idolatraban y veían como un héroe –él, por su parte, los adoraba, había muerto la noche anterior. “Papi ha cometido un error y por eso lo han fusilado”. Les hizo memorizar esa frase y otra, pensando que acaso les podría salvar la vida: “La providencia ha protegido a nuestro querido führer”. Al mismo tiempo les anunció que estaba esperando un bebé: yo.
¿Hablaba su madre de todo eso con usted? Sí, hay gente que no puede hacerlo, pero ella sí. Yo le preguntaba mucho. Sobre mi padre. De niña, de adolescente, estaba muy interesada en saber cómo era mi padre.
¿Ha sido difícil para usted? Qué quiere que le diga. Ha sido así. Es mi realidad. No me sentía diferente, si es lo que pregunta. Piense que había muchos niños en mi situación en la Alemania de la posguerra. No era la única que había perdido a mi padre y estaba obligada a crecer sin él.
Pero los otros niños no tenían un padre que se llamaba Von Stauffenberg… Yo era sólo una niña, y luego una joven, común. No se hablaba del tema todo el tiempo. Nadie me decía “tu padre fue el que le puso la bomba a Hitler”, y yo no lo iba contando a todo el mundo. Pero la gente lo sabía, claro.
¿Es difícil ser la hija de un héroe? Otra vez he de decirle que no me he sentido diferente ni especial. Era mi vida de cada día.
¿No siente, no sé, una obligación moral por ser quien es? A veces, algunos profesores te decían: “Tienes que ser mejor que los demás”. Normalmente, como adolescente, tendías a lo opuesto. Me considero muy afortunada. Fui a una buena escuela, tuve maestros muy sabios. La madre que nos educó era fuerte, noble, valiente y tenaz. Nos enseñaron, a mí y a mis hermanos, a ser responsables por nosotros mismos.
Perdone que insista, pero ¿no era difícil ser una Stauffenberg en la Alemania de la posguerra? Viví esos años en un entorno muy favorable a mi familia. En la casa de mi abuela paterna. Toda la gente de la zona conocía y apreciaba a los Stauffenberg. Los padres de mis amigos habían sido amigos de mi padre. El pueblo entero nos apoyaba. Alrededor sólo había admiración. Más tarde, cuando salí de allí… Pero nunca, nunca, nadie me ha dicho a la cara que fuera la hija de un traidor. Y creo que eso nunca le ha sucedido tampoco a mis tres hermanos ni a mi hermana (Valerie, fallecida de leucemia en 1966, con 26 años). A nadie de mi familia. Conozco a otros hijos de resistentes que sí han sufrido esa experiencia.
¿Los neonazis no la han molestado? No, déjeme tocar madera (lo hace, sonoramente). De hecho, a esa gente no les gusta la historia, lo ignoran todo. No sé cómo serán los españoles, pero los neonazis alemanes son muy poco ilustrados, gente infeliz.
¿Tiene dudas sobre los actos de su padre? La bomba que puso no mató a Hitler, pero sí a otras cuatro personas. ¿Le preocupa eso? Era el riesgo que se corría. Y estaban en guerra. Pero no quiero hablar de mi padre ni del atentado. No es mi época.
Bueno, estamos hablando de su relación con la memoria de su padre. Era una situación… se tomaban riesgos, habría que haber estado allí para juzgarlo.
Es cierto que toda la gente en el búnker eran militares, soldados, en su mayoría cómplices de la guerra de Hitler. Sí. Por supuesto que mi padre sabía que al hacer estallar la bomba habría otras víctima, que varios morirían o quedarían malheridos. En la balanza no contaba. Era la guerra, estaban muriendo millones. ¿Sabe que murió más gente en el último año de la guerra que en todos los anteriores?
Y su padre estaba dispuesto a sacrificar vidas, incluso las de su familia, para parar eso. Así es.
No decimos más durante un rato. El silencio se condensa en el salón de manera similar a como la nieve se acumula fuera. Reina una paz espesa, mineral. Unas estalactitas en los ventanales brillan con un destello azulado.
Este sitio es hipnótico. Parece que nos encontremos fuera del tiempo. Sí, lo es, un lugar especial.
¿Vive aquí normalmente? La mitad del año. El resto, en Zúrich.
¿Esquía? Oh, sí.
¿Reside en Suiza para no hacerlo en Alemania? Oh, no, en absoluto; porque mi marido es suizo. Alemania está muy cerca.
¿Conserva cosas de su padre? Uniformes, medallas, reliquias. No muchas. Mi madre tenía algunas cosas, pero tampoco demasiadas. Vivieron juntos sólo diez años, ¿sabe? Y el anillo de boda se quedó en África.
Konstanze von Schulthess no lo aclara, no hace falta: su padre perdió la mano derecha, con el anillo, en 1943, cuando servía con el Afrika Korps, en Túnez, en un ataque de cazas aliados que lo dejó muy malherido. Perdió también dos dedos de la otra mano y el ojo izquierdo.
¿Cómo vivió su madre las mutilaciones de su padre? No la impresionaron. Le recuerdo de nuevo en qué época estaban: aquello se veía cada día. La gente vivía con la mutilación y la muerte de amigos y parientes.
Hablando de anillos, su padre tenía también uno que le había dado el poeta Stefan George, su mentor y maestro espiritual. Un hombre que fue muy importante para Von Stauffenberg y sus dos hermanos. No hablo de George. Nina lo aceptaba. Cuando iba a visitarlos, mi padre y él se encerraban en su despacho y mi madre nunca entraba. Era un mundo completamente aparte de ella. Como sabe, mi abuela paterna desconfiaba de la influencia de George sobre sus hijos. En todo caso, George murió en 1933.
¿Le gusta su poesía? La encuentro un tanto extraña.
En su familia, aparte de su padre, hay gente sensacional. Tengo debilidad, si me permite, por su tía Melitta Schiller, la esposa del hermano de su padre Alexander von Stauffenberg. Ella era una audaz y condecorada aviadora, piloto de pruebas de la Luftwaffe. Sí, ingeniera y testpilotin. Era encantadora y muy inteligente. Mi madre la quería mucho.
Su muerte fue muy trágica. La derribó un caza aliado cuando se dedicaba a volar a los campos para llevar ayuda a los miembros de la familia detenidos por la conspiración. Sí, llegó a aterrizar su aparato, muy malherida. Si la hubieran encontrado antes, habría sobrevivido.
Era medio judía. Su padre era judío.
Los nazis la dejaron en paz por la importancia de su trabajo aeronáutico. Su marido, Alexander, es el único de los tres hermanos Von Stauffenberg que sobrevivió. No estaba implicado en la conspiración. ¿Era el más débil? No, no, yo no diría eso. Era profesor de historia, un intelectual introvertido, aunque sirvió en la guerra también como oficial y resultó herido. Mi padre y mi tío Berthold lo mantuvieron alejado de la conjura. Pero igualmente los nazis lo enviaron a Dachau.
Berthold, que era oficial de la marina, estuvo en el Bendlerblock, la base del golpe en Berlín el 20 de julio. ¿Pudo despedirse de Claus antes de que fusilaran a éste? No están claros los acontecimientos de aquella noche.
¿Cree que se conserva bien la memoria de su padre? En general, sí. En Alemania es bien conocido ahora, más que en los años cincuenta y sesenta. Y con la película Valkiria empieza a ser mejor conocido en el extranjero. Mucha gente todavía piensa que ser alemán en esa época era ser nazi. Que nazi y alemán son sinónimos. La película quizá sirva para hacer comprender a esa gente que no es así. Que hubo también alemanes buenos.
¿Ha visto la película? Sí.
¿Qué le parece? Hay que recordar que es una película y no un documental. Su lógica es otra. Como película está bien. Y es respetuosa. No está nada, nada mal.
¿Y qué opina de Cruise encarnando a su padre? Eso ha de resultarle chocante. No imagino persona más diferente a Stauffenberg. Es encantador.
La película inventa algunas cosas. Eso de su padre poniendo el ojo de cristal en un vaso de otro conspirador… Bueno, mi padre, ¿sabe?, tenía unos cuantos ojos de cristal de repuesto, los perdía y rompía todo el tiempo porque no le gustaba llevarlos. Pero, sí, lo del vaso es una invención. La película cuenta la historia, pero a su manera.
¿Qué opina de las otras películas que se han hecho en que aparece su padre? La de Jo Baier de 2004 es en general correcta. Creo que Sebastian Koch lo interpreta bien. Aunque desgraciadamente mostraba a mi madre como una simple ama de casa descontenta con lo que hacía su marido, es decir, lo opuesto a lo que fue en realidad. Esa película fue una de las razones por las que escribí el libro. Para la película, Baier no quiso contactar con la familia, pero Koch lo hizo por su cuenta, vino a ver a mi madre. El filme de Pabst de 1955 es bueno, no tanto el de Falk Harnack del mismo año en el que Wolfgang Preiss llevaba el parche ¡en el ojo equivocado!
Ha caído la tarde. Aprovecho la atmósfera de intimidad para expresarle a Konstanze von Schulthess mi admiración por el coraje de su padre. Sonríe ante el arrebato vehemente y asiente. Acabamos el té. Luego me acompaña hasta la puerta. Una luz melancólica baña el paisaje nevado. Señalando a las montañas, me recuerda que por ellas pasó Aníbal con sus elefantes y luego menciona la campaña de César contra los belicosos germanos de la Rhaetia. Tras este armígero epílogo, digno de su padre, se despide con una inesperada advertencia, casi maternal: “Cuidado no patine, la nieve se ha helado”. El taxista no aparece por ningún lado y pronto se hará de noche. Quién sabe, igual incluso hay lobos cerca. Pero de casa de la hija de Von Stauffenberg no se sale con miedo.
Lee el artículo en El País
miércoles, 18 de febrero de 2009
Sabiduría de los de párvulos
Hace ya tiempo que quería dar un homenaje a los pequeños que en ocasiones, con su lógica aplastante, dan una lección de humor a aquellos a los que el
tiempo nos ha curtido la piel. Claro está que a unos más que a otros, pero pienso que cuando se alcanza una determinada edad, uno es niño y poco tiempo
después deja de serlo. Ser o no ser, como diría aquel.
Como digo, le daba vueltas a la idea de escribir un artículo de trastadas, cuando llegó a mi correo electrónico un mensaje de una amiga mía, la misma a la que la profesora le pidió que le entregara el examen en tinta, en el que se pormenorizaba acerca de algunas respuestas de niños. Me he tomado la libertad de incluirlo a continuación pues es muy interesante y prueba claramente ese humor y esa forma de ver el mundo que tienen quienes todavía tienen tiempo para no saber en qué consiste el pesimismo. Aún así, mi artículo de bromas innombrables sigue esperando su publicación, y me limitaré a adelantar que incluye trastadas que he recopilado por la red, algunas de conocidos míos, y para no caer en la ignominia de todos malos menos yo, también tengo en la recámara algunos disgustos provocados a mi familia.
De momento, os dejo con lo que recientemente ha llegado a mis manos.
CONSEJO: NO DISCUTAS CON LOS NIÑOS DE AHORA....
1.- Una niña le estaba hablando de las ballenas a su maestra. Laprofesora dijo que era físicamente imposible que una ballena setragara a un ser humano porque aunque era un mamífero muy grande sugarganta era muy pequeña. La niña afirmó que Jonás había sido tragado por una ballena.Irritada, la profesora le repitió que una ballena no podía tragarse aningún humano; físicamente era imposible. La niña dijo:
- Cuando llegue al cielo le voy a preguntar a Jonás.
La maestra le preguntó:
- ¿Y qué pasa si Jonás se fue al infierno?
La niña le contestó:
- Entonces le pregunta usted.
*******
2.- Una maestra de preescolar estaba observando a los niños de suclase mientras dibujaban. Ocasionalmente se paseaba por el salón paraver los trabajos de cada niño. Llegó donde había una niña quetrabajaba diligentemente, y le preguntó qué estaba dibujando. La niña replicó:
- Estoy dibujando a Dios.
La maestra se detuvo y dijo:
- Pero nadie sabe cómo es Dios.
Sin pestañear, y sin levantar la vista de su dibujo, la niñacontestó:
- Lo sabrán dentro de un minuto.
*******
3.- Una profesora de catecismo estaba discutiendo los DiezMandamientos con sus pupilos de 5 y 6 años. Después de explicar elmandamiento de 'Honrar a tu padre y a tu madre', les preguntó:
- ¿Hay algún mandamiento que nos enseñe cómo tratar a nuestroshermanos y hermanas?
Un muchachito (el mayor de su familia) contestó:
- No matarás.
*******
4.- Una honesta niña de siete años admitió calmadamente a sus papásque Luis Miguel la había besado después de la clase.
- ¿Cómo sucedió eso? -Preguntó asombrada su mamá.
- No fue fácil -admitió la pequeña señorita-, pero tres niñas meayudaron a agarrarlo.
*******
5.- Un día una niña estaba sentada observando a su mamá lavar losplatos en la cocina. De repente, notó que su mamá tenía varioscabellos blancos que sobresalían entre su cabellera oscura. Miró a sumamá y le preguntó inquisitivamente:
- ¿Por qué tienes algunos cabellos blancos, mamá?
Su madre le contestó:
- Bueno, cada vez que te portas mal y me haces llorar o me ponestriste, uno de mis cabellos se vuelve blanco.
