jueves, 10 de julio de 2008

Permitidme tutearos, imbéciles

Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este
Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex
ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo
es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte
o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables,
que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto
de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos
de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza,
y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.


Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí,
como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé
les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–,
pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente
la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique
de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y
en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía,
por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto
al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos
españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque
«es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.


Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante,
lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido
muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años
de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada,
la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras,
tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar
en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que
ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La
tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente
que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro
Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.


Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.


ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 23 de diciembre de 2007

La cápsula del doctor Herrerías

El doctor Juan Manuel Herrerías, una de las grandes eminencias españolas en medicina digestiva, acaba de publicar un libro de trabajo titulado Atlas capsule
endoscopy, en el que presenta, científicamente, el último grito del siempre complicado diagnóstico de enfermedades degenerativas de colon: la cápsula endoscópica.
Dicha cápsula tiene el tamaño de una gragea algo más grande de lo normal y es, en realidad, una pequeña microcámara que uno deglute para que viaje tranquilamente
por el tracto esofágico, el parque gástrico y todos los intestinos, hasta salir discretamente por allá donde la espalda pierde su casto nombre. Entre que
es deglutida y defecada, la cámara retransmite a una pantalla de televisión cada uno de los inelegantes rincones de nuestro bulevar digestivo. La novedad
consiste –ya existía esa cápsula para diagnósticos esofágicos y gástricos– en que observa y retransmite el estado de las paredes del colon y el recto,
evitando así el escasamente agradable examen colonoscópico que tantas buenas piezas ha dado al género de los relatos escatológicos. Uno se toma la píldora
después de haberse sometido, eso sí, al desagradable trance de los laxantes y se sienta plácidamente a esperar que el artefacto haga su recorrido y su
trabajo. Si evidencia la presencia de pequeñas formaciones indebidas, pues entonces ya se entra con toda la trompetería correspondiente, pero si demuestra
que el paciente está como una rosa se le evita la poco decorosa postura y la muy incómoda prueba añadida de experimentar cómo una pequeña serpiente entra
hasta las profundidades de uno mismo por el orificio más incómodo que poseemos.


Conocido el avance diagnóstico, no obstante, hay algunas dudas no científicas –más bien de procedimiento– que nos asaltan a los poco familiarizados con
este tipo de técnicas. ¿Cómo sabe uno que la píldora ha salido ya? Es decir, ¿cómo se sabe que ya no está con nosotros? En rigor, habría que estar pendiente
de la defecación líquida –después de la limpieza no hay heces en el interior– para dar con el tesoro. Una vez encontrada entre alborozos, ¿qué se hace
con esa píldora? Una cámara de televisión tan diminuta no debe de ser precisamente barata y no es cosa de tirar al inodoro un artefacto tan valioso. En
el caso de volverla a utilizar, ¿cómo se le dice al paciente que lo que se va a meter por la boca lo acaba de sacar otro por el ano? Por mucho que asegures
haberlo limpiado a conciencia siempre queda cierto resquemor. No me imagino a una enfermera diciéndole en la sala de espera a un paciente: «Espere usted,
porque el de la habitación 34 aún no ha soltado la camarita que se tiene que tragar; en cuanto la cague, se la traigo». En el caso de ser de usar y tirar,
¿cómo no va a tener déficit nuestra estupenda Seguridad Social?


El método, en cualquier caso, es absolutamente incruento y plácido. Es, literalmente, un pasar, y resulta el colofón de la carrera por evitar desagrados
a quien debe someterse a pruebas de este tipo. Imagínense una colonoscopia en vivo. No digo yo que no haya a quien le guste cierto tránsito anal, pero
ver que tu abdomen se pone como el de un batracio y que entra una manguera sin fin por centro tan íntimo de equilibrio no supone un plato de buen gusto.
El protocolo, afortunadamente, es realizar la prueba con sedación, con lo que tú ni te enteras de que por allí ha entrado la goma del butano de medio bloque
y únicamente queda como carne de desagrado el carrusel de pócimas laxantes que debes administrarte la noche antes para soltar por abajo hasta la primera
papilla. Normalmente, incluso, puede combinarse la colonoscopia con la gastroscopia, que es lo mismo pero por la boca –también muy agradable– y que de
hacerse a pelo nos haría experimentar una cierta sensación molesta. Tengo por cierto, eso sí, que en las pruebas conjuntas no utilizan para la boca la
misma goma que han introducido por el recto, que, por mucho que sea de uno mismo, no deja de ser poco atractivo.


Mi enhorabuena al doctor Herrerías, jefe de servicio del hospital Macarena de Sevilla. Nos evita incomodidades, sí, pero, como se ve, también nos priva
de cierta sugerente literatura.


Carlos Herrera XLSemanal 9 de marzo de 2008.

El fin de la televisión

Los augures del periodismo profetizaron que el auge de Internet acabaría matando la prensa escrita. Todavía lo siguen afirmando hoy; pero lo cierto es que,
hasta la fecha, el fenómeno más reseñable que a la prensa le ha ocurrido desde el advenimiento de Internet ha sido la aparición de los periódicos gratuitos,
que desde luego no parecen tener muchas ganas de estirar la pata. En cuanto a los periódicos ‘de toda la vida’, que hoy se impone designar ‘periódicos
de pago’, es cierto que encuentran dificultades para renovar su clientela, es cierto que en muchos casos han tenido que afrontar una disminución de sus
tiradas, pero… tampoco parece que se hallen en plena agonía. Sí se adivina, desde luego, que el periódico de papel y tinta lo tiene cada vez más chungo
para competir con los demás medios de comunicación –incluido Internet– en el suministro inmediato de noticias; pero se trata de una dificultad que ya antes
habían tenido que afrontar, en competencia con la radio y la televisión. Podemos intuir que los periódicos de pago del futuro, para sobrevivir, tendrán
que ofrecer un tratamiento de la información ‘alternativo’, menos volcado en el puro suministro de información que en el análisis original y hondo de la
misma; podemos intuir también que el público natural de ese tratamiento menos epidérmico de la información será más reducido y exigente que el que todavía
hoy acude al quiosco: pero esta obligatoria metamorfosis que los periódicos de pago habrán de abordar en un futuro más o menos próximo no conlleva su desaparición.
Sobrevivirán aquellos periódicos que sepan adaptarse a las nuevas demandas de ese público más exigente; pero esa adaptación los hará a la postre más fuertes.


Del mismo modo que la televisión no acabó con la radio, Internet no acabará con la prensa escrita. Es cierto que la televisión firmó el acta de defunción
de algunos subgéneros radiofónicos que hallaron un mejor cauce expresivo a través de la imagen (pienso, por ejemplo, en los seriales); pero el vínculo
que la radio entabla con los oyentes no pudo ser destruido, por ser de una naturaleza muy íntima y persuasiva. El vínculo que un lector entabla con un
periódico es también muy diverso del vínculo que el internauta entabla con la información que fluye por la Red; y, en general, puede decirse que la satisfacción
que brinda la lectura en papel no puede en modo alguno ser emulada por la satisfacción que procura la lectura en una pantalla. No entraremos aquí a valorar
si son satisfacciones más o menos intensas; nos contentaremos con decir que son satisfacciones diversas, tal vez complementarias, pero desde luego una
no anula la otra. Las grandes obras de la literatura las podemos encontrar en Internet; y, sin embargo, la gente sigue acudiendo a una librería o a una
biblioteca para leerlas. Yo mismo, cuando deseo citar tal o cual verso de Virgilio, tal o cual paradoja de Chesterton, acudo a Internet para cerciorarme
de su formulación exacta; en cambio, no se me ocurriría otro modo de zambullirme en la deleitosa lectura de las Geórgicas o de El hombre que fue jueves
que con un libro en las manos. Y creo que la gente seguirá en el futuro disfrutando de la fragante lectura de un periódico si quienes se encargan de confeccionarlo
y escribirlo saben atender las demandas de su público, sin obsesionarse por el suministro informativo.


Pero existe otro medio de comunicación al que Internet ha herido de muerte, aunque paradójicamente no se hable de ello. Me estoy refiriendo, naturalmente,
a la televisión, o siquiera a la televisión no especializada temáticamente. La clientela de las televisiones es cada vez más provecta; las nuevas generaciones
se aburren cada vez más contemplando los formatos televisivos tradicionales. Yo mismo, que no soy nada joven (y, desde luego, nada moderno), puedo confesar
sin rubor que dedico más tiempo a YouTube que a la televisión, que me aburre sobremanera por su previsibilidad cansina. El espectador joven exige a la
información visual un mayor dinamismo que el que puede ofrecer la televisión, entre otras razones porque la televisión es, entre todos los medios de comunicación
existentes, el que demanda un destinatario más pasivo; y los destinatarios más jóvenes se están rebelando contra ese papel de estafermos que la televisión
les adjudica. No quisiera dármelas de arúspice, pero sospecho que el espectador inquieto que ha nacido al socaire de Internet acabará dándole la espalda
a la televisión convencional, antes que a la prensa escrita.


Juan Manuel de Prada XLSemanal 10 de febrero de 2008.

UNA HISTORIA EN BLANCO Y NEGRO

90 años educando perros para ser sus ojos


En 1916 abrió sus puertas en Alemania la primera escuela de perros guía. Hoy, 90 años después, y con motivo de este feliz aniversario, se hace difícil no escribir y homenajear a su vez a aquellos profesionales, adiestradores y perros, que paso a paso han ido creando un camino de ilusiones y excelentes resultados en las más de cien escuelas que en la actualidad prosiguen con gran esmero su labor.


Todo comenzó en 1827 en Austria, cuando Leopold Chimani publicó un libro en el que mencionaba la historia de Joseph Resinguer, que ciego desde los 17 años, había adiestrado a sus tres perros. Años más tarde, Johann Wilkelm Kleinn y Jacob Birrer publicaron sendos libros en los que describían las técnicas de adiestramiento. A pesar de ello, todo eran intentos personales y no fue hasta 1916 cuando el Dr. Gerhard Stalling, con motivo de ayudar a los soldados que a consecuencia de los combates en la I Guerra Mundial habían quedado ciegos, abrió la primera escuela de perros guía en Oldenburg, Alemania.


Lo que en un principio comenzara de forma experimental, pasó a ser una realidad al amparo de los resultados obtenidos. En poco tiempo se abrieron dos escuelas más que empezaron a entrenar perros para civiles. De este modo, y dando valor a la teoría de que toda piedra hace pared, fueron apareciendo centros de adiestramiento en otros lugares del mundo llegando a la situación actual en la que hay escuelas en la mayoría de países desarrollados.


En España, contamos con la Fundación ONCE del Perro Guía, situada en Boadilla del Monte, Madrid, que ha otorgado más de 1.000 perros y cuyo crecimiento, trabajo y resultados la sitúan como una de las escuelas punteras del mundo. De este modo, y con el convenio existente con la escuela americana Leader Dogs, se le aporta al usuario una inmejorable oportunidad de disfrutar de la compañía, el apoyo y el trabajo que día a día realizan nuestros fieles compañeros de cuatro patas.


Son animales dóciles que han sido perfectamente adiestrados. Por ello, cuando desempeñan su función de guía, no se les debe distraer y en ningún caso debe dárseles comida ya que su dieta y alimentación son controladas de forma estricta. A su vez, el seguimiento veterinario al que son sometidos es exhaustivo, con lo que su salud es excelente. De este modo, toda persona acompañada por su perro guía, tiene permitida por ley la entrada a los lugares, alojamientos, locales y transportes públicos.
Ellos, aunque tal vez no lo sepan, son seleccionados meticulosamente, siendo hoy por hoy el Labrador, el Golden Retriever y el Pastor Alemán, las tres razas más utilizadas para esta tarea. Esta selección no se detiene ahí, sino que desde que nacen son puestos a prueba una y otra vez para que estén preparados ante el máximo número de situaciones posibles y sepan reaccionar con rapidez pero con calma.