La niña asimiló esta revelación por un rato y luego dijo:
- Mami, ¿por qué TODOS los cabellos de mi abuelitaestán blancos?
*******
6.- Un niño de tres años fue con su papá a ver una camada de gatitosrecién nacidos. De regreso a casa, le informó apresuradamente a sumamá que había dos gatitos y dos gatitas.
- ¿Cómo supiste eso? -Le preguntó su mamá.
- Papá los levantó y miró por debajo -replicó el niño-. Creo que allítienen la etiqueta.
*******
7.- Todos los niños habían salido en la fotografía y la maestra estabatratando de persuadirlos a cada uno de comprar una copia de lafotografía del grupo.
- Imaginaros qué bonito será cuando ya seáis todos mayores y digáis:'Allí está Catalina, es abogada', o también 'Ese es Miguel, ahora esdoctor'.
Sonó una vocecita desde atrás del salón:
- Y allí está la maestra. Ya se murió.
tiempo nos ha curtido la piel. Claro está que a unos más que a otros, pero pienso que cuando se alcanza una determinada edad, uno es niño y poco tiempo
después deja de serlo. Ser o no ser, como diría aquel.
Como digo, le daba vueltas a la idea de escribir un artículo de trastadas, cuando llegó a mi correo electrónico un mensaje de una amiga mía, la misma a la que la profesora le pidió que le entregara el examen en tinta, en el que se pormenorizaba acerca de algunas respuestas de niños. Me he tomado la libertad de incluirlo a continuación pues es muy interesante y prueba claramente ese humor y esa forma de ver el mundo que tienen quienes todavía tienen tiempo para no saber en qué consiste el pesimismo. Aún así, mi artículo de bromas innombrables sigue esperando su publicación, y me limitaré a adelantar que incluye trastadas que he recopilado por la red, algunas de conocidos míos, y para no caer en la ignominia de todos malos menos yo, también tengo en la recámara algunos disgustos provocados a mi familia.
De momento, os dejo con lo que recientemente ha llegado a mis manos.
CONSEJO: NO DISCUTAS CON LOS NIÑOS DE AHORA....
1.- Una niña le estaba hablando de las ballenas a su maestra. Laprofesora dijo que era físicamente imposible que una ballena setragara a un ser humano porque aunque era un mamífero muy grande sugarganta era muy pequeña. La niña afirmó que Jonás había sido tragado por una ballena.Irritada, la profesora le repitió que una ballena no podía tragarse aningún humano; físicamente era imposible. La niña dijo:
- Cuando llegue al cielo le voy a preguntar a Jonás.
La maestra le preguntó:
- ¿Y qué pasa si Jonás se fue al infierno?
La niña le contestó:
- Entonces le pregunta usted.
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2.- Una maestra de preescolar estaba observando a los niños de suclase mientras dibujaban. Ocasionalmente se paseaba por el salón paraver los trabajos de cada niño. Llegó donde había una niña quetrabajaba diligentemente, y le preguntó qué estaba dibujando. La niña replicó:
- Estoy dibujando a Dios.
La maestra se detuvo y dijo:
- Pero nadie sabe cómo es Dios.
Sin pestañear, y sin levantar la vista de su dibujo, la niñacontestó:
- Lo sabrán dentro de un minuto.
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3.- Una profesora de catecismo estaba discutiendo los DiezMandamientos con sus pupilos de 5 y 6 años. Después de explicar elmandamiento de 'Honrar a tu padre y a tu madre', les preguntó:
- ¿Hay algún mandamiento que nos enseñe cómo tratar a nuestroshermanos y hermanas?
Un muchachito (el mayor de su familia) contestó:
- No matarás.
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4.- Una honesta niña de siete años admitió calmadamente a sus papásque Luis Miguel la había besado después de la clase.
- ¿Cómo sucedió eso? -Preguntó asombrada su mamá.
- No fue fácil -admitió la pequeña señorita-, pero tres niñas meayudaron a agarrarlo.
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5.- Un día una niña estaba sentada observando a su mamá lavar losplatos en la cocina. De repente, notó que su mamá tenía varioscabellos blancos que sobresalían entre su cabellera oscura. Miró a sumamá y le preguntó inquisitivamente:
- ¿Por qué tienes algunos cabellos blancos, mamá?
Su madre le contestó:
- Bueno, cada vez que te portas mal y me haces llorar o me ponestriste, uno de mis cabellos se vuelve blanco.
La niña asimiló esta revelación por un rato y luego dijo:
- Mami, ¿por qué TODOS los cabellos de mi abuelitaestán blancos?
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6.- Un niño de tres años fue con su papá a ver una camada de gatitosrecién nacidos. De regreso a casa, le informó apresuradamente a sumamá que había dos gatitos y dos gatitas.
- ¿Cómo supiste eso? -Le preguntó su mamá.
- Papá los levantó y miró por debajo -replicó el niño-. Creo que allítienen la etiqueta.
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7.- Todos los niños habían salido en la fotografía y la maestra estabatratando de persuadirlos a cada uno de comprar una copia de lafotografía del grupo.
- Imaginaros qué bonito será cuando ya seáis todos mayores y digáis:'Allí está Catalina, es abogada', o también 'Ese es Miguel, ahora esdoctor'.
Sonó una vocecita desde atrás del salón:
- Y allí está la maestra. Ya se murió.
domingo, 8 de febrero de 2009
La cara oculta de Aguirre
Su control de casi todos los resortes del poder económico y local en Madrid es personal. No delega. Nombra y reparte
cargos a cualquier nivel. Bajo el régimen de Esperanza Aguirre nadie se fia de nadie. LUIS GÓMEZ 08/02/2009
El primer logro de Esperanza Aguirre en Madrid fue promover la plantación de un millón de árboles en la capital
durante su etapa como concejal de Medio Ambiente en el Ayuntamiento. Así lo hacen constar las biografías oficiales.
Durante su primera campaña como candidata a la presidencia de la Comunidad, una persona de su entorno la recomendó
que no abusara en público de ese resultado.
Nacimiento: 03-01-1952 Lugar: Madrid
La maquinaria del Partido Popular en Madrid preparó con profesionalidad la campaña de una candidata como Esperanza
Aguirre a las elecciones autonómicas de 2003 para dar satisfacción a una apuesta personal del presidente Aznar, que
quiso jugar al ajedrez con el destino. Un recién llegado Zapatero había colocado a Trinidad Jiménez como cartel
electoral del PSOE al Ayuntamiento. Zapatero quería la capital y Aznar movió ficha: defendería la plaza con un peso
pesado como Gallardón y dejaría la Comunidad para Aguirre.
No había mucho tiempo para cambiar la imagen de una candidata cuya gestión al frente del Ministerio de Educación y
Cultura era mejor recordada por sus meteduras de pata y su desparpajo ante las cámaras del programa Caiga quien
caiga que le dedicaba semanalmente un espacio estelar. Esa popularidad televisiva era un punto a favor. Por lo
demás, Aguirre no tenía ningún peso político en el partido en Madrid. No conocía la realidad de Madrid. Tampoco
tenía equipo, salvo un cuarteto de asesores externos con los que se reunía periódicamente en la sede que por
entonces tenía la Fundación FAES en la calle de Velázquez. En ese cuarteto figuraban dos periodistas: Miguel Ángel
Rodríguez, primer portavoz del Gobierno Aznar, y Manuel Soriano, quien fuera su jefe de prensa en el ministerio. De
la importancia de estos asesores se supo tiempo después.
La maquinaria del partido diseñó una estrategia sencilla. La recomendaron vestirse al estilo Zara para aliviar su
imagen de marquesa consorte y la pasearon por los pueblos de Madrid, a la sombra de Ruiz-Gallardón. Su capacidad
para conectar con el ciudadano medio era evidente pero, al mismo tiempo, su desenfado era temerario: no parecía
afectarle demasiado dejar al desnudo su ignorancia ante alcaldes y técnicos. En una primera reunión con los
consejeros de la Comunidad de Madrid para empaparse de la realidad de la región, Esperanza Aguirre dejó
impresionados a los presentes. Lejos de adoptar una actitud humilde, terminó tachándoles de socialdemócratas. Y
luego estaban algunos otros detalles menos conocidos de su personalidad: durante el desplazamiento a un acto
electoral era capaz de pasarse el viaje discutiendo con el chófer sobre la ruta a seguir antes que aprovechar el
tiempo para repasar el discurso. Aguirre era un personaje caótico y temerario. No ocultaba la irritación que le
producía tener que cerrar los actos después de su compañero de partido, de quien envidiaba que su campaña disfrutara
de mayor presupuesto. Su entorno comenzó a vivir emociones fuertes. Ante la posibilidad de una derrota electoral
vistas las encuestas y que su imagen no acababa de despuntar, soltó una frase lapidaria que sorprendió a quienes la
escucharon: "Si pierdo, será culpa de Aznar".
Esperanza Aguirre era por entonces un personaje secundario en el partido. Cinco años después, nadie puede afirmar lo
mismo.
Un lustro después, Aguirre ha tomado al asalto buena parte de las instituciones del poder local madrileño. Y domina
el partido en Madrid. Cinco años después, Aguirre es reconocida como seria candidata a la presidencia nacional del
PP si Rajoy termina por sufrir un nuevo fracaso. Quiere ser presidenta del Gobierno. No oculta sus intenciones. Una
poderosa maquinaria propagandística está de su parte y en ello tienen mucha responsabilidad aquellos asesores
externos de la calle de Velázquez. Aguirre ocupa mucho espacio. Hace oposición a su propio partido y al Gobierno
central. Es tan incómoda para Rajoy como pueda serlo para Zapatero. En una biografía autorizada escrita en 2006 por
la periodista Virginia Drake, titulada sin inocencia Esperanza Aguirre. La presidenta, recibe calificativos como
"leal", "brutalmente sincera", "austera", "decidida", "mandona" e "hiperactiva". El libro resalta un lema que guía
su conducta: "Delega todo, menos la supervisión". El libro podría haberse enriquecido con otros calificativos que se
desprenden de los comentarios de personajes que colaboran o han colaborado con ella en los últimos tiempos.
Populista. Temeraria. Obcecada. Trabajadora. Ambiciosa. Caótica. Implacable. Astuta. Intolerante. Déspota. Sobre su
capacidad para delegar decisiones existe un criterio unánime: ninguno de sus consejeros tiene autonomía de decisión.
Aguirre controla con mano de hierro los aspectos fundamentales de la gestión. Y a veces, incluso, los accesorios.
"Es capaz de discutir con los arquitectos o los ingenieros aspectos técnicos de una obra aun siendo consciente de su
ignorancia en la materia. Puede obligar a ubicar la instalación de una estación de metro donde se le ocurre, dando
la impresión de que la opinión que ha escuchado a un vecino pueda tener el mismo peso que el dictamen de un experto.
Puede hacer la pregunta más peregrina sobre el mobiliario de un edificio en construcción. O puede obligar a pintar
de nuevo la fachada de un hospital porque no le gusta el color", recuerda un ex consejero.
Otro colaborador no reprime su opinión: "Maltrata a los que percibe como débiles, lo cual es una condición muy
propia de personas de la clase alta. Es de las que tutean a quienes sabe que no la pueden tutear". Este aspecto
menos conocido de la personalidad de Aguirre se manifiesta desde antaño. La conoce quienes han sido víctimas de su
forma de ejercer la autoridad. Elena Salgado, actual ministra de Administraciones Públicas, ha tenido serios
enfrentamientos con Aguirre, los más notorios durante su periodo como ministra de Sanidad como consecuencia de la
resistencia de Aguirre a aplicar las normas de la ley antitabaco en la Comunidad de Madrid. Pero Elena Salgado fue
durante unos meses directora de la Fundación Teatro Lírico, responsable por tanto del Teatro Real de Madrid,
dependiente del Ministerio de Educación y Cultura en aquel entonces, cuyo titular era Esperanza Aguirre. Elena
Salgado nunca ha olvidado la llamada telefónica en la que Aguirre le comunicó su cese. El tono y el contenido de esa
breve conversación dice mucho sobre ciertos rasgos de Aguirre. Quiso ser amable y al mismo tiempo implacable. Y
astuta, porque dejó la huella de un culpable.
-Elena, siento decirte esto porque nuestros hijos van al mismo colegio, pero el secretario de Estado me ha dicho que
no puedes seguir en el cargo ni un minuto más.
Aguirre podía parecer una candidata débil y sin apoyos políticos en la primavera del año 2003. Es más, su carrera
política parecía acabada tras su fracaso electoral en Madrid frente a un candidato sin gancho como el socialista
Rafael Simancas. La derrota de Aguirre significaba el primer gran éxito de Zapatero. Sin embargo, un suceso grave,
extraño y nunca suficientemente investigado, modificó su destino: los diputados socialistas Tamayo y Sáez cambiaron
inexplicablemente el sentido de su voto en la Asamblea de Madrid y alteraron la decisión popular. Las elecciones
debieron repetirse y Aguirre conquistó la presidencia en octubre. Aquel asunto dejó un rastro maloliente procedente
de las alcantarillas de la política madrileña. ¿Qué estaba pasando en Madrid? ¿Qué extraños intereses se cocinaban?