Caminos cruzados


Su historia, es y fue como la de tantos otros, aunque hay quien dice que al igual que no hay dos personas idénticas, cada perro es diferente. Cuando se para a pensar en su infancia, vagos recuerdos acuden a su mente: el calor y los lametones de su madre, los juegos con sus hermanos, y su extrañeza al ver que no todos los que la rodeaban tenían cuatro patas, ya que otros a los que en poco tiempo incluyó en su manada andaban sólo con dos, erguidos, y también transmitían cariño y afecto.


Poco tiempo después todo cambió de pronto. Sin previo aviso, sus hermanos y su madre dejaron de estar junto a ella, y su lugar fue ocupado únicamente por aquellos que cada día le eran más familiares, pero que a fin de cuentas no eran como ella. Pasó algunos días de angustia, de pena por no estar con los suyos, aunque manos cálidas, palabras amables, voces tranquilizadoras y un nuevo nombre, Nyka, le abrieron las puertas a una nueva vida, con una nueva manada de la que ya se sentía un miembro más.


-¡No sabía que se podía correr tan rápido!- Al bajar del tren todo le daba vueltas y un hormigueo le recorría las patas. Ahora, años después, entreabre los labios y deja caer la lengua a un lado, mientras con la mirada perdida intenta acordarse de todos los viajes que hizo en coche, en autobús, en tren, acompañando a todas partes a la familia que la había enseñado a no ensuciar la casa, a obedecer, a respetar las jerarquías de su manada, a quienes al fin y al cabo la habían acogido, haciendo suyos todos esos lugares vetados para otros que no eran tan listos, ni estaban tan bien educados como ella. -¿Por qué me dejáis aquí? Quiero volver a casa con vosotros! No me gusta este sitio!- Tiene gracia pensar eso ahora que sabe que está con su verdadero y definitivo dueño. Ella no lo sabía, pero había pasado un año con su familia de acogida, y se encontraba de vuelta en su escuela, donde como suponía, superó todas las pruebas. Entre otras cosas, sabía pararse en los escalones y escaleras, buscar puertas, esquivar obstáculos, y guiar a su entrenador mientras él llevaba los ojos vendados. Lograba así el mérito que permite patear las calles siendo la fiel amiga de quien más lo necesita.


Había llegado el momento de conocerla. Tenía que esperar a que su instructor le trajera a la que sería su compañera de fatigas en los próximos años. Carlos sólo sabía eso: Es una perra, muy inteligente y con buena presencia. ¡Cuánta razón tenían! Recuerda mientras acaricia su lomo y escucha ese gruñido grave, profundo, que Nyka emite para hacerle saber que se siente a gusto con su contacto.


Pocas semanas después y tras haber sido probados, desde la escuela se les da la enhorabuena y ambos pueden comenzar a disfrutar del que hasta la fecha es el placer que les une: vivir juntos sintiendo que al andar, sus cuerpos son uno, y que algún extraño giro del azar permite que se conozcan, que se entiendan y que ambos compartan los momentos que la vida les reserva. Como decía Aristóteles: “La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas”.


Carlos no lo sabe pero Nyka le mira. En blanco y negro, tal y como ven todos los perros. Es una mirada que puede parecer triste, melancólica, pero que con ella expresa mucho más que eso: certeza, cariño, amor, sinceridad e inocencia. Le observa así mientras piensa que le guiará siempre, incluso cuando sus caminos se separen, cuando ella haga sola su último viaje, y desde arriba le lleve por sendas libres de obstáculos y de andar tranquilo.


Carlos Grau Belda.

Philipp von Boeselager: “Matar a Hitler era una cuestión de honor”

Conoció a Hitler y no le impresionó "para nada". En 1944 conspiró para matarlo. A sus 90 años, este antiguo oficial de la Wehrmacht recuerda los días de
la Operación Valquiria.


Dos águilas sobrevuelan la torre blanca del castillo de Kreuzberg. Es imposible no pensar en los altivos y audaces tiranicidas Georg y Philipp von Boeselager,
los dos hermanos oficiales de la Wehrmacht que, héroes ambos de guerra, trataron de asesinar a Hitler y se implicaron en la conjura que condujo al atentado
frustrado del 20 de julio de 1944, el mayor intento por liquidar al líder nazi. Georg von Boeselager, as de la caballería alemana, murió ese mismo año
en acción contra los rusos. Pero Philipp, apenas dos años menor, sobrevivió de manera casi milagrosa no sólo a la II Guerra Mundial -durante la que se
jugó ampliamente el tipo: cinco heridas-, sino a la terrible, despiadada y ciega venganza de Adolf Hitler. También ha resistido al tiempo: es, con sus
90 años, el único superviviente del grupo de conjurados militares que desató la Operación Valquiria, y cuya figura emblemática, su mano ejecutora, era
el coronel Claus von Stauffenberg, el hombre que puso la bomba en la guarida del lobo nazi y al que va a encarnar en el cine Tom Cruise. El conde Philipp
von Boeselager (Heimerzheim, Renania, 1917) vive aquí, en Kreuzberg (Monte de la Cruz), una pequeña población entre bosques a media hora de Bonn en coche,
al pie del castillo que es propiedad de su familia desde 1825 y en el que actualmente reside su hijo. La casa del viejo militar no destaca externamente
de las demás del pueblo, excepto en que el orgulloso lema de la familia está inscrito en la fachada: "Etiam si omnes Ego non" ("Aunque los demás [lo hagan
o consientan], yo no"). Ante la puerta hay un viejo Mercedes color Afrika Korps y sobre el techo de pizarra se mueve una veleta de hierro en forma de jabalí
embistiendo. Von Boeselager, del que se publica ahora en España una biografía centrada en la época de la conspiración (Queríamos matar a Hitler, escrita
por Florence y Jerôme Fehrenbach, editorial Ariel), recibe en un amplio y distinguido salón. Sobre una mesa, entre las fotos de familia, la de un cardenal
saludando al papa Benedicto XVI. El viejo combatiente viste con patricia elegancia y exhibe la obsequiosa amabilidad de quien está acostumbrado a mandar.
Los ojos que una vez se clavaron con odio sobre Hitler son de un azul turbio, y destacan bajo unas cejas en forma de acento circunflejo en un rostro descolgado
que sugiere poderosamente un noble, longevo y venerable búho. Von Boeselager responde a todas las preguntas con paciencia, sin humor ni sentimentalismo.


"El plan era que mi hermano y yo dispararíamos a la vez contra Hitler"


"Nadie me denunció. A los que torturó la gestapo no dieron mi nombre"


"Todo falló porque a la reunión con Hitler se llevó una sola bomba"


Como ayudante de campo del mariscal Kluge desde 1942, conoció usted personalmente a Hitler. ¿Cómo era? Le vi varias veces. No soy objetivo al hablar de
él. Normalmente era en el marco de las reuniones con Kluge en el Estado Mayor del Grupo de Ejércitos Centro, en Rusia, en las que solía haber fuerte controversia.
Hitler quería un ataque y Kluge no, y viceversa. Yo conocía los argumentos del mariscal, estaba a su favor.


¿Pero no le impresionó Hitler? Para nada. Era imponente el poder que le rodeaba, eso sí; con los guardaespaldas de las SS a su alrededor, uno se sentía
pequeño. Su habilidad para la manipulación, de la que tuve muchas muestras, demuestra que psicológicamente era muy inteligente, astuto. Pero me resultaba
profundamente antipático.


¿Diría que Hitler tenía carisma? Para mí, no. Yo no lo sentí. Pero ya era escéptico. Hitler no había respetado el concordato con la Iglesia, y los nazis
habían asesinado a mi primo Von Ketteler en Viena: la Gestapo le ahogó en una bañera tras el Anschluss. Además, me había enterado de que las SS hacían
cosas gravísimas. Al principio eran sospechas, pero luego, en la primavera de 1942, encontré en uno de los mensajes que debía resumir para el mariscal
una frase que me intrigó. Era del obergruppenführer SS Erich von dem Bach-Zelewski, y tenía que ver con una acción en la retaguardia. Mencionaba "tratamiento
especial para cinco cín¬garos".


Tratamiento especial. Se lo dije al mariscal. Al cabo de unos días, Kluge tuvo una entrevista con él; yo estaba presente y lo escuché todo. Le preguntó
qué significa¬ba la expresión. "¿Eso? Que los fusilamos". "¿Tras un juicio?", continuó el mariscal. "¡Claro que no! ¡A todos los judíos y cíngaros que
cogemos los liquidamos!".


No fue la única revelación que tuvo del exterminio sistemático, del genocidio. Un amigo oficial compartió una cabina de tren con gente de la SD y los oyó
alardear, ebrios, del asesinato de 250.000 judíos. Y Von Tresckow lo sabía por el general Oster, de la Abwehr, la inteligencia militar, que estaba en contacto
con Arthur Nebe, general de las SS y jefe de la Kripo, la policía criminal. A través de ellos nos enteramos de los campos de exterminio; de cosas muy concretas
como los trenes hacia el este, el gas...


¿Ese conocimiento fue decisivo para que decidieran matar a Hitler? Así es. Instigó a la resistencia. Fue un gran shock para mí. Uno no se podía imaginar
que teníamos un gobierno de criminales. Quizá algún ministro corrupto o tonto, pero aquello...


El general Henning von Tresckow, al que usted venera y que se suicidó con una granada tras el fracaso del complot del 20 de julio, fue el gran orquestador
del grupo de resistencia de ustedes, el alma de la conspiración. Von Tresckow era un gran hombre, un patriota, un soldado y un cristiano. Desde 1938 tenía
claro que había que detener a Hitler. A partir de 1942 organizó diversos complots en el seno del Grupo de Ejércitos Centro, en Rusia, para matar a Hitler;
todos fallaron por una causa u otra, hasta el 20 de julio.


A partir de un momento, ya no era una cuestión política, sino moral. Exacto, solamente moral, había que evitar que siguiera muriendo gente. La guerra estaba
perdida, nada iba a cambiar la exigencia de rendición incondicional de los aliados, Alemania iba a ser irremediablemente reducida y ocupada. Íbamos a hacer
el atentado por acabar con los crímenes, por amor a la patria y por el honor de oficiales. Era una cuestión de honor. Pensábamos que, aunque fracasáramos,
al menos demostraríamos al mundo que había alemanes dispuestos a morir contra un régimen indigno. En el futuro, eso sería tenido en cuenta de algún modo.
Von Tresckow hablaba de la intercesión de Abraham por Sodoma ante Yahvé: "¿Y si se hallasen allí diez justos?". "Por los diez no la destruiría".


Era un sacrificio, pues. Un autosacrificio.


¿No tenía miedo? Me preocupaban las consecuencias para mi familia. No tanto la muerte.


¿No tenía dudas? Asesinar a sangre fría al jefe del Estado, al que como oficial le había prestado juramento de fidelidad. Millones de compatriotas y de
soldados creían en Adolf Hitler, ¿tenía yo más razón que ellos? Sí, la tenía. Eso estaba claro. El juramento..., no representaba nada para mí. Yo sabía
que era un compromiso bilateral y que Hitler no había respetado su parte. Pero siempre es duro matar a alguien de cerca, no en un acto de guerra, asesinarlo.
Primero se pensó en usar pistolas, durante una visita de Hitler al frente ruso. Algunos oficiales de Estado Mayor y de caballería, entre ellos mi hermano
y yo, nos levantaríamos a una señal y dispararíamos a la vez. Había que tirar a la cara, porque Hitler llevaba siempre un fino chaleco antibalas y la gorra
reforzada con metal. Finalmente se canceló el plan.


Hubo varios intentos fallidos y luego usted consiguió aquellos explosivos. Sí, había tenido acceso a material tomado a los ingleses; eran mejores, porque
los detonadores eran muy silenciosos. Mi hermano me dio orden de proporcionar a Von Stauffenberg una maleta con explosivos.


¿Usó finalmente el coronel los suyos en el atentado del 20 de julio? Hay cierta controversia al respecto. Sí, es bastante seguro que eran los míos.


¿Cuál era su papel en la Operación Valquiria? Debía mover mi unidad de caballería, seis escuadrones, desde el frente hasta un punto a 200 kilómetros atrás,
donde dejaríamos los caballos, montaríamos en camiones, nos desplazaríamos hasta un aeródromo en Polonia y volaríamos a Berlín Tempelhof para unirnos al
golpe. Nuestra misión allí era ocupar los cuarteles 1 y 2 de las SS.


Un golpe de caballería, suena romántico. ¿Romántico dice? No mucho. Era una de las pocas unidades disponibles y que podíamos mover, porque la caballería
tenía cierta flexibilidad de movimientos para cubrir la retaguardia; eso nos permitió ir hacia occidente sin despertar demasiadas sospechas. Fueron 36
horas a caballo, a toda marcha.


Al fracasar el atentado y el ‘coup d'état consiguiente'... Sólo debíamos volar si el atentado era un éxito. Al enterarnos de que Hitler seguía vivo, dimos
la vuelta y regresamos. Pero, claro, yo estaba convencido de que nuestra cabalgada no podía haber pasado inadvertida.


Pero tuvo suerte. Nadie me denunció. Los compañeros a los que torturó la Gestapo tampoco revelaron mi nombre.


Sin embargo, vivió usted un calvario hasta el final de la guerra. Estaba convencido de que me detendrían y acabaría colgado. Todo el mundo sabía que mi
hermano y yo éramos amigos de Von Tresckow, que yo había hecho esa marcha y contramarcha. Tiempo antes, cuando solía volar en las avionetas Cigüeña sobre
el frente, el mariscal Kluge me dio una cápsula de cianuro, por si me cogían los rusos. A partir de entonces la llevé siempre en el bolsillo superior
de la guerrera. Desde el atentado del 20 de julio dejé siempre abierto el botón del bolsillo. Cada día pensaba que sería el último.


Hasta el final de la guerra no se deshizo de la cápsula. Sí, fue el 9 de mayo tras atravesar el Moura, al sur de Graz, cuando con mi regimiento cubríamos
la retirada de todo el cuerpo de caballería. Detuve mi montura junto al pretil del puente y arrojé el veneno al río. Luego hice volar el puente. Nos rendimos
a los ingleses y en julio regresé a casa, con la pistola al cinto y mis dos caballos, que me acompañaban desde 1939.


No sé qué es más raro, que sobreviviera usted o los caballos. Uno de los dos era Moritz, mi semiárabe. Olía a los rusos por sus cigarrillos, muy fuertes,
apestosos. No le gustaban y relinchaba así.


El conde imita extraordinariamente la voz del équido, el efecto es asombroso. Por un momento, no encuentro qué decir.


¿Sigue montando? No, tengo mal las rodillas, de la guerra. ¿Si lo echo en falta? Bastante suerte tengo ya de estar vivo.


Así que volvió con la pistola, con la que debía haberle pegado un tiro a Hitler aquel día en Rusia. Bueno, finalmente se lo pegó él mismo. ¿Conserva sus
otras cosas de la guerra, su uniforme? El uniforme..., estará por ahí.


Usted ganó la Cruz de Caballero. ¿Cómo fue? Me hirieron, pero me quedé con mis soldados. Destruí algunos tanques y se mantuvo la posición.


Vaya, dicho así, hasta parece fácil. ¿Siente nostalgia del ejército? Todos esos amigos que han caído, los del 20 de julio, y los de mi regimiento. Muchos
buenos oficiales. Ayer vinieron a verme dos de los supervivientes de mi unidad.


¿Se sintió criticado por haber participado en la conspiración? Durante mucho tiempo no se supo. Además, después de la guerra, toda la época nazi era tabú.
Aquí en el pueblo todos nos arremangamos para la reconstrucción. Nadie preguntaba qué había hecho el otro. Era como si la historia hubiese acabado en 1930.
Es la generación de ahora la que pregunta, los nietos.


¿No ha tenido problemas con las asociaciones de excombatientes? No.


¿Amenazas? Sí, y calumnias. Los neonazis. Llevo veinte años dando conferencias sobre mi experiencia personal: cómo me hice soldado, cómo pasé a la resistencia.
Para advertir a los jóvenes. A veces aparece gente que me ataca, provocadores.


¿Siente miedo? No forma parte de mi personalidad tener miedo.


En sus memorias habla mucho de su pasión por la caza, el urogallo y tal. He ca¬zado toda mi vida. Me entusiasmaba cazar lobos.


Pues no consiguieron cazar al más peligroso. ¿Cómo era Von Stauffenberg? Lo vi varias veces, pero hablamos muy poco. Estaba prohibido contactar entre nosotros
si no era estrictamente necesario para los planes. A Von Stauffenberg le admiro por su valor. No reunía las condiciones físicas para encargarse del atentado:
sólo tenía una mano y únicamente con tres dedos. En esas circunstancias, armar la bomba era muy complicado. Así, vea.


El conde Von Boeselager reproduce los movimientos del tullido Von Stauffenberg con los explosivos aquella mañana del 20 de julio de 1944 en la Wolfschanze.
Resulta estremecedor verle montar la bomba con una sola mano. Por un momento contengo el aliento pensando que si hace un gesto equivocado vamos a volar
por los aires. ¡Con todas las porcelanas que hay en el salón! Atornilla el detonador. Acaba. La bomba está lista.


Von Stauffenberg falló. Tuvo que actuar de forma precipitada. Usó sólo una bomba, en vez de las dos que tenía, y como yo había recomendado. Con las prisas
no sólo no montó la segunda bomba, sino que ni siquiera se la llevó. De haberlo hecho, de haber explotado las dos bombas, nadie hubiera sobrevivido en
la habitación de la reunión con Hitler.


Todo el plan se aguantaba un poco por los pelos, si me permite que se lo diga. No es que me guste citar a Goebbels, pero no iba errado al tacharles de aficionados.
Tiene razón. Von Stauffenberg tenía que entrar la bomba, montarla, dejarla junto a Hitler, salir de allí y volar a Berlín, porque era fundamental para
activar Valquiria. Quizá fue una locura planearlo así, pero no parecía haber otra opción.


Debía de ser un tipo impresionante Von Stauffenberg. Un oficial excelente.


Y bien colocado, con acceso al cuartel general del Führer en Rastenburg, la Wolfschance, gracias a su puesto de jefe de Estado Mayor del ejército de reserva.
Ésa era la clave. Muy pocos oficiales llegaban tan cerca de Hitler. Y Von Stauffenberg tuvo el valor de hacerlo, de intentar matarle.


La mayoría de ustedes, el grupo de conspiradores militares, eran aristócratas. ‘Von' por aquí, ‘von' por allá. Parece que los nazis, con su brutalidad y
grosería, les inspiraban un disgusto especial. Había pocos gentlemen entre ellos. Eran proletariado. ¡Si hubiera visto a Hitler comer! Con los codos en
la mesa e inclinado sobre el plato.


Philipp von Boeselager imita grotescamente a Hitler comiendo. Lo hace con verdadero desprecio. La imagen es realmente desagradable, aunque a uno se le ocurre
que había motivos más relevantes para descalificar al líder nazi que por sus maneras de mesa.


¿Qué piensa de la nueva película sobre la conspiración, ‘Operación Valquiria'? Me alegro de que por primera vez se hable de la resistencia alemana en los
países anglosajones. Hasta los años cincuenta no lo permitieron, para que no se pensara que las condiciones de paz deberían haberse arreglado de otra manera.


¿Qué le parece lo de Tom Cruise como Von Stauffenberg? Dicen que es un actor excelente. Espero que se esfuerce al hacer de Von Stauffenberg y que no haga
propaganda de su secta.


¿Vio la película alemana sobre la conjura que dirigió Jo Baier en 2004, y en la que el papel de Von Stauffenberg lo hacía Sebastian Koch? Era mediocre.
Pero hay que reconocer que la situación es muy difícil de representar.


¿Qué opina de la revisión que se ha hecho en los últimos años del papel real de la Wehrmacht en el genocidio? Libros como ‘La Wehrmacht', de Wolfranm Wette
[Crítica], y la exposición inaugurada en Hamburgo en 1995 ‘Guerra de exterminio. Crímenes de la Wehrmacht entre 1941 y 1945', han derrumbado el mito de
un ejército limpio. La mayoría de los soldados no sabía de los crímenes. Estaban en el frente y los asesinatos se cometían detrás. De seis millones de
soldados, sin duda algunos cometieron crímenes. Pero en general fueron las SS y las unidades de policía.


¿Cómo veían ustedes a las Waffen-SS? Al principio eran 40.000; al final, 950.000. Muchos jóvenes fueron a parar allí atraídos por la propaganda, los uniformes,
las armas..., sin tener ni idea de la ideología SS. ¿Qué le puedo decir? Que los 40.000 originales eran sin duda unos puercos.


He visto dos águilas sobrevolando el castillo. En la torre ha anidado un halcón.


Me han hecho pensar en usted y su hermano. Éramos como gemelos. Fue terrible para mí cuando murió, el 29 de agosto de 1944.


Era un personaje romántico. No tenía nada de romántico mi hermano.


¿No? Era un héroe que dirigía cargas de caballería desarmado. Era un ídolo para todo el ejército, es cierto lo de ese ataque en el que se olvidó de coger
su pistola. Y siempre iba con la gorra de oficial, pese a la orden que obligaba a llevar el casco de acero en combate. Los dos lo hacíamos, así nuestros
soldados siempre podían identificarnos y ver dónde estábamos. Éramos los únicos en el ejército sin casco.


¿Conoció al mariscal Rommel? Lo vi una sola vez. A nivel político no tenía ninguna importancia.


Pues Hitler le hizo suicidarse. Sí.


No se puede decir que hable de él con mucho cariño. No, la mayoría de los generales fracasaron a nivel político, y yo he aprendido que un oficial tiene
unas responsabilidades que no se limitan sólo a lo militar. Von Tresckow trató de unir a los mariscales para deponer a Hitler y no lo consiguió.


¿No fue Von Manstein el que soltó aquello de "los mariscales de campo prusianos no se amotinan"? "De política no entendemos", decían. Era algo increíble.


Lo del lema familiar, ¿se puede leer retrospectivamente a la luz de su participación en la conjura? Siempre ha sido así, "tenéis que pensar de forma independiente".


¿Eso no es poco alemán? No, no lo creo. Tengo toda una serie de familiares que han actuado de acuerdo con ello. Lo otro es más común, por supuesto, y más
fácil.


Es usted el último de los conjurados. ¿No es eso una carga? Sí, una responsabilidad enorme. Trato continuamente de explicar lo que hicimos y por qué a los
jóvenes. Es muy cansado. Pero es mi deber.


Philipp von Boeselager ha perdido fuelle. Asegura poder seguir todo lo que haga falta, pero hace una hora ya -llevamos dos y media- que una asistenta ha
entrado y ha dicho textualmente: "La señora llama a comer", y el quejido de su estómago le traiciona. Antes de marcharme aprovecho para darle el soldadito
de plomo, un húsar, que le he traído de regalo -siempre es bueno quedar bien con los ex oficiales de caballería de la Wehrmacht, especialmente los que
valoran las buenas maneras-. Lo coloca en la repisa de la chimenea y entonces veo la vieja foto. "Es mi regimiento, el 15 º de Caballería de Paderborn,
desfilando en Berlín el año 1938. Georg está al mando y yo en la primera fila". Percibo una nota de melancolía en la voz del viejo jinete, o quizá es hambre.
Le miro ahí de pie tratando de reflejarse en la fotografía de esa hueste, esa Reiterverband, que cabalga hacia un destino de sangre y pólvora, y el estrépito
de los cascos de los caballos, la fanfarria de las cinchas y las armas, inunda la habitación toda en este acerado día en Renania. Es difícil sentir afinidad
con este seco, marcial y estirado retoño de la más rancia nobleza teutona que disfruta la violencia de la caza, parece incapaz de soltar una lágrima y
pronuncia con reverencia la palabra Wehrmacht. Pero Philipp von Boeselager, como el resto de los brave few del 20 de julio, tuvo los redaños de empeñar
su vida y su nombre para acabar con el mayor monstruo de la historia. Así que es inevitable que, si bien no simpatía, despierte al menos admiración y respeto.
Igual que las lejanas águilas que, al salir, siguen clavadas en el cielo como dos bellas y crueles insignias.