Cinco años después, cuando el asunto parecía olvidado, vuelve el mal olor a la capital: los políticos se espían unos
a otros, circulan informes comprometedores, florecen ex policías haciendo tareas de vigilancia y agencias de
detectives pagadas por quién sabe quién. Y en el centro de ese círculo vicioso vuelve a estar Esperanza Aguirre.
Claro está que todo parecía haber cambiado en un lustro. Radicalmente. Aguirre se había convertido en un peso pesado
del Partido Popular. Su tenacidad había superado la prueba. Algunos de aquellos asesores externos a quienes gente
del partido no tomaron en consideración en el año 2003 revelaron su decisiva influencia tiempo después. Manuel
Soriano, por ejemplo, fue nombrado director de Telemadrid. Su trabajo no pasó desapercibido tras desmontar unos
servicios informativos que gozaban de cierta credibilidad.
Telemadrid superaba el listón. Censura y parcialidad son vicios generales en las cadenas autonómicas. Pero algunos
sucesos demostraban que Telemadrid estaba al servicio no sólo de la presidenta, sino de una estrategia de calado
político de más altos vuelos. Un ejemplo bien patente fue una tarjeta manuscrita de Manuel Soriano dirigida al jefe
de gabinete de Esperanza Aguirre, Regino García-Badell Arias. Con relación a un documental sobre la investigación de
los atentados en Madrid del 11 de marzo de 2004 (Tres días de marzo), Soriano escribía: "Pásaselo a la presidenta",
rezaba el manuscrito, "creo que ha quedado bastante bien cinematográficamente... e ideológicamente". Para ser un
presunto reportaje de investigación, el término "ideológicamente" era bastante significativo. Tiempo después,
Telemadrid fue protagonista de otro episodio: la manipulación de un reportaje para demostrar que el aeropuerto de
Barajas era un coladero de inmigrantes. Unos reporteros guiados por un policía manipularon una puerta de acceso para
hacer creer que se podía evitar el control policial. Los manipuladores no se percataron de que estaban siendo
grabados por unas cámaras de seguridad.
Tras la televisión, Esperanza Aguirre inició una implacable conquista de todas y cada una de las instituciones de
poder local y económico de la capital. En el capítulo económico, no le importó provocar algunos conflictos para
hacerse con los mandos del Ifema o la Cámara de Comercio. También ha mantenido disputas con el Ayuntamiento de
Madrid en Metro o el Consorcio Turístico. Y últimamente se ha lanzado al asalto de Cajamadrid, su maniobra más
reciente, todavía sin consumar. En el terreno político, primero actuó en la Comunidad, donde fue barriendo a todos
cuantos mostraron cierto grado de fidelidad al alcalde Gallardón. Luego, cerró el círculo con el PP en Madrid.
Aguirre no tardó mucho en mostrar otros rasgos de su personalidad tanto en labores de oposición como en la gestión
de algunos casos especialmente sensibles. Uno particularmente grave fue el conocido como caso de las sedaciones en
el hospital de Leganés. A primeros de marzo de 2005 llega una denuncia anónima al despacho del consejero Manuel
Lamela acerca de 400 supuestas sedaciones irregulares en pacientes terminales del hospital Severo Ochoa de Leganés,
con resultado de fallecimiento. Esa denuncia ponía en entredicho la honorabilidad de 11 médicos, dirigidos por
Manuel Montes, responsable de las urgencias de dicho hospital, la mayoría de ellos doctores de conocida ideología
política izquierdista. Una denuncia parecida había sido investigada en el año 2003, con el PP en el Gobierno de
Madrid, y sobreseída tras una profunda inspección que concluyó con un elogio a la profesionalidad de Montes y su
equipo. Lamela, sin embargo, decide llevar el caso adelante y hacerlo público, momento a partir del cual se monta el
escándalo con Telemadrid al frente de las operaciones junto a otros medios informativos que acusan a los médicos
poco menos que de asesinos. Tras el caso emerge un debate ideológico acerca de la eutanasia. A pesar de las dudas
que despierta la rigurosidad de la denuncia, Esperanza Aguirre defiende la posición de Lamela y termina dirigiendo
la polémica. Los médicos son apartados de sus funciones, algunos deben emigrar a otra comunidad autónoma porque se
les advierte de que no encontrarán un puesto de trabajo en la sanidad madrileña. Se nombran comisiones con expertos
afines y se judicializa el caso esperando una sentencia favorable. Aguirre llegó a manifestar que si los jueces
daban la razón a los médicos, éstos serían readmitidos. Tras tres años de penalidades, de informes favorables, de
dura batalla legal, los médicos imputados fueron exonerados de toda mala praxis. Aguirre no movió un músculo. No los
readmitió. Poco pareció importar las consecuencias que tuvo aquel caso para los pacientes terminales de muchos
hospitales. Demasiada gente murió en medio de un sufrimiento innecesario. Según Aguirre, aquella fue una batalla
política más. Y, como suele sucederla con frecuencia, nunca aceptó la derrota.
La conquista del poder en Madrid se produjo palmo a palmo. Aguirre no se ha limitado a una política clásica de
nombramientos de hombres clave en puestos clave. Ni siquiera acepta de buen grado que haya familias a su alrededor.
A pesar de lo que reza su biografía oficial, no delega. Nombra. Y nombra a cualquier nivel: no permite que cada
consejero se haga su propio equipo al completo. Elige desde una secretaria, hasta un director general o un
secretario técnico, pasando por un viceconsejero. "Que se lo pregunten a Luis Peral (consejero de Educación), que
conoció a su viceconsejero en su toma de posesión", cuenta un ex consejero. Así que el círculo que rodea a la
presidenta es al mismo tiempo muy estrecho y muy amplio. Y ahí está la clave de su poder.
Porque la toma de decisiones importantes se adopta en el círculo más estrecho. Realmente, sus colaboradores más
cercanos, sus fieles, son muy pocos. Tres, según las fuentes consultadas: Regino García-Badell, su jefe de gabinete
y sobrino del difunto presidente del Gobierno franquista Carlos Arias Navarro, al que un director general que le
conoce con profundidad define como "un hombre desencantado de la política que proviene del anarquismo". García-
Badell es quien prepara los discursos de Aguirre y quien elabora los resúmenes de algunos asuntos importantes. Luego
está Javier Fernández Lasquetty (colaborador de Aguirre en el Ayuntamiento de Madrid, el Ministerio de Educación y
en el Senado, secretario general de FAES y actual consejero de Inmigración y Cooperación). Y naturalmente, Ignacio
González, el vicepresidente, considerado como la mano derecha de Aguirre en la gestión de sus estrategias. Son los
aguirristas en estado puro. El resto son recién llegados, procedentes de diferentes sectores, peones en la
estrategia conquistadora de la presidenta, una suerte de ex gallardonistas (Cortés y Beteta), de hombres de Rato
(Güemes), de supervivientes del entorno de Álvarez del Manzano y de amigos o compromisos de Aznar. Aguirre ha
utilizado el poder para tejer una tupida red de clientelismo llevada en algunos casos al extremo.
Porque Aguirre despacha con sus tres fieles pero atiende a todo aquel que la llame. Conocida es su adicción al
teléfono móvil, del que no se separa y que utiliza a cada momento, bien para enviar mensajes, bien para comentar
algún detalle a cualquier hora del día por inhóspita que pueda parecer. Aguirre no descansa. Duerme cuatro horas,
según su biografía autorizada. Descansa apenas un cuarto de hora después de la comida, según sus colaboradores, en
un tresillo ubicado en su despacho privado, mucho más pequeño que el oficial. Allí se siente como en casa. Atiende
algunas reuniones sin importar su aspecto: "Estaba descalza", recuerda un colaborador, "envuelta en una pequeña
manta y con las medias bajadas hasta los tobillos". Aguirre escucha a mucha gente y de muy distinta procedencia y
ésa es una de las claves de su poder. Lo mismo se informa a través de una secretaria, que de un director general.
La consecuencia es que ella aparenta estar en todo. Ningún consejero tiene autonomía en las grandes decisiones del
gasto. Todo debe pasar por lo que se conoce como la "preparatoria", una especie de reunión previa a la Junta de
Gobierno, a imagen y semejanza de una comisión de subsecretarios. Todas las inversiones pasan por Ignacio González.
Y mucha gente reporta información a Esperanza Aguirre, de tal forma que cuando llega la reunión de la junta de
Gobierno, cualquier consejero puede encontrarse con sorpresas. Esperanza puede hacer cualquier pregunta inesperada.
O contestar al consejero con frases como "pues tu director general no piensa lo mismo" o "tu viceconsejero opina lo
contrario". Aguirre es especialmente astuta a la hora de gestionar los enfrentamientos entre sus colaboradores.
Ese comportamiento ha propiciado que, en el Gobierno de Madrid, nadie se fíe de nadie. Nadie tenga equipo. No haya
familias. ¿Qué seguridad puede tener un consejero en lo que hace si cualquier persona de su departamento informa a
la presidenta? La desconfianza, el enfrentamiento, el control absoluto que emana de Aguirre y González explica que
germine el juego sucio en la defensa de intereses o ambiciones particulares. Un juego sucio que nunca parece haber
abandonado la política madrileña.
La crisis de los espías ha puesto de manifiesto que las vigilancias o la elaboración de dossiers comprometedores no
responden a un solo caso, ni apuntan en una sola dirección, ni siquiera datan de unas fechas en concreto: el rastro
de los dossiers y las declaraciones de los presuntos afectados revela una acción continuada en el tiempo, que
recorre de principio al final el lustro de Aguirre en la presidencia de la Comunidad, desde cuando el vicealcalde
Manuel Cobo aspiró inútilmente a dirigir el partido en Madrid hasta la destitución de dos consejeros fichados por el
equipo de Rajoy (Manuel Lamela y Alfredo Prada). Un día después de la destitución de Prada, el 26 de junio de 2008,
cuatro funcionarios de la Consejería de Interior registraron un despacho del campus de la Justicia, se llevaron
documentos y un ordenador. Dicho despacho dependía de Alfredo Prada.
La revelación de que los consejeros utilizaban tarjetas telefónicas prepago cada 15 días es sintomática. Lo que
constituye una práctica habitual de la delincuencia organizada para evitar pinchazos telefónicos de la policía es
ahora imitada por políticos madrileños. Que la iniciativa parta del vicepresidente Ignacio González es también
elocuente. Precisamente, el excesivo poder de González es el centro de muchas críticas internas en la Comunidad. "No
sabemos cómo acabará esto", reconoce un consejero, "pero nadie se imagina a Esperanza Aguirre sin Ignacio González.
Si tiene que caer alguna cabeza, no podrá ser la suya. Esperanza no lo permitirá. Y si no, morirá matando".
Espionaje, miedo a los pinchazos, lucha de poder. Así es el entorno de la política madrileña. Un entorno que el ex
director de Abc José Antonio Zarzalejos denominó como "complicado" en una entrevista donde desvelaba las presiones
que había sufrido desde la Comunidad de Madrid durante su etapa como responsable del matutino madrileño. Sobre
Esperanza Aguirre, Zarzalejos hizo el siguiente comentario: "Tiene una ambición poco controlada y un entorno que me
voy a limitar a calificar como complicado. No conozco a ningún personaje político con poder político y económico que
tenga un comportamiento más alejado de algunas prácticas democráticas". Sobre el liderazgo de la presidenta, un
antiguo colaborador ha expresado una opinión tajante: "La ideología liberal de Esperanza Aguirre es pura fachada. Su
comportamiento está más cerca de Hugo Chávez que de Ángela Merkel".
Otros episodios dibujan cómo en Madrid abunda el juego subterráneo y cómo el famoso caso Tamayo y Sáez quizás no fue
un hecho aislado. Cuando los casos de corrupción urbanística arreciaban en distintos puntos de la geografía
española, sale a colación un presunto caso en Madrid que tiene como protagonista al director general de Urbanismo,
Enrique Porto, posteriormente investigado por la Fiscalía Anticorrupción. Tiempo después, Porto debe dejar su
puesto. Sin embargo, Aguirre encuentra un nuevo frente sobre el que desviar la atención: el caso Ciempozuelos, que
afecta a dos ediles socialistas, Torrejón y Tejeiro. El caso lo destapa un periódico (Abc) y deja algunos puntos
oscuros acerca de la filtración de unos documentos desde un organismo oficial, el Sepblac (Servicio de Prevención
contra el Blanqueo de Capitales), dependiente del Banco de España. Curiosamente, el juez que inicia las
investigaciones, Agustín Carretero, juez decano de Valdemoro, abandona su puesto el 5 de julio de 2007 para servir
al Gobierno de Esperanza Aguirre como alto cargo de la dirección general de Política Interior en funciones de
gerente de la Academia de Policía. Dicho organismo depende de la Consejería de Interior, cuyo responsable es
Francisco Granados. Por su parte, Vicente García Novoa, inspector jefe de policía en el Sepblac, sospechoso de haber
ocultado documentación relacionada con el caso, es contratado como asesor por la Consejería de Vivienda de la
Comunidad de Madrid. Ambas contrataciones, directamente relacionadas con un caso que benefició los intereses
políticos de Esperanza Aguirre, nunca han sido explicados. Para remate, el ex policía García Novoa mantenía una
conocida amistad con Álvaro Puerta, tesorero del PP, hombre de Rajoy, conocedor de algunos dossiers en el año 2006,
y uno de los presuntos afectados por el espionaje, un extraño caso de testigo y víctima al mismo tiempo.