JACINTO ANTÓN. El País 11/05/2008

LOS NIÑOS QUE HITLER ROBÓ

Huérfanos de la barbarie nazi


Unos 200 niños polacos de un campo de refugiados austriaco llegaron en 1946 a Barcelona en una operación de la Cruz Roja. Eran niños rubios "de aspecto
germano" robados por los nazis o fruto de experimentos para crear la superraza aria. Algunos volvieron a su país, otros fueron a EE UU. Varios de ellos
relatan a EL PAÍS su drama de desarraigo e identidad perdida.


De la mano de la Cruz Roja internacional, 200 niños polacos robados por los nazis durante la II Guerra llegaron a Barcelona en 1946 procedentes del campo
de refugiados de Salzburgo (Austria). Algunos habían sido seleccionados por culpa de sus rasgos físicos pretendidamente arios y arrancados de sus padres,
otros eran hijos de los trabajadores esclavos utilizados hasta la extenuación en la industria alemana de guerra. También había pequeños engendrados en
el diabólico proyecto eugenésico de los Lebensborn, (la fuente de vida), las granjas de procreación y educación nazi destinadas a crear la superraza, en
las que se forzaba a las mujeres seleccionadas a acostarse con los oficiales alemanes.


Los seis hermanos Wieczorek fueron arrancados brutalmente de los brazos de sus padres por los nazis


Muchos perdieron toda posibilidad de rescatar su identidad a causa de la quema de archivos por parte de los nazis


Recuerdos que son señas de identidad: "Mamá tenía una chaqueta marrón, nos separaba una alambrada, lloraba"

El verdadero drama era la búsqueda de identidad. Preguntaban: "¿Quiénes son mis padres?". "¿Está viva mi madre?"


Aleksandra Gruzinska: "Barcelona es nuestro paraíso perdido". Lo repiten todos los niños robados


Josef Szpaczkek: "Perfeccioné mi español para seducir a una pamplonesa, pero nos llevaron a EE UU"


Desconocida hasta ahora, la historia de estos niños polacos hurga cruelmente en la herida moral de la humanidad porque fueron despojados de su nombre, su
memoria y su lengua, germanizados y, en ocasiones, entregados a familias alemanas y nuevamente desgajados de estos hogares al término de la contienda.


Muchos perdieron irremisiblemente la posibilidad de recuperar su identidad y su familia en la hoguera con la que los nazis en retirada destruyeron los archivos
que daban cuenta del delirio de recreación de la raza aria. Tal y como ha constatado este periódico, seis décadas más tarde, la herida del limbo identitario
sigue supurando en el alma de los supervivientes, "españoles de corazón", y palpita dolorosamente con el recuerdo de las traumáticas experiencias vividas.
Tuvieron que resignarse a no saber de sus padres y hermanos, a descontar para siempre esos besos y abrazos y a vivir con ese vacío lacerante, algunos,
en la sospecha de que su progenitor pudo muy bien haber sido un soldado alemán.


Todos llegaron a Barcelona con el enigma de su origen, pero sólo los que habían guardado en su memoria un recuerdo nítido -"Mamá tenía una chaqueta marrón,
lloraba, pero nos separaba la alambrada"- o habían salvado un objeto -la fotografía doblada que la madre le dio a hurtadillas en la despedida, la medallita
de la Virgen...- disponían de la prueba de una identidad perdida.


Escuchar sus padecimientos durante la guerra es asomarse a un abismo de angustias y terrores, de hambre y violencia. Se comprende que los desnutridos o
enfermos huérfanos polacos encontraran en la pobre España de la posguerra el paraíso inesperado que añoran todavía 62 años más tarde.


El tiempo había acabado por sepultar aquellos hechos bajo una capa de olvido tan compacta, que la mera confirmación periodística de la llegada de esos niños
a Barcelona pareció una empresa imposible. Los datos transmitidos en su día por personas ya fallecidas se revelaron pronto insuficientes o inexactos. Y
rebuscar en los archivos de la Cruz Roja en Madrid y Barcelona, consultar a la Embajada y los consulados de Varsovia e indagar en la comunidad polaca resultó
un ejercicio infructuoso. Nadie tenía noticia de estos niños.


Cuando el panorama invitaba al abandono y la historia parecía abocada a engrosar la carpeta de iniciativas fallidas, un diligente archivero de la Cruz Roja
en Ginebra, tan dispuesto como para buscar más allá de las fechas convenidas, exhumó el listado de uno de los grupos que llegaron a la Ciudad Condal. ¡Era
verdad! La consulta a las hemerotecas, ahora sí, en el año y las fechas correctas, mostró que esos niños de entre 2 y 12 años tenían también rostro y saludaban
disciplinados con vivas a España desde la cubierta del mercante JJ Sister, que el 24 de abril de 1946 atracó en Barcelona.


Fueron alojados, inicialmente, en el número 49 de la calle Angli, una antigua checa (centro de detención) del Frente Popular que el Auxilio Social franquista
(organización de beneficencia) había habilitado como residencia infantil, y luego en la residencia Vallcarca, también en el barrio de la Bonanova. Los
periódicos españoles de la época presentaron la llegada de los "huérfanos de guerra polacos" como prueba del carácter humanitario del régimen, cuando aquel
gesto respondió a la necesidad del Gobierno de Franco de congraciarse con los aliados victoriosos y hacerles olvidar sus simpatías por los derrotados alemanes.
En las negociaciones diplomáticas, auspiciadas por el Vaticano, la dictadura franquista asumió el compromiso de facilitar el alojamiento y los cuidados
necesarios, mientras que el Gobierno polaco en el exilio establecido en Londres, que no reconocía al poder comunista establecido en Varsovia, se encargaría
de la educación-polaquización de los niños.


La experiencia se prolongó durante diez años, periodo en el que la mayoría de los niños, ya adolescentes o jóvenes, fueron devueltos a Polonia, a menudo
contra su voluntad, y entregados a parientes que habían sobrevivido. ¿Qué pasó con aquéllos cuyos orígenes no pudieron ser establecidos? ¿Y qué habrá sido
de esa chica rubia, de ojos azules, Teresa Lindner, que según el diario Pueblo se había prometido a un español estudiante de Ingenieros?


Seguir el rastro de los huérfanos polacos no devueltos a su país era como perseguir la sombra de unas nubes caprichosas que lo mismo se dirigían a Polonia,
que a Francia, a Estados Unidos o al Reino Unido. Del listado de nombres puestos a búsqueda sistemática en Internet, únicamente el de Aleksandra Gruzinska
obtuvo una respuesta positiva en Google. Había una Aleksandra Gruzinska profesora de francés en la Universidad del Estado de Arizona (Estados Unidos),
y en la página figuraba la dirección de su correo electrónico. Era la última oportunidad y había que apurar la suerte, por improbable que pareciera que
una persona de 75 años continuara profesionalmente activa. Que conservara su apellido de soltera en Estados Unidos significaba, además, que no se había
casado, supuesto que reducía aún más las probabilidades.


"¿Es usted la Aleksandra Gruzinska que llegó a Barcelona en 1946 por mediación de la Cruz Roja?" Como ocurriría después con el resto de los receptores,
el mensaje produjo el devastador efecto de un torbellino emocional. Rememorar el pasado en estos casos es destapar la caja de Pandora de los dolores y
traumas padecidos, dar rienda suelta a recuerdos amargos y secretos que habían sido convenientemente domeñados y guardados bajo siete llaves. Ella se tomó
su tiempo, sopesando si estaba dispuesta a dejarse envolver por el oleaje desatado en su interior, pero cinco días más tarde contestó: "Sí, soy una de
las chicas de Vallcarca". Y hay que decir que pocas veces en el ejercicio de este oficio se reacciona a un mensaje con una exclamación de júbilo.


Aleksandra no pudo o no quiso entonces ir más allá -"me despido con mucha emoción", indicaba-, pero luego encaminó al periodista hacia un manantial informativo,
el tesoro documental de los "huérfanos polacos de Barcelona", podríamos decir, que Cristina Tozer, hija de la canciller del consulado polaco en Barcelona
Wanda Tozer, guarda en su casa de Madrid. Activista de la resistencia antinazi perseguida por la Gestapo, Wanda Tozer alojó en su casa de Barcelona a los
pilotos polacos derribados en Francia y a los soldados perdidos que trataban de llegar a Gibraltar o a Portugal para desde allí regresar a sus bases en
Inglaterra. "A veces me encontraba el salón tapizado de cuerpos", recuerda su hija Cristina. "Mi madre les daba documentación falsificada y dinero para
que pudieran atravesar España". La señora Wanda fue la madre espiritual de los niños robados por los nazis que llegaron a España, además de su profesora
de literatura y polaco. Era el enlace entre las autoridades españolas y el Gobierno polaco en el exilio.


Durante aquellos años, la canciller fue anotando las revelaciones que extraía de sus contactos con los niños -"yo también era muy pequeña y tenía celos
de los cuidados que les prodigaba mi madre", indica Cristina-, hasta descifrar el secreto que guardaban. Descubrió que, en su gran mayoría, aquellos niños
procedían de Silesia, región que los alemanes consideraban germánica y, por tanto, potencialmente susceptible de albergar los genes de la raza aria. Descubrió
que a muchos de los pequeños les habían cambiado sus apellidos por otros, en ocasiones, despectivos e hirientes, como Koziok (cabrito); que les habían
borrado los recuerdos familiares y prohibido el uso de su lengua; que habían sido robados y humillados; que habían pasado por sucesivos orfanatos y que
los mayores habían sido abandonados cuando la contienda tocaba a su fin y forzados a vivir como salvajes en los bosques.


Wanda Tozer intuyó entonces lo que los historiadores tardarían mucho en comprobar: que en la región noroccidental de Polonia incorporada al Tercer Reich
con el nombre de Wartehegau, a los niños de aspecto nórdico se les supuso un origen alemán y fueron germanizados. En su libro El trauma alemán, Gitta Sereny
cita la orden de las SS número 67/1, en la que se alude a la "gran cantidad de niños en Polonia que por su aspecto son potenciales portadores de sangre
valiosa para Alemania". La periodista austriaca sostiene que en las acciones punitivas contra la resistencia, la norma era ejecutar a todos los hombres
y enviar a las mujeres a los campos de concentración, mientras que los niños de entre seis meses y dos años eran enviados a los hogares Lebensborn, y los
mayores de doce, enviados a trabajar.


"La Gestapo se llevaba a los niños por la fuerza, sobre todo si respondían claramente a los criterios de raza", escribió ya entonces Wanda Tozer. "Los seis
hermanos Wieczorek fueron arrancados brutalmente de los brazos de sus padres. Aleksandra Gruzinska, a la que sus compañeros llamaban Olga, no tuvo apenas
tiempo de abrazar a su madre. Bronislaw Zimmy fue sacado de un orfanato para ser germanizado. Jerzy Kaczynski y su madre fueron llevados a Alemania para
trabajar duramente. Jadwiga Bronowicka vio desde su escondite en un pajar cómo los rusos asesinaban a su padre...".


Son escritos, hasta ahora inéditos, que Cristina Tozer encontró en su casa a la muerte de su madre, en 1990. En todos ellos late la sensibilidad de una
mujer, patriota polaca y católica, capaz de comprender el dolor de la "segunda ruptura" que padecieron los niños dados en adopción a familias alemanas
y rescatados por los aliados al término de la guerra. "No querían ir con esos polacos de quienes habían oído decir tantas barbaridades y había que recuperarlos
por la fuerza; ellos, a su vez, mordían o daban puntapiés a sus liberadores", anotaba Wanda. En ocasiones, sólo la música, las canciones polacas de cuna
o los cantos navideños lograban penetrar en los espacios clausurados de la memoria y encender la chispa del recuerdo.