La investigación judicial tratará de determinar quién espiaba a quién y por qué. La contratación de ex policías y ex
guardias civiles para trabajar en una consejería que no tiene competencias en materia policial es indiscutible.
Estaban a las órdenes de Francisco Granados, consejero de Presidencia, Justicia e Interior. Que realizaban
actividades de vigilancia por encargo es algo más que una sospecha. Las pruebas documentales demuestran que el
vicepresidente Ignacio González fue seguido y espiado durante viajes de carácter privado al extranjero. La fusión de
altos cargos espiados y altos cargos presuntos jefes de los espías es una bomba de relojería dentro del régimen de
Aguirre, una persona que precisamente se vanagloriaba de disponer de información privilegiada. El ambiente en Madrid
está altamente contaminado: a la desconfianza se le añade la sospecha. La suma de todo abre una grave crisis en su
gobierno.
El País: LUIS GÓMEZ 08/02/2009
Aquí tienes el
Artículo
cargos a cualquier nivel. Bajo el régimen de Esperanza Aguirre nadie se fia de nadie. LUIS GÓMEZ 08/02/2009
El primer logro de Esperanza Aguirre en Madrid fue promover la plantación de un millón de árboles en la capital
durante su etapa como concejal de Medio Ambiente en el Ayuntamiento. Así lo hacen constar las biografías oficiales.
Durante su primera campaña como candidata a la presidencia de la Comunidad, una persona de su entorno la recomendó
que no abusara en público de ese resultado.
Nacimiento: 03-01-1952 Lugar: Madrid
La maquinaria del Partido Popular en Madrid preparó con profesionalidad la campaña de una candidata como Esperanza
Aguirre a las elecciones autonómicas de 2003 para dar satisfacción a una apuesta personal del presidente Aznar, que
quiso jugar al ajedrez con el destino. Un recién llegado Zapatero había colocado a Trinidad Jiménez como cartel
electoral del PSOE al Ayuntamiento. Zapatero quería la capital y Aznar movió ficha: defendería la plaza con un peso
pesado como Gallardón y dejaría la Comunidad para Aguirre.
No había mucho tiempo para cambiar la imagen de una candidata cuya gestión al frente del Ministerio de Educación y
Cultura era mejor recordada por sus meteduras de pata y su desparpajo ante las cámaras del programa Caiga quien
caiga que le dedicaba semanalmente un espacio estelar. Esa popularidad televisiva era un punto a favor. Por lo
demás, Aguirre no tenía ningún peso político en el partido en Madrid. No conocía la realidad de Madrid. Tampoco
tenía equipo, salvo un cuarteto de asesores externos con los que se reunía periódicamente en la sede que por
entonces tenía la Fundación FAES en la calle de Velázquez. En ese cuarteto figuraban dos periodistas: Miguel Ángel
Rodríguez, primer portavoz del Gobierno Aznar, y Manuel Soriano, quien fuera su jefe de prensa en el ministerio. De
la importancia de estos asesores se supo tiempo después.
La maquinaria del partido diseñó una estrategia sencilla. La recomendaron vestirse al estilo Zara para aliviar su
imagen de marquesa consorte y la pasearon por los pueblos de Madrid, a la sombra de Ruiz-Gallardón. Su capacidad
para conectar con el ciudadano medio era evidente pero, al mismo tiempo, su desenfado era temerario: no parecía
afectarle demasiado dejar al desnudo su ignorancia ante alcaldes y técnicos. En una primera reunión con los
consejeros de la Comunidad de Madrid para empaparse de la realidad de la región, Esperanza Aguirre dejó
impresionados a los presentes. Lejos de adoptar una actitud humilde, terminó tachándoles de socialdemócratas. Y
luego estaban algunos otros detalles menos conocidos de su personalidad: durante el desplazamiento a un acto
electoral era capaz de pasarse el viaje discutiendo con el chófer sobre la ruta a seguir antes que aprovechar el
tiempo para repasar el discurso. Aguirre era un personaje caótico y temerario. No ocultaba la irritación que le
producía tener que cerrar los actos después de su compañero de partido, de quien envidiaba que su campaña disfrutara
de mayor presupuesto. Su entorno comenzó a vivir emociones fuertes. Ante la posibilidad de una derrota electoral
vistas las encuestas y que su imagen no acababa de despuntar, soltó una frase lapidaria que sorprendió a quienes la
escucharon: "Si pierdo, será culpa de Aznar".
Esperanza Aguirre era por entonces un personaje secundario en el partido. Cinco años después, nadie puede afirmar lo
mismo.
Un lustro después, Aguirre ha tomado al asalto buena parte de las instituciones del poder local madrileño. Y domina
el partido en Madrid. Cinco años después, Aguirre es reconocida como seria candidata a la presidencia nacional del
PP si Rajoy termina por sufrir un nuevo fracaso. Quiere ser presidenta del Gobierno. No oculta sus intenciones. Una
poderosa maquinaria propagandística está de su parte y en ello tienen mucha responsabilidad aquellos asesores
externos de la calle de Velázquez. Aguirre ocupa mucho espacio. Hace oposición a su propio partido y al Gobierno
central. Es tan incómoda para Rajoy como pueda serlo para Zapatero. En una biografía autorizada escrita en 2006 por
la periodista Virginia Drake, titulada sin inocencia Esperanza Aguirre. La presidenta, recibe calificativos como
"leal", "brutalmente sincera", "austera", "decidida", "mandona" e "hiperactiva". El libro resalta un lema que guía
su conducta: "Delega todo, menos la supervisión". El libro podría haberse enriquecido con otros calificativos que se
desprenden de los comentarios de personajes que colaboran o han colaborado con ella en los últimos tiempos.
Populista. Temeraria. Obcecada. Trabajadora. Ambiciosa. Caótica. Implacable. Astuta. Intolerante. Déspota. Sobre su
capacidad para delegar decisiones existe un criterio unánime: ninguno de sus consejeros tiene autonomía de decisión.
Aguirre controla con mano de hierro los aspectos fundamentales de la gestión. Y a veces, incluso, los accesorios.
"Es capaz de discutir con los arquitectos o los ingenieros aspectos técnicos de una obra aun siendo consciente de su
ignorancia en la materia. Puede obligar a ubicar la instalación de una estación de metro donde se le ocurre, dando
la impresión de que la opinión que ha escuchado a un vecino pueda tener el mismo peso que el dictamen de un experto.
Puede hacer la pregunta más peregrina sobre el mobiliario de un edificio en construcción. O puede obligar a pintar
de nuevo la fachada de un hospital porque no le gusta el color", recuerda un ex consejero.
Otro colaborador no reprime su opinión: "Maltrata a los que percibe como débiles, lo cual es una condición muy
propia de personas de la clase alta. Es de las que tutean a quienes sabe que no la pueden tutear". Este aspecto
menos conocido de la personalidad de Aguirre se manifiesta desde antaño. La conoce quienes han sido víctimas de su
forma de ejercer la autoridad. Elena Salgado, actual ministra de Administraciones Públicas, ha tenido serios
enfrentamientos con Aguirre, los más notorios durante su periodo como ministra de Sanidad como consecuencia de la
resistencia de Aguirre a aplicar las normas de la ley antitabaco en la Comunidad de Madrid. Pero Elena Salgado fue
durante unos meses directora de la Fundación Teatro Lírico, responsable por tanto del Teatro Real de Madrid,
dependiente del Ministerio de Educación y Cultura en aquel entonces, cuyo titular era Esperanza Aguirre. Elena
Salgado nunca ha olvidado la llamada telefónica en la que Aguirre le comunicó su cese. El tono y el contenido de esa
breve conversación dice mucho sobre ciertos rasgos de Aguirre. Quiso ser amable y al mismo tiempo implacable. Y
astuta, porque dejó la huella de un culpable.
-Elena, siento decirte esto porque nuestros hijos van al mismo colegio, pero el secretario de Estado me ha dicho que
no puedes seguir en el cargo ni un minuto más.
Aguirre podía parecer una candidata débil y sin apoyos políticos en la primavera del año 2003. Es más, su carrera
política parecía acabada tras su fracaso electoral en Madrid frente a un candidato sin gancho como el socialista
Rafael Simancas. La derrota de Aguirre significaba el primer gran éxito de Zapatero. Sin embargo, un suceso grave,
extraño y nunca suficientemente investigado, modificó su destino: los diputados socialistas Tamayo y Sáez cambiaron
inexplicablemente el sentido de su voto en la Asamblea de Madrid y alteraron la decisión popular. Las elecciones
debieron repetirse y Aguirre conquistó la presidencia en octubre. Aquel asunto dejó un rastro maloliente procedente
de las alcantarillas de la política madrileña. ¿Qué estaba pasando en Madrid? ¿Qué extraños intereses se cocinaban?
Cinco años después, cuando el asunto parecía olvidado, vuelve el mal olor a la capital: los políticos se espían unos
a otros, circulan informes comprometedores, florecen ex policías haciendo tareas de vigilancia y agencias de
detectives pagadas por quién sabe quién. Y en el centro de ese círculo vicioso vuelve a estar Esperanza Aguirre.
Claro está que todo parecía haber cambiado en un lustro. Radicalmente. Aguirre se había convertido en un peso pesado
del Partido Popular. Su tenacidad había superado la prueba. Algunos de aquellos asesores externos a quienes gente
del partido no tomaron en consideración en el año 2003 revelaron su decisiva influencia tiempo después. Manuel
Soriano, por ejemplo, fue nombrado director de Telemadrid. Su trabajo no pasó desapercibido tras desmontar unos
servicios informativos que gozaban de cierta credibilidad.
Telemadrid superaba el listón. Censura y parcialidad son vicios generales en las cadenas autonómicas. Pero algunos
sucesos demostraban que Telemadrid estaba al servicio no sólo de la presidenta, sino de una estrategia de calado
político de más altos vuelos. Un ejemplo bien patente fue una tarjeta manuscrita de Manuel Soriano dirigida al jefe
de gabinete de Esperanza Aguirre, Regino García-Badell Arias. Con relación a un documental sobre la investigación de
los atentados en Madrid del 11 de marzo de 2004 (Tres días de marzo), Soriano escribía: "Pásaselo a la presidenta",
rezaba el manuscrito, "creo que ha quedado bastante bien cinematográficamente... e ideológicamente". Para ser un
presunto reportaje de investigación, el término "ideológicamente" era bastante significativo. Tiempo después,
Telemadrid fue protagonista de otro episodio: la manipulación de un reportaje para demostrar que el aeropuerto de
Barajas era un coladero de inmigrantes. Unos reporteros guiados por un policía manipularon una puerta de acceso para
hacer creer que se podía evitar el control policial. Los manipuladores no se percataron de que estaban siendo
grabados por unas cámaras de seguridad.
Tras la televisión, Esperanza Aguirre inició una implacable conquista de todas y cada una de las instituciones de
poder local y económico de la capital. En el capítulo económico, no le importó provocar algunos conflictos para
hacerse con los mandos del Ifema o la Cámara de Comercio. También ha mantenido disputas con el Ayuntamiento de
Madrid en Metro o el Consorcio Turístico. Y últimamente se ha lanzado al asalto de Cajamadrid, su maniobra más
reciente, todavía sin consumar. En el terreno político, primero actuó en la Comunidad, donde fue barriendo a todos
cuantos mostraron cierto grado de fidelidad al alcalde Gallardón. Luego, cerró el círculo con el PP en Madrid.
Aguirre no tardó mucho en mostrar otros rasgos de su personalidad tanto en labores de oposición como en la gestión
de algunos casos especialmente sensibles. Uno particularmente grave fue el conocido como caso de las sedaciones en
el hospital de Leganés. A primeros de marzo de 2005 llega una denuncia anónima al despacho del consejero Manuel
Lamela acerca de 400 supuestas sedaciones irregulares en pacientes terminales del hospital Severo Ochoa de Leganés,
con resultado de fallecimiento. Esa denuncia ponía en entredicho la honorabilidad de 11 médicos, dirigidos por
Manuel Montes, responsable de las urgencias de dicho hospital, la mayoría de ellos doctores de conocida ideología
política izquierdista. Una denuncia parecida había sido investigada en el año 2003, con el PP en el Gobierno de
Madrid, y sobreseída tras una profunda inspección que concluyó con un elogio a la profesionalidad de Montes y su
equipo. Lamela, sin embargo, decide llevar el caso adelante y hacerlo público, momento a partir del cual se monta el
escándalo con Telemadrid al frente de las operaciones junto a otros medios informativos que acusan a los médicos
poco menos que de asesinos. Tras el caso emerge un debate ideológico acerca de la eutanasia. A pesar de las dudas
que despierta la rigurosidad de la denuncia, Esperanza Aguirre defiende la posición de Lamela y termina dirigiendo
la polémica. Los médicos son apartados de sus funciones, algunos deben emigrar a otra comunidad autónoma porque se
les advierte de que no encontrarán un puesto de trabajo en la sanidad madrileña. Se nombran comisiones con expertos
afines y se judicializa el caso esperando una sentencia favorable. Aguirre llegó a manifestar que si los jueces
daban la razón a los médicos, éstos serían readmitidos. Tras tres años de penalidades, de informes favorables, de
dura batalla legal, los médicos imputados fueron exonerados de toda mala praxis. Aguirre no movió un músculo. No los
readmitió. Poco pareció importar las consecuencias que tuvo aquel caso para los pacientes terminales de muchos
hospitales. Demasiada gente murió en medio de un sufrimiento innecesario. Según Aguirre, aquella fue una batalla
política más. Y, como suele sucederla con frecuencia, nunca aceptó la derrota.
La conquista del poder en Madrid se produjo palmo a palmo. Aguirre no se ha limitado a una política clásica de
nombramientos de hombres clave en puestos clave. Ni siquiera acepta de buen grado que haya familias a su alrededor.
A pesar de lo que reza su biografía oficial, no delega. Nombra. Y nombra a cualquier nivel: no permite que cada
consejero se haga su propio equipo al completo. Elige desde una secretaria, hasta un director general o un
secretario técnico, pasando por un viceconsejero. "Que se lo pregunten a Luis Peral (consejero de Educación), que
conoció a su viceconsejero en su toma de posesión", cuenta un ex consejero. Así que el círculo que rodea a la
presidenta es al mismo tiempo muy estrecho y muy amplio. Y ahí está la clave de su poder.
Porque la toma de decisiones importantes se adopta en el círculo más estrecho. Realmente, sus colaboradores más
cercanos, sus fieles, son muy pocos. Tres, según las fuentes consultadas: Regino García-Badell, su jefe de gabinete
y sobrino del difunto presidente del Gobierno franquista Carlos Arias Navarro, al que un director general que le
conoce con profundidad define como "un hombre desencantado de la política que proviene del anarquismo". García-
Badell es quien prepara los discursos de Aguirre y quien elabora los resúmenes de algunos asuntos importantes. Luego
está Javier Fernández Lasquetty (colaborador de Aguirre en el Ayuntamiento de Madrid, el Ministerio de Educación y
en el Senado, secretario general de FAES y actual consejero de Inmigración y Cooperación). Y naturalmente, Ignacio
González, el vicepresidente, considerado como la mano derecha de Aguirre en la gestión de sus estrategias. Son los
aguirristas en estado puro. El resto son recién llegados, procedentes de diferentes sectores, peones en la
estrategia conquistadora de la presidenta, una suerte de ex gallardonistas (Cortés y Beteta), de hombres de Rato
(Güemes), de supervivientes del entorno de Álvarez del Manzano y de amigos o compromisos de Aznar. Aguirre ha
utilizado el poder para tejer una tupida red de clientelismo llevada en algunos casos al extremo.
Porque Aguirre despacha con sus tres fieles pero atiende a todo aquel que la llame. Conocida es su adicción al
teléfono móvil, del que no se separa y que utiliza a cada momento, bien para enviar mensajes, bien para comentar
algún detalle a cualquier hora del día por inhóspita que pueda parecer. Aguirre no descansa. Duerme cuatro horas,
según su biografía autorizada. Descansa apenas un cuarto de hora después de la comida, según sus colaboradores, en
un tresillo ubicado en su despacho privado, mucho más pequeño que el oficial. Allí se siente como en casa. Atiende
algunas reuniones sin importar su aspecto: "Estaba descalza", recuerda un colaborador, "envuelta en una pequeña
manta y con las medias bajadas hasta los tobillos". Aguirre escucha a mucha gente y de muy distinta procedencia y
ésa es una de las claves de su poder. Lo mismo se informa a través de una secretaria, que de un director general.
La consecuencia es que ella aparenta estar en todo. Ningún consejero tiene autonomía en las grandes decisiones del
gasto. Todo debe pasar por lo que se conoce como la "preparatoria", una especie de reunión previa a la Junta de
Gobierno, a imagen y semejanza de una comisión de subsecretarios. Todas las inversiones pasan por Ignacio González.
Y mucha gente reporta información a Esperanza Aguirre, de tal forma que cuando llega la reunión de la junta de
Gobierno, cualquier consejero puede encontrarse con sorpresas. Esperanza puede hacer cualquier pregunta inesperada.
O contestar al consejero con frases como "pues tu director general no piensa lo mismo" o "tu viceconsejero opina lo
contrario". Aguirre es especialmente astuta a la hora de gestionar los enfrentamientos entre sus colaboradores.
Ese comportamiento ha propiciado que, en el Gobierno de Madrid, nadie se fíe de nadie. Nadie tenga equipo. No haya
familias. ¿Qué seguridad puede tener un consejero en lo que hace si cualquier persona de su departamento informa a
la presidenta? La desconfianza, el enfrentamiento, el control absoluto que emana de Aguirre y González explica que
germine el juego sucio en la defensa de intereses o ambiciones particulares. Un juego sucio que nunca parece haber
abandonado la política madrileña.
La crisis de los espías ha puesto de manifiesto que las vigilancias o la elaboración de dossiers comprometedores no
responden a un solo caso, ni apuntan en una sola dirección, ni siquiera datan de unas fechas en concreto: el rastro
de los dossiers y las declaraciones de los presuntos afectados revela una acción continuada en el tiempo, que
recorre de principio al final el lustro de Aguirre en la presidencia de la Comunidad, desde cuando el vicealcalde
Manuel Cobo aspiró inútilmente a dirigir el partido en Madrid hasta la destitución de dos consejeros fichados por el
equipo de Rajoy (Manuel Lamela y Alfredo Prada). Un día después de la destitución de Prada, el 26 de junio de 2008,
cuatro funcionarios de la Consejería de Interior registraron un despacho del campus de la Justicia, se llevaron
documentos y un ordenador. Dicho despacho dependía de Alfredo Prada.
La revelación de que los consejeros utilizaban tarjetas telefónicas prepago cada 15 días es sintomática. Lo que
constituye una práctica habitual de la delincuencia organizada para evitar pinchazos telefónicos de la policía es
ahora imitada por políticos madrileños. Que la iniciativa parta del vicepresidente Ignacio González es también
elocuente. Precisamente, el excesivo poder de González es el centro de muchas críticas internas en la Comunidad. "No
sabemos cómo acabará esto", reconoce un consejero, "pero nadie se imagina a Esperanza Aguirre sin Ignacio González.
Si tiene que caer alguna cabeza, no podrá ser la suya. Esperanza no lo permitirá. Y si no, morirá matando".
Espionaje, miedo a los pinchazos, lucha de poder. Así es el entorno de la política madrileña. Un entorno que el ex
director de Abc José Antonio Zarzalejos denominó como "complicado" en una entrevista donde desvelaba las presiones
que había sufrido desde la Comunidad de Madrid durante su etapa como responsable del matutino madrileño. Sobre
Esperanza Aguirre, Zarzalejos hizo el siguiente comentario: "Tiene una ambición poco controlada y un entorno que me
voy a limitar a calificar como complicado. No conozco a ningún personaje político con poder político y económico que
tenga un comportamiento más alejado de algunas prácticas democráticas". Sobre el liderazgo de la presidenta, un
antiguo colaborador ha expresado una opinión tajante: "La ideología liberal de Esperanza Aguirre es pura fachada. Su
comportamiento está más cerca de Hugo Chávez que de Ángela Merkel".
Otros episodios dibujan cómo en Madrid abunda el juego subterráneo y cómo el famoso caso Tamayo y Sáez quizás no fue
un hecho aislado. Cuando los casos de corrupción urbanística arreciaban en distintos puntos de la geografía
española, sale a colación un presunto caso en Madrid que tiene como protagonista al director general de Urbanismo,
Enrique Porto, posteriormente investigado por la Fiscalía Anticorrupción. Tiempo después, Porto debe dejar su
puesto. Sin embargo, Aguirre encuentra un nuevo frente sobre el que desviar la atención: el caso Ciempozuelos, que
afecta a dos ediles socialistas, Torrejón y Tejeiro. El caso lo destapa un periódico (Abc) y deja algunos puntos
oscuros acerca de la filtración de unos documentos desde un organismo oficial, el Sepblac (Servicio de Prevención
contra el Blanqueo de Capitales), dependiente del Banco de España. Curiosamente, el juez que inicia las
investigaciones, Agustín Carretero, juez decano de Valdemoro, abandona su puesto el 5 de julio de 2007 para servir
al Gobierno de Esperanza Aguirre como alto cargo de la dirección general de Política Interior en funciones de
gerente de la Academia de Policía. Dicho organismo depende de la Consejería de Interior, cuyo responsable es
Francisco Granados. Por su parte, Vicente García Novoa, inspector jefe de policía en el Sepblac, sospechoso de haber
ocultado documentación relacionada con el caso, es contratado como asesor por la Consejería de Vivienda de la
Comunidad de Madrid. Ambas contrataciones, directamente relacionadas con un caso que benefició los intereses
políticos de Esperanza Aguirre, nunca han sido explicados. Para remate, el ex policía García Novoa mantenía una
conocida amistad con Álvaro Puerta, tesorero del PP, hombre de Rajoy, conocedor de algunos dossiers en el año 2006,
y uno de los presuntos afectados por el espionaje, un extraño caso de testigo y víctima al mismo tiempo.
La investigación judicial tratará de determinar quién espiaba a quién y por qué. La contratación de ex policías y ex
guardias civiles para trabajar en una consejería que no tiene competencias en materia policial es indiscutible.
Estaban a las órdenes de Francisco Granados, consejero de Presidencia, Justicia e Interior. Que realizaban
actividades de vigilancia por encargo es algo más que una sospecha. Las pruebas documentales demuestran que el
vicepresidente Ignacio González fue seguido y espiado durante viajes de carácter privado al extranjero. La fusión de
altos cargos espiados y altos cargos presuntos jefes de los espías es una bomba de relojería dentro del régimen de
Aguirre, una persona que precisamente se vanagloriaba de disponer de información privilegiada. El ambiente en Madrid
está altamente contaminado: a la desconfianza se le añade la sospecha. La suma de todo abre una grave crisis en su
gobierno.
El País: LUIS GÓMEZ 08/02/2009
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Política
lunes, 2 de febrero de 2009
CARA DURA Y POCA VERGÜENZA
Voy a contaros un par de historias que recordé el otro día, mientras hablaba con una amiga. Ella me contaba un
hecho que le había acaecido unos días atrás con una profesora en su universidad. La verdad es que como digo, aquello
me trajo a la memoria algunas anécdotas que no tienen desperdicio. Como es natural en estos casos, de algunas puedo
pormenorizar, de otras no y de otras pese a poder, me las guardaré para hacerlo en otra ocasión. Como lo bueno se
hace esperar, la de mi amiga, ahora entenderéis por qué no doy nombres, la dejaré para el final y empezaré con una
mía.
En mi caso, todos los que leéis esto sabéis cómo me llamo, primero porque lo que escribo lo firmo y segundo porque
nunca se me ha dado bien esconder la cabeza. Supongo que para hacer eso habrá que ser de los que huyen cuando pintan
mal las cartas y, cuando era niño, entre mi carácter rebelde que no aguantaba un aquí mando yo y el colegio al que
iba que era de monjas, pintaban mal a menudo.
Aquello ocurrió en la asignatura de religión. Recuerdo que teníamos examen, que era oral, y que la pregunta era
muy sencilla. Teníamos que subir al cadalso a contarle a la profesora, por denominarla de algúhn modo decente, el
nombre de los doce apóstoles. Aquello nos lo habían dicho por la mañana y el examen era por la tarde. Tuvimos toda
una hora de aquel día para aprendernos los nombrecitos, y yo no hice nada al respecto.
De esta guisa, llegó el mediodía y el momento de irse a casa a comer. Allí, cual niño inocente, juro que de veras
lo era, puse en antecedentes a mis padres de lo que me esperaba aquella tarde. Mi madre, con toda la buena
intención, me pidió que fuera a mi habitación, que me los repasara y que volviera para decírselos. Dicho y hecho.
Unos minutos después salía yo, con una sonrisa delatora, las manos en los bolsillos y los dichosos nombres en mis
labios. Al terminar la perorata, mi madre me pidió que me sacara las manos de los bolsillos y se los volviera a
repetir. Naturalmente, me fue imposible.
Lo que ocurrió después fue que tras ser sometido a un registro, se hallaron en mis pantalones dos pequeñas hojas,
con seis nombres cada una, escritos en braille. No sé si me castigaron o no, pero lo que sí recuerdo es que la monja
no me conocía tan bien como mi madre, que aquel examen lo aprobé con sobresaliente y que a día de hoy no recuerdo
cómo se llamaban todos aquellos hombres.
Espero que no estéis muy impresionados, pues esto no es nada. Las mejores son las que el grupo de amigos contamos
alrededor de unas botellas, más ciegos de lo que ya de por sí estamos, que suelen remontarse a años más cercanos.
Una de las últimas que escuché, me sorprendió por la jeta de su protagonista. Nos la contaba un amigo, al que
llamaremos Pedro que fue compañero de aquel cara dura en la universidad al que bautizaremos como Manolo.
Estaban los dos ciegos a punto de hacer un examen de derecho mercantil cuando la máquina con la que tenían que
realizarlo se les estropeó. Son estas cosas que sólo pasan en el momento menos indicado, pues a ambos los dejaban
sólos junto con sus mochilas en un aula a responder las preguntas. Como digo, el profesor no pensaba que lo que
aquellas almas cándidas trasportaban a sus espaldas eran los apuntes de la asignatura que con tanta pasión les había
inculcado a lo largo del año.