Pese a la imagen que aportan las fotografías de prensa de la época, las "cabecitas rubias que se apretujan unas con otras, lucen ropa militar y gorras americanas",
que llegaron a Barcelona en sucesivas expediciones, estaban muy lejos de alcanzar el estadio de la felicidad. "Han desarrollado los instintos de supervivencia
propios de los entornos hostiles y son desconfiados, hoscos y egoístas. Las chicas mayores, más germanizadas, son exigentes, desobedientes y contestonas,
mal ejemplo para las pequeñas a las que incitan a la rebelión", escribió Wanda Tozer.


Su hija recuerda que aquellos niños con los que compartía la clase de polaco tenían siempre hambre aunque acabaran de comer, el apetito insaciable de los
que han conocido el hambre. "Habían pasado tanta necesidad, que guardaban los chuscos de pan bajo los colchones para cuando les llegara esa hora negra
del estómago aguijoneado. Además, rebuscaban en las basuras de la propia residencia de Vallcarca y de los alrededores y arrasaban los limoneros de la casa
y los frutales vecinos", comenta. Sin embargo, como observó con asombro Wanda Tozer, aunque los niños no compartían las cosas, tampoco se robaban entre
ellos. A falta de familia, muchos anudaron con algunos de sus compañeros una relación fraternal, que, en ocasiones, ha perdurado hasta hoy.


Las anotaciones de Wanda describen un cuadro psicológico de pesadillas, angustia y depresión, a la altura de los traumas y padecimientos vividos. Niños
desquiciados entregados a la tarea de destrozar, claustrofóbicos que se fugan en pijama de la residencia creyendo huir de un bombardeo, pequeños que sólo
calman sus nervios haciendo calceta...


Poco a poco, el trato de las cuidadoras españolas y de los profesores y curas polacos empieza a dar sus frutos. Barcelona les gusta y disfrutan de la playa
y el sol. La vida se abre paso. Nunca olvidarán la noche del 24 de diciembre. Están todos juntos con la mirada fija en el firmamento, a la espera de que
aparezca esa primera estrella que, en la tradición polaca, inaugura la Navidad. Muchos años después, ya casados y con hijos, seguirán telefoneando desde
América, a la hora española, para felicitar la Nochebuena a la señora Wanda.


Aunque la residencia Vallcarca era y sigue siendo un edificio señorial, su vida estuvo también marcada por el frío y la penuria. Es lo que se desprende
de los escuetos informes que Wanda Tozer elaboraba periódicamente, dominando a duras penas su exasperación: "No hay leche en los desayunos por falta de
fondos. (...) La rotación del personal, por impago, repercute en los niños. (...) La falta de ropa y mantas es acuciante. Sólo tienen vestiditos de percal
y enferman a causa del frío. (...) El zapatero remendón rehúsa arreglar los zapatos por falta de pago".


Sin embargo, el verdadero drama era el interrogante que consumía vorazmente a los niños cuando alcanzaban la adolescencia. "¿Quiénes son mis padres?". "¿Sabe
si mi madre está viva?" Acostumbrada a resolver situaciones comprometidas -ablandaba los corazones de los comerciantes barceloneses o de los integrantes
de la comunidad judía polaca y obtenía así dinero para las prendas de abrigo, útiles de aseo, incluso regalos de Navidad-, Wanda abordaba la depresión
de los adolescentes invitándoles a merendar en su casa y tocando el piano para ellos. Con el tiempo, la red polaca APWR de localización de desaparecidos
fue obteniendo resultados y comenzaron a llegar las primeras cartas de los familiares supervivientes: "Llevamos 10 años buscándote, vuelve a casa". El
grupo fue poco a poco menguando. Siempre conducidos por Werner, el mayor, que nunca dejó de ejercer de padrecito responsable, los hermanos Wieczorek regresaron
a Polonia. "Ya sólo queda un centenar. (...) Ela ha encontrado a su madre en Inglaterra, Mietek se va a Francia. (...) Ya sólo quedan 80", escribe Wanda
Tozer y empieza a preguntarse qué puede hacer con los que quedan, adolescentes y jóvenes en su mayoría, que nadie reclama. Sabe que cada camastro desocupado
es para ellos una nueva punzada, un agujero que amplía su vacío interior, un nubarrón que les ensombrece el futuro.


La solución la encuentra en Estados Unidos, en la gran colonia polaca neoyorquina de Buffalo. Piensa que aunque los chicos están aprendiendo un oficio,
siempre encontrarán más posibilidades en América que en la aislada España franquista que no logra sacudirse la pobreza. La despedida de Barcelona, camino
de Madrid, camino de Lisboa, camino de América, el 6 julio de 1956, es desgarradora. Lloran desconsolados mientras cantan Rozproszone polskie dzieci, la
canción de "los niños polacos desperdigados".


Meses y años después, algunos todavía reprocharán con amargura a Wanda Tozer el haberles arrancado de España. "Barcelona es nuestro paraíso perdido", resume
hoy Aleksandra Gruzinska. Lo repiten todos aquellos niños robados que, desde Buffalo, Arizona, Virginia, California, o Queensland (Australia), aceptaron
el envite de EL PAÍS de rebuscar en la memoria a riesgo de alborotar sus corazones. Sí, Barcelona es la palabra mágica, la puerta que cerró el infierno
de su traumatizada infancia y les devolvió la sonrisa.


Todos y cada uno de ellos tienen un relato extraordinario que no cabe en las páginas de un periódico. Fijémonos tan sólo en aquella chica rubia, de ojos
azules, Teresa Lindner, que estaba prometida a un estudiante español de Ingenieros. Vive en Manassas (Virginia, Estados Unidos), se casó y ahora se llama
Teresa Gilbert, tiene tres hijos y dos nietos. No ha vuelto a Polonia. "¿Para qué volver si no sé dónde buscar? Mi drama es que nunca he conocido mis apellidos.
Los alemanes me sacaron de casa cuando debía tener cuatro o cinco años, y a esa edad los padres no tienen más nombres que papá y mamá. Me pusieron el apellido
Lindner y sé que en el primer orfanato estuve con mi hermana, que luego nos separaron y que ya no la he vuelto a ver. Creo que éramos gemelas, porque teníamos
dos vestidos iguales con un lazo azul que mi madre nos ponía para ir a misa y nunca sabíamos muy bien cuál era de quién hasta que yo manché el mío con
una manzana. Sé también que tenía un hermano, porque un día...".


Aunque se había preparado anímicamente para este encuentro, Teresa Gilbert estalla en sollozos, pero prosigue con voz entrecortada. "Porque un día, poco
antes de que llegaran los alemanes, estuve a punto de cortarle un dedo a mi hermano pequeño, y mi madre se enfadó muchísimo. Me pegó y me dijo que cómo
podía estar haciendo diabluras con mi padre muriéndose. 'Reza para que tu padre no se muera', fueron sus palabras". Teresa recuerda que una vez fue a verlas
al orfanato y se despidió diciendo que volvería "muy pronto".


Terminó en Austria, en manos de una familia de habla alemana. "Aquella mujer [Teresa Lindner no utiliza la expresión 'madre adoptiva'] vino una mañana a
buscarme al colegio. Me asusté y pensé que me iban a castigar, pero por el camino me contó que habían llegado a casa unos militares y que tenía que responderles
a todo 'no sé, no sé', en alemán. No podía hacer otra cosa porque ya no sabía hablar polaco, pero como me parecieron simpáticos y me ofrecieron una chocolatina,
terminé yéndome con ellos. Acabé en el campo de refugiados de Salzburgo, donde había muchos niños de todas partes. Fue muy duro. Al final nos llevaron
a Italia y de ahí embarcamos rumbo a Barcelona. Vallcarca es la residencia más hermosa que he visto en mi vida". Le pregunto qué pasó con aquel novio español
y me dice que rompieron cuando ella empezó a trabajar en Estados Unidos, pero que volvió a verlo 20 años más tarde y que él todavía debe guardar algún
objeto suyo.


Tampoco Maxsymiljan Jadoch sabe cuál es su verdadero apellido, sólo que las razones por las que le borraron su nombre pueden ser diferentes a las que intervinieron
en el caso de Teresa. No tiene recuerdos anteriores a los de su vida en el orfanato de Silesia, pero nunca olvidó que una mujer que le visitaba de vez
en cuando le había dicho que iría a buscarle cuando acabara la guerra. "En Barcelona, odié a esa mujer con todas mis fuerzas", dice. "Viví la adolescencia
angustiado ante el futuro, torturándome con las preguntas: ¿Dónde están mis padres?, ¿quién soy yo? Él sí encontró a su supuesta madre, una mujer suiza
que todavía vive, aunque mejor cabría decir que lo que Maxsymiljan (Max) encontró fue un fantasma. Hace 22 años", prosigue, "recibí una carta de la Cruz
Roja alemana con el mensaje de que había una persona que me buscaba. Dos semanas más tarde me llegó el telegrama de una mujer que decía que me había cuidado
en el orfanato y que quería verme. Fui a visitarla a Alemania, pero esa bruja no quiso contarme la verdad. Tenía miedo a que se airease el pasado y ni
siquiera quiso admitir que era mi madre. Sólo me dijo que me habían cambiado el apellido y que jamás conocería a mi padre. Sé que ella tuvo un hijo con
un alemán, y que ese hijo, Hans, se me parece extraordinariamente. No volveré a verla hasta que me diga quién soy".


Max sigue sintiéndose extranjero en Estados Unidos, y eso que vive allí desde hace 52 años y que se ha casado y tiene dos hijos. Dice que él pertenece a
Europa, a Barcelona. "Sólo con oír la palabra Barcelona se me desatan todas las emociones, porque allí pasé los mejores años de mi vida después de mi calvario
por Checoslovaquia y Austria. "¿Sabe que tuve una novia catalana?" Y este hombre de 72 años cita de corrido el nombre, los dos apellidos y la dirección
exacta de aquel primer amor. También Josef Szpaczkek, que vive en Queensland (Australia), recuerda a "aquella chica preciosa", Antoñita, de Pamplona, que
conoció en el sanatorio en el que estuvo hospitalizado. "Decidí perfeccionar mi español para poder seducirla, pero nos llevaron a América".


Al contrario que otros niños robados que optaron por negarse a mirar el pasado, para que la herida no siguiera sangrando, para que la memoria quedara sepultada
bajo una losa de olvido tan pesada que ya no pudiera aflorar en la conciencia, Eric Plocica, que ahora reside en Venice (California) ha buscado y continúa
buscando respuesta a sus interrogantes. Ha reconstruido el tortuoso y penoso camino que siguió desde su orfanato en Bielsko (Alta Silesia) hasta Barcelona,
ha comprobado fechas, ciudades y países, ha anotado los bombardeos que sufrieron cuando los niños y sus guardianes escapaban de los rusos. Tampoco le ha
negado a su cerebro las barbaridades que sus ojos de niño contemplaron. "Los niños eran un tesoro nacional y los alemanes hicieron lo imposible para que
no pasáramos a manos de los rusos, hasta que un día, al despertarnos, vimos que nuestros cuidadores habían desaparecido". Enrolado en la Marina norteamericana,
Eric aprovechó siempre los atraques de la VI flota en los puertos españoles para visitar a la "señora Wanda" y rememorar su estancia en Vallcarca. "Al
llegar a Barcelona supe que había salvado la vida. No me siento americano al cien por cien, soy más español que otra cosa, y aunque España se ha americanizado
bastante, me encanta el temperamento, el ambiente, el idioma [habla un buen español], la comida, el sol. Eso fue mi patria".