De este modo y viendo que no podían hacer la prueba, el catedrático se quedó pensando y acto seguido les dijo: -Entenderán ustedes que si no consiguen arreglar el aparato tendré que hacerles el examen oral.- La cera de cirio era negra al lado del color de las caras de los dos infelices cuando escucharon tal afirmación.
Con las manos temblándoles como si sufrieran un síndrome de abstinencia lograron que la máquina funcionara y por uno
de aquellos milagros que en ocasiones acuden al estudiante, pudieron realizar el examen como siempre, solos en el
aula, con sus mochilas.
Muchas veces me he planteado que si existe Dios, debe ser un tío simpático, con un sentido del humor sin parangón.
Esta historia me da la razón pues al terminar, los dos alumnos le dieron el examen al profesor y cuando Manolo el
cara dura creyó que ya no lo tenía delante dijo: -Mira Pedro, el hijo puta este, que nos lo quería hacer oral. Estás que apruebo entonces eh?- Pedro, que notaba aún la presencia del profesor rezó todo lo que le vino a la cabeza, y mientras el todopoderoso
se desternillaba por el miedo que el pobre chico estaba pasando y por la mancha que iba a aparecer en sus pantalones
de un momento a otro, hizo que el catedrático no escuchara lo que Manolo acababa de decir.
Al hilo de lo que mencionaba al principio, estas dos historias vienen motivadas por lo que me contó mi amiga. Es
curioso que en pleno siglo XXI y con la publicidad que desde la ONCE realizamos para que la integración sea una
realidad, una catedrática haga ciertas preguntas o no entienda aspectos básicos sobre la ceguera.
María, es como la llamaremos, había ido unos días antes de su examen a hablar con la profesora, pues era una
señora de avanzada edad y pese a no tener por qué hacerlo, se quedaba más tranquila si le recordaba que tenía que
darle las preguntas del examen en un pen-drive para que pudiera leerlas.
Suerte la suya que así lo hizo. Al llegar al despacho junto a unas compañeras, le recordó a la señora el método
que usaba para examinarse. Ante esto, la mujer se quedó mirándola fijamente y le dijo: -No, no es posible… Un pen-drive… ¿y eso qué es? Yo no tengo de eso. Yo el examen lo tengo en fotocopias.- María trató de que entendiera que de ese modo le era imposible leer las preguntas y convinieron en que una
compañera se las leería y ella las contestaría entonces.
Aquí se plantea la segunda cuestión, pues la profesora no sabía cómo iba a poder leer las respuestas que María le
entregara.-Mire, no se preocupe, yo le doy las respuestas en otro pen-drive, vamos a la sala de ordenadores, las imprimimos, y
se las lleva usted.- La señora puso cara de no entender nada y a continuación hizo un comentario probablemente inspirado en aquellos de
Carmen Sevilla en el Telecupón.-¿Y no me lo puedes escribir con bolígrafo, como todo el mundo?-.
Me ahorraré cualquier imprecación al respecto. Hace años tal vez me hubiera molestado. Cuando ella me lo contó me
reí a gusto y pensé… Mucha publicidad, mucha integración, mucho buen rollo, pero hay que ver. Qué voy a decir. Mucha
gilipollez también, que esto es España. Sí señora, escribir con bolígrafo… y con un par de huevos si se tercia.
Carlos Grau Belda.
hecho que le había acaecido unos días atrás con una profesora en su universidad. La verdad es que como digo, aquello
me trajo a la memoria algunas anécdotas que no tienen desperdicio. Como es natural en estos casos, de algunas puedo
pormenorizar, de otras no y de otras pese a poder, me las guardaré para hacerlo en otra ocasión. Como lo bueno se
hace esperar, la de mi amiga, ahora entenderéis por qué no doy nombres, la dejaré para el final y empezaré con una
mía.
En mi caso, todos los que leéis esto sabéis cómo me llamo, primero porque lo que escribo lo firmo y segundo porque
nunca se me ha dado bien esconder la cabeza. Supongo que para hacer eso habrá que ser de los que huyen cuando pintan
mal las cartas y, cuando era niño, entre mi carácter rebelde que no aguantaba un aquí mando yo y el colegio al que
iba que era de monjas, pintaban mal a menudo.
Aquello ocurrió en la asignatura de religión. Recuerdo que teníamos examen, que era oral, y que la pregunta era
muy sencilla. Teníamos que subir al cadalso a contarle a la profesora, por denominarla de algúhn modo decente, el
nombre de los doce apóstoles. Aquello nos lo habían dicho por la mañana y el examen era por la tarde. Tuvimos toda
una hora de aquel día para aprendernos los nombrecitos, y yo no hice nada al respecto.
De esta guisa, llegó el mediodía y el momento de irse a casa a comer. Allí, cual niño inocente, juro que de veras
lo era, puse en antecedentes a mis padres de lo que me esperaba aquella tarde. Mi madre, con toda la buena
intención, me pidió que fuera a mi habitación, que me los repasara y que volviera para decírselos. Dicho y hecho.
Unos minutos después salía yo, con una sonrisa delatora, las manos en los bolsillos y los dichosos nombres en mis
labios. Al terminar la perorata, mi madre me pidió que me sacara las manos de los bolsillos y se los volviera a
repetir. Naturalmente, me fue imposible.
Lo que ocurrió después fue que tras ser sometido a un registro, se hallaron en mis pantalones dos pequeñas hojas,
con seis nombres cada una, escritos en braille. No sé si me castigaron o no, pero lo que sí recuerdo es que la monja
no me conocía tan bien como mi madre, que aquel examen lo aprobé con sobresaliente y que a día de hoy no recuerdo
cómo se llamaban todos aquellos hombres.
Espero que no estéis muy impresionados, pues esto no es nada. Las mejores son las que el grupo de amigos contamos
alrededor de unas botellas, más ciegos de lo que ya de por sí estamos, que suelen remontarse a años más cercanos.
Una de las últimas que escuché, me sorprendió por la jeta de su protagonista. Nos la contaba un amigo, al que
llamaremos Pedro que fue compañero de aquel cara dura en la universidad al que bautizaremos como Manolo.
Estaban los dos ciegos a punto de hacer un examen de derecho mercantil cuando la máquina con la que tenían que
realizarlo se les estropeó. Son estas cosas que sólo pasan en el momento menos indicado, pues a ambos los dejaban
sólos junto con sus mochilas en un aula a responder las preguntas. Como digo, el profesor no pensaba que lo que
aquellas almas cándidas trasportaban a sus espaldas eran los apuntes de la asignatura que con tanta pasión les había
inculcado a lo largo del año.
De este modo y viendo que no podían hacer la prueba, el catedrático se quedó pensando y acto seguido les dijo: -Entenderán ustedes que si no consiguen arreglar el aparato tendré que hacerles el examen oral.- La cera de cirio era negra al lado del color de las caras de los dos infelices cuando escucharon tal afirmación.
Con las manos temblándoles como si sufrieran un síndrome de abstinencia lograron que la máquina funcionara y por uno
de aquellos milagros que en ocasiones acuden al estudiante, pudieron realizar el examen como siempre, solos en el
aula, con sus mochilas.
Muchas veces me he planteado que si existe Dios, debe ser un tío simpático, con un sentido del humor sin parangón.
Esta historia me da la razón pues al terminar, los dos alumnos le dieron el examen al profesor y cuando Manolo el
cara dura creyó que ya no lo tenía delante dijo: -Mira Pedro, el hijo puta este, que nos lo quería hacer oral. Estás que apruebo entonces eh?- Pedro, que notaba aún la presencia del profesor rezó todo lo que le vino a la cabeza, y mientras el todopoderoso
se desternillaba por el miedo que el pobre chico estaba pasando y por la mancha que iba a aparecer en sus pantalones
de un momento a otro, hizo que el catedrático no escuchara lo que Manolo acababa de decir.
Al hilo de lo que mencionaba al principio, estas dos historias vienen motivadas por lo que me contó mi amiga. Es
curioso que en pleno siglo XXI y con la publicidad que desde la ONCE realizamos para que la integración sea una
realidad, una catedrática haga ciertas preguntas o no entienda aspectos básicos sobre la ceguera.
María, es como la llamaremos, había ido unos días antes de su examen a hablar con la profesora, pues era una
señora de avanzada edad y pese a no tener por qué hacerlo, se quedaba más tranquila si le recordaba que tenía que
darle las preguntas del examen en un pen-drive para que pudiera leerlas.
Suerte la suya que así lo hizo. Al llegar al despacho junto a unas compañeras, le recordó a la señora el método
que usaba para examinarse. Ante esto, la mujer se quedó mirándola fijamente y le dijo: -No, no es posible… Un pen-drive… ¿y eso qué es? Yo no tengo de eso. Yo el examen lo tengo en fotocopias.- María trató de que entendiera que de ese modo le era imposible leer las preguntas y convinieron en que una
compañera se las leería y ella las contestaría entonces.
Aquí se plantea la segunda cuestión, pues la profesora no sabía cómo iba a poder leer las respuestas que María le
entregara.-Mire, no se preocupe, yo le doy las respuestas en otro pen-drive, vamos a la sala de ordenadores, las imprimimos, y
se las lleva usted.- La señora puso cara de no entender nada y a continuación hizo un comentario probablemente inspirado en aquellos de
Carmen Sevilla en el Telecupón.-¿Y no me lo puedes escribir con bolígrafo, como todo el mundo?-.
Me ahorraré cualquier imprecación al respecto. Hace años tal vez me hubiera molestado. Cuando ella me lo contó me
reí a gusto y pensé… Mucha publicidad, mucha integración, mucho buen rollo, pero hay que ver. Qué voy a decir. Mucha
gilipollez también, que esto es España. Sí señora, escribir con bolígrafo… y con un par de huevos si se tercia.
Carlos Grau Belda.
AMOR BAJO CERO
Los llamaremos Paco y Otti. Fueron amigos míos hace mucho tiempo, y no sé qué será hoy de sus vidas. Los recordé
anoche, cenando con otros amigos a los que, al hilo de diversas cosas, conté su peripecia. Y mientras lo hacía, caí
en la cuenta de que se trata de una de las más pintorescas historias de amor de las que tengo noticia, y que nunca
la he contado por escrito. Lo mismo les apetece leerla hoy a ustedes. Ya me dirán.
Primero, situémonos. Marbella, final de los años sesenta. Otti es una guía turística finlandesa, rubia y escultural,
que pastorea a un grupo de guiris. La noche antes de regresar a Helsinki, se va de marcha y en una discoteca conoce
a Paco. A él también lo pueden imaginar sin esfuerzo: moreno, guapo aunque bajito y un poquillo tripón. Chico de
buena familia y sin un duro, que toca la guitarra por los bares. Simpático, golfete y con una cara dura absoluta,
muy española. La noche sigue como resulta fácil imaginar: apartamento de Paco, un par de canutos, mucha guitarra y
una dura campaña entre sábanas arrugadas, toda la noche dale que te pego, hasta que, ya amaneciendo, ella le da un
beso, se despide sonriente y se larga al aeropuerto. Fin del primer acto.
Mientras Otti vuela de regreso a su tierra, Paco se queda en la cama, pensando, y concluye que se ha enamorado como
un becerro. Necesita volver a verla, pero hay un par de problemas. Por una parte, ella no tiene previsto volver a
Marbella. Por la otra, él no tiene un duro. Y para rematar la cosa, no sabe de la finlandesa sino su nombre y
apellido –supongamos que éste es Kaukonen–. Ni una dirección, ni un teléfono. Nada. Pero como digo, está enamorado
hasta las trancas. Y tiene veintiocho años. Así que se levanta de la cama, vende su Seat 124, le pega un sablazo a
un amigo –doy fe de que era su especialidad–, compra un billete de avión –sólo tiene dinero para pagar el viaje de
ida– y coge el primer vuelo a Helsinki, vía Londres. Aterriza allí un viernes a las cinco de la tarde, con su
guitarra y ciento quince dólares en el bolsillo. Ya es de noche y hace un frío que pela. En el mismo aeropuerto,
cambia dólares por moneda local, se mete en una cabina, coge una guía telefónica y busca el apellido Kaukonen. Hay
como veinte, así que lo toma con calma. Ring, ring. «Hola, buenas. Ai am Paco. ¿Otti is dere?» Cuando va por el
decimosexto Kaukonen, y a punto ya de acabársele las monedas, localiza a un fulano que conoce a la pava. Es su tío
paterno. Otti no tiene teléfono, le dice el otro, o no lo conozco. Tampoco vive en Helsinki, sino en Hyvinkaa, que
está a cincuenta kilómetros. Y le da la dirección. Sillanpaa número 34, una casita de madera. No tiene pérdida.
Con sus últimos dólares, Paco compra una botella de vodka, coge un taxi hasta Hyvinkaa, se baja con su guitarra en
el 34 de la calle Sillanpaa y llama a la puerta. Nadie. Ya son casi las diez de la noche y el frío parte las
piedras. Desesperado, se sube el cuello del chaquetón y se acurruca en el portal, calentándose con el vodka. A las
once y cuarto, un coche se detiene ante la casa. Es Otti, y la trae su novio Johan, en cuya casa ha pasado la tarde.
Ella se baja del coche, camina unos pasos y se para en seco al ver a Paco sentado en el portal, con media botella de
vodka vacía en una mano y la guitarra apoyada en la puerta. Estupefacta. Cuando al fin recobra el habla, exclama:
«¡Paco!...». «¿Qué haces aquí?» Y él, temblándole los labios azules de frío, la mira a los ojos y dice: «He venido a
casarme contigo». Con dos cojones.