Eric prefiere no hablar de sus primeros recuerdos. Sólo dice que su caso es más triste que el de otros y que, además, tampoco sabe muy bien lo que pasó.
"Yo no tenía familia". ¿Y cómo afecta a la personalidad una infancia tan dura?, le pregunto. Responde que los niños se adaptan mejor que los adultos. "Nunca
nos faltaron las lágrimas y siempre nos acompañó el miedo a perder la vida, pero, no sé si por inconsciencia o por qué, confiábamos más que los mayores
en poder sobrevivir". Sobrevivieron, y aprendieron pronto a valorar lo que verdaderamente cuenta en la vida, tras haber conocido las entrañas del infierno
humano. Ellos saben de qué pasta sucia está hecha la humanidad. Que los niños sin nombre de Barcelona, heridos de guerra, encuentren sosiego en la fraternidad
universal y en el reconocimiento de quienes conocen su historia.


JOSÉ LUIS BARBERÍA. El País 11/05/2008

Carta a un maltratador.

Para ti, cabrón: Porque lo eres, porque la has humillado, porque la has menospreciado, porque la has golpeado, abofeteado, escupido, insultado... porque
la has maltratado. ¿Por qué la maltratas? Dices que es su culpa, ¿verdad? Que es ella la que te saca de tus casillas, siempre contradiciendo y exigiendo
dinero para cosas innecesarias o que detestas: detergente, bayetas, verduras... Es entonces, en medio de una discusión cuando tú, con tu 'método de disciplina'
intentas educarla, para que aprenda. Encima lloriquea, si además vive de tu sueldo y tiene tanta suerte contigo, un hombre de ideas claras, respetable.
¿De qué se queja?
Te lo diré: Se queja porque no vive, porque vive, pero muerta. Haces que se sienta fea, bruta, inferior, torpe... La acobardas, la empujas, le das patadas...,
patadas que yo también sufría.
Hasta aquel último día. Eran las once de la mañana y mamá estaba sentada en el sofá, la mirada dispersa, la cara pálida, con ojeras. No había dormido
en toda la noche, como otras muchas, por miedo a que llegaras, por pánico a que aparecieses y te apeteciera follarla (hacer el amor dirías) o darle una
paliza con la que solías esconder la impotencia de tu borrachera. Ella seguía guapa a pesar de todo y yo me había quedado tranquilo y confortable con
mis piernecitas dobladas. Ya había hecho la casa, fregado el suelo y planchado tu ropa. De repente, suena la cerradura, su mirada se dirige hacia la puerta
y apareces tú: la camisa por fuera, sin corbata y ebrio. Como tantas veces. Mamá temblaba. Yo también. Ocurría casi cada día, pero no nos acostumbrábamos.
En ocasiones ella se había preguntado: ¿y si hoy se le va la mano y me mata? La pobre creía que tenía que aguantar, en el fondo pensaba en parte era culpa
suya, que tú eras bueno, le dabas un hogar y una vida y en cambio ella no conseguía hacer siempre bien lo que tú querías. Yo intentaba que ella viera cómo
eres en realidad. Se lo explicaba porque quería huir de allí, irnos los dos...Mas, desafortunadamente, no conseguí hacerme entender.
Te acercaste y sudabas, todavía tenías ganas de fiesta. Mamá dijo que no era el momento ni la situación, suplicó que te acostases, estarías cansado. Pero
tu realidad era otra. Crees que siempre puedes hacer lo que quieres. La forzaste, le agarraste las muñecas, la empujaste y la empotraste contra la pared.
Como siempre, al final ella terminaba cediendo. Yo, a mi manera gritaba, decía: mamá no, no lo permitas. De repente me oyó. ¡Esta vez sí que no!-dijo para
adentro-, sujetó tus manos, te propinó un buen codazo y logró escapar. Recuerdo cómo cambió tu cara en ese momento. Sorprendido, confuso, claro, porque
ella jamás se había negado a nada.
Me puse contento antes de tiempo.
Porque tú no lo ibas a consentir. Era necesario el castigo para educarla. Cuando una mujer hace algo mal hay que enseñarla. Y lo que funciona mejor es
la fuerza: puñetazo por la boca y patada por la barriga una y otra vez...
Y sucedió.
Mamá empezó a sangrar. Con cada golpe, yo tropezaba contra sus paredes. Agarraba su útero con mis manitas tan pequeñas todavía porque quería vivir. Salía
la sangre y yo me debilitaba. Me dolía todo y me dolía también el cuerpo de mamá. Creo que sufrí alguna rotura mientras ella caía desmayada en un charco
de sangre.
Por ti nunca llegué a nacer. Nunca pude pronunciar la palabra mamá. Maltrataste a mi madre y me asesinaste a mí.
Y ahora me dirijo a tí. Esta carta es para tí, cabrón: por ella, por la que debió ser mi madre y nunca tuvo un hijo. También por mí que sólo fui un feto
a quien negaste el derecho a la vida.
Pero en el fondo, ¿sabes?, algo me alegra. Mamá se fue. Muy triste, pero serenamente, sin violencia, te denunció y dejó que la justicia decidiera tu destino.
Y otra cosa: nunca tuve que llevar tu nombre ni llamarte papá. Ni saber que otros hijos felices de padres humanos señalaban al mío porque en el barrio
todos sabían que tú eres un maltratador. Y como todos ellos, un hombre débil. Una alimaña. Un cabrón.
Fernando Orden Rueda 2º de Bachillerato, de Ciencias de la Salud. IES Bioclimático, de Badajoz. II Premio del II Concurso Nacional 'Carta a un maltratador',
convocado por la Asociación 'Juntos contra la violencia doméstica'

"Con los juguetes chinos se compra sangre de presos"

Tras leer las páginas escritas con sencillez por Harry Wu pasará un tiempo antes de que usted pueda volver a disfrutar de un crujiente rollito de primavera en un restaurante chino. "Después de comer, vinieron dos reclusos de guardia a retirar el cadáver. Extendieron una jarapa de juncos de un metro ochenta en el costado del kang, colocaron el cuerpo encima, lo enrollaron como si fuera un rollito de primavera y se lo llevaron. Yo sabía que al día siguiente lo cargarían en el carro de bueyes, y que más tarde sería transportado, junto a los demás rollitos, hasta un lugar al que llamaban el 586". Ésa era la última estación de los cadáveres.


Apenas se sabía nada sobre los campos de detención creados en China tras la guerra de liberación, en 1949. Era un tema prohibido. Un secreto doloroso de recuerdos humillantes guardado celosamente por los supervivientes. Hasta que Harry Wu decidió romper ese silencio con el libro Vientos amargos. Memorias de mis años en el gulag chino, de próxima publicación en España por Libros del Asteroide. Él dice que es el testimonio de un hombre ya libre.


"En el mundo se conocen los campos de concentración nazis y el GULAG soviético, pero apenas se sabe nada sobre la articulada complejidad del sistema de campos de trabajos forzados que habían mantenido, y mantienen, encarcelados a millones de ciudadanos chinos en condiciones brutales y deshumanizadoras, y en la mayoría de los casos, sin sentencia ni juicio previo".


Habla Harry Wu, cuyo nombre en 1957 era Wu Hongda, y quien se creyó el reto lanzado por el presidente Mao de "dejad que cien flores florezcan y que cien escuelas de pensamiento discutan". Criticó con dureza la campaña política de 1955 contra los contrarrevolucionarios y fue acusado de "derechista", delito por el que pagó con 20 años de su vida en el laogai, los oscuros campos de trabajo chinos. "A la primavera temprana le siguió una repentina helada", dice Wu. No hay cifras. Pero hasta 37 millones de chinos, sostiene, podrían haber muerto dentro de los altos muros de los laogai.


Su peso se redujo a los 36 kilos. Comió ratas -un lujo, al fin y al cabo era carne-. Se defendió a golpes. Nunca tuvo la oportunidad de conocer el sexo, de hacerle el amor a su novia. Afortunadamente, perdió el miedo porque desgraciadamente perdió la esperanza. ¡No tuvo fuerzas para escapar porque ni siquiera sentía miedo! Llegó a la conclusión, cuando contaba veintipocos años, de que sus valores de humanidad y respeto carecían de sentido en un marco como el que él habitaba. "La vida humana carecía de valor", reflexiona. "En aquellos días de represión me acordé de la práctica tradicional de vendar los pies.
Habíamos cambiado esa costumbre por el vendaje de las ideas". El encierro en solitario le libró del temor a sufrir. En una celda de cemento llegó al límite de su capacidad. Dice que después de conocer el abismo negro de la desesperación "no había nada" que le asustara.


Liberado en 1979, logró salir de China en 1985. Fue encarcelado con 23 años y salió libre con 42. "Llegué a San Francisco con 40 dólares en el bolsillo". Había conseguido un puesto de profesor de geología en la Universidad de Berkeley. Pero trabajaba en la tienda de donuts del campus para poder sobrevivir.
Incluso a veces dormía allí. O en un banco. "¡Pero podía comer todos los donuts que quisiese!", dice ahora, ensayando una sonrisa. "Aunque después de aquello ya no fui capaz de comer ninguno más". "Nadie sabía de sus penurias. Aunque para él nada tenían que ver con su aislamiento anterior del mundo. "Era libre", confiesa hoy en la sede de la Fundación Laogai, en Washington, fundada por él en 1992.


Entre andamios, telas de los pintores tiradas por el suelo y pruebas de colores en las paredes, Wu recibe a EL PAÍS un mediodía de primavera. Y lanza una pregunta antes incluso de estrechar la mano: ¿dónde está España?, ¿no piensa hacer nada para parar este régimen sangriento? Aparenta los 71 años que tiene.
Está ágil aunque luce una pequeña barriguita, quizá como venganza por tantos y tantos años de hambre. Pero cuando anda parece que arrastra siglos de dolor que le lastran el paso. Sonríe y se le ilumina la cara. Pero la mirada sigue apagada. Muerta.


Pregunta. ¿Qué es el laogai?


Respuesta. El laogai es muy común en China. Nadie habla de encarcelamiento. Se habla del laogai. Es el vasto sistema de reforma por el trabajo que existe en la República Popular China. Lo creó el Partido Comunista bajo la dirección de Mao Zedong, y servía entonces y sirve hoy como un instrumento de la dictadura para detener y encerrar tanto a los disidentes políticos como a los criminales. Lao significa trabajo; gai, reforma, lavado de cerebro.


P. ¿Cuál es la función política del laogai? ¿Y la económica?


R. Muy sencillo. Usar a los prisioneros como fuerza barata de trabajo, incluso gratuita, en manos del Partido Comunista y reformar a los reos a través del trabajo duro y el adoctrinamiento político. Desde el punto de vista económico, se explota a los prisioneros para financiar con divisas el régimen comunista.
En 1991, el Congreso de Estados Unidos aprobó una ley que prohibía las importaciones de productos cultivados en campos de trabajo forzado. Y los chinos dicen que no lo hacen, que los productos de los campos laogai no son para exportación. Pero en realidad, sí. Lo que pasa es que son exportados indirectamente.
Las empresas de laogai son los productores, pero no los venden directamente al extranjero, sino a una compañía de comercio estatal, y ésta, a su vez, los vende en el extranjero. La gente debería ser consciente de que, cuando se compra un juguete made in China, en muchos casos se están comprando las lágrimas
y la sangre de un preso.


P. ¿De cuántos presos hablamos?


R. Imposible saberlo. No hay cifras. Puede ser tan alta como diez millones o quizá sólo cinco. Hoy día rondará los tres o cuatro. Tampoco sabemos el número de muertos, por inanición, enfermedad, palizas o frío, pero no bajará de los 37 millones.


P. Entonces, ¿existe hoy el laogai?


R. Existe como sistema. ¡Claro que existe! [sube el tono de voz, indignado]. Lo único que sucedió es que, tras una comparecencia mía en el Congreso de Estados Unidos y unas declaraciones al diario The Washington Post en las que decía que me gustaría ver incluida esa palabra en el diccionario de Oxford, pues... en China se armó gran revuelo y decidieron seguir con el mismo método, pero lavándole la cara. De laogai pasaron a llamarse cárceles..., pero es la misma tragedia olvidada.


P. ¿Quién ocupa hoy ese tipo de cárceles?


R. Eso ha cambiado algo. En China, en los primeros 30 años de la Revolución, entre 1949 y 1979, la mayor parte de estos encarcelados fueron prisioneros políticos. En China dividieron a la gente en diferentes clases. La clase burguesa, la clase propietaria, la clase trabajadora y la clase campesina. Las
campesinas y trabajadoras las calificaron como las clases revolucionarias. La burguesa y la propietaria, hicieran lo que hicieran, eran las enemigas de clase. Lo que sucedió es que muchas, muchísimas personas, sólo por pertenecer a una de esas dos clases, fueron enviadas a los campos. En los primeros 30
años, tal vez el 80% de los prisioneros estaba allí simplemente por su clasificación social. Ahora, en los campos de prisioneros las cifras se han invertido.
El 80% son presos comunes, y el 20% restante, políticos. Pero quiero dejar algo bien claro. Ya seas un violador, un narcotraficante o un ladrón de bancos, y aunque nada tengas que ver con política, te siguen mandando al laogai y, previamente, tienes que renunciar a tus creencias políticas y religiosas. Tienes
que reconocer que vives por y para el comunismo, ése es el objetivo.


P. ¿Cómo es posible que en China existan 13.000 trasplantes de órganos al año si no hay donaciones?


R. De nuevo la misma respuesta: laogai. El primer país del mundo en trasplantes de órganos es Estados Unidos (50.000, todos registrados); el segundo, China. De esos 13.000 trasplantes, el 95% procede de prisioneros ejecutados. Nuestra fundación estima que cada año existen entre 8.000 y 10.000 aniquilados en los campos de trabajo. La farsa llega tan lejos que la exposición conocida como Bodies, que exhibe las entrañas de los cuerpos humanos, se componía de cadáveres de ciudadanos chinos. La compañía americana que lo financió se llama Premier... Una de las exhibiciones fue en Rosslyn [afueras de Washington].
Yo la vi. Y comprobé que eran todos chinos jóvenes y varones. Quisimos preguntar al Gobierno chino: ¿quiénes son?, ¿quieres ver allí a tu hermano? Claro que no. Pero no hubo respuesta.


P. ¿No salva nada de los casi 60 años de República Popular China?


R. Sin derechos humanos no hay nada que salvar. China tiene una ley de control de la población. Eso es un tema de derechos humanos. Cada mujer en China, el 22% de la población mundial total, y no es ninguna broma el dato, no tiene importancia si está casada o soltera, pero tiene la obligación de pedir permiso al Gobierno si quiere tener hijos. Dar a luz es un derecho humano, pero el Gobierno lo impide. Además, sólo se permite tener un hijo o una hija. Ese hijo aprenderá lo que son hermanos y hermanas en el diccionario porque jamás los tendrá. Tampoco tendrá tíos o tías... Ésa es la realidad. En China no hay libertad. Ni de pensamiento, ni de reunión, ni de religión.


P. China se está preparando para un gran acontecimiento este verano: los Juegos Olímpicos. Pekín cree que ésta es una buena oportunidad para proyectar una imagen distinta del país...


R. Los Juegos duran exactamente 18 días. Los derechos humanos son permanentes. Hablaremos de las olimpiadas en China hasta agosto. Después de ese mes no se volverá a hablar de ello. Cierto es que los Juegos son una oportunidad para que se enfatice el tema de los derechos humanos. Pero si los países no intervienen, no actúan, no emplean algún tipo de bloqueo con China..., seguiremos contando muertos. Ya sean del laogai o de Tiananmen.


P. En su opinión, ¿cómo debería actuar la comunidad internacional con China?

R. Estados Unidos no tiene relaciones con Cuba. Ni con Corea del Norte. Y sin embargo, Bill Clinton negoció acuerdos millonarios con el régimen chino, una dictadura comunista corrupta. George W. Bush recibe sin sonrojo al presidente de China... Podría seguir... Su país, ¿qué hace su país? Nada, como el resto del mundo. Nadie hace nada. ¿Y por qué? Por el dinero. Ésa es la única razón. Hay mucho dinero en juego.


P. ¿Está cansado? ¿Enfadado?


R. No estoy enojado. Ya se ha terminado. Ha terminado [se emociona e intenta contener las lágrimas]. Aunque a veces siento que todavía estoy allí. Y entonces veo a Bush dando la mano y la bienvenida al líder de China... Eso es terrible. Tras la II Guerra Mundial existieron los juicios de Núremberg... ¿Qué pasa con China? [No hacía falta preguntar si está cansado. Su cansancio lo arrastra desde que abandonó su país hace más de dos décadas. Desde entonces ha vuelto en varias ocasiones. Una de ellas, para filmar secretamente un documental de CBS de la serie 60 minutes sobre los laogai. En esa ocasión hizo un testamento antes de abandonar California...].


P. ¿Qué recuerdo le atormenta más de aquellos días?


R. Tengo muchos, todos ellos terribles, pero uno de los que más me obsesionan es aquel día en que ayudaba a otro preso a recuperarse y... finalmente lo mataron. Se murió. De hambre. Era el silencio. Allí estábamos todos tumbados, era de noche, unos al lado de los otros, apretujados por la falta de espacio. Todos callados. Nadie se reía. Nadie gritaba. Nadie lloraba. Todos los días llegaba gente. Todos los días se llevaban a los muertos. El idioma que se hablaba era el de la muerte. "¿Donde está el señor Lee?". "Se lo llevaron como un rollito de primavera". Terrible.


P. Usted ha vivido para contarlo...


R. Sí, pero no soy un héroe. Si eres un héroe, te mueres. Cuando eres un héroe rechazas los interrogatorios. Si luchas, te mueres. ¿Querían que reconociese un crimen? Reconocí mi crimen. Lo que sea. Abandoné mi condición de ser humano. Me reduje de un ser humano a un títere.


P. ¿Llora?


R. Durante muchos años no sabía lo que eran las lágrimas. Nunca lloré. Escuchaba a la gente muriéndose y no sentía nada. Cada mañana me levantaba e iba a trabajar. Así era todos los días, durante 20 años. Por la tarde, cuando regresaba era para buscar comida. Robaba la comida de otros. Me iba a dormir. Eso era todo.


P. ¿Sigue siendo católico?


R. No. Era católico. Era católico cuando tenía 20 años. Después, durante 20 años en el laogai... Dios no me sirvió.


P. ¿Cuándo dejó de ser Wu Hongda para convertirse en Harry Wu?


R. Desde que llegué a Estados Unidos cierro la puerta de mi casa con cerrojo para no dejar entrar al pasado. No quiero saber nada de la política, no quiero leer periódicos. Sólo quiero disfrutar el resto de mi vida. Aunque eso es muy difícil. Pero soy un hombre libre. Me acuerdo de tanta y tanta gente que no es libre... Tantos y tantos. Tú no entiendes, nadie entiende. Tengo 71 años y el final de mi camino está próximo. No me importa. Casi crucé esa línea dos veces. Ahora soy Harry Wu. Un hombre libre. Con una esposa y un hijo de 10 años, Harrison. No me importa ya cuánto tiempo me queda.


YOLANDA MONGE. El País/26/04/2008

Fantasmas de los Balcanes

Llevo mucho tiempo sin querer saber nada del asunto. Me refiero a Bosnia, Croacia y todo aquello. Cada vez que en la tele aparece una noticia sobre el particular,
cambio de canal o me largo. Eso incluye a mis amigos de entonces. Cuando estoy con Márquez, Jadranka o algún otro, procuro evitar los intercambios de recuerdos.
Lo mismo ocurre cuando alguien me propone dar charlas o escribir artículos sobre eso. La palabra Balcanes es incompatible con mi ecuanimidad. Todavía se
me dispara la memoria, y la mala leche, cuando una de aquellas viejas imágenes, foto, reportaje de televisión, comentario de radio, se cruza en mi camino.
Me quedo luego sombrío, callado, mirando alrededor con rencor y con una especie de angustia desesperada, casi agresiva. O sin casi.


No exagero. La cosa llega al extremo de que el simple hecho de oír cerca una lengua eslava, que me recuerde el serbio aunque sólo sea de lejos, me hace
ponerme tenso, nubla mis ojos y mi memoria. Me enfurece. Arrastra recuerdos siniestros, controles bajo la lluvia, cruel brutalidad, fosas comunes, gente
degollada en campos de maíz, gentuza con Kalashnikov, psicópatas impunes. Materializa fantasmas que deseo olvidar, y con ellos la desesperación de entonces,
la amargura impotente, las ganas, que conservo, no de lamentarme, sino de hacer daño y de matar, de buscar venganza. No por mí, que sigo vivo y coleando,
sino por aquellos a los que nadie vengó. Por los muertos de un tiro en la nuca, por Jasmina, por Grüber, por la morgue del hospital de Sarajevo, por la
matanza de Vukovar, por la gente fugitiva y asesinada en bosques cubiertos de nieve, por las mujeres violadas como animales en burdeles para soldados borrachos.
Esa farsa de La Haya, esos juicios con cuentagotas, tan equidistantes, calculados, protocolarios, no me calman una puñetera mierda. Lo siento. Me cisco
en esa justicia, en todas las justicias cuando llegan tarde, como suelen, y con la puntita nada más. Milosevic, que ya está criando malvas, e incluso Karadzic
y Mladic, si alguna vez los trincan, no son sino una infinitesimal parte del tinglado. En los Balcanes, los hijos de puta eran decenas de miles. A fin
de cuentas, quienes metían las manos en la sangre, hasta los codos, éramos nosotros mismos, sin freno. Era la simple y sucia condición humana.


Hoy escribo este artículo para maldecir a Lola, una amiga de Círculo de Lectores, que el otro día me envió un libro que yo no tenía la menor intención de
leer, Postales desde la tumba, escrito por un bosnio que fue intérprete –y a eso debió salvar su vida– de los cascos azules holandeses durante la matanza
de Srebrenica. Cuando vi el título arrojé el libro a un rincón; pero al rato no pude evitar echarle un vistazo. Al cabo me puse a leer a trozos, envuelto
en la vieja nube negra que siempre creo haber dejado atrás, pero que cada vez regresa de nuevo. Y bueno. Ningún bien me hizo encarar otra vez la abyecta
cobardía de los holandeses ante los carniceros serbios, los tres mil prisioneros asesinados en Srebrenica tras la caída de la ciudad, la torpe indecisión
de Naciones Unidas, la sonrisa injustificada, cobarde, del presunto negociador Javier Solana –prodigio de incompetencia que hoy sigue al frente de la política
exterior de la Unión Europea–, al que toda mi vida, y la suya, recordaré lavándose las manos en los telediarios o dándose besitos en la boca con los carniceros
serbios, mientras quienes estábamos allí, grabando sangre y mierda, contábamos los muertos de cada día, con imágenes a las que ese paniaguado inútil oponía
declaraciones huecas, afirmando con solemne gravedad de tonto del haba que, pese a las apariencias, los serbios se mostraban receptivos y razonables y
que el asunto estaba en buenas manos. Y así día tras día, año tras año, mientras caían las bombas, se mataba y se violaba ante los ojos de una Europa miserable
que nada hizo hasta que –tiene huevos quién paró la cosa– los Estados Unidos de Clinton decidieron, por fin, dar un puñetazo sobre la mesa.


Y fíjense. Ni siquiera teclear esto me ha desahogado un carajo. Por eso digo que maldito sea el libro y quien me lo mandó. Me ha hecho pasar la noche en
mala duermevela, recordando otra vez la cara de un bosnio de Srebrenica –ustedes pudieron verlo como yo, en la tele– al que un serbio preguntó, mientras
lo filmaba en vídeo y se escuchaban los tiros de quienes ya asesinaban a sus compañeros: «¿Tienes miedo?». Y el hombre, a punto de morir, tras una breve
duda, temblándole la voz, respondió: «¿Cómo no voy a tener miedo?».


ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 10 de junio de 2008.