Ahora háganse cargo de la psicología de la pava. Finlandesa, o sea. La tierra de la alegría y los hombres
apasionados, risueños y con una gracia contando chistes que te partes. Y en ésas aparece allí, con su guitarra y
quemando las naves, un fulano bajito, moreno y simpático que la tuvo en Marbella toda una noche dale que te pego,
despierta y gritando: «Oh-yes, oh-yes, oh-yes» mientras él, sudando la gota gorda, decía: «Que sí, mujer. Te oigo,
te oigo». Y claro. Pasando mucho del novio, que mira pasmado desde el coche, Otti se tira encima del visitante y se
lo come a besos y lametones. Y lo mete adentro. Y los dos tardan cuatro días y varias botellas de Suomuurain y
Mesimarja, además de la media de vodka que quedaba, en salir de la cama, con los vecinos asomados a la ventana para
averiguar de dónde proceden esos alaridos inhumanos. Y después de muchas peripecias –Paco tocando la guitarra por
los restaurantes de allí–, vienen a España, se casan y tienen dos cachorros rubios, Kristina y Alexis, con pinta de
vikingos.
Pondremos aquí el colorín colorado. Lo que sigue, quince años de convivencia de Otti y Paco, no termina del todo
bien. Los años pasan, cambian a la gente. Nos cambian a todos. Hoy Otti vive otra vez en Finlandia. En cuanto a
Paco, hace mucho tiempo que no sé nada de él. Pero hubo un momento en que fueron mis amigos y pude compartir un poco
de su historia. La más simpática historia de amor que conocí nunca.
ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 1 de febrero de 2009
anoche, cenando con otros amigos a los que, al hilo de diversas cosas, conté su peripecia. Y mientras lo hacía, caí
en la cuenta de que se trata de una de las más pintorescas historias de amor de las que tengo noticia, y que nunca
la he contado por escrito. Lo mismo les apetece leerla hoy a ustedes. Ya me dirán.
Primero, situémonos. Marbella, final de los años sesenta. Otti es una guía turística finlandesa, rubia y escultural,
que pastorea a un grupo de guiris. La noche antes de regresar a Helsinki, se va de marcha y en una discoteca conoce
a Paco. A él también lo pueden imaginar sin esfuerzo: moreno, guapo aunque bajito y un poquillo tripón. Chico de
buena familia y sin un duro, que toca la guitarra por los bares. Simpático, golfete y con una cara dura absoluta,
muy española. La noche sigue como resulta fácil imaginar: apartamento de Paco, un par de canutos, mucha guitarra y
una dura campaña entre sábanas arrugadas, toda la noche dale que te pego, hasta que, ya amaneciendo, ella le da un
beso, se despide sonriente y se larga al aeropuerto. Fin del primer acto.
Mientras Otti vuela de regreso a su tierra, Paco se queda en la cama, pensando, y concluye que se ha enamorado como
un becerro. Necesita volver a verla, pero hay un par de problemas. Por una parte, ella no tiene previsto volver a
Marbella. Por la otra, él no tiene un duro. Y para rematar la cosa, no sabe de la finlandesa sino su nombre y
apellido –supongamos que éste es Kaukonen–. Ni una dirección, ni un teléfono. Nada. Pero como digo, está enamorado
hasta las trancas. Y tiene veintiocho años. Así que se levanta de la cama, vende su Seat 124, le pega un sablazo a
un amigo –doy fe de que era su especialidad–, compra un billete de avión –sólo tiene dinero para pagar el viaje de
ida– y coge el primer vuelo a Helsinki, vía Londres. Aterriza allí un viernes a las cinco de la tarde, con su
guitarra y ciento quince dólares en el bolsillo. Ya es de noche y hace un frío que pela. En el mismo aeropuerto,
cambia dólares por moneda local, se mete en una cabina, coge una guía telefónica y busca el apellido Kaukonen. Hay
como veinte, así que lo toma con calma. Ring, ring. «Hola, buenas. Ai am Paco. ¿Otti is dere?» Cuando va por el
decimosexto Kaukonen, y a punto ya de acabársele las monedas, localiza a un fulano que conoce a la pava. Es su tío
paterno. Otti no tiene teléfono, le dice el otro, o no lo conozco. Tampoco vive en Helsinki, sino en Hyvinkaa, que
está a cincuenta kilómetros. Y le da la dirección. Sillanpaa número 34, una casita de madera. No tiene pérdida.
Con sus últimos dólares, Paco compra una botella de vodka, coge un taxi hasta Hyvinkaa, se baja con su guitarra en
el 34 de la calle Sillanpaa y llama a la puerta. Nadie. Ya son casi las diez de la noche y el frío parte las
piedras. Desesperado, se sube el cuello del chaquetón y se acurruca en el portal, calentándose con el vodka. A las
once y cuarto, un coche se detiene ante la casa. Es Otti, y la trae su novio Johan, en cuya casa ha pasado la tarde.
Ella se baja del coche, camina unos pasos y se para en seco al ver a Paco sentado en el portal, con media botella de
vodka vacía en una mano y la guitarra apoyada en la puerta. Estupefacta. Cuando al fin recobra el habla, exclama:
«¡Paco!...». «¿Qué haces aquí?» Y él, temblándole los labios azules de frío, la mira a los ojos y dice: «He venido a
casarme contigo». Con dos cojones.
Ahora háganse cargo de la psicología de la pava. Finlandesa, o sea. La tierra de la alegría y los hombres
apasionados, risueños y con una gracia contando chistes que te partes. Y en ésas aparece allí, con su guitarra y
quemando las naves, un fulano bajito, moreno y simpático que la tuvo en Marbella toda una noche dale que te pego,
despierta y gritando: «Oh-yes, oh-yes, oh-yes» mientras él, sudando la gota gorda, decía: «Que sí, mujer. Te oigo,
te oigo». Y claro. Pasando mucho del novio, que mira pasmado desde el coche, Otti se tira encima del visitante y se
lo come a besos y lametones. Y lo mete adentro. Y los dos tardan cuatro días y varias botellas de Suomuurain y
Mesimarja, además de la media de vodka que quedaba, en salir de la cama, con los vecinos asomados a la ventana para
averiguar de dónde proceden esos alaridos inhumanos. Y después de muchas peripecias –Paco tocando la guitarra por
los restaurantes de allí–, vienen a España, se casan y tienen dos cachorros rubios, Kristina y Alexis, con pinta de
vikingos.
Pondremos aquí el colorín colorado. Lo que sigue, quince años de convivencia de Otti y Paco, no termina del todo
bien. Los años pasan, cambian a la gente. Nos cambian a todos. Hoy Otti vive otra vez en Finlandia. En cuanto a
Paco, hace mucho tiempo que no sé nada de él. Pero hubo un momento en que fueron mis amigos y pude compartir un poco
de su historia. La más simpática historia de amor que conocí nunca.
ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 1 de febrero de 2009
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Amor,
reflexiones
lunes, 5 de enero de 2009
Demonios en el Paraíso
Tengo que confesar que hasta que llegó este correo a mis manos, era un completo ignorante de la realidad que sufre
el pueblo de Guinea Ecuatorial. Nuestros primos, pues eso es lo que son, eran unos completos desconocidos para mí.
Para aquellos de vosotros que desconozcáis esta realidad, a continuación tenéis un texto de Fernando Gamboa que lo
explica. Sólo cabe una acción tras su lectura. Difusión.
Demonios en el Paraíso
Fernando Gamboa.
"Para los que no me conozcan, me llamo Fernando Gamboa, y hace unos meses terminé una nueva novela de aventuras
titulada GUINEA que en este mes de Octubre saldrá a la venta publicada por Ediciones El Andén.
El motivo de este mail, es mi deseo de compartir con la mayor cantidad de personas posibles, y no sólo con las que
adquieran la novela, todo aquello que he averiguado en los meses de investigación previos a la redacción del libro.
Lo que a continuación detallo, aunque pueda parecer exagerado o tendencioso (cuando no simplemente increíble), es
rigurosamente cierto y puede ser contrastado por las fuentes que cito.
A muy pocos les debe sonar un pequeño país llamado Guinea Ecuatorial, aún menos sabrían dónde situarlo en un mapa de
África, y serán contados los que recuerden que, hasta hace exactamente cuarenta años, los ecuatoguineanos eran tan
ciudadanos españoles como un alicantino o un gaditano.
Por entonces, Guinea Ecuatorial era una provincia más de España enclavada en la costa Africana del Golfo de Guinea;
'La perla de África' la llamaban.
Hoy, cuatro decenios después de su independencia, bajo el yugo dictatorial de la familia Obiang Nguema y con el
beneplácito de las grandes potencias cuyas empresas explotan sus campos de petróleo y expolian sus reservas
madereras, Guinea Ecuatorial se ha convertido uno de los países más subdesarrollados y corruptos del mundo, y el
pueblo ecuatoguineano en uno de los más aterrorizados a manos de su propio gobierno.
El actual presidente de Guinea Ecuatorial Teodoro Obiang Nguema, quien lleva 29 largos años en el poder tras
ejecutar al anterior presidente (su propio tío, otro asesino), ha saqueado, robado y asesinado sistemáticamente
hasta extremos inconcebibles, amasando una fortuna que lo convierte en uno de los hombres más ricos del planeta, en
uno de los países más pobres de África. Aunque para ser exactos, no puede decirse que el país en sí sea pobre, pues
alberga una de las mayores reservas petrolíferas del continente, cuyos beneficios de explotación reportan al régimen
guineano miles de millones de euros. Lo que sucede, es que la familia Obiang se queda con ABSOLUTAMENTE TODO lo que
pagan gobiernos y petroleras extranjeras (norteamericanas y chinas sobre todo) por los derechos de extracción. Pero
aunque parezca mentira, la familia Obiang no se limita sólo a quedarse con esa ingente cantidad de dinero, sino que
además se dedican a robar propiedades privadas (se han apoderado aproximadamente la mitad de los terrenos
edificables del país, y no han pagado un céntimo por ellos), salarios (muchos trabajadores han de pagar a la familia
del presidente gran parte de lo que ganan) o negocios de los guineanos no afines al gobierno o a la familia Obiang
(que al fin y al cabo es lo mismo), cuya ignominia llega al punto de despojar impune y caprichosamente a sus
empobrecidos compatriotas de cualquier bien que posean sin justificación alguna.
Teodoro Obiang y su clan gobiernan Guinea Ecuatorial como lo haría un esclavista con su hacienda. Para ellos, los
ciudadanos guineanos son esclavos a su disposición, y el país una finca privada que saquear sin tener que dar
cuentas a nadie.
A pesar del río de dinero que fluye desde este desdichado rincón de África, sus habitantes no disponen de servicios
sanitarios, educación, seguridad o justicia. Por ejemplo, ante cualquier emergencia médica el Hospital de Malabo es
la única opción de asistencia, pero eso sí, bajo ciertas condiciones como: pagar la estancia y el tratamiento por
adelantado, y además, llevar todo lo necesario para dicha estancia y tratamiento (y con todo, me refiero a TODO:
desde las jeringas o medicamentos necesarios, al colchón, las sábanas o la comida). Sin ir más lejos, cuando hace
unos años estuve en Guinea, para realizarle a mi pareja un análisis de sangre el método de extracción consistió en
hacerle un corte en la mano con un trozo de cristal.
Pero, por inaceptable que resulte, esto es sólo el principio, y ni mucho menos la peor parte.
Lo que convierte a Teodoro Obiang (conocido como 'El Jefe') y sus acólitos no sólo en ladrones, si no en peligrosos
criminales, es la política de detenciones arbitrarias, encarcelamientos injustificados, torturas y asesinatos
cometidos contra sus propios ciudadanos. Se calcula que durante su mandato, el actual gobierno guineano ha
exterminado a nada menos que el 10% de la población del país, y una cantidad indeterminada ha desaparecido o se
encuentra encarcelada ilegalmente y sin juicio previo.
Según el último informe de Amnistía Internacional, los detenidos por la policía y el ejército son torturados
sistemáticamente con métodos tan brutales como mutilaciones, rotura de huesos, violaciones, descargas eléctricas en
los genitales o, atención: clavar tenedores en la vagina de las detenidas...
Y para quien guste de datos e imparciales estadísticas, ahí van unas cuantas.
- Guinea Ecuatorial produce 400.000 barriles diarios de petróleo
- Exporta casi 1.000.000 de metros cúbicos de madera tropical al año.
- Su Renta per Cápita la sitúa en el número 38 del ranking mundial (por encima de Kuwait o Arabia Saudita)
- En cambio, en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU ocupa el puesto 121.
- El 151 sobre 163 en corrupción, según Transparency International
- La esperanza de vida es de sólo 43,3 años, según Amnistía Internacional.
- La élite gobernante posee alrededor del 98% de la renta nacional
- El 80% de la población vive con menos de 20 euros al mes.
- El gobierno de Obiang ha convertido a Guinea Ecuatorial en el centro del tráfico de drogas de África Occidental.
- Teodoro Obiang ganó las últimas elecciones con un 99,5% de los votos. Los 13 partidos políticos autorizados,
estaban formados por miembros del gobierno.
- En una reciente visita a Estados Unidos, lasecretaria de estado Condoleezza Rice describió a Obiang como 'buen amigo'.