Una ventana a la guerra

Murieron en Iraq hace unas semanas. No sé si cuando esto se publique habrá alguno más. En cualquier caso, españoles o no, seguirán muriendo; en ésta o en
la siguiente guerra. Eso nada tiene que ver con la ingenuidad de quienes sueñan con un mundo perfecto, ni con la obscena demagogia de quienes convierten
en votos cada niño quemado y cada muerte. Ninguna guerra es la última, porque el ser humano es un perfecto canalla. Y para contar lo más brutal de esa
infame condición humana, seguirán muriendo periodistas.


No conocía a Julio Anguita Parrado ni a José Couso. Eran jóvenes, y yo me jubilé después de los Balcanes; donde, por cierto, enterramos a cincuenta y seis
colegas. No sé qué llevó a Julio y José hasta el misil o la granada que los mató, aunque puedo imaginarlo. En cuanto a por qué murieron, debo decir lo
que creo: que murieron porque querían estar allí. Fueron voluntarios a un lugar peligroso, y el padre de Julio Anguita lo resumió con una entereza admirable:
"Mi hijo murió cumpliendo con su deber". Punto. Hacían un trabajo duro, y salió su número. En la lotería donde se combinan el azar y las leyes de la balística,
les tocó a ellos. Suma y sigue. El resto es demagogia y literatura.


Por qué estaban allí, supongo que es la pregunta. Por qué cerca de la línea de fuego, como Julio, o filmando asomado a una ventana en plena batalla, como
José. No por dinero, desde luego. Ni por amor desaforado a la información y a la verdad. Tampoco, como he oído decir estos días, por amor a la humanidad,
para detener con su testimonio las guerras. La milonga del periodista buen samaritano es una tontería. Ni siquiera Miguel Gil Moreno, a quien han estado
a punto de beatificar desde que cascó en Sierra Leona, iba por eso. Uno ayuda, claro. Lo hace cuando puede. Incluso a veces piensa que su trabajo puede
cambiar algo. Pero de ahí a que un reportero sea un filántropo, media un abismo. En veintiún años de oficio no encontré ninguno así. Al contrario. Nunca
conocí a un reportero que al sonar el primer cañonazo no sintiera la excitación, el hormigueo, de quien empieza una aventura peligrosa y fascinante. Luego
vienen los años, la reflexión y la experiencia. Te asustas y no vuelves; lo sigues, y te matan o te haces una reputación.


Mientras, en tu corazón cambian algunas cosa. Descubres responsabilidades y remordimiento Pero eso ocurre después. Digan lo que diga quienes no tienen ni
idea del asunto, lo que lleva a un periodista a sus primeros campos de batalla es poder decir: estuve allí. Pasé la más dura reválida de mi perro oficio.


Hablar de asesinatos particulares en una guerra donde mueren miles de personas es una incongruencia. Montar el número de la cabra en torno a la muerte de
un reportero -aparte el respetable dolor de familia y amigos-, es insultar la memoria de un profesional valiente que ha hecho su oficio con impecable dignidad,
pagándolo con su pellejo. Por supuesto, cuando un tanque lo mata hay que procurar reventar al cabrón del tanque, si se puede. Pero con realismo, no con
retórica idiota. Un combate, una batalla, son un caos de miedo, incertidumbre y bombazos, y nadie puede esperar que la gente se comporte con humanidad
o cordura. Quien se asoma a una ventar a filmar, lo sabe. Y si no lo sabe, no debería estar allí. El problema con toda esta demagogia es que al final la
gente termina creyéndose eso de la guerra limitada y las bombas inteligentes, y de tanto oír tonterías a los políticos y a la prensa del corazón -que esa
es otra, el periodismo basura hablando de compañeros muertos-, al final existe el riesgo de que los periodistas crean que los ejércitos son oenegés y la
guerra un juego virtual con reglas y principios, y se metan allí creyendo que alguien va a garantizarles la piel o la vida, que cuando se vaya todo al
carajo detendrán los combates para evacuarlos, o se pedirán responsabilidades morales y económicas al marine con fatiga de combate y gatillo fácil, o al
negro que le rebane los huevos con un machete. Por eso me inquietó que el otro día un telediario anunciase que el Ministerio de Defensa español comunicaba
que no garantizaba la seguridad de los periodistas españoles en Bagdad. Naturalmente. Ni el español, ni el norteamericano, ni nadie. Claro que no. Ni en
Bagdad, ni en Sarajevo, ni en Saigón, ni en el saqueo de Roma, ni saliendo del caballo de madera, en Troya. Las guerras son, a ver si nos enteramos, peligrosas
y putas guerras. Nos ha vuelto tan estúpidos que de semejante obviedad hacemos una noticia.


ARTURO PÉREZ-REVERTE El Semanal 3 de mayo de 2003

Eritrea. Los muertos boca arriba

La batalla por Tessenei comienza a las 4,30 de la madrugada del día 4 de abril, Lunes Santo en España, cuando un millar de guerrilleros eritreos salen de
los bosques y avanzan hacia la ciudad, guarnecida por mil quinientos soldados etíopes. Con las últimas sombras antes de amanecer, pequeños grupos de comandos
se infiltran en las calles desiertas, degollando a los centinelas etíopes. Cuando suenan las primeras ráfagas y el grueso de los asaltantes cruza el lecho
seco del río, irrumpiendo en el cinturón de posiciones defensivas enemigas, un centenar de sus camaradas lucha ya dentro de la ciudad por el control de
la central eléctrica y el edificio de Telecomunicaciones, la Banca etíope y el aeropuerto.


"Quiero que te mantengas pegado a mí y agaches la cabeza". Kibreab sonríe como los niños, tras su hermosa barba abisinia. Su grupo está compuesto por treinta
guerrilleros, ninguno de los cuales cuenta más de veinte años, cuyos pantalones cortos y rostro imberbe les dan un aspecto de "boy-scouts". Han permanecido
seis horas inmóviles, tendidos de bruces en la arena, esperando este momento. Prohibido fumar, prohibido hablar. Atentos a las órdenes de su jefe, al que
veneran como a un dios. Porque Kibreab tiene treinta y seis años y sabe hacer la guerra.


"Nos vamos. El primero que pise el puente tendrá derecho a la mejor arma capturada".


El puente que comunica Tessenei con la carretera de Asmara está protegido por un blocao de sacos terreros. Los guerrilleros corren entre los arbustos que
cortan como navajas, la arena ahoga sus pasos. Pero los etíopes ya están alerta. Una ametralladora crepita delante y las balas trazadoras arrancan chispas
anaranjadas a los arbustos. En la oscuridad, gritando "Eritrea" a pleno pulmón, los chiquillos de Kibreab saltan como sombras sobre un decorado irreal
de humo y llamaradas. El estallido de una granada ilumina durante un segundo cuerpos acurrucados en el suelo. Un crío, herido o asustado, está llorando
ahí delante. Su gemido, miedo o dolor queda rápidamente ahogado por otra llamarada sobre la que se recorta la silueta de alguien que corre enloquecido.


El primer eritreo que cruza el puente no recibe su trofeo. Está muerto. Del grupo de Kibreab, sólo diecinueve guerrilleros se mantienen en pie. Hay cadáveres
por todas partes, etíopes y eritreos se han vuelto idénticos ante la muerte. Su aspecto no es agradable, y tú te sientas un momento con los ojos cerrados,
la boca seca y una extraña sensación aferrada en el estómago. Un sudor frío te pega la camisa a la espalda. En algún lugar a miles de años luz de aquí
la gente va al cine, al trabajo, fabrica niños. Aquí acaban de morir veinte hombres por un puente que ni siquiera figura en los mapas. Pero la guerra es
esto, compañero. Y te pagan por hacer un trabajo. Los lectores esperan que les muestres cómo es la guerra, y tú no puedes defraudarles. Van a quedar hartos.
Por eso tomas aliento, compruebas la abertura del diafragma, el enfoque y comienzas a tomar fotografías. Que Dios te perdone, pero estos muertos no van
a quedar bien si utilizas película de 64 ASA. Hay todavía muy poca luz. Clic. Foto. ¡Qué limpia es la guerra en el cine! Allí no se ven críos de dieciocho
años con las tripas al aire. Clic. Foto. Menudo oficio el tuyo, compañero.


A media mañana, la batalla por Tessenei continúa en todo su ardor. Los guerrilleros han capturado todos los puntos claves de la ciudad a excepción de un
campo atrincherado y la Banca de Etiopía. Donde los etíopes continúan resistiendo. Media ciudad está en llamas y la población civil, enloquecida, huye
a refugiarse en los bosques. Largas columnas de refugiados avanzan por la carretera. La sección de Kibreab recibe orden de entrar en la ciudad para reforzar
a sus camaradas que asedian la Banca. El maltrecho grupo se pone en marcha siguiendo el cauce seco de un "uad" (río seco) que discurre junto al campo atrincherado
etíope. Los etíopes esperan, pero los proyectiles pasan demasiado alto. Zumban como abejas.


"Si escuchas el zumbido de las balas no debes preocuparte. La que se oye es que ya ha pasado. El peligro está en aquellas que no oyes. Pero no te preocupes,
porque da igual. Cuando toca, toca. Cuestión de suerte y de no levantar demasiado la cabeza".


Ese mortero ha caído muy cerca. Demasiado. Cuando te levantas tienes los tímpanos convertidos en un tambor y compruebas que sigues entero. Te entra una
alegría feroz. Cuando toca, toca. Pero a ti no te ha tocado, que es lo importante. El guerrillero que te agarraba del hombro no ha tenido tanta suerte.
La metralla, o las piedras que saltaron con la explosión. le han rajado a tiras la mejilla derecha. Eres el único que lleva un pequeño botiquín de campaña,
pero su contenido es ridículo, Así que cuanto puedes hacer por el muchacho es darle un par de aspirinas y pintarle la cara con mercromina. Tienes la lengua
pegada al paladar y una sed de mil diablos, cuando haces un alto en el camino para fotografiar ese cadáver que tiene el rostro hundido en la arena.


La sección de Kibreab entra en Tessenei a las tres de la tarde, pegándose a las paredes como lapas. Hay francotiradores etíopes por todas partes, y al guerrillero
que marcha en cabeza le meten una bala en la pierna. En el cine, alguien habría ido a recogerlo desafiando el fuego enemigo, pero aquí los tiros son de
verdad. Hasta que los eritreos liquidan al tirador emboscado, el herido se queda en medio de la calle, haciéndose el muerto para evitar que el próximo
disparo le dé en la cabeza.


A las dos de la madrugada me matan a Nagash, el muchacho que durante dos semanas a sido mi intérprete y mi cocinero. Los etíopes lanzan un contraataque,
se apoderan de una manzana de casas, y los guerrilleros deben desalojarlos con granadas y cuchillo. A esa distancia, luchando casa por casa, las armas
de fuego tienen la misma utilidad que una escoba. Los hombres se buscan a tientas en la oscuridad acuclillándose en silencio. Nagash sale de una casa apretándose
la brecha del abdomen y, sin un gemido, apoya la espalda en la pared y se desliza hasta el suelo. Tiene dieciséis años, y muere iluminado por el resplandor
de los incendios, con los ojos cerrados, sin pronunciar palabra. En memoria de Nagash, sus camaradas no hacen prisioneros esta noche.


El asalto a la Banca se da a las cinco y media de la tarde del martes "santo". El blindado etíope salta tras el impacto de un proyectil anticarro, los guerrilleros
cruzan la plaza y penetran en el Banco a la bayoneta. Dos etíopes se rinden y nueve están muertos. Tessenei se encuentra en manos eritreas.


De pie en el centro de la plaza, con los ojos enrojecidos por el humo de los incendios, rebobino la película mientras contemplo el cadáver de Kibreab. Las
moscas, eternas compañeras de los muertos, aún no han invadido su cráneo destrozado por un balazo. Murió en el último minuto, cruzando la plaza a la cabeza
de sus guerrilleros, gritando "Eritrea" a pleno pulmón. Kibreab era mi amigo ¿saben? Quizá por eso siento una extraña vergüenza cuando coloco nueva película
en la máquina fotográfica, enfoco su imagen y oigo el "clic" del disparador. Ha muerto mirando al cielo.


Arturo Pérez reverte Interviú Abril de 1977