- En Julio de 2003, la radio estatal anunció que: 'El presidente es un dios que está en contacto permanente con el
todopoderoso, y puede matar a cualquiera sin que nadie le pida cuentas y sin ir al infierno, porque es el Dios
mismo'
Sobran comentarios.
Y lo que personalmente hace que esta vergüenza común me resulte aún más dolorosa, es que el pueblo guineano, uno de
los más amables, hospitalarios y generosos que he conocido, haya sido, como cité al principio, parte integrante del
estado español. La atropellada y negligente descolonización de Guinea Ecuatorial por parte de España en 1968, es el
origen de la inadmisible situación que ahora sufren los guineanos y a la que hoy asistimos con absoluta indiferencia
y desafecto.
Pero hay que recordar que los ecuatoguineanos no sólo siguen hablando en castellano, sino que muchas de sus
costumbres, celebraciones y tradiciones siguen siendo las mismas que las nuestras. Sus hijos cantan las mismas
canciones que cantan los nuestros en el colegio, sus bromas son las mismas, hasta sus palabrotas son las mismas que
las nuestras. Son, por decirlo así, unos primos cercanos de los que nos hemos olvidado totalmente, una parte de
nuestra familia de la que nos hemos desentendido, ajenos y a veces cómplices de un castigo que de ningún modo
merecen.
Porque probablemente, mientras lee este mensaje, una anciana agonizando de malaria pide un médico que nunca llegará.
Un niño está preguntando dónde están sus padres desaparecidos.
Una mujer implora a Dios que la mate, mientras es violada y torturada salvajemente en una comisaría.
Y cada día, Guinea Ecuatorial se hunde un poco más en las tinieblas.
Cada día, nuestra ignorancia nos hace más culpables.
Cada día cuenta.
Alguien dijo una vez que 'Lo único que necesita el mal para triunfar, es que los hombres buenos no hagan nada'.
Quizá este sea un buen momento, para averiguar qué tipo de hombres y mujeres somos en realidad.
Y si te estás diciendo en este instante 'Pero bueno, ¿y yo que puedo hacer? Aquello está muy lejos'. Lo cierto es
que, por desgracia, no vas mal encaminado.
Guinea Ecuatorial es víctima de la maldición del petróleo, y como puedes imaginar, estados como China, U.S.A. o
Francia harán todo lo posible para mantener a Obiang en su poltrona y así garantizar un suministro fiable de crudo
para sus compañías petroleras. Así que será muy difícil cambiar las cosas a corto plazo en la maltratada pero aún
hermosa Guinea.
Y sin embargo, sí hay algo que podemos hacer por aquella gente: correr la voz.
Estos dictadores de opereta, sólo se mantienen gracias al desconocimiento que tiene el resto del mundo de las
fechorías que cometen. Cuantos más de nosotros sepamos lo que sucede, y por qué sucede, más probabilidades hay de
que un día quizá no muy lejano, seamos suficientes para decir basta. Cuando políticos propios y ajenos sientan
vergüenza de tratar con asesinos como Obiang, o descubran que darse abrazos con dictadores que no respetan los más
elementales derechos humanos tiene un costo político que sus votantes les van a hacer pagar, puede que las cosas
cambien, y entre todos expulsemos de una vez por todas a esos demonios del paraíso
Pero esta carta es sólo el primer paso, ahora te toca a ti dar el siguiente ayudando a que llegue a la mayor
cantidad posible de personas.
Si crees que esta lucha tiene sentido y deseas poner tu grano de arena, reenvía este mensaje a todos tus contactos.
Gracias por tu tiempo y tu ayuda.
FERNANDO GAMBOA
el pueblo de Guinea Ecuatorial. Nuestros primos, pues eso es lo que son, eran unos completos desconocidos para mí.
Para aquellos de vosotros que desconozcáis esta realidad, a continuación tenéis un texto de Fernando Gamboa que lo
explica. Sólo cabe una acción tras su lectura. Difusión.
Demonios en el Paraíso
Fernando Gamboa.
"Para los que no me conozcan, me llamo Fernando Gamboa, y hace unos meses terminé una nueva novela de aventuras
titulada GUINEA que en este mes de Octubre saldrá a la venta publicada por Ediciones El Andén.
El motivo de este mail, es mi deseo de compartir con la mayor cantidad de personas posibles, y no sólo con las que
adquieran la novela, todo aquello que he averiguado en los meses de investigación previos a la redacción del libro.
Lo que a continuación detallo, aunque pueda parecer exagerado o tendencioso (cuando no simplemente increíble), es
rigurosamente cierto y puede ser contrastado por las fuentes que cito.
A muy pocos les debe sonar un pequeño país llamado Guinea Ecuatorial, aún menos sabrían dónde situarlo en un mapa de
África, y serán contados los que recuerden que, hasta hace exactamente cuarenta años, los ecuatoguineanos eran tan
ciudadanos españoles como un alicantino o un gaditano.
Por entonces, Guinea Ecuatorial era una provincia más de España enclavada en la costa Africana del Golfo de Guinea;
'La perla de África' la llamaban.
Hoy, cuatro decenios después de su independencia, bajo el yugo dictatorial de la familia Obiang Nguema y con el
beneplácito de las grandes potencias cuyas empresas explotan sus campos de petróleo y expolian sus reservas
madereras, Guinea Ecuatorial se ha convertido uno de los países más subdesarrollados y corruptos del mundo, y el
pueblo ecuatoguineano en uno de los más aterrorizados a manos de su propio gobierno.
El actual presidente de Guinea Ecuatorial Teodoro Obiang Nguema, quien lleva 29 largos años en el poder tras
ejecutar al anterior presidente (su propio tío, otro asesino), ha saqueado, robado y asesinado sistemáticamente
hasta extremos inconcebibles, amasando una fortuna que lo convierte en uno de los hombres más ricos del planeta, en
uno de los países más pobres de África. Aunque para ser exactos, no puede decirse que el país en sí sea pobre, pues
alberga una de las mayores reservas petrolíferas del continente, cuyos beneficios de explotación reportan al régimen
guineano miles de millones de euros. Lo que sucede, es que la familia Obiang se queda con ABSOLUTAMENTE TODO lo que
pagan gobiernos y petroleras extranjeras (norteamericanas y chinas sobre todo) por los derechos de extracción. Pero
aunque parezca mentira, la familia Obiang no se limita sólo a quedarse con esa ingente cantidad de dinero, sino que
además se dedican a robar propiedades privadas (se han apoderado aproximadamente la mitad de los terrenos
edificables del país, y no han pagado un céntimo por ellos), salarios (muchos trabajadores han de pagar a la familia
del presidente gran parte de lo que ganan) o negocios de los guineanos no afines al gobierno o a la familia Obiang
(que al fin y al cabo es lo mismo), cuya ignominia llega al punto de despojar impune y caprichosamente a sus
empobrecidos compatriotas de cualquier bien que posean sin justificación alguna.
Teodoro Obiang y su clan gobiernan Guinea Ecuatorial como lo haría un esclavista con su hacienda. Para ellos, los
ciudadanos guineanos son esclavos a su disposición, y el país una finca privada que saquear sin tener que dar
cuentas a nadie.
A pesar del río de dinero que fluye desde este desdichado rincón de África, sus habitantes no disponen de servicios
sanitarios, educación, seguridad o justicia. Por ejemplo, ante cualquier emergencia médica el Hospital de Malabo es
la única opción de asistencia, pero eso sí, bajo ciertas condiciones como: pagar la estancia y el tratamiento por
adelantado, y además, llevar todo lo necesario para dicha estancia y tratamiento (y con todo, me refiero a TODO:
desde las jeringas o medicamentos necesarios, al colchón, las sábanas o la comida). Sin ir más lejos, cuando hace
unos años estuve en Guinea, para realizarle a mi pareja un análisis de sangre el método de extracción consistió en
hacerle un corte en la mano con un trozo de cristal.
Pero, por inaceptable que resulte, esto es sólo el principio, y ni mucho menos la peor parte.
Lo que convierte a Teodoro Obiang (conocido como 'El Jefe') y sus acólitos no sólo en ladrones, si no en peligrosos
criminales, es la política de detenciones arbitrarias, encarcelamientos injustificados, torturas y asesinatos
cometidos contra sus propios ciudadanos. Se calcula que durante su mandato, el actual gobierno guineano ha
exterminado a nada menos que el 10% de la población del país, y una cantidad indeterminada ha desaparecido o se
encuentra encarcelada ilegalmente y sin juicio previo.
Según el último informe de Amnistía Internacional, los detenidos por la policía y el ejército son torturados
sistemáticamente con métodos tan brutales como mutilaciones, rotura de huesos, violaciones, descargas eléctricas en
los genitales o, atención: clavar tenedores en la vagina de las detenidas...
Y para quien guste de datos e imparciales estadísticas, ahí van unas cuantas.
- Guinea Ecuatorial produce 400.000 barriles diarios de petróleo
- Exporta casi 1.000.000 de metros cúbicos de madera tropical al año.
- Su Renta per Cápita la sitúa en el número 38 del ranking mundial (por encima de Kuwait o Arabia Saudita)
- En cambio, en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU ocupa el puesto 121.
- El 151 sobre 163 en corrupción, según Transparency International
- La esperanza de vida es de sólo 43,3 años, según Amnistía Internacional.
- La élite gobernante posee alrededor del 98% de la renta nacional
- El 80% de la población vive con menos de 20 euros al mes.
- El gobierno de Obiang ha convertido a Guinea Ecuatorial en el centro del tráfico de drogas de África Occidental.
- Teodoro Obiang ganó las últimas elecciones con un 99,5% de los votos. Los 13 partidos políticos autorizados,
estaban formados por miembros del gobierno.
- En una reciente visita a Estados Unidos, lasecretaria de estado Condoleezza Rice describió a Obiang como 'buen amigo'.
- En Julio de 2003, la radio estatal anunció que: 'El presidente es un dios que está en contacto permanente con el
todopoderoso, y puede matar a cualquiera sin que nadie le pida cuentas y sin ir al infierno, porque es el Dios
mismo'
Sobran comentarios.
Y lo que personalmente hace que esta vergüenza común me resulte aún más dolorosa, es que el pueblo guineano, uno de
los más amables, hospitalarios y generosos que he conocido, haya sido, como cité al principio, parte integrante del
estado español. La atropellada y negligente descolonización de Guinea Ecuatorial por parte de España en 1968, es el
origen de la inadmisible situación que ahora sufren los guineanos y a la que hoy asistimos con absoluta indiferencia
y desafecto.
Pero hay que recordar que los ecuatoguineanos no sólo siguen hablando en castellano, sino que muchas de sus
costumbres, celebraciones y tradiciones siguen siendo las mismas que las nuestras. Sus hijos cantan las mismas
canciones que cantan los nuestros en el colegio, sus bromas son las mismas, hasta sus palabrotas son las mismas que
las nuestras. Son, por decirlo así, unos primos cercanos de los que nos hemos olvidado totalmente, una parte de
nuestra familia de la que nos hemos desentendido, ajenos y a veces cómplices de un castigo que de ningún modo
merecen.
Porque probablemente, mientras lee este mensaje, una anciana agonizando de malaria pide un médico que nunca llegará.
Un niño está preguntando dónde están sus padres desaparecidos.
Una mujer implora a Dios que la mate, mientras es violada y torturada salvajemente en una comisaría.
Y cada día, Guinea Ecuatorial se hunde un poco más en las tinieblas.
Cada día, nuestra ignorancia nos hace más culpables.
Cada día cuenta.
Alguien dijo una vez que 'Lo único que necesita el mal para triunfar, es que los hombres buenos no hagan nada'.
Quizá este sea un buen momento, para averiguar qué tipo de hombres y mujeres somos en realidad.
Y si te estás diciendo en este instante 'Pero bueno, ¿y yo que puedo hacer? Aquello está muy lejos'. Lo cierto es
que, por desgracia, no vas mal encaminado.
Guinea Ecuatorial es víctima de la maldición del petróleo, y como puedes imaginar, estados como China, U.S.A. o
Francia harán todo lo posible para mantener a Obiang en su poltrona y así garantizar un suministro fiable de crudo
para sus compañías petroleras. Así que será muy difícil cambiar las cosas a corto plazo en la maltratada pero aún
hermosa Guinea.
Y sin embargo, sí hay algo que podemos hacer por aquella gente: correr la voz.
Estos dictadores de opereta, sólo se mantienen gracias al desconocimiento que tiene el resto del mundo de las
fechorías que cometen. Cuantos más de nosotros sepamos lo que sucede, y por qué sucede, más probabilidades hay de
que un día quizá no muy lejano, seamos suficientes para decir basta. Cuando políticos propios y ajenos sientan
vergüenza de tratar con asesinos como Obiang, o descubran que darse abrazos con dictadores que no respetan los más
elementales derechos humanos tiene un costo político que sus votantes les van a hacer pagar, puede que las cosas
cambien, y entre todos expulsemos de una vez por todas a esos demonios del paraíso
Pero esta carta es sólo el primer paso, ahora te toca a ti dar el siguiente ayudando a que llegue a la mayor
cantidad posible de personas.
Si crees que esta lucha tiene sentido y deseas poner tu grano de arena, reenvía este mensaje a todos tus contactos.
Gracias por tu tiempo y tu ayuda.
FERNANDO GAMBOA
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